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CAPÍTULO 21

El diablo sabe más por viejo que por diablo

LUNES. Las cinco y veinte de la tarde. Estoy en la cocina de Somosaguas con la Vanesa preparando una tarta de manzana porque por la mañana, en un mensaje, Víctor me ha dicho:

Jessica, esta noche viene un socio mío a tomar algo y a cenar si te apetece. Sin formalidades. Buen tío. ¿Te parece bien?

Yo le he contestado vale, claro . Porque ¿qué le voy a contestar?

—Hija, ¿le ponemos canela a la masa? —pregunta la Vanesa.

—Ponle.

—La canela perfuma todo, hija.

—Ponle, Vanesa.

Estoy distraída. No sé por qué. Llevo todo el día con un nudito en el pecho que no se me deshace. Como cuando ibas al colegio y no habías hecho los deberes y sabías que algo iba a pasar pero no querías pensar en qué. Así. Llevo así desde ayer.

A las ocho y cuarto suena la verja.

—Ya están —dice la Vanesa.

Yo me asomo a la ventana de la cocina que da a la entrada. Veo el coche de Víctor aparcado. Y un segundo coche detrás. Un coche más grande. Negro.

Se bajan los dos.

Víctor primero. El otro detrás.

Yo le miro al otro desde la ventana de la cocina. Pelo castaño con canas en las sienes. Cara afilada. Abrigo de paño oscuro. Camisa blanca. Sin corbata.

—Vanesa.

—¿Qué, hija?

—¿Quién viene?

—No sé, hija. don Víctor no me ha dicho con quién. Creo que con su socio.

—Vale.

Suena la puerta principal. La Vanesa se limpia las manos en el delantal y va a abrir. Yo me quedo un segundo en la cocina mirándome los pantalones. Los pantalones de cachemir negros que llevo. Los pantalones limpios. Los pantalones de la nueva Jessi.

Respiro.

Salgo de la cocina.

Y allí está.

En el recibidor.

De pie.

Quitándose un abrigo de paño gris oscuro y entregándoselo a la Vanesa con una sonrisa educada.

Y entonces gira la cabeza.

Y me ve.

Y yo le veo a él.

Y son dos segundos.

Dos segundos en los que el mundo se queda quieto.

Dos segundos en los que mi cuerpo dice es él, es él, es él y mi cabeza dice no, Jessi, espera, espera, no estés segura, mira bien .

Y él, por dentro, supongo que está haciendo lo contrario, pero por fuera no se le mueve nada. Nada. Ni una pestaña. Solo me sostiene la mirada, dos segundos, con esa sonrisa educada de socio que viene a cenar, y dice:

—Buenas noches.

Voz tranquila. Voz educada. La misma voz.

La misma. Puta. Voz.

—Buenas noches —digo yo.

Víctor entra detrás. Se quita el abrigo. Se acerca a darme un beso.

—Jessica, te presento a Rodrigo Oñate. Mi socio desde hace muchos años. Rodrigo, Jessica.

Rodrigo se acerca. Me ofrece la mano. La misma mano que vi un día apoyada en el reposabrazos del sillón de la habitación 317.

—Encantado, Jessica.

—Encantada, Rodrigo.

Le doy la mano.

Mano cálida. Firme. La misma que vi.

Pero ¿la misma?

Porque al darle la mano, al notar la palma, al ver la cara más cerca, me empieza a entrar la duda.

La verdadera. La duda de Jessi, ¿es él?, ¿de verdad es él?

, ¿o estás viendo cosas porque llevas un año y pico esperando ver cosas?

Porque este señor que me da la mano se parece.

Se parece mucho. Pero no es exactamente lo mismo.

La luz aquí es buena, la luz de aquel día era de media luz.

Y la cara, vista frontal, en condiciones, podría ser la suya o podría ser la de un primo o podría ser la de cualquier señor de cincuenta y cinco años con pelo castaño y canas en las sienes.

Y Rodrigo es un nombre que no me dice nada porque yo nunca supe su nombre.

Y, sin embargo, el cuerpo.

El cuerpo sabe.

El cuerpo no se está quieto.

—Pasa, pasa —dice Víctor—. Vamos al salón. ¿Una copa?

—Un vino. Lo que tengas.

—Vale.

Pasamos al salón. La Vanesa va a por las copas.

Rodrigo se sienta en un sillón. Víctor en el sofá.

Yo en el otro lado del sofá, lo más lejos del sillón que puedo.

Nala, que llevaba toda la tarde dormida en su cama de al lado de la chimenea, levanta la cabeza.

Ve al hombre nuevo. Se levanta despacio.

Se acerca a olerle.

Yo le miro a la perra.

Nala olfatea los pies de Rodrigo. Una vez. Dos. Tres. Y entonces le gruñe.

Le gruñe.

Bajito.

Un gruñido del fondo de la garganta. Apenas se oye. Pero está.

Y se retira tres pasos. Y se sienta lejos. Y se queda mirándole.

Víctor se ríe.

—Vaya recibimiento, Rodrigo. No te ha hecho favorito.

—No le caigo bien a los perros. Es lo mío.

Lo dice con una sonrisa.

Y yo, en mi sofá, con la copa que la Vanesa me acaba de servir, miro a mi perra.

A mi perra, que aceptó a Víctor en treinta segundos.

A mi perra, que le ha gruñido a Rodrigo en tres olfateos.

Es él, Jessi. Es él.

Aprieto la copa.

Cena. Cenamos los tres. Vanesa nos sirve el cordero (otro cordero, la Vanesa todo lo arregla con cordero ) y la tarta. Víctor habla de la empresa. Rodrigo habla de la empresa. Yo escucho. Pregunto poco. Sonrío. Aguanto. Como. Aguanta el tipo, Jessi. Aguanta. El. Puto. Tipo.

Rodrigo me hace dos preguntas. Solo dos.

—¿A qué te dedicas, Jessica?

—Tengo un hotel canino con peluquería en Justicia.

—Ah, sí, cierto. Víctor me había hablado del sitio. ¿ La Nala y sus compis ? Por la perrita.

—Sí.

—Bonito nombre.

—Gracias.

Lo dice sin acentuar ni una sílaba más que la otra. Sin guiños. Sin nada. Pero por dentro yo le oigo otra voz, otra de la habitación 317.

Y entonces la segunda pregunta.

—¿Y cuánto lleváis abierto?

—Pues más o menos un año, no estoy segura.

—¿Y antes a qué te dedicabas?

—A otra cosa.

—Qué buena respuesta.

Sonríe.

Sostiene la copa de vino con dos dedos por el tallo, como sostiene un señor con dinero su copa, como si ya supiera todo lo que necesitara saber sobre todo y solo estuviera esperando.

Yo bebo. Bebo demasiado. Bebo más de lo que bebo nunca. Pero por fuera mantengo la cara.

A las once y veinte Rodrigo se va. Se despide con dos besos. Su perfume me roza la mejilla. Caro. El mismo. Yo me digo para. Para, Jessi. No estés segura. Hay muchos perfumes caros. No te flipes.

Cierra Víctor la puerta detrás de él. Vuelve al salón. Me mira.

—¿Estás bien? Te he visto callada.

—Estoy bien. Cansada.

—Vale. ¿Subimos?

—Sí.

Subimos. Me ducho. Me lavo los dientes. Me meto en la cama. Víctor se acuesta a mi lado. Me da un beso. Apaga la luz.

A los pocos minutos su respiración se hace pesada.

Yo no me duermo.

Miro al techo. Miro al techo de Somosaguas, las molduras de escayola bonitas y cuidadas.

Nala se acomoda encima de mi pecho. Tiembla un poco. La perra tiembla.

—Lo sé, gorda —le susurro—. Lo sé.

Y por dentro me sale otra vez la frase.

Es él, Jessi. Es él. Tienes que estar segura. Mañana lo confirmas. Mañana.

Pero no sé cómo se confirma una cosa así.

Y no se me ocurre.

Y me quedo despierta hasta las cinco y media.