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CAPÍTULO 16

Gato escaldado, del agua fría huye

LA PRIMERA VEZ que Víctor viene a mi piso termina en beso.

No lo planeo. No creo que lo planee él tampoco. Estamos los dos sentados, la música baja, la luz baja, Nala dormida en el otro extremo del sofá, y en algún momento él estira la mano y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Despacio. Con cuidado. Como quien recoge algo frágil.

Y se queda con la mano un segundo ahí. Tocándome la mejilla.

Yo no respiro.

Y entonces se acerca y me besa.

Despacio.

Sin prisa.

Sin teatro.

Boca cerrada al principio. Después un poco abierta. Después algo más.

Y huele a ese perfume suyo que es como a libro y a madera y a no sé qué.

Y a mí me tiembla todo. Pero todo.

Cuando se separa, los dos respiramos como si hubiéramos subido tres pisos.

—Hola —dice.

—Hola —digo.

Y me besa otra vez.

Se queda hasta la una y media. No me lo follo.

No pasa de besos. No pide más. No insinúa más.

Es como si quisiera que cada cosa pasara a su ritmo, a su debido tiempo, y eso, en un señor de cincuenta y siete años, me deja descolocada.

Yo había imaginado que un señor de esa edad iba a tirarse encima en el minuto uno. Pues no.

—Tengo que ir a casa —dice—. Mañana tengo cosas que no puedo no hacer.

—Vale.

—¿Te llamo mañana?

—Vale.

Me da otro beso. Se va. Cierra la puerta. Yo me quedo en el salón. Apago la música. Apago la luz. Me siento en el sofá. Me quedo cinco minutos con la cara entre las manos.

Y entonces lo digo en voz alta. Para Nala. Para las paredes. Para mí.

—Este hombre me gusta mucho.

Y, después de tres segundos:

—Y eso me da mucho miedo.

Abro el Spotify. Camela. Le doy al play y me quedo en la oscuridad del salón escuchándolo.

Me estoy convirtiendo en Cuando zarpa el amor . Y me da exactamente igual.

Nala levanta una oreja desde el otro lado del sofá. Sin abrir los ojos. Como diciendo vale, mamá, me he enterado, ahora duérmete, anda .

Pero no me duermo.

No me duermo porque por dentro tengo dos voces.

Una me dice Jessi, esto es lo bonito de tu vida. Esto es lo que toca ahora. Disfrútalo. No lo arruines. Llevas treinta y cinco años aguantando y al fin te ha tocado un poco de algo bueno. No lo jodas.

La otra me dice Jessi, este señor que dice cuéntame, que tiene una hija muerta llamada Victoria, que tiene un dolor que se mide en silencios, te va a romper. De alguna manera, este señor te va a romper. Porque nunca te han salido bien los amores Jessi.

Y yo no sé cuál de las dos voces creer.

Y al final, como siempre, le hago caso a la primera.

Porque la segunda es la que me deja sin sueño.

Y porque me he pasado treinta y cinco años haciéndole caso a la segunda. Y mira dónde estoy. Mira lo poco que tengo cuando le hago caso a la segunda.

Me acuesto a las tres y media.

A las tres y cuarenta, antes de quedarme frita, suena el móvil. Mensaje.

Jessica. Gracias por la cena. Y por el resto. V.

Y yo me quedo con las ganas de tirármelo.

Porque a ver, el señor es un romántico y elegante y yo no. Yo soy de Parla y la gente de Parla es gente echada pa'lante.

Y al final me quedo dormida con el móvil en la mano y la sonrisa de tonta puesta.

Miércoles. Unos días después del beso. Víctor llega tarde a recogerme del local porque se le ha ido la reunión y yo llevo veinte minutos esperando en la puerta con Nala. Cuando aparece el coche gris a la vuelta de la esquina yo estoy ya con una cara que no es de buenas.

—Llevas esperando mucho —dice cuando baja la ventanilla.

—Veinte minutos.

—Lo siento.

—Ya.

Me subo. Nala se sube. Víctor arranca sin decir nada más y yo miro por la ventana sin decir nada tampoco. Dos minutos de silencio incómodo de los que no sé cómo salir.

—¿Tienes hambre? —pregunta él.

—Tengo frío y hambre y mala hostia, Víctor.

—Vale.

Otro silencio. Y entonces, sin venir a cuento, se ríe. Se ríe bajito, para él, mirando la carretera.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Víctor.

—Es que me gustas mucho cuando tienes mala leche.

Yo le miro con la cara que le pongo cuando no sé si enfadarme más o reírme. Al final me río. Me río porque no puedo no reírme. Y Nala, desde el asiento de atrás, mueve el rabo como firmando.

Paramos en un chino de carretera a comprar rollitos de primavera y los comemos en el coche aparcado porque ninguno de los dos tiene ganas de buscar sitio.

Víctor come con cuidado para no mancharse la camisa.

Yo como sin cuidado y me mancho el abrigo camel de Olivia .

Él me pasa una servilleta sin decir nada. Yo la cojo sin decir gracias.

Y eso es todo.

Eso es todo y sin embargo es lo más normal que me ha pasado en meses.

Así pasan tres semanas.

En veintiún días he visto a Víctor siete veces más.

Paseos, cafés, restaurante y cine. La cena es en un restaurante de Justicia que él no conocía, lo elijo yo, para mancharte un poco con mi mundo, Víctor .

Le gusta. Pide croquetas. Las pide como una persona normal, no como un señor que come croquetas el sábado para hacer terapia con el pueblo.

El cine es idea suya. ¿Te apetece una película?

, no he ido al cine yo solo en veinte años, me da no sé qué.

Yo digo vale . Vamos al Doré, en Lavapiés.

Vemos una de los noventa que reponen. Cinema Paradiso.

Yo no la he visto nunca. Lloro dos veces.

La segunda es cuando el niño y el viejo se despiden y cae el carrete y queda el final.

Víctor me pasa un pañuelo de tela del bolsillo, sin decir nada, sin mirar.

Lloro encima de su pañuelo de tela. Le devuelvo el pañuelo arrugado.

¡Ojo!, con algunos mocos. Se lo guarda. Gracias, Jessica.

¿Quién dice gracias, Jessica cuando le devuelven un pañuelo lleno de mocos? Él.

Llamadas casi todos los días. A veces breves.

A veces media hora. Llama él más que yo.

Es por mi edad, Jessica, las llamadas son lo nuestro.

Y se ríe. Y yo también me río porque me hace gracia, y porque la idea de que un señor de Somosaguas me llame a mí, la Jessi de Parla, en una hora y media de tarde para preguntarme cómo va el día, todavía me parece una pequeña incongruencia del universo.

Hemos hablado de muchas cosas.

Hemos hablado de su mujer. Una vez. Brevemente. Le dolió. Se le notó. Cambió de tema él mismo después.

Hemos hablado de mi madre. Más veces. Le he contado cosas que no le he contado nunca a nadie.

Que mi madre cantaba bajito canciones de Los Chichos por las mañanas mientras hacía el café.

Que tenía una pulsera de plata que no se quitaba ni para ducharse.

Que cuando se murió yo me quedé con esa pulsera y la guardo en un cajón porque no me la puedo poner sin que me dé el bajón.

Que mi madre nunca se hizo a la idea de que mi padre no volvía.

Que mi madre se murió pensando que mi padre estaba en algún sitio acordándose de nosotras. Que yo creo que no.

—Tu madre era una romántica —me dice Víctor.

—Era muy pava.

—Es la misma cosa, Jessica.

Lo dice serio. Sin reírse. Y yo, en ese momento, le miro bonito.

Hemos hablado de su hija dos veces más. Las dos veces breve. Sin entrar en detalles. Y cuando habla de ella, habla de su voz, de su risa, de una manía que tenía con los zapatos, de su música, de cuando empezó a tocar el piano a los seis años.

Una noche, durante una cena en Justicia, le pregunto como quien no quiere la cosa.

—¿Tienes alguna foto de ella? Me gustaría verla.

Él deja la copa de vino. Me mira. No con dureza. Solo me mira.

—Sí, las tengo. Pero todavía no soy capaz de mirarlas. Las he guardado. Cuando esté preparado las saco. Pero todavía no. Por eso no las llevo en el móvil. Por eso no las llevo en ningún sitio. No puedo verlas, ¿me entiendes?

—Te entiendo.

—Pero te las enseñaré algún día.

—No hay prisa.

—Gracias.

Y yo le miro beber el vino sintiendo lo mismo de siempre con él: ternura, pena por él, ganas de cogerle la mano por encima de la mesa.

Paso días más cachonda que una mona. Pero él parece que no. Siempre se toma su tiempo. Él besa despacio y se va a su casa y me manda un mensajito y yo más quemada que la moto de un hippie. Hasta que llega el bendito domingo.

No lo planifico. No creo que lo planifique él tampoco, aunque con Víctor nunca se sabe del todo porque es un señor que piensa las cosas antes de decirlas y probablemente también antes de hacerlas. Pero hoy no da esa sensación.

En mi casa de nuevo. Mi Nala dormida en el pasillo.

Estamos en el sofá. Música baja. Sin hablar de nada concreto, que es como más nos gusta hablar a nosotros. Y en algún momento me mira. Sin prisa. Sin pregunta. Solo mirar.

Y yo, que llevo tiempo más caliente que el microondas de un comedor universitario, pues me hago la facilona.

Y pasa lo que pasa.

Lo que me dice antes de que pase es ¿estás segura? y yo le digo Víctor, por favor, que tengo treinta y cinco años y él dice lo sé, lo sé, pero pregunto y yo le digo pues ya tienes la respuesta .

Lo que me dice después, ya en la cama, es un momento y se levanta y va al baño. Tarda más de lo que tarda una persona en hacer pis. Yo me quedo en la oscuridad del cuarto pensando a lo mejor este hombre tiene problemas por la edad.

Vuelve. Se mete en la cama. Y yo, que soy como soy, le digo:

—Oye. ¿Tú no te tomas una pastillita azul o algo?

Silencio.

—Jessica.

—Solo pregunto.

—Te lo agradezco mucho.

—Es que no sé cómo funciona esto a tu edad.

—Jessica.

—Digo por si había que esperarla.

Silencio largo. Muy largo.

—Tengo cincuenta y siete años —dice, con una voz muy tranquila—. No setenta y cuatro.

—Eso no me aclara lo de la pastilla.

—Jessica, te juro por la memoria de mi difunta mujer que no necesito pastilla.

—Vale, vale. No te pongas así.

—No me estoy poniendo de ninguna manera. Estoy en tu cama, en tu casa, y me siento cuestionado.

—No te estoy cuestionando, te estoy preguntando. Son cosas distintas.

Pausa.

—¿Siempre eres así?

—Siempre.

Pausa más larga. Y entonces se ríe. Se ríe de verdad, ese señor, en la oscuridad de mi cuarto, con esa risa suya que cada vez me parece la cosa más rara y más bonita del mundo.

—Pues bien —dice, cuando se le pasa—. Así está bien.

Y no necesita ninguna pastilla azul. Que conste.

Lo que también me consta es que a las dos de la madrugada estoy mirando las molduras del techo de mi habitación y pienso que hace mucho tiempo que no me siento así. Mucho. Si es que me he sentido así alguna vez.

Él está a mi lado. Callado. No dormido. Callado de esa manera suya de estar callado que es como estar muy presente.

—Jessica.

—¿Sí?

—¿Te gusta el fútbol?

Resoplo. Otro del Atleti no, por favor .

—Tengo un palco en el campo del Atlético de Madrid. Cuando quieras, vamos.

—Algún día te llevaré yo a un sitio que te va a encantar.

Y pienso en el Pepe , con su póster ahí, estilo Torrente en el bar. En que fliparía si me viera de repente en el palco y en lo que fliparía Víctor al ver al Pepe .

Me quedo dormida tarareando Lágrimas de amor de Camela.