CAPÍTULO 19
La curiosidad mató al gato
LLEVAMOS YA VARIOS MESES.
Varios. Meses. Juntos. La Toni los cuenta como una madre. La Moni los cuenta como una contable. Yo los cuento como una idiota.
Por el medio han pasado las Navidades. La Nochebuena la paso yo en Somosaguas con Víctor y los perros, los dos solos, con un capón al horno que deja hecho la Vanesa antes de irse a su pueblo.
Cenamos. Vemos una película mala. Brindamos.
Lloramos un poco los dos por los nuestros que no están, cada uno por los suyos.
La Nochevieja es al revés: la pasamos en mi piso de Chamberí con el Toni, la Moni, el Izan y la Coral, todos amontonados, con polvorones y cava y el Izan dándole patadas a un balón en el pasillo a las once de la noche.
Reyes los pasamos juntos otra vez en Somosaguas.
Víctor le regala al Izan un patinete eléctrico y la Moni casi se desmaya.
Víctor, joder, es mucho , le digo yo en la cocina.
Él me sonríe y me dice Jessica, déjame que regale lo que quiera, llevo tiempo sin tener a quién regalarle nada.
No es de golpe. Es cosa a cosa, visita a visita.
Una noche olvido un jersey encima de la silla.
Otro sábado me dejo los productos del baño porque no caben en la mochila pequeña.
Otro domingo vuelvo a Chamberí sin los pantalones de cachemir porque los ha lavado la Vanesa y están tendidos.
Y en ningún momento nadie dice nada. Y en ningún momento hace falta decirlo.
Y mis cosas en el armario de Víctor son ya, oficialmente: tres pantalones, cuatro jerséis, dos camisas, un vestido por si acaso, el abrigo camel de Olivia , botas, mocasines, deportivas, y productos en el baño: desodorante, los tampones, las cremas que Coral me obligó a comprar, las pastillas de la tensión que toma uno por la mañana y que Víctor me ha dejado dos cajas porque dice que la tensión es importante, y dos pares de pendientes que dejé en un platito de cerámica encima de la encimera del lavabo y que él ha dejado allí sin tocar como diciendo este platito es tuyo a partir de ahora .
Tengo mi cepillo de dientes al lado del suyo.
Repito.
Tengo mi cepillo de dientes al lado del suyo.
Joder, Jessi. ¿En qué momento?
Hoy es jueves. Las nueve de la mañana. Llevo media hora vaciando una caja del piso de Chamberí en la habitación, con el armario abierto.
Pijamas. Una bata. Una caja con bisutería.
Cosas. Cosas que no son nada pero que de pronto pesan algo, porque se están moviendo de un sitio a otro y eso quiere decir cosas.
Suena el timbre de la verja. Yo bajo. La Vanesa abre. Es el Toni.
—Cari.
—Toni.
—Cari, no me digas nada. No. Me. Digas. Nada.
Se queda en el escalón de la entrada mirando. Mirando la puerta de madera oscura. Mirando el picaporte de hierro forjado. Mirando los árboles. Mirando la gravilla.
—Cari. Cari. Cari.
—Pasa, Toni.
—Cari, déjame procesar un segundo.
Le doy un segundo. Lo veo subir los cuatro escalones como si fueran de oro. Cruzar la puerta. Mirar el techo. Mirar la lámpara. Mirar el suelo de mármol. Mirar la escalera. Mirar la alfombra persa.
—Cari.
—Toni.
—Cari, esto es…
—Sí.
—Esto es…
—Sí.
—Esto es lo que se llama una casa , ¿me oyes? Yo había estado en pisos en mi vida. Pisos. Esto no es un piso. Esto es una palabra distinta.
—Lo sé.
—Esto se llama mansión , cari. La palabra es esa. Mansión.
—Toni.
—Cari, la Toni necesita sentarse.
Y le sale de la cocina la Vanesa, en delantal, fregona en una mano, copa de cristal en la otra que estaba sacando del lavavajillas.
—Buenos días.
El Toni la ve. La mira. La escanea de arriba abajo. Después se acerca, le da dos besos, y suelta:
—Encantada. La Toni. Mucho gusto. ¿Y tú eres?
—Vanesa Martín.
—Vanesa Martín. ¿Como la cantante?
—Como la cantante, sí. Me lo dicen mucho.
—Cari, qué cruz tienes —dice el Toni a la Vanesa con cara de pésame—. La Toni te entiende. A la Toni también la confunden constantemente con otras.
—¿Con quién? —pregunta la Vanesa, divertida.
—Cari, no quieras saber. Es triste.
La Vanesa suelta una carcajada. Yo me parto. Estos dos juntos son una bomba.
—Pasa, pasa —dice la Vanesa—. ¿Café?
—Cari, mucho café. Me ha costado venir hasta aquí, no encuentro la calle, no llega el GPS, he tenido que llamar a la Jessi tres veces.
—¿Llegaste en taxi?
—En taxi de aplicación, cari, que estoy modernita.
La Vanesa se va a la cocina. El Toni se queda en el recibidor conmigo.
—Cari.
—¿Qué?
—Cari, la Vanesa me cae bien.
—Ya.
—Cari, la Vanesa es de las nuestras.
—Sí, hija, sí.
—Cari, esto va a salir bien.
—Sube conmigo. Tengo cosas que vaciar.
—Vamos.
Subimos. Le enseño el dormitorio. Le enseño el baño.
Le enseño la habitación de invitados (vacía, cari, en serio, otra habitación entera para que duerma quien venga, esto es lo más, esto es lo más, cari ).
Le enseño el pasillo de arriba. Cuatro puertas.
La del dormitorio principal. La del baño.
La de la habitación de invitados. Y una cerrada.
—¿Y esa, cari?
—Esa es la habitación de su hija.
El Toni se queda quieto.
—Ah vale.
—Está cerrada. No entra él. Bueno. Igual entra él, no lo sé. Yo no he entrado.
—¿Te ha pedido que no entres?
—No me ha pedido nada. Pero está cerrada.
—Cari, déjala cerrada.
—Eso pensaba.
Bajamos otra vez. La Vanesa nos sirve café en la cocina.
El Toni se sienta en un taburete de la isla.
Yo también. Tomamos café los tres. La Vanesa le habla del plato del sábado, del jardín, de los perros.
El Toni le habla del local, del logo de Coral, de cómo se montó todo.
La Vanesa le pregunta cuánto cobra una peluquería para perros.
El Toni le dice doscientos veinte euros la sesión completa y la Vanesa abre los ojos como dos platos.
—Cari, no te asustes —dice Toni—. La gente con dinerito pasea perros que valen el doble. Esto les cuesta como ir al dentista.
—Si tú lo dices, hijo.
—La Toni lo dice.
Después del café, el Toni quiere ver todo. La planta de abajo entera. Le enseño el salón grande. Le enseño la chimenea. Le enseño el comedor formal que nadie usa. Le enseño la biblioteca. Le enseño una salita pequeña con dos sillones y una ventana al jardín.
Y entonces llegamos a una puerta cerrada al fondo del pasillo de la planta baja.
—¿Y esta?
—El despacho de Víctor.
—¿Puedo?
—No sé. Yo no entro mucho.
—Cari, ¿no entras al despacho de tu novio?
—Entré una vez. Para coger un boli. Era cuando empezamos.
—Cari, vamos.
—Toni, no.
—Cari, una mirada nada más. La Toni se muere por una mirada.
—Toni, no es nuestra casa.
—Cari, es la tuya casi. Así una foto para el Instagram, de millonarias nosotras.
—Toni.
—Vale, vale, asomamos solo la cabeza. Ni un paso dentro.
Y el muy cabrón abre la puerta y asoma la cabeza.
Yo asomo detrás.
Es un despacho de los de película. Madera oscura. Estanterías hasta el techo con libros que parecen leídos. Una mesa grande con un sobre tipo carpeta de cuero. Un sillón orejero junto a una lámpara. Una alfombra antigua. Y en la pared del fondo, detrás de la mesa, un cuadro.
—Cari, qué bonito —susurra el Toni.
—Toni, cierra.
—Vale, ya.
Pero antes de cerrar veo una cosa que no había visto la otra vez.
A la izquierda, detrás de la puerta, hay otra puertecita. Pequeña. Como un mueble empotrado en la pared. Con una manilla discreta y, debajo, un teclado numérico negro.
Caja fuerte.
No la había visto antes. La otra vez entré, cogí el boli, salí. No miré.
Yo aparto la mirada como si me hubieran pillado robando. Cierro la puerta del despacho. Le cojo al Toni del brazo.
—Vamos, Toni.
—Vale, vale.
—Vamos, te he dicho.
—Cari, no me grites.
Salimos al pasillo.
Subimos otra vez al dormitorio. Termino de vaciar las cajas. El Toni me ayuda a doblar las cosas. Bueno. El Toni me ayuda en plan cari, así no se dobla un jersey de cachemir, lo doblamos como en las tiendas, mira, mira . Le dejo doblar.
Después volvemos a bajar. La Vanesa está preparando una ensalada de bonito enorme. Que comemos los tres aquí, ¿vale? don Víctor no llega hasta las tres.
Comemos los tres. Bebemos un vino blanco.
El Toni le cuenta a la Vanesa la historia del schnauzer de la Begoña.
La Vanesa le cuenta la historia de cómo se conoció con su marido, que llegó a Madrid en los noventa y le hizo un viaje en el taxi un día desde Atocha y no te quites el cinturón, niña, que esta ciudad es complicada .
Yo escucho a los dos. Estos dos, joder. Estos dos son lo mejor.
A las dos y cuarto el Toni se va. Pide otro taxi de aplicación. Antes de subirse al coche, en la entrada, me da un abrazo.
—Cari.
—Toni.
—Cari, esto es real.
—Vale.
—Cari, este señor está enamorado de ti.
—¿Tú crees?
—La Toni lo ve. Y la Vanesa lo ve.
—Vale.
—Y nosotras dos no nos equivocamos.
—Gracias, amor.
Se va. Me quedo viendo el taxi alejarse por la gravilla hasta la verja.
Vuelvo dentro. La Vanesa está fregando platos en la cocina. Yo cojo un trapo. Empiezo a secar lo que ella va aclarando. La Vanesa no protesta. Hoy no protesta.
—Hija.
—Dime.
—El Toni es como una hija para ti.
—Sí.
—Eso se nota.
—Es mi mejor amigo, es todo.
A las tres y veinte llega Víctor. Suena la verja, suena el coche, suenan los pasos en el recibidor. Hada y Boris salen disparados a recibirlo. Nala, que llevaba dos horas durmiendo en el sofá del salón, se incorpora con interés pero no se mueve. Ella ya tiene su sitio.
Víctor entra a la cocina. Me da un beso. Le da una palmada en el hombro a la Vanesa. Le besa la cabeza a Hada.
—¿Bien, Jessica?
—Bien.
—¿Ha venido Toni?
—Acaba de irse.
—Ay, qué pena, me hubiera gustado verlo.
—Otro día.
Y entonces se inclina sobre la encimera, me mira un segundo, y dice:
—Esta noche, ¿te quedas?
Yo asiento.
—Me quedo.
—Bien.
—Pero solo esta vez —digo yo, sonriendo.
—Solo esta vez —dice él, sonriendo también.
Y los dos nos reímos un poco.
Como dos críos en un patio de colegio que comparten la broma durante meses y les sigue haciendo gracia.
Y por dentro me digo una cosa nada más.
Felicidad, qué bonito nombre tienes.