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CAPÍTULO 14

No hay mal que por bien no venga

A LAS NUEVE y media de la mañana del sábado el móvil hace blop .

Estoy en la cocina del piso de Chamberí, en pijama, con Nala intentando que le dé un cacho del croissant que estoy comiendo, y el móvil hace blop .

Bajo a la mesa el croissant. Limpio los dedos en el pantalón del pijama porque a mí los buenos modales solo me salen los viernes en el Ritz. Cojo el móvil.

Mensaje. Número desconocido.

Buenas noches. Bueno, ahora ya buenos días.

Espero no estar despertándote. Soy Víctor Cienfuegos.

Le pedí ayer tu número a Begoña, espero que no te moleste.

Me ha gustado mucho conocerte en la cena.

Si te apetece, podemos tomar un café cualquier día.

No hace falta que traigamos a los perros la primera vez, no vaya a ser que se peleen sin habernos puesto de acuerdo nosotros primero. Un saludo. Víctor.

Lo leo.

Lo leo otra vez.

Lo leo una tercera vez.

Y me bajo del taburete de la cocina como si me hubieran echado.

—Nala. Nala. Gorda. Nala.

Nala me mira. Mueve el rabo. No tiene ni puta idea de por qué se ha quedado sin croissant.

—Me ha escrito.

Nala mueve más el rabo.

—Me ha escrito, gorda.

Me siento en el suelo de la cocina porque las piernas me han dejado.

Las baldosas del piso de Chamberí están frías y me da igual.

Apoyo la espalda contra el armario de debajo del fregadero.

Me llevo el móvil al pecho como si tuviera fiebre.

Cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos. Leo el mensaje por cuarta vez.

Si te apetece, podemos tomar un café cualquier día.

—Que alguien me sujete, Nala. Que alguien me sujete.

Cojo el móvil. Llamo al Toni.

Suena cuatro veces. El Toni los sábados no se levanta antes de las once.

—Cari, espero por mi madre que estés muerta o sangrando.

—Toni.

—Cari.

—Toni, me ha escrito.

Silencio de dos segundos. Dos segundos de cerebro del Toni procesando quién, por qué, a qué hora.

—¿Quién, cari?

—Víctor.

—¿VÍCTOR?

Lo dice tan fuerte que me aparto el móvil de la oreja.

—Toni, Toni, joder.

—¿VÍCTOR DEL VIERNES VÍCTOR?

—Sí, Toni, el de ayer.

—¿VÍCTOR EL DEL CIENFUEGOS INTERNACIONAL?

—Toni, no grites.

—No grito. Grito un poquito. Es proporcional al hecho. ¿Qué te ha escrito?

—Te leo.

Le leo el mensaje. Despacio. Cada palabra. El Toni me hace callar dos veces para soltar un aaaay y un cari mía . Cuando termino, hay otro silencio.

—Cari.

—Sí, Toni.

—Cari. Cari. Cari.

—Toni.

—La Toni te dice una cosa. La Toni te dice solo una cosa.

—Dímela.

—Cari. Ve a por él.

—Toni.

—Cari. Ve. A. Por. Él. Le contestas en una hora.

No le contestes ya, no se contesta ya, eso lo saben hasta los pájaros.

Le contestas en una hora. Le dices que sí.

Le dices que esta semana, no la siguiente, esta.

Le propones tú el sitio, lo eliges tú, no le dejes elegir a él, los hombres heteros cuando eligen los sitios eligen sitios cargados de testosterona o sitios donde los conocen demasiado.

Eliges tú. Eliges un sitio bonito, neutro, con buena luz, que sirvan café del bueno.

—Toni, calma.

—Calma dice. Cari, esto es lo que se llama una oportunidad. Esto es lo que pasa una vez en la vida o ninguna. Cari, ve a por él.

—¿Y si…?

—No hay y si. Hay sí. ¿Vale, cari?

—Vale.

—Y me llamas en cuanto le hayas contestado. Me llamas para enseñarme el mensaje antes de mandarlo.

—Vale.

—Y cari.

—¿Qué?

—Cari, respira. Respira hondo. Estás temblando. Te lo noto desde Lavapiés.

Cuelgo. Estoy temblando. No estaba consciente.

Espero una hora. Una hora exacta. La aprovecho para hacer lo que tengo que hacer un sábado por la mañana: ducharme, vestirme, sacar a Nala, comprar fruta en el mercadillo de la esquina, leer un periódico del quiosco sin comprarlo. Pero todo lo hago con un cuerpo de gelatina. Como flotando.

A las diez y media le contesto. He pensado el mensaje quince veces. Lo he escrito doce. Lo he borrado once. Cuando termino, lo copio en otro chat y se lo paso al Toni. El Toni me contesta a los diez segundos con un audio.

—Cari, déjalo así. No le toques una coma. Has dicho exactamente lo que tenías que decir. Mándalo. Manda. Lo. Cari.

Mando el mensaje. Lo mando así:

Hola, Víctor. Me ha hecho ilusión tu mensaje. Me apetece mucho ese café. Conozco un sitio bonito por Conde Duque que me gusta y que no es pretencioso. Se llama La Bicicleta. Si te viene bien, podemos quedar el martes a las seis de la tarde. Si no, dime tú. Un saludo, Jessica.

Mandado.

Me llevo el móvil a la cama. Me echo bocarriba. Miro el techo. Espero.

A los dieciocho minutos vibra el móvil.

El martes a las seis en La Bicicleta. Allí estaré. Gracias, Jessica. V.

Que alguien me sujete.

Lunes pasa lentísimo en el local. Cuento las horas como cuando esperaba el dinero. La Moni me ve la cara y me pregunta dos veces ¿estás bien? y yo le digo dos veces sí, sí , y la Moni asiente como diciendo vale, Jessi, vale, miente, miente, ya hablarás .

El Toni me prepara mentalmente.

—Cari, no llegues antes de tiempo. Cinco minutos tarde es lo correcto. No tres, no diez. Cinco. Y entras tranquila, como si vinieras de hacer otra cosa interesante, no como si fueras una niña al cumpleaños de su crush.

—Vale.

—Y no le hables del negocio toda la tarde, cari, que la gente importante no quiere oírte hablar de tu negocio una hora, quiere oírte ser persona.

Hazle preguntas. Hazle preguntas como las que tú haces siempre.

No le hables solo de perros. Sácale del tema.

Pero suave. Que él se sienta interesante.

A los hombres mayores hay que dejarles sentirse interesantes.

—Vale.

—Y no te emborraches.

—No bebo en una primera cita.

—Cari, mejor. Pero tampoco te pongas a beber Coca-Cola light, que parecen una guarrería en taza al lado de un café.

—Vale.

—Y, cari.

—¿Qué?

—Si te pregunta por tu familia, ¿qué le vas a decir?.

—Que mi madre murió hace siete años. Que mi padre se piró cuando era pequeña. Que estoy yo sola.

—Bien.

—Y que en realidad nunca me ha hecho falta nadie más.

—Cari, eso último guárdatelo. Eso ya se lo dirás cuando estéis casados.

—Toni.

—La Toni proyecta. Te como tu cara.

Martes. A las tres de la tarde cierro la peluquería antes de tiempo. Moni, me piro, tú cierras a las seis y media, ¿vale? La Moni dice vale sin levantar la vista del ordenador. La Moni no pregunta. La Moni nunca pregunta de más.

Voy a casa. Me ducho. Me visto. Coral me ha mandado un mensaje con sugerencias.

Pantalón ancho marrón claro, camisa blanca de algodón, mocasines marrones, abrigo camel.

Discreto, Jessi. Que vas a tomar café, no a una entrevista en el banco.

Hago caso. Voy con eso. Pelo suelto. Un poco de máscara de pestañas. Pintalabios apenas, nude.

Salgo de casa. Calle Eloy Gonzalo. Camino hasta Conde Duque. Quince minutos andando. Llego a La Bicicleta a las seis y cuatro.

Cinco minutos tarde, había dicho el Toni. Cuatro me valen.

Empujo la puerta de cristal de La Bicicleta . Olor a café, a tarta de zanahoria, a libro viejo. Es uno de esos sitios con sofás distintos, mesas distintas, lámparas distintas. El sitio tiene un poco de salón de casa. No como el Pepe , con todo mi respeto.

Y allí está él.

En una mesa al fondo, junto a la ventana. Sentado en un sillón verde. Leyendo un libro pequeño. Con la chaqueta colgada en el respaldo. Café delante de él, un vaso de agua. No me ha visto entrar todavía.

Yo le miro un segundo desde la puerta sin que se entere.

Y por dentro pienso una cosa.

Joder, Jessi. Este señor es bonito.

No guapo. Bonito. Bonito de los que están en paz con su edad.

Bonito porque no se pinta el pelo, porque no se ha hecho nada en la cara, porque tiene arrugas y las arrugas le quedan bien, porque está vestido bien pero sin trabajarlo.

Bonito porque está leyendo un libro pequeño en un café de Conde Duque a las seis y cuatro de un martes esperando a una chica que trabajaba en el Hotel Berenice.

Levanta la cabeza. Me ve. Cierra el libro.

—Jessica.

—Víctor.

Se levanta. Me da dos besos. Sin tocar las mejillas. Solo el aire de las mejillas. Educadísimo.

Me siento enfrente. Pido un café con leche al chico que viene. Él pide otro café americano.

—¿Qué leías?

Mira el libro como si se hubiera olvidado.

—Un libro de Tomás Eloy Martínez. Es argentino. Santa Evita. Es sobre el cadáver de Eva Perón y lo que pasó con él después de su muerte. Yo lo había leído hace muchos años. Lo estoy releyendo.

—Sobre un cadáver.

—Sí.

—Vaya tema para un martes a las seis de la tarde.

Sonríe. Sonríe poquito. Lo justo.

—No lo había pensado así.

—No, perdona. No quería decir…

—No, no, está bien. Tienes razón.

Pausa.

—Es que es un libro muy bonito. No es macabro. Es sobre cómo a algunas personas no las dejan descansar ni después de muertas.

Yo asiento. No sé qué decir.

—¿Y tú? ¿Lees?

—Poco. Bueno. Algo. Soy muy lenta. Y suelo leer cosas malas. De esas que se compran en El Corte Inglés en el pasillo de las novedades.

—Hay que leer lo que apetece. Yo también leo cosas malas. Y cosas buenas. Cosas malas no quita que las leas.

—Bueno, alguien que lee a un argentino sobre cadáveres no me parece que lea muchas cosas malas.

Sonríe otra vez. Esta vez un poquito más grande.

—Me has pillado.

Llegan los cafés. Y empezamos.

Empezamos a hablar y no paramos en una hora.

Hablamos del libro. Hablamos de Madrid. Hablamos de los barrios.

Yo le hablo un poco de Parla, sin enseñar mucho.

Él me cuenta que vive en Somosaguas, que tiene una casa con árboles, que los árboles los plantó él con su mujer cuando se casaron.

Su mujer murió hace doce años. Cáncer de mama.

Tenía cuarenta y dos. Lo dice así, sin teatro, sin pedir compasión.

Solo dándome un dato porque toca dárselo.

Yo digo lo siento . Él dice gracias . Pasamos.

Le pregunto por sus perros otra vez. Me cuenta historias.

Boris se come las plantas. Hada lloriquea cuando él va a la oficina.

Boris se mete en la piscina cuando se queda solo, no le dejan, pero se mete cuando no le ven.

Hada nunca se ha metido en la piscina. Hada le tiene miedo al agua. Boris se mete por los dos.

Yo le hablo de Nala. Le cuento la herencia (la versión oficial).

Le cuento que monté el local con eso, con parte de eso.

Le cuento de Parla. De mi madre. De cómo empecé a limpiar hoteles a los veintiocho.

Le cuento, sin querer, casi sin darme cuenta, más de lo que tenía planeado contar.

Él escucha. Pregunta poco. Pero las preguntas que hace son las que importan.

—¿Y te gusta?

—¿El qué?

—Esta vida nueva.

Me lo pienso.

—Sí.

—Pero.

—Pero a veces tengo miedo.

—¿De qué?

—De no encajar.

—Vas a encajar.

—¿Tú crees?

—Lo que no encaja son los que se quieren disfrazar para encajar. Tú no te estás disfrazando. Yo te estoy oyendo hablar como tú. No estás haciendo voces ni poses. Eso, en estos sitios, escasea. La gente que es ella misma encaja siempre. Lo que no encaja es la copia.

Yo le miro. Bebo café.

—Bueno —digo—, llevas conociéndome una hora.

—Lleva una hora siendo suficiente.

Y entonces tengo que mirar la mesa porque siento que me he puesto colorada. La. Puta. Edad. Yo en la vida me ponía colorada. Y ahora me pongo colorada en un café en Conde Duque con un señor de cincuenta y muchos.

A las siete y media miramos los dos el reloj a la vez. Como pasa cuando una conversación se acaba sin acabarse. Ninguno quiere ser el primero en cortar pero los dos tienen vida fuera.

—Tengo que irme —dice—. Tengo una llamada a las ocho que no puedo retrasar.

—Vale.

—Me ha encantado.

—A mí también.

—¿Te… te apetece volver a vernos?

—Sí.

—Bien.

—La próxima con perros, si te parece.

Sonríe.

—Me parece muy bien. Que las criaturas se conozcan y opinen.

—Que opinen, sí.

Salimos del café. Caminamos un trozo juntos por Conde Duque. Hace fresco. Las farolas amarillas. Él camina despacio, a mi paso. Habla poco. Cuando llegamos a la esquina donde se separan nuestros caminos, se para.

—Te llamo. ¿Vale?

—Vale.

Me da dos besos. Esta vez sí. Toca las mejillas. Suave. Sin presión.

Y se va.

Yo me quedo de pie un momento.

Le miro irse hacia donde tendrá aparcado el coche.

Y entonces saco el móvil. Llamo al Toni.

—Cari.

—Toni.

—Cari, cuéntame.

—Toni. Toni, qué bien.

—Cari, ay. Ay. Cari. Te lo dije. Te dije, ve a por él.

—Me lo dijiste.

—La Toni nunca falla.

—La Toni nunca falla.

Camino hacia Chamberí. Sonriendo sola. Como una idiota. Como una idiota feliz.

Llego al portal. Genaro me saluda. Buenas noches, señora Gómez. Buenas noches, Genaro. Subo. Abro el piso. Nala sale corriendo. La cojo en brazos. Le doy un beso.

—Gorda. Gorda. La semana que viene conoces a alguien.

Nala mueve el rabo.

—Te va a gustar, Nala. Te va a gustar.

Y por primera vez desde aquella mañana, desde la mañana del 317, desde el señor del traje azul marino, desde el sobre, desde todo, por primera vez en mucho tiempo, me quedo dormida sin pensar en él.

No en él directamente.

Pienso en otro.

Pienso en uno de pelo blanco.

Pienso en uno que dice cuéntame .