CAPÍTULO 27
Quien siembra vientos, recoge tempestades
SE AbrE LA PUERTA DEL DESPACHO.
Yo no me muevo.
Yo me quedo de pie con la carpeta en la mano, con las otras dos esparcidas por el suelo, con la caja fuerte abierta detrás. Mirando a la puerta.
Víctor está en el marco.
Lleva el abrigo todavía puesto. Las llaves del coche en la mano. La cara de quien acaba de llegar de una reunión y no esperaba encontrar lo que está viendo.
Pero ahora me ve.
Ve las carpetas.
Ve las fotos.
Ve la caja fuerte abierta.
Y la cara le cambia.
No se le pone roja. No se le pone fea. No se le pone furiosa. Se le pone, simplemente, otra. Como si se le hubiera apagado algo por dentro.
Se queda quieto un segundo.
Yo también.
Ninguno de los dos respira.
Después él entra al despacho. Despacio. Sin prisa. Cierra la puerta detrás de él. Deja las llaves del coche encima de la mesa. Se quita el abrigo. Lo cuelga del respaldo del sillón orejero. Se gira hacia mí.
Y la voz le sale como siempre. Tranquila. Educada. La misma voz.
—Jessica.
Yo no contesto.
—Jessica, mírame.
Le miro.
—¿Qué estás haciendo?
—Cogiendo lo mío.
Lo digo así. Sin pensarlo. Me sale la chulería de la Jessi de Parla. La Jessi que se le pone delante a este hombre con la carpeta en la mano.
—¿Lo tuyo?
—Lo mío. Mis cosas. Mi historia. Esto que tienes guardado aquí.
—Esto no es tuyo, Jessica.
—Sí lo es.
—No lo es. Estas carpetas son mías. Esta caja fuerte es mía. Este despacho es mío. Esta casa es mía. Por mucho que tú hayas dormido en ella unas semanas.
Ahí me llega el primer golpe.
Las semanas dichas así. Como un número pequeño. Como una nota a pie de página.
Yo aprieto la carpeta. Aprieto tanto que el cartón me hace una marca en la palma. Me concentro en esa marca. En el dolor de esa marca. Porque si me concentro en eso no me caigo.
—Víctor, tú lo sabes todo desde el principio, ¿verdad?
Pausa.
Él no contesta inmediatamente. Se sienta en el borde de la mesa. Apoya las manos en el borde, una a cada lado de él. Como un señor mayor que va a explicar una cosa.
—Sí.
Lo dice así.
Sí.
Una sola sílaba.
Yo pongo la mano libre en la estantería. La aprieto contra la madera. Me sostengo.
—La cena de Patas Adelante no fue casualidad. Yo me senté a tu lado porque pedí que me sentaran a tu lado. Tenía que verte de cerca. Tenía que entender qué tipo de persona eres tú.
—¿Y qué tipo de persona soy yo, Víctor?
—Eso es lo que estoy pensando, Jessica.
Yo aprieto los dientes.
—Mira la carpeta. Mira lo que estás guardando aquí. ¿Tú crees que yo maté a tu hija?
—Yo creo lo que veo.
—Tú no ves nada. Tú ves un montaje. ¿A que estabas esperando? ¿Por qué no me plantaste cara antes?
Y entonces a él se le pone la cara fría. Más fría. Como si me hubiera tocado un nervio.
—No me hables así, Jessica. Aun no era el momento de todo esto.
—Te hablo como quiero.
—Tú has matado a mi hija. Por dinero. Tres millones de euros por matarla.
Y después has cobrado, has callado, has gastado el dinero.
Has montado un negocio. Has comprado ropa.
Has alquilado el piso de Chamberí. Has comido en restaurantes.
Mientras yo enterraba a mi hija. Mientras yo no podía levantarme de la cama.
Mientras yo no podía ni mirar una foto suya.
Yo trago.
La imagen me entra sola. Víctor en esta misma casa, en este mismo sillón orejero, con una taza de café en la mano y una foto de Victoria que no puede mirar.
Mientras yo estaba en el local saludando al primer cliente del día.
Mientras yo reía con el Toni en el mostrador. Mientras yo dormía en su cama.
—Víctor, yo no maté a tu hija. Yo no maté a nadie. Yo limpiaba habitaciones del hotel. Yo entré a la 317 a hacer la cama. Tu hija ya estaba muerta. Lo juro por mi madre que ya está muerta también. Por mi madre.
—Sigue.
Lo dice con esa palabra suya. Cuéntame. Pero hoy no es la palabra de antes. Hoy es la palabra que le dice un señor a la persona que va a juzgar.
—En la habitación había un hombre. Un hombre que yo no había visto en mi vida.
Ese hombre me ofreció tres millones de euros si yo callaba que él había estado allí.
Yo cogí ese dinero. Cogí el dinero, sí. Soy gilipollas.
Pero no maté a tu hija. Tu hija me la encontré yo en la cama.
Y el que la había matado, el que estaba en el sillón cuando yo entré, era Rodrigo.
Pausa.
Víctor me mira.
Y dice una cosa que yo no me esperaba.
—Eso no tiene ningún sentido. Si fuera un asesino te habría matado a ti también. Dime quien te pagó por matar a mi hija.
— Nadie me pagó por matarla. Rodrigo la mató. Me pagó por mi silencio, eso es cierto. Lo que te digo tiene todo el sentido del mundo joder. Tu hija salía con Rodrigo. Estaban liados desde hacía años. En secreto. Tu hija se lo contó a la Vanesa. Pregúntale a la Vanesa. Llámala ahora mismo.
Víctor me mira.
Y después, sin que yo lo espere, saca el móvil del bolsillo. Marca un número. Activa el manos libres. Deja el móvil encima de la mesa, entre los dos.
Suena el tono.
Una vez.
Dos.
Tres.
—¿Sí, don Víctor?
La voz de la Vanesa.
Yo abro la boca. Vanesa, soy yo, ayúdame. Víctor me mira. Y en esa mirada leo lo que no hace falta que me diga: si abres la boca, esto se acaba peor. Me quedo callada.
—Vanesa, ¿tú sabías si mi hija estaba con alguien? ¿Si salía con alguien?
Pausa.
Pausa larga.
Yo no respiro.
—don Víctor, yo de eso no sé nada.
Cierro los ojos.
—¿No sabes nada? Piénsalo bien.
—Yo nunca digo nada de mis señores. Yo a su hija la quería mucho. Pero yo de sus cosas privadas no sé nada. Yo soy la chacha. Yo limpio, hago la comida, plancho.
—Vanesa, esto es importante. ¿Mi hija estaba con Rodrigo? ¿Con Rodrigo Oñate?
Pausa.
—don Víctor, yo nunca he dicho eso. Si alguien le ha dicho que yo dije algo, no es verdad.
—Vale, Vanesa. Gracias.
—¿Está todo bien?
—Sí. Perdona que te haya molestado.
—Nada, don Víctor. Hasta el lunes.
Cuelga.
Me mira.
—¿Lo ves, Jessica?
Yo no contesto.
La Vanesa que me enseñó fotos de Victoria en su móvil.
La Vanesa que me dijo ese hombre me da mal yuyu .
La Vanesa que me puso una mano en el hombro antes de que yo me fuera a pasear con Nala.
Hoy, cuando un señor mayor con dinero le pregunta a la chacha si sabe algo, la chacha dice que no sabe nada.
Porque la chacha es la chacha.
Y la chacha lleva veintidós años cuidando esta casa.
Y la chacha no es la testigo.
Y yo, idiota de mí, esperando que la chacha me salvara.
—Víctor, no es así.
—Es así. Dime quien te pagó. ¿Alguien de la competencia?
—Víctor, escúchame. Por favor. Tú no puedes creer que yo maté a tu hija.
—Calla.
—Víctor.
—Cállate, Jessica.
Y yo callo.
Callo porque la voz no me sale. Callo porque he gritado lo que tenía que gritar y no ha servido para nada. Callo porque este señor me está mirando con una cara que ya no es la suya.
Y la culpable soy yo.
Y la culpable nunca tuvo nada que ver.
Y eso, ahora, ya da igual.
Víctor se levanta del borde de la mesa. Camina despacio hacia el sillón orejero. Se sienta. Se pasa una mano por la cara. Una sola vez. Despacio
—Jessica.
—Sí.
—Cuéntame por qué estás aquí abriendo la caja fuerte.
—He venido a coger dinero.
—¿Para qué?
—Para devolvérselo a Rodrigo. Para deshacer esto.
Yo soy quien quiere deshacer esto, Víctor.
¿Te das cuenta? Soy yo. Yo soy quien viene a esta casa.
Yo soy quien viene a devolver el dinero.
Si yo hubiera matado a tu hija, si yo fuera lo que tú crees que soy, yo no estaría aquí.
Yo estaría en otro país. Yo llevaría meses desaparecida. ¿Tú qué habrías hecho?
Pausa.
—Yo he venido, Víctor.
—Has venido a destruir las pruebas.
—Si hubiera querido destruir pruebas no estaría leyéndolas. Las estaría quemando. Hasta hace diez minutos yo no sabía que tú tenías nada de esto.
Pausa.
—Y, sin embargo, has entrado aquí. Has abierto la caja fuerte.
—Para coger dinero. Para devolvérselo a Rodrigo. Pregúntale al Toni. El Toni lo sabe. Yo se lo conté.
Y entonces Víctor hace una cosa.
Saca el móvil del bolsillo del abrigo. Marca un número. Se lo pega a la oreja.
—Soy yo.
Pausa.
—Sí. Está aquí.
Pausa.
—Las ha visto, sí.
Pausa.
—No. No me preocupa. Ven.
Cuelga.
Deja el móvil encima de la mesa. Se gira hacia mí.
Y yo, de pie contra la estantería, entiendo de golpe que ya no hay más conversación.
No hay más argumento que yo pueda dar.
No hay más verdad que alcance a este hombre hoy.
Víctor ha tomado una decisión. Y no la va a cambiar por nada que yo le diga, porque cambiarla significaría que su hija sigue sin tener justicia.
Significaría que él ha pasado este año mirándome a los ojos mientras me usaba.
Significaría que el hombre que le ha sostenido, el único que le ha sostenido, es el mismo que la mató.
No hay hombre en el mundo que pueda quedarse con eso de pie.
—Me voy a mi puta casa. Paso de este circo.
—De eso nada. Te vas a quedar quietecita ahí, porque de lo contrario pasará algo malo. Muy malo.
—Pero Víctor, escúchame.
Yo le digo eso y no me sale la voz entera. La voz me sale rota por el medio, como cuando uno tiene trece años y va a llorar y no quiere.
—Hay cosas que no se perdonan, Jessica. Mi hija merece justicia. Tu solita has adelantado los plazos.
—Víctor.
—Y la va a tener.
Yo cierro los ojos.
Un segundo solo.
Suena la verja.
Pasos en la gravilla.