CAPÍTULO 26
Ir por lana y volver trasquilado
LA CAJA FUERTE SE AbrE.
Dentro hay menos de lo que esperaba y mucho más de lo que esperaba.
No hay fajos de billetes. No hay sobres con dinero. No hay joyas. No hay armas. No hay nada de lo que yo había imaginado.
Hay carpetas.
Tres carpetas.
Tres carpetas marrones, de las de toda la vida, apiladas.
Yo me quedo mirando.
Coge una carpeta, Jessi. Una sola. Mira lo que es. Cierra. Te vas.
Cojo la de arriba.
La abro.
Dentro hay impresiones en papel. Folios A4 con fotos pinchadas con clip.
La primera foto soy yo.
Yo, saliendo del Hotel Berenice por la puerta de servicio. Una foto sacada desde lejos. Con teleobjetivo. Esa misma tarde. La misma tarde del lunes diecisiete de noviembre.
La segunda foto soy yo de nuevo. En el Cercanías, leyendo el móvil. Una foto sacada por alguien sentado al lado.
La tercera foto es mi portal de Parla. Mi portal. La puerta de mi casa. Sacada de noche.
Yo no respiro.
Paso página.
Es una captura. Una captura de pantalla.
Del banco. Del banco mío. De la cuenta de Banca Privada Mirabaud.
Con el saldo. Con la fecha del ingreso de los tres millones.
Con todo. Una captura entera con mi nombre, mi DNI, mi todo.
Claro. don Esteban abrió la cuenta. don Esteban tenía acceso.
don Esteban es el último eslabón de la cadena, pero sigue siendo un eslabón.
Paso página.
Otra captura. La transferencia internacional. El despacho de don Esteban. La operación entera. Receptor: Jessica Gómez Ferrero. Concepto: Herencia testamentaria don Aurelio Bustamante.
Paso página.
Un informe. Un informe escrito a ordenador. Sin firma. Sin membrete. Solo texto.
Subject: Jessica Gómez Ferrero, 35. Limpiadora del Hotel Berenice.
Estuvo en la habitación 317 el día del fallecimiento.
Salió de la habitación sin notificar nada durante treinta minutos.
Después efectuó la llamada a recepción. Mantuvo versión coincidente en los tres interrogatorios policiales.
Recibió la transferencia diez semanas después por el importe acordado.
Ha invertido parte del importe en un negocio en Madrid (La Nala y sus compis, calle Hortaleza).
Vive ahora en Chamberí, calle Eloy Gonzalo.
Lo leo dos veces.
Tres.
Me quedo en “treinta minutos”. Treinta minutos dice. En cuanto me quedé sola con la chica muerta y la cabeza dando vueltas. Treinta minutos. Hasta la mentira tiene un número concreto para que suene a hecho probado. Está bien medido. Está. Todo. Bien. Medido.
Y se me empieza a derrumbar la cabeza, ladrillo a ladrillo.
Esto es un informe sobre mí, Jessi. Esto es lo que sabe alguien sobre ti. Esto está en la caja fuerte de Víctor.
Cojo la segunda carpeta. La abro. Tiembla la mano. Tiembla el folio. No puedo enfocar.
Más fotos. Yo en el local. Yo en el portal de Chamberí. Yo en el coche de Víctor saliendo de Somosaguas. Yo con Nala en la calle. Yo con la Moni en el bar. Yo con el Toni en Lavapiés.
Yo. Yo. Yo. Yo. Yo.
Páginas y páginas y páginas de yo.
Tercera carpeta.
La abro.
Esta es distinta. Esta tiene fotos pero las fotos no son mías.
Las fotos son del Hotel Berenice. La habitación 317.
Fotos del cuerpo. De Victoria. Tumbada en la cama. Bata blanca. Pelo rubio. Marcas en el cuello. Las fotos de la escena del crimen.
¿Cómo tiene Víctor las fotos de la escena del crimen?
¿Cómo tiene Víctor las fotos de la escena del crimen?
Y en ese segundo entiendo algo que llevo más de un año sin entender.
Yo no fui el testigo incómodo al que había que silenciar después. Yo fui el plan desde el principio.
Rodrigo llevaba un año sosteniendo a Víctor con una mano y apuntándome a mí con la otra.
Las fotos esparcidas por la alfombra. Las carpetas abiertas. Mi cara en una foto de teleobjetivo sacada el mismo día que encontré el cuerpo.
Me quedo de pie sin moverme. Oigo a Hada y Boris rascar la puerta desde el pasillo. El despacho huele a madera vieja y a Víctor. A sus libros. A todo lo que me he creído estos meses.
Yo pensé que le quería. Que le quería de verdad. Y puede que sí. Puede que lo de la cena, lo de los perros, lo del cine y el pañuelo de tela, fuera real de mi parte. De la suya era esto. Estas carpetas. Estas fotos. Mi cara en una caja fuerte.
Me tengo que apoyar en la estantería porque las piernas no me responden.
Víctor lo sabe, Jessi.
Víctor lo sabe.
No me sale otra cosa en la cabeza. Solo esa frase.
Y a la vez, debajo de esa frase, otra que no quiero que suba pero que sube.
Entonces lo de nosotros no era nosotros.
Entonces lo de nosotros era esto.
Estas carpetas son lo nuestro.
Yo me quedo de pie delante de la caja fuerte con las tres carpetas abiertas.
Una en la mano. Las otras dos en el suelo.
Yo respirando como si me faltara el aire.
Hada y Boris en el pasillo arañando la puerta del despacho cerrada.
Nala no está conmigo, Nala está en casa del Toni, Nala está a salvo, qué suerte que Nala está a salvo.
Yo, sola.
En el despacho de Víctor.
—Hijo de puta.
Lo digo en voz alta.
—Hijo de la gran puta.
Lo digo otra vez.
—Hijo de la gran puta, Víctor.
Y entonces se abre la puerta del despacho.