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CAPÍTULO 10

El que parte y reparte se lleva la mejor parte

SEIS DE MARZO.

El Toni cumple treinta y cinco años y lo lleva fatal.

—Cari, treinta y cinco. Treinta. Y. Cinco. ¿Tú sabes lo que es eso? Ya soy un sugar de esos.

—Toni, mira la parte positiva, estás estupendo.

—Cari, estoy estupenda, pero me voy a hacer unos retoquitos. No porque los necesite, pero siempre hay margen de mejora.

Está en mi cocina. En la cocina del piso de Chamberí que todavía huele a nuevo, a pintura y a velas que he comprado esta semana porque me ha dado por las velas, que es lo que pasa cuando tienes dinero y no sabes qué hacer con él, que te da por las velas.

Además, ahora me ha dado fuerte: unas de una tiendecita monísima que se llama Velas Hygge y huelen a señora con la vida resuelta, aunque yo todavía esté en prácticas.

El Toni lleva el abrigo de pelo rosa palo todavía puesto, las gafas de sol dentro de casa a las seis de la tarde, y un lazo dorado en el pelo que se ha puesto él solo porque cari, es mi cumpleaños, llevo lazo, la que tenga envidia que rabie.

—Cari, ¿qué has cocinado?

—Nada.

—¿Cómo nada?

—He pedido.

—¿Has pedido el qué?

—He pedido de todo.

El Toni abre los ojos. Se quita las gafas de sol. Las dobla. Las deja en la encimera con solemnidad.

—Cari. ¿De todo de todo?

—De todo de todo. Sushi, croquetas, bravas, una pizza de esas grandes, alitas. Y tarta. He encargado una tarta en una pastelería de aquí cerca que hace unas tartas que flipas.

—Cari.

—¿Qué?

—Cari, me estás haciendo llorar en tu cocina el día de mi cumpleaños.

—Toni, no llores que se te corre el ojo.

—Cari, el ojo es waterproof. Pero es que esto. Esto, cari.

Abre los brazos. Señala la cocina. El piso. Todo.

Le doy un abrazo mientras sigue con su monólogo.

—Hace un año estábamos en el Pepe con una caña y unas bravas de Pepe que con todo el cariño del mundo llevan en el mismo aceite desde Barcelona 92. Y ahora estamos aquí. En tu piso. En Chamberí. Con sushi encargado.

—Y con tarta.

—Y con tarta, cari. Y con tarta.

Nala se le acerca. El Toni la mira. La mira mucho rato.

—Y con la nena —dice, más bajito.

Suena el telefonillo tres veces seguidas. Eso no es la Moni. La Moni pulsa una vez y espera. Eso es el Toni que ha invitado a gente.

Voy a abrir.

Suben a mi puerta tres tíos. Tres. Tíos.

Tres tíos que parecen sacados de una campaña de ropa italiana de las que salen en Instagram con luz natural y ninguna arruga.

Uno moreno con los ojos verdes. Uno rubio con pinta de surfista de Málaga que ha llegado a Madrid y ha mejorado.

Uno alto, pelo castaño, mandíbula de los que parten nueces sin pestañear.

Los tres con abrigos buenos, que huelen a algo mejor que One Million.

Me quedo en el marco de la puerta.

—Hola —digo.

—Hola. ¿Eres Jessi? —dice el moreno de los ojos verdes.

—Para ti Jessi y lo que quieras.

—Soy Marcos. Este es Dani. Este es Rubén. Somos amigos del Toni.

Les dejo entrar. El Toni los ve llegar y monta el número que monta el Toni cuando ve a su gente. Gritos. Abrazos. El lazo dorado sobrevive de milagro. Nala ladra tres veces, una por cada uno, y después decide que no son una amenaza y vuelve a su esquina del sofá.

Llega la Moni con el Izan diez minutos después. La Moni entra, ve a los tres tíos repartidos por el salón, y me mira. Me mira con esa cara suya de no decir nada pero decirlo todo.

Luego se acerca a mí. Bajito.

—Jessi.

—Moni.

—¿Quiénes son esos?

—Amigos del Toni.

—Jessi.

—¿Qué, Moni?

—Qué pena que sean gays.

—Moni, toda la razón del mundo.

—Es que mira al de los ojos verdes. Encima los maricas son encantadores.

—También cagan, Moni, pero echan flus flus al menos.

—Jessi, eso no es justo. El mundo no está bien repartido.

—Las lesbianas son un adelanto, Moni. Ojalá haber nacido lesbiana. ¿Quién aguanta a los heterobásicos? Qué pereza. Llevo sin conocer a alguien interesante que no vista con ropa de fútbol desde mi época del Xkandalo. No me jodas.

La Moni me mira.

—Que fantasía de discoteca.

—El Xkandalo. Lo mejor.

—Jessi, teníamos diecisiete años.

—Pues fíjate cómo está el mercado. El panorama heterosexual es un desierto, Moni. Un desierto con póster del Atleti.

La Moni suelta una risita. La risita de la Moni que casi no se oye pero que cuando sale es de verdad.

Cenamos en el salón. En el suelo, porque no tengo mesa de comedor todavía.

La Moni pone el mantel de papel que ha traído ella, que la Moni sin mantel no come ni en el campo.

Abrimos las cajas. El Toni llora un poco con el sushi.

El Izan se come ocho alitas seguidas y la Moni le dice que pare, que le va a sentar mal, y él dice que no, y tiene razón, no le sienta mal.

Marcos el de los ojos verdes resulta que es cocinero y le da una opinión al sushi que nadie le ha pedido pero que está bien.

Dani el rubio surfista se pone a hablar con el Izan de dinosaurios y en diez minutos son mejores amigos.

Rubén el de la mandíbula se sienta al lado de la Moni y le pregunta a qué se dedica y la Moni le explica que curra de TCAE y que no diga auxiliar de enfermería porque se ofende.

Nala merodea alrededor buscando que algo se caiga. Algo se cae. Varias cosas se caen.

—Cari —dice el Toni con una alita en la mano—, ¿qué hay de lo del local?

—Estoy mirando.

—¿Y?

—Hay un sitio en Justicia que me gusta. Tres minutos del metro de Chueca. Escaparate grande. Bajo más sótano.

—Cari, ¿sabes lo que es Chueca para la Toni?

—Lo imagino.

—Cari, Chueca es mi barrio espiritual. Cari, yo en Chueca soy otra persona. Yo en Chueca llevo el abrigo de pelo y la gente me para por la calle y me dice perdona, ¿eres alguien? Y yo les digo cari, soy la Toni, que es lo mismo que ser una mezcla de Esperanza Aguirre y la Veneno .

Marcos, Dani y Rubén asienten los tres a la vez mientras se ríen. Ellos lo saben. Ellos lo han vivido.

—¿Quieres ver el local el lunes? —le pregunto.

Silencio.

—Cari, sí. Cari, mil veces sí.

La Moni apunta algo en el móvil sin levantar la vista.

—Yo también voy —dice.

—Moni, es lunes, trabajas.

—Me piro mañana de la empresa Jessi. Yo me voy contigo.

—Moni, te amo yo.

—A partir de mañana, recepcionista y punto.

Y ya está. Así es la Moni. Olé su chocho.

El Izan se ha dormido en el sofá con Nala encima.

Tiene ocho años y se duerme a las nueve y media en casa ajena como si llevara toda la vida haciéndolo.

La Moni le pone la chaqueta por encima. Le aparta el pelo de la cara.

Le mira un segundo más de lo necesario, como le miran las madres a los hijos cuando no les ven.

Sacamos la tarta. Es de chocolate, con letras rosas que ponen Feliz cumple Toni y Moni porque así lo encargué yo, cumplen con menos de un mes de diferencia y nos ahorramos un cumpleaños. Las costumbres aunque ya no haga falta.

El Toni la ve y se lleva las manos a la boca.

—Cari.

—Toni, no llores.

—Cari, estoy llorando.

—Ya lo veo.

—Cari, es que pone Toni y Moni. Cari, es que somos como Lidia Lozano y Chelo García Cortés.

—Cari si todos los años pone Toni y Moni —dice la Moni.

—Si cari, pero no así con tanto brilli brilli. Nuestro primer cumple de ricas. Adoro.

Cantamos el cumpleaños. El Izan se despierta al oír el canto, abre un ojo, ve la tarta, abre los dos. Se sienta. Pide un trozo. Le damos un trozo. Vuelve a dormirse con el plato en la mano.

A las once y media la Moni coge al Izan.

Lo levanta del sofá con esa fuerza de madre que tienen las madres para levantar a críos dormidos sin que se despierten del todo.

Le pone la mochila de dinosaurios. Le abrocha la chaqueta.

Rubén le abre la puerta. La Moni le da las gracias.

Rubén le dice de nada con esa sonrisa suya.

La Moni sale sin decir nada más pero con las orejas un poquito coloradas. Solo un poquito. Pero yo lo veo.

Marcos, Dani y Rubén se van media hora después. Abrazos. Ruido. El lazo del Toni definitivamente torcido ya para siempre.

El Toni y yo nos quedamos solos. Nos sentamos en el sofá. Nala entre los dos. Las cajas vacías en el suelo, los vasos, los restos de la tarta. El piso en silencio de después de la gente.

—Cari.

—Toni.

—Cari, gracias.

—De nada.

—Cari, en serio. Gracias. Sabes que yo a veces me siento muy sola. Ya sabes que mis padres y yo no cuadramos mucho. Tú siempre estás ahí, siempre.

—Toni, es una cena pedida y una tarta.

—Cari, no es la cena. Es el piso. Es que estemos aquí. Es que esto sea posible. Cari, hace un año yo no me imaginaba estar aquí. Y aquí estamos. Hemos podido venir las tres. Con el Izan. Con la Nala. Con Marcos y Dani y Rubén. En Chamberí. Cari, eso es tuyo. Eso lo has hecho tú.

Yo miro al techo. Las molduras de escayola. Las velas parpadeando en la mesita.

—El lunes vemos el local —digo.

—El lunes vemos el local.

—Y si es el que creo que es, lo firmamos.

—Cari.

—¿Qué?

—Cari, ¿lo firmamos de verdad?

—De verdad.

El Toni coge su copa. La levanta. Yo cojo la mía.

—Por los treinta y cinco —dice.

—Por los treinta y cinco.

—Cari, que sean los mejores.

—Los van a ser mi amor, los van a ser.

Bebemos.

Nala mueve el rabo entre los dos como firmando.