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CAPÍTULO 9

En tu culo se me mueve

EL PISO está en Chamberí. Calle Eloy Gonzalo. Cuarto izquierda. Edificio de los de toda la vida, con portero de uniforme y ascensor de madera con espejos. El portal huele a aceite del bueno, a cera, a edificio que se cuida. No huele a basura, ni a humedad, ni a abuelo que vivió y se murió.

Han pasado tres semanas desde el sábado en el Pepe .

Tres semanas en las que la Moni me llama al día siguiente con una lista de preguntas.

El nombre completo del abogado. El teléfono del despacho.

El NIF de don Esteban. Se lo doy todo. Ella lo busca.

Comprueba que existe, que tiene licencia, que el despacho Lema y Asociados es real.

Cuando me llama por tercera vez le digo Moni, para.

La Moni suspira largo. Y entonces dice lo único que puede decir: “Vale, Jessi. Vale.” Que la Moni diga vale no significa que no haya preguntas. Significa que ha decidido confiar.

Tres semanas y dos inmobiliarias y diecisiete pisos vistos y una llave que me han dado hoy a las seis de la tarde envuelta en un sobrecito de papel kraft con el logo de la inmobiliaria estampado en marrón.

Una llave de las elegantes, de esas que tienen la cabeza redonda y la pinta de seda al tacto.

No una llave fría de las que se enredan en los bolsos.

Una llave.

Mi llave.

Me acerco al Hotel Berenice a firmar el cese y despedirme de mis compañeras. Bajo al office. Carmen me ve entrar y sonríe.

—Me voy, Carmen —digo—. Me han salido cosas.

Ella deja el café sobre la mesa y me mira. No pregunta nada. Se levanta, abre su bolsa y saca el táper del bizcocho. Corta un trozo y me lo da envuelto en papel de cocina.

—Para el camino, mi amor.

—El camino es corto —le digo.

Ella sonríe con esa sonrisa suya de mujer que ha limpiado la mierda de mucha gente.

—El camino siempre es largo, Jessi. Te extrañaré.

Y se queda así, con la mano en mi hombro. Un segundo. Solo eso.

Salgo y llego al piso sobre las siete. El Toni y la Moni han venido a las ocho con dos cajas, tres bolsas y media bandeja de empanada que ha hecho la madre de la Moni.

Hemos comido empanada de pie en la cocina, con vasos de plástico y agua del grifo, porque no me ha dado tiempo a comprar copas todavía.

Hemos brindado tres veces. Una por nosotras.

Una por la Nala. Y una por la despedida de mi trabajo a tiempo parcial que huele a pobre , ha dicho el Toni, levantando el vaso de plástico como si fuera de cristal de Bohemia.

Se han ido a las once y media. La Moni tenía que volver a Parla con el Izan.

El Toni se ha ido también, pero a su piso, no al mío.

Cari, esta primera noche es tuya, esto no se comparte ni con la mejor amiga, ¿oíste?

Esto se vive sola. Me ha dado dos besos.

Me ha cerrado la puerta él mismo desde fuera, con dramatismo, como si fuera la primera escena de mi vida nueva.

Ahora son las doce menos diez.

Y aquí estoy.

Sola.

Bueno. No sola. Con la Nala.

Nala lleva desde las ocho corriendo por las habitaciones como si le hubieran metido un cohete por el culo.

De la entrada al salón. Del salón al pasillo.

Del pasillo al dormitorio. Del dormitorio al otro dormitorio.

Del otro dormitorio a la cocina. De la cocina a la entrada.

Y vuelta a empezar. Lleva cuatro horas corriendo.

Le pongo agua en su cuenco azul y bebe medio cuenco de un tirón. Sigue corriendo.

—Nala, gorda, descansa.

No descansa.

Me apoyo en la encimera de la cocina. Miro el piso desde aquí. Salón grande, suelo de madera vieja, paredes blancas, dos balcones a la calle. Pasillo largo con cuatro puertas. Dos dormitorios, uno grande y uno pequeño. Un baño. Una cocina, esta, que da a un patio interior con buena luz.

Setenta y seis metros cuadrados. Dos mil cuatrocientos al mes.

Dos mil cuatrocientos.

Lo que ganaba yo en dos meses limpiando habitaciones.

Y aquí estoy. Pagándolo. Con la tarjeta negra mate.

Yo. Jessica Gómez Ferrero. La de Parla. Aquí.

Camino por el pasillo. Madera vieja que cruje un poquito en algunos sitios.

Me gusta que cruja. Suena a piso de verdad, no a piso de Ikea.

Entro al dormitorio grande. Hay una cama.

La cama es nueva, la he comprado yo esta semana.

Sábanas blancas, edredón gris claro, dos almohadas grandes.

Una mesilla, una lámpara, y en la lámpara una bombilla cálida porque ya he aprendido que la luz fría es para hospitales.

Salgo. Voy al baño.

El baño.

Empujo la puerta.

El baño.

Mírame. Estoy delante del baño y casi lloro. Casi lloro de puta emoción.

Es grande. Más grande que mi cocina de Parla.

Suelo de mármol gris, paredes con azulejos blancos hasta el techo.

Lavabo doble, dos espejos grandes con luz por dentro como en los hoteles.

Inodoro con tapa pesada de las que se cierran solas.

Bidet, que yo nunca he tenido bidet. Una ducha enorme con la mampara entera de cristal sin marco.

Y a la izquierda, lo más importante de mi vida en este momento exacto, una bañera.

Blanca. Grande. Profunda. De las que cabe una persona entera estirada.

Con grifo de marca alemana que no sé pronunciar pero suena caro.

Una bañera.

Yo no he tenido bañera en mi vida.

Yo me he duchado con el plato del baño de Parla, con el chorro que sale a la mitad cuando hace frío y a la otra mitad cuando hace calor, con la mampara de plástico de los noventa, con el suelo de baldosa color verde lima que eligió mi madre porque le pareció moderno y que llevaba siendo viejo desde antes de que yo aprendiera a leer.

Esta bañera. Esto es otra cosa.

Cierro la puerta del baño detrás de mí. Por la fuerza de la costumbre. No hay nadie. Nala está corriendo. No hay nadie a quien tenga que esconderle el cuerpo desnudo. Pero la cierro igual. Manías de toda una vida.

Abro el grifo. Cae el agua. Cae mucha agua. Cae rápido. Caliente. Echo un poco de espuma de una caja que me ha regalado la Moni en plan de mi parte, para tu primera noche, no me llores, Jessi, no me llores, joder .

Mientras se llena, me siento en el borde de la bañera y miro el grifo escupir agua. Como si fuera un milagro. Como si no hubiera visto un grifo en mi vida.

Pienso en mi madre.

Mi madre, que en paz descanse, que se bañaba en aquella bañerita de plástico del chino con el agua puesta a la altura del ombligo porque más no entraba, que se quejaba pero no demasiado porque ella era así, porque ella era de Parla y de Parla se aguanta.

Mi madre nunca se metió en una bañera en condiciones. Mi madre no llegó a ver esto.

Y ahora yo estoy aquí. En mi baño nuevo. Mirando un grifo. Y a mi madre no se lo puedo enseñar.

Y eso me jode.

Me jode más de lo que pensaba.

Me echo a llorar. Otra vez. La de veces que llevo llorando este mes. Si me viera la Jessi de hace tres meses, la de la limpiadora de mil doscientos, la del Cercanías de las siete y media, me daría una hostia y me diría deja de llorar, lloradora, que tienes una bañera .

Lloro un minuto. Me sueno con un trozo de papel higiénico que ya he comprado, porque hasta los detalles importan en una vida nueva.

Y me meto en la bañera.

Caliente. Caliente. Caliente. El agua hasta los hombros. Apoyo la cabeza en la pared. Cierro los ojos.

—Hostia.

Lo digo en voz alta. A la bañera. A las paredes.

—Hostia puta.

Se abre la puerta del baño. Es Nala, que se ha colado por el resquicio porque la había dejado mal cerrada. Entra como una bala, ve la bañera, frena en seco, retrocede tres pasos, me mira con los ojos saltones más saltones que de costumbre.

—Hola, gorda.

Mueve el rabo. No se acerca. Las bañeras le dan miedo. Le dan miedo desde que el Toni intentó bañarla una vez para enseñarle a disfrutar del agua y la perra casi se ahoga del susto y nunca lo perdonó.

—No te subas, ¿eh? Solo mírame desde ahí.

Nala se sienta en el suelo del baño. Me mira. La cola moviéndose despacito. Como si pensara vale, mamá, lo entiendo, esto es importante para ti, te acompaño desde aquí .

Me quedo en la bañera cuarenta y cinco minutos. Me lavo el pelo dos veces. Me hago una mascarilla que me ha regalado la Moni. Cuando salgo, el cuerpo me hierve, el pelo me chorrea, y por primera vez en siete años no me duele la espalda.

Por primera vez en siete años no me duele la espalda.

Me envuelvo en una toalla nueva, blanca, gorda. De las del Hotel Berenice, pero compradas legalmente.

Salgo al pasillo. Las luces apagadas excepto la del baño, que dejo encendida porque es mi baño y porque me da la gana. Camino descalza por la madera vieja. Llego al dormitorio. Me echo en la cama. Sábanas frías. Edredón limpio. Almohada nueva.

Nala me sigue. Se sube de un salto. Se acomoda encima de mi pecho.

—Buenas noches, gorda.

Le doy un beso en la cabeza.

Apago la luz.

Y entonces, con la oscuridad, llega lo otro.

Llega como llega siempre. Como un visitante que sabes que va a aparecer pero al que ya no le abres la puerta porque lo tienes cansado.

La chica muerta.

El señor del traje.

Don Esteban con su sonrisa de funeral.

El sobre.

Todo eso está aquí también. En este piso bonito. En esta cama nueva. En este barrio elegante. Está dentro de mí y me lo he traído desde Parla en el bolso, como si fuera una llave más.

Abro los ojos. Miro al techo. El techo de Chamberí. Tres metros y medio. Molduras de escayola en las esquinas. Bonito.

Tienes mucho que perder.

Eso es lo que me dijo el señor. Y esto, este piso, esta bañera, esta cama, esta vida nueva, eso es lo que tengo que perder ahora.

Antes no tenía nada. Bueno, sí. Tenía a Nala. Tenía al Toni y a la Moni. Pero no tenía esto. Esto que se puede medir en metros cuadrados y en euros al mes y en bañeras.

Debería hacer un testamento. Imagínate que me da un chungo y mi Nala se queda en la calle. Me muero. Mañana llamo al Esteban.

Ahora sí.

Confía en mí.

Cierro los ojos.

Nala respira como un dragón encima de mi pecho. Pesa cuatro kilos y medio. La quiero.

—Por nosotras, gorda —susurro—. Por nosotras dos.

Y me duermo.

Me duermo a las dos de la mañana, en mi piso nuevo, en mi cama nueva, con mi perra encima, en Chamberí, en Madrid.