CAPÍTULO 18
El que de fuera vendrá, de casa nos echará
SÁBADO. Doce del mediodía. Víctor me recoge en el portal.
Yo bajo con Nala, una mochila pequeña y el alma puesta del revés.
He preparado la mochila tres veces. La primera con cremas y pijama.
La segunda quité el pijama porque qué te crees, Jessi, vas a un sitio nuevo, no te lleves el pijama que parece que ya cuentas con quedarte .
La tercera lo volví a meter porque vete tú a saber qué pasa, mejor llevarlo y no usarlo.
Final: pijama metido. Plan: nada planeado.
Bajo y allí está él. Coche gris, jersey azul, sonrisa tierna.
—Hola.
—Hola.
Me da un beso. Sube la mochila al maletero. Me abre la puerta de detrás para meter a Nala en el asiento. Como si fuera una niña.
—¿Vamos?
—Vamos.
Salimos de Madrid por el oeste. Carril, carril. Treinta minutos. Yo voy mirando por la ventana cómo se va volviendo verde el paisaje. Vegetación. Casas grandes. Casas más grandes. Casas que ya no son casas, que son putas moles. Joder con el barrio, Jessi. Joder con el barrio.
Llegamos a una calle privada. Una verja. Víctor toca un mando. La verja se abre sola. Entramos por un caminito de gravilla bordeado de árboles altos.
Y aparece.
La casa.
Su casa.
Me cago en mis muertos.
Yo, por dentro, en voz alta de mi cabeza. Te has metido en una mansión.
Una mansión. Una. Puta. Mansión. Dos pisos, fachada de piedra clara, ventanas grandes con marcos blancos, una entrada con cuatro escalones y una puerta de madera oscura con un picaporte de hierro forjado.
Alrededor, jardín. Pero no jardín de los que se ven, jardín de los que tienen árboles plantados que llevan ahí toda la vida y que dan sombra a una zona donde hay un columpio antiguo, un banco de hierro y, al fondo, un cobertizo que en la vida de mi madre habría sido la casa entera.
Yo no digo nada. Me he quedado muda. Eso es nuevo en mí.
Víctor aparca delante de los escalones. Me mira.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Estás callada.
—Sí.
—Es un poco grande quizá.
—Es mucha casa, Víctor, joder.
Sonríe poquito.
—Ya te acostumbrarás.
—Vamos a ver.
Bajamos. Saco a Nala. Cojo mi mochila. Le sigo hasta los escalones.
Abre la puerta.
Y entro.
Hostia. Hostia puta. Esto es la casa de las películas. Esto es Pretty Woman. Esto es Sabrina. Yo qué hago aquí. Yo qué cojones hago aquí.
Suelo de mármol claro. Una escalera amplia subiendo a la derecha con barandilla de madera oscura.
Un techo altísimo, de esos en los que cabe colgada una lámpara como una nave nodriza.
Cuadros en las paredes. Cuadros de verdad, no de Leroy Merlín.
Una alfombra persa que vale más que todo lo que yo he tenido en mi vida junto.
Y un olor. Un olor a casa cuidada. A flores frescas, a madera, a algo que se ha cocinado en una cocina lejana.
—Es bonita.
—Gracias.
—En realidad, bonita es poco, Víctor.
—Es la casa donde vivía con mi mujer. Después con mi hija. Ahora con los perros y Vanesa, la mujer de servicio.
—Vale.
—Pasa.
Suelto la mochila en el suelo. Suelto la correa de Nala.
Nala da dos vueltas por el recibidor, olfatea la alfombra persa, se queda mirando una mesita auxiliar de madera labrada como si fuera un OVNI, después decide que esta casa no es para perras chihuahueras como ella y se sienta encima de mi pie como diciendo mamá, sácame de aquí .
—Tranquila, gorda —le digo bajito—. Tu madre tampoco está en su salsa.
Y entonces aparece ella.
—¡don Víctor, ya está aquí!
Una voz desde el fondo del pasillo. Voz de mujer hecha.
Aparece. Una señora de unos cincuenta, pelo castaño con mechas, baja, fuerte, delantal blanco, gafas colgando del cuello con una cadena.
Trapo en una mano, fregona en la otra. Detrás de ella, dos perros levantan la cabeza desde la cocina.
Hada y Boris se van directos hacia allí.
—Hola, Vanesa —dice Víctor—. Esta es Jessica.
—Hola, hola. Encantada, Jessica. Vanesa Martín. No, no soy la cantante, antes de que pregunte, me lo dicen todos los días. Pase, pase.
Se acerca. Me da dos besos. Huele a Fairy limón y a colonia barata buena. Yo le doy dos besos también, como se le dan los besos a una mujer hecha en un recibidor. De los míos, no de los de los demás.
—Encantada, Vanesa. Y conste que no iba a preguntar.
—Todas dicen lo mismo, hija. Ay, qué guapa la perrita, ¿cómo se llama?
—Nala.
—Nala. Ay. Nala. Bonita.
Vanesa se agacha. Le tira la mano a Nala. Nala olfatea. Mueve el rabo. Decide que la Vanesa también es de confianza.
—Vanesa, ¿está la comida lista? —pregunta Víctor.
—La comida está. He hecho lo que me dijo. El cordero al horno. La ensalada. El postre. Está todo en la cocina, ¿pongo la mesa del comedor?
—No, no. Comemos en la cocina.
—Vale.
Vanesa se incorpora. Yo, por reflejo, hago lo que llevo treinta y cinco años haciendo cuando entra una señora a un sitio: me pongo lista por si tengo que ayudar. Me sale.
—¿Te ayudo a algo, Vanesa? Tutéame por favor.
Vanesa se queda mirándome un segundo. Como si no se lo esperara. Como si llevara tela de años en esta casa sin que ninguna invitada le preguntara eso. Después sonríe.
—Ay, hija, no, no, qué va. Tú siéntate.
—Que sí, que te ayudo.
—No, no, qué va. Pero gracias, eh.
Y entonces sigue a lo suyo. Pero al pasarme por al lado me deja una mano en el hombro un segundo. Un segundo nada más. Y se va a la cocina.
Yo me quedo de pie en el recibidor con Víctor y Nala.
Víctor me mira.
Me coge la mochila. La sube por la escalera mientras me dice te dejo esto en el dormitorio de arriba, por si te apetece subir después . Yo le sigo con Nala. Subimos. Llega a un dormitorio enorme con cama enorme, alfombra mullida, ventana al jardín. Suelta la mochila en una butaca.
—Esta es la habitación de invitados.
—Vale.
—Pero no tienes que dormir aquí. Si te apetece, claro. Si no te apetece, en otro lado.
—Vale.
—La que no es habitación de invitados es la mía. Está al final del pasillo.
—Vale.
—No me dejes mucho tiempo en el pasillo, Jessica.
Y me da un beso. Sin teatro. Sin más. Solo un beso en los labios y una sonrisa pequeña.
Olé tú, Víctor. Olé tú.
Eso pienso. Por dentro. Pero por dentro lo digo así, con olé tú, porque le ha salido bien la jugadita esa de invitarme a la habitación de invitados sin obligar a nada. Joder, qué bien lo hace este señor. Qué bien lo hace.
Bajamos a comer. La cocina es enorme también.
Una isla central de mármol blanco. Una mesa grande de madera al fondo con seis sillas.
Cazuelas colgadas del techo de unos ganchos de hierro.
Una ventana grande al jardín. Vanesa nos sirve.
Los tres perros se reparten por el suelo de la cocina como si fuera un parking de perros.
El cordero está de muerte. Vanesa, te como la cara, este cordero está de muerte. Eso se lo digo en voz alta y la Vanesa me suelta una risa enorme.
—Ay, hija, qué cosas dices.
—Es la verdad, Vanesa. Esto es lo mejor que he comido en seis meses.
—Pues come, hija, come.
Y como. Yo y Víctor comemos. La Vanesa se sienta con nosotros porque Víctor le ha dicho que se siente ya está bien de comer de pie en la encimera, Vanesa, hoy comemos los tres .
La Vanesa al principio no quiere. Después acepta.
Se sirve un cachito de cordero. Bebe vino.
Yo le voy preguntando cosas. De dónde es.
De Cuenca. Cuánto lleva con Víctor. Veintidós años.
Si tiene familia. Sí, dos hijos y tres nietos y un marido jubilado del taxi.
Si vive aquí. No, viene de lunes a viernes y los fines de semana solo si hace falta.
Hoy ha venido porque don Víctor le había avisado que venía yo. Hace falta.
—Hace falta nada, Vanesa, si yo te ayudo —digo otra vez.
—Hija, no me agotes, que yo a esto vengo cobrando.
—Claro, obviamente a nadie le gusta trabajar gratis.
En los postres a Víctor le suena el móvil. Lo mira. Se levanta.
—Perdonadme, tengo que coger esta llamada. Es de la oficina. Vuelvo enseguida.
Sale al pasillo. La Vanesa y yo nos quedamos solas en la cocina.
La Vanesa me mira. Espera dos segundos. Se sirve más vino. Y entonces, bajando un poco la voz, dice:
—Mira, hija, voy a ser sincera contigo. En estos años, después del luto, ha habido dos o tres novias que han pasado por esta casa. Pocas. Ninguna duró. Y ninguna me preguntó el nombre. Tú me lo has preguntado en el recibidor. Y eso, hija, en estas casas, no se hace.
—Vale.
—Yo no digo nada, pero…
—Pero qué.
—Pero contigo es distinto. Por eso te lo digo. Que veo a don Víctor distinto contigo. Más persona. Más vuelto. Y eso, desde lo de la niña, no se lo había visto.
—Vale.
—Yo no digo nada, eh.
—Vale, Vanesa.
—Yo de esto no sé nada.
Le doy un sorbo al vino. La Vanesa otro.
—Y tú y yo vamos a llevarnos bien —digo.
—Yo creo que sí, hija.
Pausa.
Víctor vuelve a la cocina.
Después de comer salimos al jardín. Hace fresco pero hay sol.
Los perros corren entre los árboles. Nala, que en su vida había visto un jardín que no fuera el parquecillo del barrio, se queda al principio cuajada.
Después se suelta. La veo persiguiendo a Boris por un camino y a Boris dejándose perseguir porque sabe que es más grande y le hace el favor.
Víctor y yo nos sentamos en el banco de hierro a la sombra de uno de los árboles grandes. Trae café. Me lo da. Bebemos. Hablamos. Poco. Como caminando en Casa de Campo.
—¿Qué te parece la casa?
—Es bonita.
—Pero.
—Pero es grande.
—Lo es.
—Yo en una casa así me perdería, Víctor.
—La gente se acostumbra.
—Igual yo no.
—Igual sí.
—Igual.
Pausa.
—Aquí —dice Víctor— jugaba mi hija cuando era pequeña. Allí, junto a aquel árbol grande, tenía un columpio. El columpio sigue ahí, ¿lo ves? Lo he dejado. Algún día lo cambiaré por otro, igual. O no.
—No lo cambies.
Miro el columpio. Miro a Víctor mirarlo.
Bebo café.
A las seis y media la Vanesa se va. Se despide. Hasta el lunes, don Víctor. Hija, gusto en conocerte. Vuelve. Yo le digo vuelvo . Lo digo así, tan pancha.
Cae la tarde. Encendemos la chimenea. Una chimenea de leña.
En mi vida he tenido chimenea de leña. En mi vida había estado al lado de una chimenea de leña.
Era cosa de películas. Y ahora estoy con Víctor en un sofá enorme, con tres perros, con una manta encima, mirando el fuego. Y no hablamos. No hace falta.
A las diez nos comemos las sobras del cordero en la encimera de la cocina, de pie, como dos críos. Bebemos vino. Reímos.
A las once y media estamos otra vez en el sofá. Yo apoyada en él. Él con un brazo encima de mí. El fuego bajando.
—Jessica.
—¿Qué?
—¿Te quedas?
Yo lo pienso.
Lo pienso medio segundo.
Y digo lo siguiente.
—Vale. Me quedo a dormir. Pero solo esta vez.
Él se ríe poquito.
—Solo esta vez.
—Solo esta vez.
Subimos. Yo le sigo por la escalera. Pasamos por delante de la habitación de invitados. No nos paramos. Seguimos. Hasta el final del pasillo.
Su dormitorio.
Entra él. Yo entro detrás.
Y por dentro, mientras cruzo la puerta, lo digo. Lo digo bajito, para mí, como me sale de Parla, como me ha salido siempre:
Tus huevos, Víctor. Te como la cara.
Y cierro la puerta detrás de mí.