Próxima Estación: Parla CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Piensa mal y acertarás

HAN PASADO tres días desde la noche en casa del Toni.

Tres. Días.

Tres días en los que he hecho lo único que sé hacer: aguantar. Aguantar el tipo. Aguantar la cara. Aguantar los mensajes de Víctor preguntándome qué pasa. Jessica, ¿estás bien?, no has venido, ¿pasa algo? Llámame cuando puedas.

Yo le he contestado un audio. Bonito. Mentiroso.

Antes de darle a enviar me quedé un segundo con el pulgar encima del botón.

Pensé una cosa. Pensé: si Víctor fuera el hombre que yo creo que es, si Víctor fuera de verdad el hombre que me coge la mano en el sofá y me sirve el café en la taza de Loewe y me pregunta si estoy bien , si Víctor fuera ese hombre, yo podría llamarle ahora mismo.

Podría decirle Víctor, tu socio ha matado a tu hija.

A mí me pagó por callarme, pero yo no sabía que era tu hija.

Perdóname Y si Víctor fuera ese hombre, me perdonaría, cogería el teléfono, llamaría a la policía y encerrarían al puto psicópata de Rodrigo. Quiero creer.

Necesito creer que eres ese hombre todavía. Pero es pedir demasiado. Déjame creerlo en mi cabeza por lo menos.

Pulsé enviar.

Víctor, perdona, llevo días con un dolor de cabeza fuerte y la regla por encima, no quería ir y amargarte. Mañana voy al local y la semana que viene vuelvo a Somosaguas, ¿vale?

Él me ha contestado vale, descansa, te quiero . Y yo le he contestado un emoji. Un. Puto. Emoji. Porque escribir te quiero con todas las letras me ha hecho llorar dos minutos en el baño.

Lunes de nuevo. La Moni me ve rara. La Moni me pregunta tres veces Jessi, ¿estás bien? Yo le digo tres veces sí. La Moni asiente con esa cara que pone, pero no insiste. Porque la Moni y yo tenemos un acuerdo no escrito desde Parla: cuando alguna de las dos no quiere hablar, la otra se calla.

El Toni viene al local todas las mañanas con cafés de Starbucks. Trabajamos. Corta pelos. Sonreímos a los clientes. Y a las ocho y media, cuando cerramos, nos quedamos solos en el local con la Nala, con las luces bajas, hablando bajito. Pensando. Sin llegar a nada. Sin llegar a ningún sitio.

—Cari —me dice el Toni cuando sale la Moni por la puerta—. Hay una opción.

—Cuál.

—Devolverle el dinero.

—¿Cómo?

—Que se lo devuelvas. Todo. Cada euro. Que vayas al despacho de don Esteban, montes un teatro, le digas que has decidido no quedarte la herencia, que tienes una crisis ética, lo que sea. Que el dinero se le devuelva a su origen y que tú quedes limpia.

—Toni, no puedo. Yo no tengo los tres millones en líquido. He gastado bastante.

—¿Cuánto te queda?

—Mucho. Pero no tres. Más de dos. Casi tres pero no tres.

—Cari, casi tres es suficiente para empezar. Lo que no llegue, lo devolvemos a plazos.

—Toni, esto no funciona así. Esto no es una hipoteca.

—Cari, hay que intentarlo.

—No sé.

—Cari, a lo mejor Rodrigo se calla la boca y no dice nada.

—Dios quiera Toni.

—Cari, la cosa es que él no quiere problemas. Él quiere que tú estés callada. Si tú devuelves el dinero y le dices que tú has olvidado que existe, él te deja en paz porque su problema sigue resuelto. Lo que le pongas en bandeja al ser tú la que rompe el trato es lo que le va a interesar.

—No sé.

—Cari, piensa. Piensa toda la noche. Mañana decidimos.

A las once cierro el local. El Toni me deja en mi portal de Chamberí. Genaro me saluda con la cara de no saber nada. Yo subo. Abro. Suelto a Nala. Me siento en el sofá.

Y entonces vibra el móvil.

Lo miro.

Número desconocido.

Lo abro.

Jessica. Buenas noches. Llevamos sin hablar mucho tiempo. Tenemos cosas que poner al día. R.

Yo me quedo con el móvil en la mano.

R.

Erre.

Erre de Rodrigo.

Erre de… me cago en sus muertos. Me cago en sus muertos. Antes me dice el Toni lo del dinero, antes aparece. Como las moscas en la mierda.

Yo bloqueo el número. Lo bloqueo de inmediato. Pero llega otro mensaje, de otro número.

No te molestes en bloquearme. Tengo más números. Tengo tantos como necesite.

Y luego un tercer mensaje.

Solo escucha. El viernes a las once de la mañana paso por delante de tu local. Saluda con la cabeza cuando me veas. Sin más. Quiero verte la cara cuando te enseñe que sé dónde trabajas. Y por favor, no le digas nada a tu novio. Sería un detalle que él agradecerá no saber.

Yo aprieto el móvil. Aprieto los dientes. Aprieto los puños.

Y por dentro me sale, sin venir a cuento, la frase entera que me sale siempre.

Hijo de la grandísima puta.

Hostia.

Hostia puta.

Me levanto del sofá. Voy a la ventana. Miro a la calle. La calle de Chamberí. Las farolas. Un señor paseando a un perro. Un coche aparcado. Otro coche aparcado.

Y uno aparcado al otro lado de la calle, con las luces apagadas, pero con un hombre dentro.

Lo veo desde la ventana.

Está mirando hacia mi portal.

Yo me aparto rápido de la cristalera. Apago la luz. Vuelvo a asomarme con la luz apagada.

El coche sigue ahí.

El hombre sigue ahí.

Y entonces el móvil vibra otra vez.

Buenas noches, Jessica. Que duermas bien.

Cierro la cortina con el brazo temblando. Me siento en el suelo del salón, espalda contra la pared. Nala se me viene encima del regazo y empieza a gemir. La perra siente. La perra siempre siente.

—Tranquila, gorda. Tranquila.

Pero no estoy tranquila.

Estoy aterrada.

Llamo al Toni.

—Cari, ¿qué pasa?

—Toni.

—Cari, ¿estás llorando?

—Toni, creo que está afuera de mi portal. Hay un hombre. En un coche. Mirando.

—Cari, ¿quién?

—Rodrigo. Me ha escrito Rodrigo.

—Cari.

—Tres mensajes. Que sabe dónde trabajo. Que el viernes pasa por delante del local. Que le salude con la cabeza. Que no se lo cuente a Víctor.

—Cari. Coge a Nala. Coge tu mochila. Te pido yo un taxi para mi casa. En quince minutos. ¿Vale?

—Vale.

—Cari, no salgas a la calle sola. Espera dentro del portal. Si el coche se mueve, vuelves a subir. ¿Vale?

—Vale.

—Te espero, cari.

Cuelga.

Yo cojo la mochila. Meto un pijama, el cargador, la pasta de dientes. Cojo a Nala. La meto en la jaula portátil. Apago las luces. Me asomo por la mirilla. El rellano vacío.

Bajo en el ascensor con la luz apagada. Llego al portal. No salgo. Me quedo en el portal mirando por el cristal.

El coche sigue ahí.

El hombre dentro también.

A los doce minutos llega el taxi del Toni. Yo salgo corriendo. Me meto. Cierro la puerta. El taxi arranca. Yo miro por el espejo retrovisor.

El coche del hombre se queda donde estaba.

No me sigue.

Y eso me da más miedo todavía.

Porque no me sigue porque no le hace falta.

Porque ya sabe dónde vivo.

Porque ya sabe dónde trabajo.

Porque ya sabe quién me importa.

Porque me tiene.

Llegamos al piso del Toni. Subo. El Toni me abre. Me abraza.

—Cari, mañana llamamos a don Esteban o al puto Santander de Parla. Pedimos un crédito, lo que sea.

—Toni.

—Mañana empezamos a devolverle todo. Lo que tengamos. Lo más rápido que se pueda.

—Toni.

—Y a partir de mañana no estás sola.

—Toni, escúchame joder.

—¿Qué, cari?

—Voy a ir a Somosaguas.

—Cari, no, ni se te puto ocurra.

—Voy a ir. Sí, voy.

—¿Por qué?

—Porque allí está la caja fuerte. Allí Víctor guarda dinero. Allí, igual, puedo coger lo que necesite para que la cifra sea más limpia. Voy a coger algo. Voy a hacer lo que tengo que hacer. Voy a juntar lo que pueda. Voy a devolverlo todo en menos de una semana.

—Jessi.

—Toni, es lo único que se me ocurre.

—Cari, no.

—Tú me dijiste que la única salida es devolverlo.

—Pero no robar a Víctor, cari. Sales de Málaga y te metes en Malagón.

—No es robar. Es coger lo que haga falta para arreglarlo. Después se lo cuento. Si todo esto sale bien, después se lo cuento todo.

—Cari.

—Toni. Es eso. O es esperar a que Rodrigo me mate.

El Toni no dice nada.

Apoya la cabeza en mi hombro.

Yo apoyo la cabeza en el suyo.

Y nos quedamos así un rato.

A la una y veinte, en la cama del Toni, con Nala temblando todavía encima de mi pecho, antes de dormirme, le digo en alto:

—El sábado voy a Somosaguas.

—¿El sábado?

—Sí. Víctor se va a la oficina por la mañana. Lo dijo el otro día. Tiene una reunión que dura hasta la tarde. La Vanesa también libra. Yo voy. Abro la caja fuerte. Cojo lo que pueda. Y ya está.

—¿Sabes la combinación?

—Tiene que ser una fecha. La gente pone fechas. Yo apuesto al cumple de la niña. Lo voy a probar.

—Cari.

—Eso voy a hacer.

—Cari, dime que esto no se va a torcer.

—No se va a torcer, Toni. Si no es pues hago el paripé y me salgo.

—Cari, prométemelo.

—Te lo prometo.

Cierro los ojos.

Por dentro me digo qué hija de puta tan grande eres mintiendo así, Jessi .

Porque cuando estás así no tienes otro remedio.