Próxima Estación: Parla CAPÍTULO 20
71%

CAPÍTULO 20

Te la meto de frente

PASAN DÍAS. Es domingo por la mañana. Las diez y media.

Estamos en la cocina de Somosaguas, los dos en pijama y con bata, los perros tumbados al sol que entra por la ventana grande, y Víctor está haciendo huevos revueltos con tomate.

Ha hecho café del bueno, del de máquina con grano.

Me lo ha servido en una taza enorme blanca de Loewe que era de su mujer y que él me ha enseñado el otro día para que la uses tú a partir de ahora si te apetece .

A mí me apetece.

A mí me apetece todo, últimamente.

Yo estoy sentada en el taburete de la isla, en pijama, con calcetines gordos de invierno, leyendo el periódico de papel que él se hace traer cada mañana. Es de las pocas costumbres viejas que conservo, Jessica, lo del papel. El papel cruje. Huele bien. Me gusta también.

Vanesa no está. Es domingo. Vanesa está en Cuenca con sus nietos. La casa está en silencio menos por el chisporroteo del aceite en la sartén y un perro que ronca, no sé cuál, no me molesto en mirar.

Y entonces, sin venir a cuento, Víctor dice una cosa.

—A Victoria le gustaban mucho los huevos revueltos.

Yo levanto la vista del periódico.

—¿Si?

—Le hacía yo los huevos revueltos los sábados. Cuando era pequeña. Después en su adolescencia se quejaba de todo y le dejé de hacer huevos. Después, cuando se mudó a su piso, volvía a casa los sábados a ratos y otra vez me pedía huevos. La cosa se cierra a veces.

—Sí.

Lo dice así. Sin levantar la vista de la sartén. Hablándole a los huevos. Habla con ellos como quien le habla a un perro mayor.

Yo dejo el periódico encima de la encimera. Cojo la taza de Loewe con las dos manos. Bebo café. Espero.

—¿Te molesta que te hable de ella?

—No no, en absoluto.

—Si te molesta me dices.

—No me molesta.

—Vale.

Sirve los huevos en dos platos. Me trae el mío. Se sienta al lado, en el otro taburete. Bebe café. Mira los huevos. Sigue hablando como si yo no estuviera, casi.

—La investigación sigue abierta. Hace una semana me llamó el inspector Calderón. Vino a casa. No sé si sabes que a ella la asesinaron.

Yo paro de masticar.

—¿Ah, sí?

—Me trajo una actualización. No habían avanzado mucho. La cosa parece que se va parando. Lo dicen sin decirlo. Cuando un caso lleva tanto abierto sin novedad, ya sabes.

—Claro.

Trago. La saliva me cuesta. Sigo callada.

—No tenían huellas que sirvieran. La habitación estaba muy limpia, dijeron. La persona que hizo eso, lo hizo bien. Lo planeó. No fue un robo. No fue un descontrol. Fue alguien que sabía qué hacía y que después limpió.

—La autopsia dice que fue por la mañana. Pasa esto. Pasa por la mañana. La gente piensa que las cosas malas pasan por la noche pero las cosas peores pasan por la mañana.

—El peligro siempre está ahí.

—Tenía una habitación reservada a su nombre. Llegó a un hotel sola. Subió sola. No había cámaras ya que el hotel siempre dice Lo primero es la discreción . La policía habló con la dirección del hotel. La dirección del hotel cooperó. Pero lo dicho, no había cámaras.

Me quedo un segundo con eso.

Yo no estoy respirando. El puto Berenice dice Discretísimos en su folleto de los cojones.

No respiro. Aguanto el aire. Y aguanto el café en la mano. Y aguanto la cara sin mover.

—¿Tú… sabes con quién quedaba allí? —pregunto, y la voz me sale un poquito quebrada.

No lo nota.

—Mi hija quedó allí con alguien que no quiere ser encontrado. Y la policía no lo está encontrando. Llevo mucho esperando que pase algo y no pasa nada.

—Vale.

—Pero tengo paciencia, Jessica. Yo tengo paciencia. Y tengo recursos. Y la verdad sale, antes o después. Es lo único que sé.

Lo dice con una calma que no es paz. Es la calma de alguien que lleva un año aferrado a una única respuesta porque la alternativa es no tener ninguna.

Cuando alguien te da una explicación que cabe exactamente en el tamaño de tu dolor, no la examinas.

La coges. Te aferras. Porque es lo único que tienes.

—Entiendo.

Y entonces, sin levantar la voz, sin gritar, sin hacer nada, dice una frase. Una sola. Pero la dice de una manera que la frase pesa más que la cocina entera de Somosaguas.

—Hay cosas que no se perdonan.

Yo aprieto la taza más.

Tres segundos.

Cuatro.

Cinco.

—Mi hija merecía justicia.

Yo le miro.

Le miro con la taza en las manos, los huevos delante sin tocar, los perros roncando todavía al sol, y le miro.

Y por dentro, por dentro yo, en mi cabeza, suena una voz. Una que no es mía.

Confía en mí.

La aparto.

Pero no se va.

Esta vez no se va.

—Víctor.

—¿Sí?

—¿Tú estás bien?

Lo digo así. Lo digo porque no se me ocurre otra cosa. Lo digo como una idiota.

—Sí. Estoy bien. Estoy bien siempre. Hay días que estoy menos bien. Pero estoy bien.

—Vale.

—¿Y tú?

—Yo bien también.

Y mentí.

Y mintió.

O eso me parece.

O nos mentimos los dos.

Yo no lo sé.

Me obligo a comer un trozo de huevo. Me obligo a tragar. El huevo está bueno pero a mí me sabe a algodón mojado.