CAPÍTULO 15
El perro es el mejor amigo del hombre
SÁBADO.
Doce del mediodía.
Víctor me ha dicho que pasa a recogerme a las doce con los perros y vamos a un sitio en Casa de Campo que tiene espacio, sombra, y un quiosco que sirve cervezas y café. Que es pet friendly . Que se puede caminar tranquilo.
Le he dicho que vale.
Le he dicho que vale como si fuera lo más normal del mundo. Como si yo fuera de las que dicen vale, pasa a recogerme todos los sábados.
A las once y cincuenta y cinco estoy delante del portal.
Genaro me mira con cara de no decir nada pero saber todo.
Lleva el uniforme, las manos a la espalda.
Nala en su arnés rosa. Yo con vaqueros, jersey gris, deportivas, abrigo camel, un bolso pequeño cruzado.
Pelo suelto. Cero maquillaje. Coral me ha dicho segunda cita es como vienes tú, Jessi.
Si te disfrazas para él, le mientes. Y a este no le mientas.
Yo no le miento. Voy como soy.
A las doce en punto aparece un coche delante del portal. Uno gris oscuro. No grande. No pequeño. Un coche normal de señor con dinero que no quiere demostrarlo. No es un Mercedes con cuatro luces. No es un BMW gritón. Es uno discretito, alemán, con cara de saber a dónde va.
Se baja él.
—Hola.
—Hola.
Va con vaqueros también. Y un jersey azul marino. Y unas zapatillas grises. Y la barba blanca recortada. Y la sonrisa pequeña esa que tiene. Está más guapo en vaqueros que en traje. Y eso no me lo esperaba.
—¿Quién es esta?
Se agacha despacio. No se le tira encima a Nala. No le acerca la mano agresivamente. Se queda en cuclillas a metro y medio. Saca la mano. La deja quieta en el aire. Espera.
Nala lo mira. Saca un poquito el cuello. Olfatea desde lejos. Mira a Víctor. Mira la mano de Víctor. Mira a Víctor otra vez. Da dos pasitos hacia adelante. Olfatea su mano. Olfatea más. Mueve el rabo dos veces. Vuelve a mirarme a mí como diciendo vale, mamá, este me huele bien .
Víctor le toca la cabeza muy poquito. Una caricia de dos dedos. Sin nada de fuerza.
—Hola, Nala. Soy Víctor.
Nala se le sienta encima del pie.
Yo me quedo de piedra.
Esta perra no se le sienta a nadie encima del pie. Esta perra no se le sienta a la Moni encima del pie. Esta perra al Toni no se le sienta encima del pie. Esta perra se sienta encima del pie de gente conocida y de mucha confianza, y eso después de meses. Y a Víctor, así. En treinta segundos.
—Vale —digo yo, en alto, sin querer.
—¿Vale qué? —pregunta Víctor.
—No, nada. Es que es muy reservada. Y se ha puesto encima de tu pie.
—¿Eso es bueno?
—Eso es buenísimo.
Sonríe. Se levanta despacio para no asustarla. Nala se aparta dos centímetros y vuelve a sentarse. Sigue con la mirada en él.
—Pasa, pasa.
Me abre la puerta de atrás del coche. Dentro hay una manta gris en el asiento. Encima de la manta gris, sentados como dos personas, Hada y Boris.
Hada me ve y se tumba. Se hace pequeñita.
Pega las orejas hacia atrás. Es enorme. Una galga gris, larga, fina, con cara de duda.
Boris está sentado mirándome con la lengua fuera y el rabo en marcha como si llevara un motor incorporado.
Es de color canela, las orejas largas, los ojos del cocker que parecen pintados.
—Hola, chicos. Hola, Hada. Hola, Boris.
Subo a Nala al asiento. Nala se queda mirando a Hada y a Boris. Hada no se mueve. Boris se acerca a olerla. Nala enseña los dientes un segundo de te lo advierto y ya está. Boris se aparta. Olfatea desde un poco más lejos. Nala se relaja. Se sienta. Vale. Bandos hechos.
—No se han matado —digo.
—De momento.
Víctor cierra la puerta de atrás. Se sube delante. Yo me siento al lado.
—¿Vamos?
—Vamos.
Conduce despacio. No habla mientras conduce. Yo voy mirándole de reojo. No me había dado cuenta antes pero conduce bonito también. Con las dos manos en el volante. Sin prisa. Sin agresividad con los demás coches. No como mi ex el Isra, que valiente gilipollas.
A los veinte minutos llegamos a Casa de Campo. Aparca en una zona donde no hay casi nadie. Bajamos. Saca a sus perros. Yo saco a la mía. Le ato a Nala el arnés. Hada y Boris no llevan correa. Le miro.
—No las llevan.
—Hada ya no se va. Lleva muchos años conmigo. Boris a veces hace amago pero vuelve. Te lo prometo. Si quieres se las pongo.
—No, no. Confío.
Confío.
Lo digo así. Sin pensarlo. Confío. Y al decirlo me suena dentro de la cabeza otra voz, otra muy distinta, una de hace varios meses, confía en mí , y yo aprieto los dientes un segundo y la espanto como espanto a las moscas en agosto. Tú no, tú vete, tú aquí no.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
Me mira un segundo. Asiente. No insiste.
Empezamos a caminar.
Boris se va por delante, en zigzag, oliéndolo todo.
Hada va al lado de Víctor, sin separarse ni medio metro, con la cabeza alta, mirando alrededor pero sin alarma.
Nala, conmigo, con la correa floja, intentando alcanzar el ritmo de las patas largas de Hada y de las patas medianas de Boris, fallando, parándose a oler una mierda, recuperándose, siguiendo.
Las tres especies de perro del mundo, en miniatura, en mediana y en alargada, caminando juntas.
Caminamos. Hablamos. Hablamos poco. La conversación, cuando se camina, sale a otro ritmo.
Más calmada. Más con pausas. Más para escuchar el viento entre los pinos.
Yo no había caminado por Casa de Campo en mi vida más allá de tres veces de pequeña, cuando mi madre nos llevaba a hacer un picnic con la vecina.
Y ahora estoy caminando por Casa de Campo con un señor de Somosaguas que cierra los ojos un segundo cuando le da el sol en la cara. Será por los ojos claritos.
A los veinte minutos llegamos al quiosco.
Una mesa de madera vieja debajo de un árbol.
Pedimos dos cañas y unos sándwiches mixtos.
El señor del quiosco nos saca un cuenco grande de agua para los perros.
Los tres beben. Beben todos, hasta Hada, que es de las que beben con clase, con la lengua haciendo una cuchara y sacando agua de tres en tres lametazos.
Nos sentamos.
—¿Te gusta? —pregunta él, refiriéndose a este sitio.
—Mucho.
—Aquí venía con mi mujer.
—¿Sí?
—Sí. Después con mi hija. Después con los perros. Después solo. Es como una rotación.
Lo dice sin dramatismo. Y entonces, sin que yo le pregunte, dice una cosa más.
—Mi hija murió hace casi un año, ¿lo sabías?
Lo dice así. Como quien dice hoy llueve .
Yo no me esperaba que lo soltara. No así. No tan pronto. No en una segunda cita, en un quiosco de Casa de Campo, con tres perros bebiendo agua a nuestros pies.
—Sí. Begoña me lo comentó.
—Vale, sí, Begoña. De esperar.
—Lo siento muchísimo, Víctor.
—Gracias.
Pausa. Larga.
—¿Cómo se llamaba?
Es la pregunta que no debería hacer. Es la pregunta que me sale antes de que pueda parármela. Es la pregunta que hago porque, en el fondo, llevo desde la cena del Ritz preguntándomela.
—Victoria. Como yo. Le puse mi nombre, pero en mujer. A mi esposa le encantaba.
Victoria.
—Era música —sigue Víctor—. Vivía en su piso, no en el mío. Tenía veintiséis años.
Me quedo un segundo quieta.
—Aaah.
Me sale ese ruido y nada más.
Víctor me mira un momento. Y entonces hace una cosa que no me esperaba. Se da cuenta de algo en mi cara, no sé qué, y dice:
—Perdona. No quería ponerme melodramático en una segunda cita. No es justo para ti. Yo es que tengo días en los que es lo único que me sale. Lo siento.
—No. Para nada. Para nada, Víctor. Cuenta lo que necesites contar.
—Otro día. Hoy te he traído a Casa de Campo. Hoy hablamos de los perros.
Sonríe poquito. Yo asiento. Asiento muchas veces. Trago saliva.
Hablamos de los perros. Hablamos cuarenta minutos de los perros.
De cómo Hada se ha quedado en otra cama desde que su hija no está.
De cómo Boris come si nadie le mira. De cómo Nala duerme encima de mi pecho.
Yo me agarro a la conversación como a un salvavidas.
Hablo. Hablo. Hablo. Nala se sube a mi regazo.
Hada le pone la cabeza a Víctor encima del muslo. Boris se queda dormido al sol.
A las tres y media volvemos al coche. Los perros suben atrás. Boris ronca enseguida. Hada también. Nala se queda sentada vigilando porque ella es la única que no está en su casa.
Víctor conduce de vuelta. Despacio.
—¿Te apetece otro día?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No sé.
—¿Esta semana?
—Sí.
—Bien.
Me deja en mi portal. Genaro otra vez con su cara de no decir nada pero saber todo.
—Te llamo, Jessica.
—Vale.
—¿Lo has pasado bien?
—Mucho.
—Yo también.
Se baja. Coge a Nala en brazos como se coge un huevo de Pascua. Me la entrega. Nala se queda en sus brazos un segundo más de lo que se queda en los brazos de cualquiera. Como diciendo vale, Víctor, vale, tú me caes guay .
Después la pasa a los míos.
—Hasta otra.
—Hasta otra.
Sube. Cierra la puerta. Se va.
Yo me quedo de pie con Nala en brazos.
Genaro me mira. Yo no sé qué cara estoy poniendo.
—Buenas tardes, señora Gómez.
—Buenas tardes, Genaro.
Subo. Abro el piso. Suelto a Nala. Me siento en el sofá. Nala se sube. Apoya la cabeza en mi muslo.
—Nala. Te ha gustado.
Mueve el rabo.
—A ti, Nala. Te ha. Gustado.
Mueve el rabo más.
—Mira, gorda. Tú no aceptas a nadie. Tú gruñes a los tíos del Carrefour. Tú no le mueves el rabo al chico del Glovo. Tú no te subes encima del pie de la Moni. Y a este le has aceptado en treinta segundos. Treinta. Putos. Segundos.
Nala suscribe.
—Pues si tú lo dices, gorda, por algo será.
Me quedo en el sofá. Mirando al techo. Las molduras de escayola de Chamberí.
Por dentro me digo eso. Si Nala lo dice, por algo será. La Nala es una perra. Pero es mi perra. Y mi perra de tonta no tiene un pelo. Y mi perra no acepta a la gente que no merece ser aceptada.
Y Víctor le ha caído bien.
Y eso, en mi código, es un sello. Es una firma. Los animales nunca se equivocan.
Cierro los ojos.