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CAPÍTULO 23

En las malas se conoce a los amigos

—Cari.

—Toni.

—Cari, ¿qué pasa?

—Ábreme.

—¿Estás bien?

—No. Ábreme.

—Cari.

—Toni, ábreme cojones.

—Estoy abriendo.

Subo los tres pisos sin ascensor. Llego con la jaula y la mochila al hombro. La puerta está abierta. El Toni la sostiene con cara de funeral.

Suelto a Nala. La perra se va corriendo al sofá. Yo me quedo de pie en el recibidor del Toni con la mochila colgando.

—Cari. Pasa. Siéntate.

Pasamos al salón. El Toni vive en sesenta metros bonitos en Lavapiés que decoró Coral.

Sofá de terciopelo verde. Una librería con libros que yo creo que no ha leído.

Un trastero entero de candelabros. El Toni baja la luz.

Pone una vela encendida en la mesita. Como si supiera que esto se hace con luz baja.

Se sienta enfrente. Trae dos vasos. Una botella de un vino tinto que no parece del Mercadona. Sirve.

—Cari, lo que tengas. Suelta.

Yo bebo. Bebo un trago largo. Demasiado largo. Casi me ahogo.

—Toni.

—¿Qué? Coño habla ya.

—Toni, yo te tengo que contar una cosa. Pero te tengo que contar la cosa entera. Toda la cosa. ¿Vale?

—Vale.

—Y no me interrumpas hasta el final. ¿Vale?

—Vale, mi niña, dale.

—Y luego me dices lo que quieras decirme. Lo que sea. Lo que quieras.

Respiro.

Bebo otro trago.

Y empiezo.

—¿Te acuerdas del lunes aquel en el que yo encontré a la chica muerta en el hotel?

—Sí, cari, claro que me acuerdo.

—Bueno. Pues esa mañana no te conté la verdad. Es decir. Te conté que la encontré. Eso es verdad. Lo que no te conté es que no me marché de la habitación corriendo a llamar a la policía. Lo que no te conté es que en la habitación, conmigo, había un hombre. Sentado en un sillón. Esperando.

El Toni abre los ojos. No dice nada.

—Era un señor mayor. Bien vestido. Tranquilo.

Educado. Cuando yo entré él ya estaba allí.

Cuando yo vi a la chica y me di cuenta de que estaba muerta, él me dijo, sin moverse del sillón, yo no haría eso si fuera tú .

Yo iba a sacar el móvil. Le digo, ¿quién es usted?

y él me dice que eso da igual, que escuche.

Y entonces este señor me hace una propuesta.

—Pero cari.

—Tú escucha, Toni.

—Vale.

—Me propone que llame a la policía como si nada.

Que diga que entré sola. Que la encontré sola.

Que no hubo nadie más. Y que, a cambio, en tres meses, me llega a la cuenta una herencia de tres millones de euros de un tío segundo de Sudamérica que no existe.

Y que con eso yo me organizo la vida y él se organiza la suya y nadie más se entera de nada.

El Toni traga.

—Cari.

—Sí.

—Cari, Cari, Cari.

Se lleva las manos a la boca abierta del tamaño de un buzón de correos.

—Sí.

—Cari. ¿La famosa herencia?

—Sí. Acepté.

Silencio.

Silencio de los que duelen.

—Toni.

—Cari.

—Yo no soy lo que tú crees. Yo soy peor.

—Cari, calla. Deja que asimile un segundo.

El Toni se levanta. Da una vuelta al salón. Vuelve. Se sienta. Bebe vino. Me mira. Vuelve a beber. Se pasa la mano por la cara.

—¿La herencia es falsa?

—Falsa, Toni. El tío segundo de Sudamérica no existe.

—¿Y el abogado, el don Esteban?

—Es real. Es un eslabón. Pero el origen de los tres millones era ese hombre. El que me los pagó. Por callarme.

—Nena.

—Eso es lo que has comido, Toni. Eso es la peluquería. Eso es el piso de Chamberí. Eso es el sueldo de la Moni. Eso son los zapatos del Izan. Esos millones son de un señor que mató a una chica y pagó porque yo me callara.

El Toni no dice nada. Bebe.

—Sigue —dice—. Cuéntame el resto.

—Vale.

Bebo. Sigo.

—La chica del 317 era una chica de veintiséis años, rubia, con bata blanca. La policía nunca me dijo su nombre. Yo nunca lo busqué. Yo no quería saber. Esta tarde, en la cocina de la mansión, la Vanesa me ha enseñado en su móvil fotos de la hija de Víctor.

—Y una mierda, cari.

—La chica de las fotos es la chica del 317, Toni. La hija de Víctor. Era ella.

El Toni se queda con el vaso en la mano. Quieto.

—A tomar por culo.

—La chica que encontré muerta es la hija de Víctor.

Silencio.

—Y eso no es todo.

—Cari.

—El hombre del sillón, el que me pagó los tres millones. El asesino. Es el socio de Víctor. Se llama Rodrigo Oñate. Ayer cenó en Somosaguas conmigo y con Víctor. Yo le di la mano. Le miré a la cara. Nala le gruñó. Yo aguanté el tipo. Pero, Toni, es él. Es él, Toni.

El Toni cierra los ojos. Se aprieta el puente de la nariz con los dedos.

—Y, además, Rodrigo y la hija eran amantes.

Lo sabe la Vanesa. Pero Víctor no lo sabe.

Víctor no sabe que su socio se acostaba con su hija.

Víctor no sabe que su socio mató a su hija.

Víctor cree que su hija murió porque sí, asesinada por alguien sin nombre que la policía no encuentra.

Y yo llevo todo este tiempo callándome todo eso en su cama.

Termino.

Termino y me quedo respirando.

El Toni no dice nada durante mucho rato. Mucho. Diez segundos enteros. Quince. Yo cuento. Quince segundos del Toni callado son un terremoto. El Toni no se calla quince segundos en su vida.

Después abre los ojos.

Y me mira.

—Cari. Que esto es peor que una novela turca, que yo estoy flipando.

—Toni.

—Cari, ven aquí.

Me tira del brazo. Me sienta a su lado en el sofá. Me pasa el brazo por encima. Me aprieta contra él.

Yo me echo a llorar.

Lloro contra su jersey de cachemir. Lloro fuerte. Lloro feo. Lloro con mocos.

—Llora, cari. Llora todo lo que tengas que llorar. Yo estoy aquí para ti, siempre.

Lloro diez minutos.

Quince.

Hasta que se me acaba.

Cuando se me acaba, levanto la cabeza. El Toni tiene el jersey hecho una mierda. No le importa. Me limpia la cara con una servilleta de tela.

—Cari.

—Toni.

—Cari, en qué lío nos has metido.

—Toni, lo siento.

—Cari, escúchame bien. Acabo de decir nos . ¿Lo has oído?

—Sí.

—Eso es porque lo digo en serio. Eso es porque a partir de ahora esto somos los dos. No tú sola. Los dos. ¿Me oyes?

—Sí.

—¿Me oyes, cari?

—Sí, Toni.

—La Toni no se mueve de aquí. La Toni no se va. La Toni no se asusta. La Toni y la Jessi somos uno, desde que me defendías en el instituto de los heterobásicos.

—Vale.

—Y ahora vamos a pensar.

—Vale.

—Pensar mucho. Pero esta noche no. Esta noche vas a dormir aquí. En mi cama. Conmigo y con la Nala. Y nada más. Y mañana, con la cabeza más fría, hablamos.

—Vale.

—Cari, te quiero mucho.

—Toni.

—Mucho mucho.

—Yo también.

Y entonces, sin más, el Toni me hace una cosa que no me esperaba. Me coge la cara con las dos manos. Me mira a los ojos. Y dice, despacio:

—Cari, no es culpa tuya. Lo que hiciste, lo hiciste por miedo. Y a ti te enseñaron, igual que a mí, que cuando uno no tiene nada, cuando uno crece con la sensación de que el mundo no es para uno, uno hace lo que puede para sobrevivir. Eso no te hace mala persona. Eso te hace persona. ¿Me oyes?

—Toni. Estamos hablando de una vida.

—¿Me oyes, Jessica?

—Sí.

—Bien.

Me suelta la cara. Coge el vaso. Bebe.

A las once y media estoy metida en su cama, en pijama de él que me viene como un saco, con Nala encima del pecho. El Toni a mi lado leyendo un libro. La lámpara baja. Una vela en la mesilla porque al Toni le da por las velas hasta para dormir.

Yo no me duermo. Miro al techo.

—Toni.

—Cari.

—¿Y la Moni?

—La Moni no se entera de esto.

—¿No?

—No. La Moni tiene su niño y muchos problemas. Y eso es lo último que necesita. La Moni se queda en su sitio. Llevando recepción. Con el Izan. Sin saber. Por la Moni, por el Izan, por nosotras. ¿Vale?

—Vale.

—Cari.

—Toni.

—¿Te puedes dormir?

—Lo intento.

—Cierra los ojos, que ya me has dado mucho castigo por hoy.

Apaga la lámpara. Solo queda la vela. La vela baila contra el techo de Lavapiés. Y yo, antes de dormirme, le digo una cosa en alto:

—Toni.

—Cari.

—Gracias.

—Cari.

—De verdad. Gracias.

—Cari, no me vuelvas a dar las gracias, que te moñeo.

Cierro los ojos. Comienzo a llorar con grititos ahogados.

—Cari, ¿qué coño te pasa ahora?

—Que también tengo que pagar a Hacienda...

—Jessi, me tienes hasta el coño.

Sin darme cuenta, y por primera vez en cuarenta y ocho horas, me duermo.