CAPÍTULO 25
A la tercera va la vencida
VIERNES A LAS ONCE MENOS CINCO.
Yo estoy en el mostrador del local. La Moni en su sitio dándole los datos a una clienta nueva con un labrador. El Toni en su cabina del fondo. Tres clientes en la sala de espera. Yo, sentada, con el ordenador delante y la cara puesta de jefa amable que sabe lo que hace.
Por dentro, la cara puesta de otra cosa.
Por dentro, el cuerpo a doscientas veinte pulsaciones.
Por dentro, los ojos pegados a la calle a través del escaparate.
A las once menos un minuto el Toni sale de la cabina. Se pone al lado de la Moni con cualquier excusa. No me mira. Mira a la calle. Sabe lo que viene.
A las once en punto pasa Rodrigo por delante del escaparate.
Va con un abrigo gris, un libro debajo del brazo, una sonrisa pequeña como el que va paseando. Camina despacio. Mira el escaparate como si estuviera mirando un sitio nuevo que le interesara. Después mira dentro. Después me ve a mí.
Yo le miro.
Yo, desde el mostrador, con la mano sobre el teclado del ordenador, le miro.
Y él, despacio, sin parar de andar, me saluda con la cabeza.
Yo, despacio, sin que me tiemble, le devuelvo el saludo.
Me cago en tos tus muertos so desgraciao, ¿tú quién eres?
Se lo debería haber gritado en la cara. Payaso.
Y él sigue caminando hasta que desaparece por la izquierda del escaparate.
Cinco segundos.
Cinco. Putos. Segundos.
La Moni mira al Toni. El Toni mira a la Moni. La Moni me mira a mí. Yo no la miro a ella. La Moni no dice nada porque la Moni es la Moni y todavía no sabe lo que pasa, pero la Moni siente. La Moni siempre siente.
Sigo en el ordenador. Cliente siguiente. Buenos días, ¿qué necesita? Doy una sonrisa. La sonrisa sale. Sale increíblemente bien para alguien que acaba de saludar a un asesino con la cabeza en mitad de un local en Justicia.
A las dos cerramos para comer. El Toni me coge del codo.
—Cari, vente al bar de enfrente. Necesito comer y necesito que tú comas.
—No tengo hambre.
—Cari, no me digas que no tienes hambre. Llevas tres días sin comer.
—Toni.
—Cari, vente.
Voy. La Moni viene también. Nos sentamos los tres en una mesa de un bar de barrio que conocemos. Pedimos. La Moni nos mira.
—Vale —dice.
—¿Qué? —digo yo.
—Vale, Jessi.
—¿Qué pasa, Moni?
—No lo sé. No me lo cuentes si no quieres. Pero algo pasa. Lleváis el Toni y tú con una cara que vamos. No es asunto mío. Pero, hija, si necesitas algo, lo que sea, te lo doy.
Yo la miro a la Moni.
A mi Moni de Parla.
A la Moni del Izan y de los mil cien del centro de salud.
A la Moni que ahora cobra el doble en mi recepción.
A la Moni que llevo media vida queriendo.
—Moni.
—Dime.
—Tú confía en mí.
—Yo siempre, cariño.
—Esta semana puede que pase algo. Si pasa algo, tú no te metas en nada. ¿Vale?
—¿Qué tipo de algo?
—Tú no te metas, Moni.
—Jessi, ya sabes que yo estoy aquí para ti.
—Te lo cuento cuando pueda.
—Vale.
Bebe agua. Asiente. Y la Moni, que es la Moni, no insiste más. Pero por dentro yo le he visto un peso en los ojos. Un peso que no le quito.
A la una de la tarde del sábado pido un Uber a Somosaguas.
He dormido cuatro horas. Me he duchado. Me he vestido con vaqueros y jersey gris. Nada llamativo. Pelo recogido. Mochila pequeña, vacía, con un par de bolsas grandes plegadas dentro por si hay que meter cosas. Por si hay cash. Por si hay sobres. Por si hay algo.
El Uber llegó.
Llamé a Víctor esta mañana desde casa.
—Víctor, tienes hoy reunión, ¿verdad?
—Sí. Desde las cuatro. Aunque antes tengo que pasar por casa a coger unos documentos. ¿Por?
—Voy a pasar por casa. Quiero recoger una cosa. Y de paso ver a los perros, que les echo de menos.
—Vale. Hada y Boris están solos, Vanesa no está hoy. Tienen pienso en la cocina si quieres darles. Llaves tienes, ¿no?
—Tengo.
—Vale. Te quiero, Jessica.
—Yo a ti.
Y colgué.
Y por dentro pensé menuda zorra estás siendo, Jessi .
Pero también pensé no te queda otra .
El Uber me deja en la verja a las dos. Marco el código que ya me sé. La verja se abre. Subo por la gravilla andando. Llego. Saco la llave. Abro.
La casa está vacía.
En el recibidor, alta en una esquina, la cámara. Sigo.
Hada y Boris vienen a recibirme. Se les ve confundidos, no saben por qué Víctor no está pero estoy yo. Yo les hago caricias. Les doy un trocito de pan que llevo en el bolsillo. Voy a la cocina, les pongo agua nueva.
Y me quedo de pie en mitad de la cocina.
Sola.
Sola en Somosaguas.
Sola en la casa de Víctor.
Sola con Hada y Boris mirándome con los ojos de los perros que saben que su persona no está y que la sustituta tiene cara rara.
—Tranquilos, chicos. Tranquilos.
Hada se acerca. Se sienta encima de mi pie como hace Nala. Es la primera vez que hace eso. Esta perra reservada, esta perra que no se sube a sofás, se me sienta encima del pie como pidiéndome que no me vaya.
Yo le hago una caricia entre las orejas. Trago.
—Lo siento, Hada.
Y salgo de la cocina.
Camino por el pasillo. Llego a la puerta del despacho.
La empujo.
Está cerrada.
Pruebo el pomo. Está abierto. Solo era el clic. Empujo más.
Entro al despacho de Víctor.
Cierro la puerta detrás de mí.
Dos y media. Menos de una hora si viene pronto a buscar los papeles. Más si espera a que termine la reunión. Corre, Jessi.
La mesa grande. Las estanterías de pared a pared. El sillón orejero. El segundo cajón de la mesa entreabierto. Dentro, algo negro y metálico que no miro dos veces porque no es lo que he venido a buscar.
Y allí está.
La caja fuerte.
A la izquierda de la pared, detrás de la puerta, empotrada en la madera. Manilla discreta. Teclado numérico negro.
Yo me acerco.
Me quedo de pie delante.
Apoyo la mano en el teclado.
Y pienso.
Vale, Jessi. La fecha. La fecha de la niña. ¿Cuándo cumplía la niña?
Lo sé.
Lo sé porque Víctor me lo contó. Tenía veintiséis años cuando murió. Y la chica murió un lunes diecisiete de noviembre. Tres semanas antes es el veintisiete de octubre.
Victoria nació un veintisiete de octubre. De hace veintiocho años.
Toco los números.
Dos. Siete. Uno. Cero. Nueve. Nueve. El formato corto, día, mes, año sin el siglo.
Pulso.
La caja fuerte hace un pitido feo. Rojo. Negativo.
Joder. Faltaban dos números.
Pruebo al revés. Igual lo puso con el año delante. Uno. Nueve. Nueve. Nueve. Uno. Cero. Dos. Siete.
Pitido. Rojo. Negativo.
Piensa, Jessi. Piensa.
Si Víctor pusiera la fecha de la niña, la pondría con el año entero. Cuatro dígitos. El formato completo, como en el DNI, como en los papeles. Día, mes, año completo. Veintisiete. Diez. Mil novecientos noventa y nueve.
El móvil vibra en el bolsillo. Lo saco. Es la Moni.
Jessi, ¿quieres que te haga la declaración de la renta?
Moni mi amor. No es el puto momento.
Lo guardo.
Dos. Siete. Uno. Cero. Uno. Nueve. Nueve. Nueve.
Pulso.
La caja fuerte hace un click .
La manilla se mueve.
Yo respiro.
Aguanto un segundo. Solo un segundo. Aguantando el aire entero antes de hacer nada.
Después tiro de la manilla.
Y la caja fuerte se abre.