CAPÍTULO 13
Agárramela que me crece
MIÉRCOLES de vestido. Jueves costurera. Viernes a las cinco maquillaje y peluquería en mi casa con el Toni y con Coral. A las siete estoy lista. A las siete y media me sube el Uber. A las ocho menos cuarto estoy delante del Ritz.
El Ritz.
Madrid.
Yo.
Bajo del Uber. Mismas piernas que las del Cercanías. Distintos zapatos. Distinto vestido. Distinto pelo. Pero las mismas piernas. Acuérdate, Jessi. Son las mismas piernas.
Llevo un vestido midi negro de Olivia , con manga tres cuartos y el cuello redondo, sin escote.
Coral me lo ha elegido porque con tu cuerpo, Jessi, lo elegante es no enseñar, lo elegante es sugerir.
Yo no he discutido. Yo, que en estos temas no entiendo, no discuto.
Zapatos negros con un tacón bajo de cinco centímetros porque más alto me caigo.
Bolso pequeño negro, también de Olivia .
Pelo recogido en un moño bajo que me ha hecho el Toni y que él, mientras me lo hacía, lloraba un poquito, cari, te queda tan bonito, te queda tan de cena de fundación, la Toni se está emocionando.
Y un pintalabios color borgoña que también ha elegido Coral.
Nada más. Sin pendientes grandes. Sin collares.
Tu cuello, Jessi, es tu mejor accesorio.
Yo me he mirado al espejo antes de salir y no me he reconocido. Eso es bueno, dice el Toni. Eso significa que te estás dejando hacer.
Subo las escaleras del Ritz. Me abre la puerta un portero. Dentro hay alfombras gruesas, lámparas de araña, gente con copa en la mano, voces bajas, una música de piano. Es como entrar a una película que yo solía ver de pequeña los domingos por la tarde con mi madre.
Una chica con tableta me pregunta el nombre.
—Jessica Gómez.
—Bienvenida. Mesa siete. Cóctel a la izquierda. La cena empieza a las nueve.
—Gracias.
Camino hacia la izquierda. Cojo una copa de cava de una bandeja que pasa por delante. No la bebo. La tengo en la mano como decoración.
Veo a Begoña enseguida. Está rodeada de gente. Levanta la cabeza, me ve, me hace una sonrisa enorme y me señala con la copa.
—¡Jessica, cielo! Ven, ven.
Voy. Me presenta a unos cuantos. Una pareja que es dueña de una marca de joyería.
Un señor que tiene una bodega en La Rioja.
Una mujer que es ginecóloga. Un señor que no me queda claro qué hace pero que lleva un reloj que vale tres veces mi local.
Yo sonrío. Doy la mano. Digo encantada doce veces seguidas.
Begoña me presenta como Jessica, la dueña de un hotel canino precioso en Justicia, La Nala y sus compis, tenéis que ir, las influs adoran ese sitio .
La gente asiente. Sonríe. Algunos me hacen preguntas. ¿Y cuánto lleva abierto? ¿Trabajáis con razas grandes también? ¿Tenéis web? Yo contesto. Bien, creo. Vamos, Jessi. Estás aguantando.
A las ocho y media empiezan a llamar a la cena.
Mesa siete. Voy. Es una mesa redonda de ocho.
La porcelana del Ritz, las copas, los cubiertos.
Demasiados cubiertos. Coral me ha hecho un esquema en una servilleta antes de salir: de fuera hacia dentro, Jessi, de fuera hacia dentro, esa es la única regla.
Voy buscando mi sitio. Mi tarjetita pone Sra. Jessica Gómez Ferrero . La sra. me hace reír por dentro. La sra. Jessi de Parla.
Y entonces miro a mi derecha.
A la silla de al lado, donde la tarjetita pone otro nombre, hay un hombre.
Un señor mayor.
Pelo blanco, completamente blanco. Barba blanca también, recortada.
Traje gris oscuro, sin corbata, camisa azul muy pálido abierta un botón.
Manos grandes. Está de pie esperando que llegue todo el mundo, mirando el mantel sin mirar a nadie.
No tiene cara de cena de gala. Tiene cara de ese señor que viene porque alguien le ha pedido que venga.
Me mira al sentarme. Me hace un saludo con la cabeza. Bajito. Educado.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Se sienta. Yo me siento. Lee mi tarjetita. La suya pone Sr. Víctor Cienfuegos . Yo la leo también. Víctor Cienfuegos. Vale.
—Encantado, Jessica.
—Encantada, Víctor.
—¿De dónde viene usted?
—De Madrid.
—Yo también.
Silencio. Educado. Cómodo, casi.
Llegan los demás. Begoña en la cabecera. La pareja de la joyería. El señor del reloj. Una mujer que no me han presentado. Y un chico joven, sobrino de Begoña, que se sienta a mi otro lado y que me mira como si estuviera obligado a estar ahí.
Empieza la cena. Crema de no sé qué. Yo me preocupo del cubierto correcto. De fuera hacia dentro. Bien. Cojo la cuchara. Como. Sopa correcta. Comer correcto. Jessi, estás aguantando.
Por mi izquierda el sobrino me hace tres preguntas y se aburre solo. Por mi derecha el señor Víctor no me hace ninguna. Habla con la mujer de su otro lado. Habla bajo. Habla poco. Cuando ella se ríe de algo que él ha dicho, él no se ríe, solo sonríe un poquito.
Voy mirando alrededor. Voy escuchando trozos.
Mi yate. Mi caballo. Mi finca. Mi cuadro.
Mi yerno. Lo de la finca, lo del yate, lo del cuadro, lo entiendo.
Lo del yerno, también. Lo que no entiendo es la falta de hambre que tiene esta gente, que pide cosas y las deja a la mitad.
En Parla esto no pasa. En Parla, lo que pides, lo terminas.
Será la costumbre de pobres, antes reventar que sobre.
Llega el segundo plato. Lubina al horno. Yo entro al cubierto correcto sin dudar. Aprovecho que el señor Víctor se queda un segundo sin con quien hablar.
—Disculpe.
Me mira. Me mira con esos ojos que tiene. Ojos claros. Tranquilos. Sin curiosidad pero sin desprecio.
—Quería preguntarle una cosa. Pero solo si no le molesta.
—Cuéntame.
Le sale el cuéntame tan natural como me sale a mí el qué pasa . Tutea de golpe. Yo no sé si tutearle también o seguir con el usted. Decido tutearle.
—¿Tienes perro?
Él me mira un segundo. Sonríe poquito. Como sin querer.
—Tengo dos.
—¿De qué raza?
—Una galga ya mayor. Y un cocker.
—¿Cómo se llaman?
—La galga, Hada. El cocker, Boris.
—Hada y Boris.
—Sí.
—Bonitos nombres.
—Sí.
Silencio. Pero no incómodo. Él come un trozo de lubina. Bebe vino. Yo también.
—¿Y tú? —pregunta.
—Yo tengo una. Cruce de chihuahua y shih tzu. Se llama Nala. Yo me dedico a esto, vamos. Tengo un hotel canino con peluquería en Justicia.
— La Nala y sus compis .
Yo levanto la vista del plato. Le miro.
—¿Sabes el nombre?
—Begoña ha hecho la presentación cuando estábamos en el cóctel. Yo estaba ahí cerca.
—Ah. Vale.
—Es un nombre bonito.
—Gracias.
—No es fácil, supongo. Llamar así a una empresa.
—¿Por?
—Porque la gente que no entiende lo de las mascotas no lo entiende. Y porque a la gente que sí entiende, le gusta.
—Eso es. Lo has dicho mejor que yo.
Me río un poco. Él sonríe un poco. Es como si las dos sonrisas se encontraran a la mitad del camino y se saludaran sin estridencias.
Bebe vino otra vez. Mira el plato. Habla sin levantar la vista.
—Mi galga la rescaté de un canódromo cuando se cerró. Tenía cuatro años entonces. Le faltaban dos dientes y tenía mucho miedo. Ahora tiene doce. Sigue teniendo miedo de algunas cosas pero ya no de mí. Eso es lo que más he conseguido en mi vida, creo.
Lo dice así. Sin levantar la voz. Sin hacer un teatro. Como si me estuviera contando la lista de la compra.
Yo le miro. Y por dentro pienso una cosa.
Este tío mola. Este tío mola. Pero no seas ridícula, Jessica. Este tío te saca más de veinte años, tiene una galga rescatada y un cocker, tiene la pinta de tener una casa con árboles propios, y tú eres Jessi con un local recién abierto. No seas ridícula. Hablad de perros. Es lo que sabes.
—¿Por qué tenía miedo? Tu galga.
—Por las cosas que les hacen en los canódromos. No quieras saberlo.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Estoy en el sector. Lo sé.
Me mira otra vez. Distinto que antes. Como si me hubiera puesto a otra altura.
—Vale. Entonces sí lo sabes.
Pausa.
—Hada no se sube a los sofás todavía. Doce años conmigo y no se sube. Boris sí. Boris se sube hasta a mi cabeza. Pero ella no. Aprendió a no subirse a sitios y no lo ha desaprendido. Yo creo que ya no lo desaprenderá.
—No la fuerces.
—No. Le he comprado una cama suya al lado del sofá grande, redonda, gorda. Ella se mete ahí. Y yo le hablo desde arriba. Es nuestro pacto.
—Vuestro pacto.
—Sí.
Tenemos esta conversación cinco minutos.
Diez. Quince. La pareja de la joyería se levanta a saludar a otra mesa.
Begoña habla con el del reloj. El sobrino se mira el móvil debajo del mantel.
La mujer del otro lado de Víctor se va al baño y no vuelve.
Y nosotros dos seguimos hablando de Hada, de Boris, de Nala, de lo que muerden, de lo que comen, de los miedos de los perros adoptados, de la peluquería, de los productos malos, de los productos buenos, de las modas estúpidas de los humanos con los perros, de los lazos rosas en las orejas, de los disfraces de Halloween, de lo que un perro necesita y lo que un humano le impone.
Habla poco. Pero cuando habla, dice cosas. Dice cosas con peso.
Yo hablo más que él. Y él escucha. Escucha en serio. No de adorno. Me mira a los ojos cuando hablo. No mira el móvil. No mira a otra mesa. No mira el reloj. Mira lo que estoy diciendo.
Y eso, en una cena del Ritz Madrid, a mí me deja descolocada.
Llega el postre. Un pastelito de no sé qué con frambuesa encima. Lo como. Él también. Hablamos menos. Begoña se levanta a hacer su discurso. Habla diez minutos. Da las gracias. Dice cifras. Aplaudimos.
Después del discurso, la mesa se descompone. La gente se levanta. Se dispersa. Café por allá, copa por aquí.
Víctor se levanta. Yo me levanto.
—Bueno —dice.
—Bueno —digo yo.
—Me ha gustado mucho la conversación.
—A mí también.
—Te deseo mucha suerte con La Nala y sus compis .
—Gracias.
—Y dale recuerdos a tu Nala.
—Se los doy.
Me da la mano. Una mano grande, cálida, firme pero sin apretar. Sin marca de poderío. Solo mano de señor mayor educado.
—Hasta otra, Jessica.
—Hasta otra, Víctor.
Y se va.
Se va.
Sin pedir el teléfono. Sin coger mi tarjeta. Sin decir te llamo . Sin decir quedamos . Sin nada. Se va caminando hacia el lado del salón donde hay otros señores como él de pelo blanco y traje gris, y desaparece entre ellos.
Yo me quedo de pie al lado de la mesa siete. Con la copa de café en la mano.
Vale, Jessi. Vale. Ya está. Has cenado. Has aguantado el tipo. Y has tenido la conversación más bonita en cinco años con un señor que se va y al que no vas a volver a ver. Y ya está.
Begoña aparece. Me coge del brazo.
—Jessica, ¿qué tal?
—Muy bien, Begoña, muy bien. Mil gracias por invitarme.
—¿Te ha gustado la mesa?
—Mucho.
—Era una buena mesa. ¿Qué te ha parecido Víctor?
—¿Víctor?
—El de tu derecha.
—Ah. Sí. Muy amable.
—Es un encanto. Y un señor importante.
—¿Sí?
—Sí, hija. Cienfuegos Internacional. Inmobiliaria, energía, lo que tú quieras. Pero un encanto. Y ha estado fatal este año. Pobre.
—¿Por qué?
—Lo de su hija.
—¿Su hija?
—Murió en circunstancias horrorosas hace casi un año. Una cosa terrible. Una cosa que no… bueno. Mira, da igual. Te lo cuento en otra ocasión. No es para hablarlo aquí.
—Vale.
Begoña sigue.
—Es un hombre que necesita… no sé. Pero un encanto. Yo le aprecio muchísimo. ¿Te ha hablado de sus perros?
—Sí.
—Le encantan los perros. Es lo único que le saca de la pena, creo. Encima también es viudo.
—Vaya.
Me da un beso. Se va a saludar a otra señora.
Yo me quedo allí. Con el café en la mano. Mirando hacia donde ha desaparecido Víctor entre los otros señores de pelo blanco.
A las once y media salgo del Ritz. Pido el Uber. Llego a Chamberí. Saludo a Genaro. Subo. Abro el piso.
Nala se sube.
—Hola, gorda.
Le doy un beso. Salimos a dar un paseo a lucir mi traje, como el que va a comprar el pan con una bata en mi barrio de toda la vida. Subimos. Me quito los zapatos. Me quito el vestido. Me deshago el moño. Me lavo la cara. Me meto en la cama.
Apago la luz.
Y, en la oscuridad, no pienso en Víctor Cienfuegos. Pienso en su galga Hada que no se sube al sofá. Pienso en su pacto con ella. Pienso en cómo me ha mirado a los ojos cuando hablaba.
No seas ridícula, Jessica.
Necesito opinión de mis chicas por WhatsApp, van a flipar.
Y ahora sí, cierro los ojos, intentando dejar la mente en blanco.
Como si pudiera.