CAPÍTULO 11
Cada loco con su tema
EL LOCAL está en la calle Hortaleza. Justicia.
Tres minutos del metro de Chueca. Bajo, con un escaparate enorme que da a la calle, un sótano para almacén y aseos, y arriba sesenta metros cuadrados despejados donde antes había una tienda de moda que cerró cuando el dueño se jubiló. Lo he firmado hace seis días.
Mil ochocientos al mes.
Sí, mil ochocientos.
Lo sé.
Pero está donde está y es lo que es.
Estamos las tres sentadas en el suelo del local.
No hay muebles. No hay nada. Solo el suelo de baldosa vieja, las paredes desconchadas y nosotras tres con dos bocadillos de tortilla del bar de la esquina, una botella de vino tinto del Mercadona, tres vasos de plástico de los caros, y un cuaderno cuadrado con tapas duras que ha traído la Moni para apuntar las cosas serias.
Nala corretea por el local oliéndolo todo. Olfatea las esquinas. Mea contra una pared interior. Yo le riño bajito. Ella me mira como diciendo mamá, esto es mi negocio también, déjame marcar territorio .
Son las nueve de la noche.
—Bueno —dice la Moni, abriendo el cuaderno con dos manos como si fuera un libro de iglesia—. Vamos a por el nombre.
—Cari, esto es lo más importante —dice Toni—. Esto define todo. La marca, el logo, los colores, el tipo de cliente que entra, todo. Esto no es un nombre, es una declaración de intenciones.
—Toni, no te subas a la parra —digo.
—Cari, perdona, pero la Toni de estas cosas sabe. Yo veo Instagram. Yo veo TikTok. Yo veo lo que funciona en este mundo.
—Vale. ¿Qué propones?
El Toni se incorpora un poquito. Se aclara la garganta. Se quita las gafas de sol que sigue llevando puestas dentro del local sin luz natural a las nueve de la noche. Las dobla. Las deja en el suelo a su lado con solemnidad.
— Le Petit Chien.
—No.
— Le Petit Chien Boutique.
—No.
— Le Petit Chien Madrid.
—Toni, deja el Petit Chien. No nos llamamos Le Petit Chien.
—Cari, suena a París. Suena a las Tullerías. Suena a una señora con un caniche en el regazo.
—Toni, cari, nosotras somos de Parla.
—Cari, somos , en pasado. Ahora somos de Madrid centro, ¿qué dices?
—Yo sigo siendo de Parla —dice la Moni desde su cuaderno.
—Hija mía, gracias —digo.
—Vale, vale —dice Toni—. Más opciones. Pawsh. P-A-W-S, paws en inglés, fusionado con posh . Apetece, cari, apetece morderlo el nombre.
—Toni.
— Bark Avenue. Como Park Avenue pero ladrando.
—Toni.
— Maison du Chien. Doggy Boutique. Lord and Pups. Canine Couture.
—Toni, joder.
— Posh Paws. The Bark Hotel. Hotel Bowwow. Wagging Tails Boutique.
—Toni, te juro por mi madre que te tiro este bocadillo a la cara.
El Toni se calla. Se queda mirando el techo. Vuelve a coger las gafas de sol. Se las pone otra vez aunque seguimos sin luz.
—Cari, no me valoras.
—Te valoro mucho. Pero esos nombres no.
La Moni interviene. Pasa la página del cuaderno donde el Toni nos ha hecho dictar a la fuerza catorce propuestas con asteriscos y emojis, y empieza una página nueva. Aprieta el boli como una secretaria de instituto.
—Vale. Yo he hecho una lista —dice la Moni.
—Trae —digo.
—No le hagas caso al Toni. He pensado en nombres que transmitan seriedad y confianza. Para esto va a venir gente que va a dejar a su perro de cuatro mil euros con nosotras. Tiene que sonar profesional.
—Vale. Dispara.
— Centro Canino Madrid.
El Toni emite un sonido. Como un suspiro pero con sufrimiento.
—Cari, eso suena a perrera municipal. A que te van a sacrificar al perro un viernes por la tarde.
—Toni, eres muy malo —dice la Moni.
—La Toni es justa, no es mala.
La Moni sigue.
— Hotel Canino Premium. Servicios Caninos Madrid. Pet Wellness Madrid. Canine Care Boutique. Madrid Pet Center.
—Cari —dice Toni—. Cari, perdona, pero parecemos una franquicia.
—Es que vamos a ser una empresa.
—Cari, una franquicia no, una empresa con alma. Hay diferencia.
—Toni, una empresa con alma no paga la luz.
—Sí paga la luz si vienen muchas señoras a dejar a sus perros.
—¿Y por qué van a venir muchas señoras?
—Porque tenemos un nombre que les habla.
—¿Y qué nombre les habla?
— Le Petit Chien.
—¡JODER, TONI, BASTA YA CON EL PETIT CHIEN!
Los dos se quedan callados. Me miran. Me he puesto colorada. La Moni baja la mirada al cuaderno. El Toni levanta una ceja por encima de las gafas de sol.
—Cari, no me grites.
—Perdona, Toni.
—Perdonada.
Bebemos vino. El vino del Mercadona está raspón pero entra. Nala se acerca, me deja una pelusa de polvo en los pantalones y se sienta sobre los pies del Toni porque sabe que el Toni odia que se le suba encima cuando lleva pantalones bonitos.
—Toni, la Nala te quiere mucho —digo.
—Cari, dile a tu hija que me deje la raya del pantalón.
—Nala, deja al Toni.
Nala no se mueve. Mira al Toni con esos ojos saltones. El Toni la mira a ella. Suspira. La acaricia. Está perdida la batalla.
Y entonces se me ocurre.
Así. Sin pensarlo.
Miro a Nala sentada encima del Toni. Miro al Toni acariciándola. Miro a la Moni con su cuaderno. Miro este local vacío que es el principio de algo. Y se me ocurre.
—Se llama La Nala y sus compis .
Silencio.
—¿Qué? —dice la Moni.
—Se llama La Nala y sus compis . Se llama eso. Se llama así. Y punto.
El Toni se quita las gafas de sol despacio.
—Cari. ¿Otra vez?
— La Nala y sus compis . La Nala es ella —señalo a la perra—. Y los compis somos nosotras. Y los compis son los perros que vienen. Todos los perros que vienen son sus compis. La Nala es la jefa. Es su sitio. Y entran sus compis.
—Cari, eso suena a guardería de tres años.
—No suena a guardería. Suena a sitio de barrio. Suena a sitio amable. Suena a sitio al que llevas a tu perro porque lo quieres y porque sabes que ahí lo van a tratar como a un compi y no como a un cliente.
—Cari.
—Toni. Que se llama así. La Nala y sus compis . No le des más vueltas.
La Moni levanta la vista del cuaderno. Me mira.
—Jessi.
—¿Qué?
—¿Tú lo tienes claro claro?
—Clarísimo.
—Vale.
La Moni lo apunta. Lo apunta en mayúsculas. LA NALA Y SUS COMPIS. Subraya dos veces. Cierra el cuaderno.
El Toni nos mira. Nos mira a las dos. Mira a Nala. Mira el techo. Mira las paredes desconchadas. Coge su vaso de vino. Le da un trago largo.
—Cari.
—¿Qué, Toni?
—Cari, no me gusta nada el nombre.
—Vale.
—Pero te quiero mucho y este local es tuyo.
—Vale.
—Y va a quedar precioso. Va a quedar como una boutique.
Lo voy a montar yo. Con el presupuesto que me vas a dar voy a comprar dos espejos enormes, un sillón de cuero antiguo para la espera, lámparas vintage, plantas, y un logo que voy a diseñar yo con una colega de Diseño Gráfico que conozco. Aunque el nombre sea ese.
—Vale, Toni.
—Pero el nombre, cari, repítemelo.
— La Nala y sus compis .
—Cari.
—Toni.
—Vale.
Me sonríe. Me sonríe con todos los dientes. Le brillan los ojos. El Toni cuando se rinde, se rinde a lo grande.
Y entonces hacemos una cosa que no habíamos planeado. Cogemos los tres vasos de plástico y los chocamos en el aire.
—Por La Nala y sus compis —digo yo.
—Por La Nala y sus compis —dice la Moni.
—Por La Nala y sus compis —dice el Toni, fingiendo que le duele decirlo pero diciéndolo igual.
Nala ladra. Una sola vez. Corto. Como firmando.
Bebemos.
Nos quedamos un rato más en el local. Hablamos de los colores.
La Moni propone gris y blanco. Toni propone un rosa polvo, cari, un rosa polvo que parezca un melocotón .
Yo escucho. No tengo opinión sobre los colores.
Lo que sé es que esto va a salir adelante.
Lo que sé es que tres meses atrás yo estaba en planta tres limpiando habitaciones, y ahora estoy aquí, sentada en el suelo de un local vacío que es mío, con mis dos personas favoritas del mundo, decidiendo cómo va a ser un sitio que vamos a montar entre las tres.
Y por primera vez desde el día de la 317, durante exactamente diecisiete minutos, no pienso en él.
En el señor del traje azul marino.
En lo que pasó.
En lo que sé.
Diecisiete minutos.
Diecisiete minutos seguidos sin pensar en él.
Es mucho.
A las once de la noche el Toni y la Moni se van.
La Moni a Parla porque mañana hay cole. El Toni a su piso de Lavapiés.
Yo me quedo un rato más sola en el local con Nala.
Me siento contra la pared. Apago la luz para ver cómo entra la del escaparate.
Hay un cartel ahí fuera que pone EN brEVE NUEVO PROYECTO .
Lo ha puesto la propietaria del local antes de irse a la sierra.
Mañana lo voy a quitar.
Mañana voy a poner uno mío.
Uno que ponga Próxima apertura: La Nala y sus compis.
Lo voy a poner yo. Con celo. Con mi letra. Con mi mano.
Nala se sube a mi regazo. Apoya la cabeza en mi muslo.
—Eres una jefa, gorda —le digo—. Eres la jefa.
Mueve el rabo. Acepta.
Salgo del local con Nala en brazos. Cierro con llave. Camino por Hortaleza hacia Chamberí. Las luces de Madrid alrededor. Las terrazas llenas un martes. La gente paseando.
Y por primera vez desde hace mucho tiempo, me siento parte de algo.
Manolo el del riñón no aparece desde que me mudé.
Que aproveche en Parla.