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CAPÍTULO 22

Antes se coge a un mentiroso que a un cojo

TRES DÍAS DESPUES.

Tres días llevo sin pegar ojo. Tres días pensando en el Rodrigo de los cojones. En su cara. En su voz. En el perfume. En la mano. Tres días intentando convencerme de que no es él. Y tres días sin conseguirlo.

He vuelto a Madrid dos veces, al local. He fingido normalidad delante del Toni y de la Moni. He sonreído a clientes. He doblado toallas. He apuntado citas.

Pero por dentro estoy temblando como un junquillo en el viento.

Hoy jueves he vuelto a Somosaguas. Víctor está en Madrid en una reunión hasta las nueve.

Vanesa está aquí limpiando. He llegado yo sobre las seis porque le he dicho a Víctor me voy un ratito a tu casa, , y él me ha dicho claro, claro, vete, ya casi también es tu casa y yo le he dicho hoy también me quedo .

Ahora estamos en la cocina. Seis y media. Acaba de fregar el suelo. La fregona apoyada contra la pared. Yo le he traído un café del de máquina porque me ha dado la gana hacérselo yo a ella por una vez en mi vida.

—Hija, qué cosas haces. Que el café te lo hago yo.

—Hoy te lo hago yo, Vanesa. Siéntate.

—Pero…

—Siéntate, Vanesa.

Se sienta. Le doy el café. Me siento yo enfrente, en el otro taburete. Bebemos un sorbo.

—Vanesa.

—Dime, hija.

—El otro día vino aquí Rodrigo Oñate.

Vanesa para. No es nada perceptible si no la conoces. Es solo que para de mover la taza. Una décima de segundo. Pero para.

—¿Sí?

—Sí. Cenó con Víctor y conmigo.

—Vale.

—¿Tú le conoces?

Vanesa me mira. Me sostiene la mirada. Bebe un sorbo. Deja la taza.

—Sí, hija. Le conozco. Trabajan juntos desde hace casi veinte años. Viene poco por aquí. Pero le conozco.

—Vale.

Pausa.

—Vanesa.

—Dime, hija.

—¿Qué clase de hombre es?

Y entonces Vanesa hace una cosa que no le he visto hacer nunca.

Mira hacia la puerta de la cocina. Como si tuviera que comprobar que no hay nadie.

No hay nadie. Solo nosotras.

Pero ella se asegura.

Y después baja la voz.

—Hija. Yo no digo nada, pero…

—¿Pero?

—Pero ese hombre, hija, ese hombre no me cae a mi bien. Me da mal yuyu.

—Vale.

—Y a la niña tampoco le caía muy bien. Aunque la niña, al final, cosas de las niñas, ¿sabes? Cosas de las niñas.

Yo aprieto la taza.

—¿Cosas de las niñas como qué?

—Como nada, hija.

—Vanesa, hija, dímelo.

—Como nada. Yo no digo nada.

Pero sigue ahí. Sentada. Con la taza. Mirando hacia abajo. Y, cuando la gente que dice yo no digo nada sigue ahí, lo que está pasando es que están a punto de decir algo.

Espero.

Bebo café. Espero.

—Es que mira.

—Dime.

—La niña, Victoria. Dos o tres años de lo que le pasó, empezó a venir aquí los miércoles a veces a comer con su padre.

Era cuando se llevaban bien. Esto es antes de que pasara lo que pasó, eh, mucho antes.

Y los miércoles, después de comer, salía a fumar al jardín.

Y a veces se metía en el coche y se iba.

—Vale.

—Y a veces, hija, antes de irse, hablaba por teléfono en el jardín. Bajito. Por teléfono. Y yo, cuando regaba las plantas del porche, sin querer, pasaba por al lado.

—Sin querer claro.

—Y oía cosas. Sin querer, eh. Yo no escucho. Yo regaba.

—Claro.

—Pues una vez le oí decir un nombre.

—¿Qué nombre?

Vanesa no me mira. Sigue mirando la taza.

—Rodrigo.

Yo no respiro.

—Rodrigo —repite Vanesa, ahora levantando la vista—. Y le decía cosas, hija. Cosas. Que no se le dicen a un socio del padre. Que se le dicen a otra cosa. Como de rollete ya me entiendes.

—¡Que fuerte!

—Yo no dije nada nunca. A nadie. Por necesidad. Porque, hija, una pierde el sueldo si abre la boca. Y yo no me puedo permitir perder el sueldo.

—Vale, Vanesa.

—Y don Víctor no lo sabía. don Víctor no sabe nada. La niña era discreta. Pero yo lo sé. Yo lo sé porque oí ese nombre una vez. Y porque después encontré más cosas.

—¿Qué cosas, Vanesa?

—Hija. Mensajes. Cosas en el teléfono de la niña que yo no debía haber visto. Pero los vi. Una vez que ella se dejó el móvil olvidado en la cocina.

—¿Y qué decían?

—Hija, eso ya no. Eso ya no te lo cuento. Pero los vi.

—Vale.

—Pero yo no digo nada, hija. Solo que el Rodrigo ese, no es trigo limpio.

—Nada, Vanesa, esto es una conversación casual entre amigas.

Estamos calladas un minuto entero. Yo intentando que no me tiemble la mano que sostiene la taza. Vanesa mirando la fregona apoyada contra la pared como si la fregona le hubiera hecho algo personal.

Y entonces, después de un minuto, ella saca el móvil del bolsillo del delantal. Lo desbloquea. Toca pantallas.

—Hija, mira que guapa era, una muñeca. ¿Quieres ver una foto? Yo siempre la tengo.

—¿Una foto de quién?

—De la niña. De Victoria.

A mí se me cae algo dentro.

—Sí. Enséñamela.

Vanesa gira el móvil hacia mí. Es una foto en una cocina. En esta cocina. Hace años. Vanesa joven y una chica adolescente en el desayuno. La chica sonriendo. La chica con el pelo recogido en una coleta y una bata blanca de estar por casa.

Pelo rubio largo.

Cara de princesa de cuento.

Y la cara.

La cara.

La cara la conozco yo.

La. Cara. La. Conozco. Yo.

Esa cara la vi una vez en mi vida sobre una almohada del Hotel Berenice. Con los ojos abiertos. Con marcas oscuras en el cuello.

Esa cara.

Esa puta cara.

Esa.

Es. Ella.

Es ella.

Joder.

JODER.

Por dentro, el cuerpo se me cae al suelo entero. Por dentro me derrito. Por dentro me cago en mis muertos veinte veces seguidas. Por dentro grito.

Por fuera. Por fuera respiro. Por fuera me obligo a sostener el móvil. Por fuera me obligo a sonreír un poquito, mirar la foto, pasar el dedo en el pellizco, ampliando y decir:

—Era guapa.

—Era guapísima, hija.

—Totalmente.

—Y buena. La niña era muy buena, eso sí. Yo le tenía mucho cariño, hija.

—Normal, eran muchos años.

Le devuelvo el móvil. Vanesa lo guarda. Da otro sorbo al café. Yo sostengo la taza con las dos manos porque me tiemblan tanto que si la sostengo con una sola se me cae.

Es ella. Es Victoria. Victoria es la chica del 317. La chica del 317 es la hija de Víctor. Y Rodrigo, el hombre del traje azul marino, el hombre que me ofreció tres millones, era el amante de Victoria. Y la mató.

Y la mató.

Y yo callé.

Y yo cobré.

Y ahora estoy en su casa. En la casa de su padre.

—Hija.

—¿Qué, Vanesa?

—¿Estás bien? Te has puesto pálida.

—Sí. Estoy bien.

—¿Quieres un vaso de agua?

—No. Estoy bien.

—¿Seguro?

—Vanesa, estoy bien. Me ha entrado un sofoco.

—Ay, hija, los sofocos. Yo tengo un montón. Bueno, a tu edad yo no tenía, pero a la mía los sofocos son horribles. Te traigo el ventilador.

—No hace falta. Solo necesito un minuto.

Vanesa se levanta. Va al frigorífico. Saca una botella de agua. Me llena un vaso. Me lo trae. Me lo bebo de un trago.

—Mejor —digo.

—Bien.

—Vanesa.

—Dime.

—Lo que me has contado, lo de Victoria y Rodrigo, lo guardo.

—Hija, no se lo cuentes a don Víctor. Por favor. Yo necesito este trabajo.

—No se lo cuento.

—Te lo he dicho porque tú me importas, hija. No por más.

—Lo sé.

—Vale.

Sigo bebiendo agua. Sigo aguantando el tipo. Aguanto. El. Puto. Tipo.

Le digo a Vanesa que me voy un rato a dar un paseo. Que necesito aire.

—Vete, hija, vete.

Cojo a Nala. Le pongo el arnés. Salgo. Cierro la verja. Camino por la calle privada con árboles. Camino sin saber adónde voy. Camino con la perra al lado tirando del arnés.

A los quinientos metros me siento en un bordillo. En la calle. Como una persona sin casa. La perra me mira.

Y entonces saco el móvil.

Y marco al Toni.

Suena dos veces.

—Cari, ¿qué pasa?

—Toni.

—Cari, cari, cari, ¿qué pasa? Cari, dime, dime.

—Toni, tenemos que vernos.

—Cari.

—Toni, ya. Esta noche. Donde sea.

—Cari, ¿dónde estás?

—Te lo cuento luego. Voy para Lavapiés ipso puto facto.

Cuelgo. Apoyo la cabeza en las rodillas. La perra apoya su cabecita en mi pie. Y yo, en un bordillo de una calle privada de Somosaguas, con un Cartier en el cuello (que me regaló Víctor por mis treinta y seis) y unos pantalones de cachemir, lloro en silencio.

Lloro porque ya no hay vuelta atrás.

Lloro porque la chica del 317 era la hija del hombre que duerme a mi lado.

Y por dentro la puta voz que me ha sonado muchas veces en la cabeza.

Confía en mí.

Aprieto los puños.

Esta vez no la aparto.

Esta vez le contesto.

Confío en mi puta madre, hijo de perra.