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CAPÍTULO 28

Por la boca muere el pez

PASOS EN LA GRAVILLA.

Cada vez más cerca.

Yo sigo de pie contra la estantería. Las piernas tiemblan, pero tiemblan por dentro. Por fuera intento no temblar. Por fuera intento ser una persona que ha tomado una decisión.

La decisión no la he tomado yo. Me la han tomado entre los dos.

Pero por fuera me sostengo.

Víctor está sentado en el sillón orejero. Las manos cruzadas. El móvil encima de la mesa. La cara que ya no es su cara. El abrigo colgado del respaldo. Los zapatos buenos cruzados a la altura del tobillo. Un señor mayor con dinero esperando a que llegue alguien.

La puerta del despacho se abre.

Rodrigo entra.

Lleva el mismo abrigo gris que ayer en mi local. La misma sonrisa pequeña. La misma manera de moverse de quien lleva años sabiendo dónde está cada cosa en cada habitación de esta casa.

Mira a Víctor.

Mira a la caja fuerte abierta.

Mira las carpetas en el suelo.

Mira mi puta cara descolocada.

Asiente despacio. Como si le hubiera pasado lo que esperaba.

—Buenas tardes —dice.

Yo no contesto.

Víctor tampoco.

Rodrigo cierra la puerta detrás de él. Se acerca a Víctor. Le pone una mano en el hombro. Despacio. Un gesto de socio. Un gesto de hermano. Un gesto de aquí estoy yo, ya pasó .

—Quita la mano de su hombro —digo.

Rodrigo me mira.

—¿Disculpa?

—Quita la puta mano de su hombro.

—Jessica, no es momento.

—Quita la puta mano del hombro del padre de la chica a la que has matado.

Rodrigo me sostiene la mirada. Sonríe pequeño. Quita la mano. Pero no porque yo se lo haya pedido. Porque ya la había puesto el tiempo justo.

Se gira hacia Víctor.

—Pues bueno. Aquí estamos.

Yo, mientras estos dos hablan, le miro a Rodrigo. Le miro con la cara que se le pone a una de Parla cuando ya no le queda nada que perder. Le miro como se mira a un hijo de puta. Le miro como se mira al hijo de la gran puta más grande de Madrid.

—Rodrigo.

—¿Sí, Jessica?

—La mataste tú.

—Jessica, esto no…

—La mataste tú. La estrangulaste tú. Yo te vi en el sillón cuando entré. Tú estabas allí. Tú me ofreciste el dinero. Tú la mataste, Rodrigo.

Rodrigo me mira tranquilo. Como un señor que tiene una conversación con un niño que dice una mentira.

—Víctor, ¿le has explicado a esta chica que tenemos pruebas?

—Sí.

—¿Le has dicho que ya no hay vuelta atrás?

—Sí.

—Pues está perdiendo el tiempo.

Entiendo que esto ya está hecho.

Yo soy solo el último paso.

Y lo que voy a hacer es decir la verdad.

Aunque la verdad se quede entre estas cuatro paredes y nadie la sepa nunca.

La voy a decir.

—Víctor.

—Jessica.

—Víctor, mírame.

Me mira.

Hay algo en su cara que no reconozco. Como cuando en una fotografía hay un detalle que no cuadra y no sabes cuál es hasta que lo ves.

—Yo te he querido.

Pausa.

—Yo, cuando me decías te quiero , te creía.

Y te quería de vuelta. Y dormía en tu cama.

Y desayunaba con tu chacha. Y soñaba con quedarme aquí.

Yo, Víctor. Una tía de Parla que no había tenido a nadie en su puta vida.

Yo te quise. Eso es real. Eso tú lo sientes.

Lo sientes ahora mismo aunque no quieras sentirlo.

Víctor no dice nada.

Su cara no se mueve.

Pero los ojos sí. Los ojos se le mueven un milímetro. Como se mueven los ojos de un hombre que está escuchando algo que no quiere escuchar.

—Yo no maté a tu hija.

Víctor no dice nada. Pero las manos, las manos que lleva cruzadas desde que se ha sentado, se le aprietan una contra la otra. Lo veo desde aquí.

—El que mató a tu hija es el hombre que tienes ahí al lado.

El hombre que ahora te pone la mano en el hombro.

El hombre que te ha hecho creer todo esto.

Tu hija salía con él en secreto desde hacía años.

Tu hija iba a estropearle la vida a este señor de alguna manera.

Y este señor, para que eso no pasara, la mató.

Y me usó a mi. Y te usó a ti, Víctor. Y ahora se va a ir de esta casa con todo arreglado de rositas joder.

Pausa.

—Víctor, qué imaginación tiene esta chica. Demasiada para una persona tan de baja clase.

—Tú cállate, hijo de la gran puta.

—Tenía razón el informe psicológico

—¿Qué informe psicológico? —digo yo.

—El que le encargué a Méndez cuando empezamos a buscar las pruebas.

Silencio.

Silencio entero.

Víctor mira a Rodrigo.

—¿Qué Méndez?

—Víctor, da igual.

—¿Tú encargaste un informe psicológico sobre ella?

—Por supuesto. Era para protegerte.

—Tú me dijiste que descubriste a Jessica después del entierro. Que la viste en el funeral. Que la seguiste desde ahí. Eso me dijiste tú, Rodrigo. Exactamente eso. Vi a una mujer en el entierro, no encajaba nada, le pedí a un detective que la siguiera, descubrimos lo del hotel. Eso me dijiste.

—Y así fue.

—Entonces, ¿cómo le pediste un informe psicológico a Méndez? Méndez no hace informes psicológicos. Méndez es notario. Nuestro notario desde hace treinta años.

Pausa.

Pausa larga.

Rodrigo mira a Víctor. Después me mira a mí. Después mira al suelo.

—He dicho Pérez.

—Has dicho Méndez.

—He dicho Pérez. El detective Pérez.

—Has dicho Méndez, Rodrigo.

—No, Víctor.

—Sí.

Y yo, contra la estantería, con los ojos llenos de algo que ya no son lágrimas porque estoy más allá de las lágrimas.

Le veo a Víctor.

Le veo el momento en el que, después de un año entero, el ladrillo del fondo, el ladrillo que sostenía toda la pared, se le mueve. Le grito desesperada.

—PERO SI YO NO FUI AL ENTIERRO.

Víctor se levanta del sillón. Se levanta despacio, como le duele hacerlo cuando lleva mucho tiempo sentado. Se queda de pie en el centro del despacho. Las manos colgando.

—Víctor.

Me mira.

Rodrigo se acerca al escritorio. Sin dudar. Como alguien que sabe dónde está cada cosa en esta casa desde hace veinte años. Abre el segundo cajón. Saca una pistola. La deja encima de la mesa.

No dice nada.

Solo la deja ahí.

Víctor la mira.

La mira mucho rato.

Yo le miro a él.

Le miro mirar la pistola. Le miro mirar mis fotos esparcidas por la alfombra de su despacho. Le miro mirar a Rodrigo.

Despacio, Víctor alarga la mano.

Y la coge.

Y yo le miro los dedos cerrarse alrededor de la empuñadura.

Y le miro la cara mientras los dedos se cierran.

—Víctor —dice Rodrigo—. Ya está. Hazlo. Esta tipa lleva un año mintiéndote.

Víctor mira la pistola.

Mira a Rodrigo.

Me mira a mí.

—Cómo coño voy a haber hecho eso, Víctor.

—Cállate, Jessica —dice Rodrigo—. Víctor, hazlo.

—Víctor, tú lo sabes.

Y Víctor me mira.

Y en sus ojos, en sus ojos enteros, hay una cosa.

Hay un lo sé .

Lo sé de lo sé que esto está mal .

Lo sé de lo sé que algo se ha roto en mi historia .

Lo sé de lo sé que estoy haciendo justicia por mi hija con los medios que tengo.

Lo sé.

Un segundo entero con ese lo sé en los ojos.

Y yo le miro ese segundo entero.

Y ese segundo dura mucho. Más de lo que dura un segundo normal. Más de lo que debería durar. Como si los dos supiéramos que este segundo es el último en el que las cosas podrían ser distintas.

Rodrigo no dice nada más. No hace falta.

Yo cierro los ojos.

Por dentro me sale, a estas alturas, la puta canción de Camela.

Háblale de mí.

Cómo no.

Suena el disparo.

Yo no lo oigo entero.

Yo solo siento un golpe muy fuerte en el pecho, como si me hubiera dado contra una pared. Me escuece mucho. Muchísimo. Y entonces noto algo caliente. Muy caliente. Bajándome por el costado. Caliente como el café de las mañanas. Caliente como algo que no debería estar fuera.

Y después, nada.

Después, todo se vuelve muy blando.

Después, en el último segundo que dura un segundo, me viene a la cabeza la Nala. Mi Nala chiquita en casa del Toni. Mi Nala que ahora mismo está mordisqueando un juguete sin saber lo que está pasando. Mi Nala que mañana se va a despertar y va a preguntar por mí.

Y la Moni.

Y el Toni.

El móvil vibra en el suelo. Una vez. Dos. Tres. Desde aquí abajo, desde la alfombra, veo la pantalla iluminada. Toni. Suena y suena y suena.

Y mi madre, que ya está, desde hace mucho esperándome.

Y el sofá grande de Somosaguas. Y la mano de Víctor en la mía. Y solo esta vez , que era mentira desde el primer día. Con la de calle que tengo yo, y no lo vi venir.

Y, lo último, lo más raro, lo más absurdo, el Hotel Berenice. La habitación 317. La cama deshecha. La bata blanca. El delantal mío encima del carrito. Ese lunes de noviembre que empezó como un puto lunes normal de los míos. Y lo que sabía aquella chica que yo nunca voy a saber.

Nunca voy a saber por qué. El por qué es lo único que se lleva él.

Joder con la vida.

Joder con la vida que me ha tocado.

En el despacho de Somosaguas, la pistola se le cae a Víctor de la mano. Suena contra la madera del suelo. Rebota una vez. Queda quieta.

Rodrigo se mueve rápido. Recoge las carpetas del suelo.

Las mete en la caja fuerte. Cierra. Marca un código nuevo.

Coge la pistola del suelo. Limpia la empuñadura con un pañuelo.

El gatillo también. Se la vuelve a poner a Víctor en la mano, le cierra los dedos alrededor del gatillo.

Trabaja con la calma de quien ha hecho esto antes.

—Víctor. Ha entrado en tu casa. Eso es lo que vas a contar.

Víctor no contesta.

—Víctor, mírame.

Víctor no le mira.

Víctor mira a Jessica Gómez Ferrero en la alfombra de su despacho. La mira mucho rato.

—Víctor, llamo yo a la policía.

Víctor no contesta.

Mi móvil sigue sonando en el suelo. Rodrigo lo mira. Lo deja donde está.

Rodrigo saca el móvil. Marca. Espera.

Y mientras Rodrigo habla con la policía con la voz tranquila de quien tiene todo controlado, Víctor, se sienta en el sillón orejero, con la pistola colgándole de la mano.

Detrás de la puerta del despacho, Hada, la galga viejita que un sábado a las dos de la tarde se sentó por primera vez encima de mi pie, como pidiéndome que no me fuera, rasca la puerta con una pata. Una vez. Otra. Otra.

Como rascan los perros cuando saben que dentro algo está mal.

Pero la puerta no se abre.

Espera a alguien que ya no va a salir.

Como esperó, hace año y pico, a otra.

Y a mí, sin haberme dado tiempo a operarme las tetas.

★

Oye, tú.

Sí, tú, que has llegado hasta aquí.

Primero: muchas gracias. En serio. Que hayas cogido este libro, que te hayas

quedado con Jessi, con Toni y con Moni hasta el final… significa muchísimo.

Segundo: tengo que pedirte un favor. Uno pequeño. Del tamaño de una reseña.

Ya sé que suena a rollo. Que ya tienes bastante con tu vida.

Pero mira: una reseña es como contarle a un amigo que has visto algo guapo.

No hace falta que sea larga. No hace falta que sea perfecta.

“Me ha gustado” ya sirve. “He llorado un poco y me ha dado no sé qué” también.

Esas cuatro estrellitas y dos frases que tú tardas un minuto en escribir

son el motivo por el que una escritora que no conoce naide sigue escribiendo.

Con cariño,

La Noe