Proyecto Luna de Miel PRÓLOGO
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Proyecto Luna de Miel

Proyecto Luna de Miel

Por Rocio G. Yuncal

© inepub.com

PRÓLOGO

OLIVIA

Me llamo Olivia Klein Marino y nací en Gran Canaria hace veintisiete años , aunque a veces siento que mi vida empezó mucho antes, en una historia que ni siquiera viví yo.

Mi madre murió y de mi padre solo sé el nombre, el apellido y que era alemán .

En ocasiones me pregunto si heredé de él algo más que unos ojos claros que no terminan de encajar en ningún sitio.

La relación de mi madre con sus progenitores siempre fue tensa.

Decían que era díscola, casi una hippie , y que vivía demasiado a su aire.

Una tarde, recién cumplidos los dieciocho años, llegó a casa cogida de la mano de un muchacho rubio y con dos noticias: estaba enamorada de él y esperaban un hijo.

Las caras de mis abuelos no las vi, pero puedo imaginarlas como si de verdad hubiera estado yo en ese momento. Aquello fue un duro golpe para ellos.

Mi abuela es algo dramática y, cuando me lo contó, reprodujo la escena dejándose caer en el sofá, con ese gesto exagerado suyo que reserva para las ocasiones en que algo la supera de verdad. Pero, pese a su fachada de mujer moderna, sé que sufrió más de lo que admite.

Tras unos meses de aquel momento tan impactante, el parto de mi madre se complicó y, pocos días después de darme a luz, murió.

Sé muy poco de aquellas complicaciones porque nunca he querido remover los recuerdos de la única persona que aún puede contármelos.

A veces pienso que nací el mismo día que mi madre murió, como si la vida y la pérdida hubieran hecho un pacto cruel.

En el colegio me incomodaban las preguntas sobre mis padres.

Mis apellidos no eran demasiado comunes en Gran Canaria y llamaban la atención.

Y no faltó quien dijera en voz alta, a modo de burla, que me habían abandonado.

La palabra «abandonada» se me quedó pegada durante años , como una etiqueta que otros me pusieron sin conocerme y que yo tardé demasiado en arrancarme.

¿De dónde habrían sacado esa idea? Y sí, tal vez mi padre se quitó de en medio cuando falleció mi madre, pero ella…

su ausencia no fue una decisión, y eso era lo único que me ayudaba a no enfadarme con mi madre.

Mi abuela siempre me inculcó que debía estudiar y labrarme un futuro, y yo me esforzaba mucho cuando me comparaba con otras chicas de mi clase.

Ellas tenían una vida diferente a la mía: cuando salían del colegio iban a clases de ballet y los fines de semana organizaban «fiestas de pijamas», a las que, por supuesto, yo nunca era invitada .

Aprendí pronto que había mundos a los que no se entraba solo por desearlo y que, por mucho que me esforzara, algunos seguían cerrados para mí.

No teníamos dinero para lujos ni para extraescolares, pero nunca me faltó cariño ni un plato de comida en la mesa.

Los años fueron pasando y, casi sin darme cuenta, llegué al final de mis estudios obligatorios con dieciséis años.

Así que tuve claro que tenía que trabajar y que no podía cursar una carrera universitaria por el dinero que iba a necesitar.

Un profesor del instituto habló con mi abuela para comentarle que era una pena que yo dejara de estudiar con las calificaciones que tenía; pero ella, que a cabezona no hay quien la gane, le dijo que no, que mis estudios eran suficientes para poder conseguir un trabajo digno.

Al llegar a casa, me confesó que seguir estudiando supondría unos gastos que no podíamos asumir.

Y la entendí . Siempre comprendía sus razones, incluso cuando eso significaba renunciar a algo que quería y tragarme el nudo que se me hacía en la garganta cada vez que veía alejarse una oportunidad.

Mi primer trabajo fue en una heladería el mismo verano en que terminé los estudios.

Mi abuela desempolvó la vieja bicicleta de mi abuelo y la utilicé para ir a trabajar.

Los primeros días fueron bastante caóticos, pero, al final, terminé haciendo las copas de helado más bonitas de toda la zona.

Aquellas copas fueron mis primeras conquistas: dulces, frías y frágiles, como los sueños que empezaba a construi r y que aún no sabía si algún día podría permitirme cumplir.

Pero el verano terminó y, con ello, mi contrato.

Casi todo el dinero que había ganado durante julio y agosto se lo entregué a mi abuela.

No es que hubiéramos pasado hambre, pero sí que echaba en falta comer en algún restaurante o vestir a la moda, tal y como veía a muchas clientas.

No era envidia, sino curiosidad por una vida que no era la mía , por una versión de mí misma que no sabía si llegaría a existir algún día.

—Abuela… ¿Crees que mi vida hubiera sido diferente si mi madre estuviera viva? —le pregunté al día siguiente de terminar mi primer empleo, mientras entraba en la cocina. Nunca se lo había preguntado y siempre quedaba una pequeña duda que me pinchaba por dentro cada cierto tiempo.

—¿A qué viene eso ahora? Ya sabes que tu madre hacía su vida a su manera, sin pensar en las consecuencias —contestó a la vez que se secaba las manos mojadas en un paño de cocina.

—Sí, me lo has dicho infinidad de veces, pero pienso que a veces la vida, sin planearlo, nos lleva por otros caminos que quizá no están hechos para nosotros.

Me agaché con cuidado y abrí la puerta del horno para sacar la fuente con pollo asado que una hora antes había metido mi abuela . El calor me golpeó en la cara, pero no tanto como la respuesta que sabía que iba a darme.

—Pues eso ya no lo vamos a poder saber. ¿O es que acaso vives mal conmigo? —El tono de mi abuela no dejaba lugar a dudas de que estaba muy resentida con ella por cosas del pasado que nunca terminó de perdonar.

Respiré hondo antes de contestar.

—Al contrario. Imagino que lo que siento por ti es lo mismo que siente una hija por una madre. —La miré y le di un abrazo inesperado—. Abuela, yo te quiero tanto que sería incapaz de abandonarte nunca.

—Le prometí al abuelo que te cuidaría y eso voy a seguir haciendo. No puedo faltarle a mi palabra. —Me guiñó un ojo y me sonrió.

No es que no fuera cariñosa, pero lo era a su manera.

Sus demostraciones de afecto las hacía sin necesidad de un abrazo; por ejemplo, haciéndome ropa que habíamos visto juntas en la tele y yo le había comentado que me gustaba, o preparando un bizcocho por sorpresa para celebrar cualquier cosa que se inventara .

A veces pienso que el amor también puede ser eso: quedarse, incluso cuando nadie más lo hace.