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CAPÍTULO 8

Cuentos de viejas

LLEGO AL PEPE a las nueve y cinco. He tardado más de la cuenta porque me he cambiado tres veces. Al final: el jersey de cachemir nuevo con la camiseta vieja debajo en plan capa, para que no se vea tanto que es nuevo. Como tonta. Pero así estoy más yo.

Empujo la puerta d el Pepe . La campanilla. El olor a calamares. La tele puesta en un partido que no le importa a nadie pero que está. Pepe en su mandil. La Encarna gritando algo desde la cocina.

—¡Buenas, Pepe!

—Marchando, Jessi.

Mi mesa, la del fondo a la derecha. El Toni y la Moni ya están allí. El Toni con su abrigo rosa palo doblado en la silla de al lado. La Moni con el anorak puesto todavía aunque dentro hace calor. Los dos comiendo aceitunas mientras me esperan.

—¡Cari! ¡Ya estás aquí!

—Hola, guapas.

Me siento. Pepe me trae la caña sin que la pida. Es lo bueno de los siete años.

—¿Qué tal? —pregunta la Moni.

—Bien.

—Bien dice. La Jessi siempre dice bien —dice Toni—. ¿Cómo va el hotel?

—Como siempre.

—¿Y la nena?

—La nena en casa, con sus cosas.

—Dale un beso de mi parte.

—Se lo doy.

Pepe trae las patatas y los calamares. La Moni habla del Izan, que ha tenido un examen de mates y ha sacado un seis raspado y ella no sabe si alegrarse o llorar.

El Toni cuenta que ha tenido una bronca con una clienta que ha entrado a recoger a su perro y le ha dicho que el corte no era el que había pedido, cari, le he dicho a la señora, este es el corte que me ha pedido usted, y la señora me ha dicho que ella nunca pediría un corte así, y yo le he dicho, vale, señora, ¿quiere que le repita el audio del WhatsApp donde me lo pidió?

, y la señora se ha callado la boca, cari, pero como una pared se la ha callado.

Yo me río con ellos. Pero por dentro no estoy aquí. Por dentro estoy en Olivia . Estoy en Velázquez. Estoy en el banco de la plaza con Loreto. Estoy en mi cocina mirando el saldo. Tres millones tres millones tres millones.

—Jessi, otra vez te estás yendo —dice Toni.

—Estoy aquí.

—Cari, vuelve. Esta es la segunda vez en quince días. La Toni se está empezando a preocupar.

—Es verdad —dice la Moni—. Llevas rara un tiempo. ¿Va todo bien? ¿Es por lo del hotel? ¿Por la chica esa?

Y aquí está. El momento.

He pensado mil maneras de decirlo. He hecho ensayos en la cocina. Chicos, os tengo que contar una cosa. Tías, no os lo vais a creer. Mira, no sé ni cómo empezar. He ensayado tonos, he ensayado caras, he ensayado la pausa después.

Y ahora que tengo el momento delante, lo único que me sale es:

—Tías. Os tengo que contar una cosa.

Los dos me miran. La Moni con el calamar a medio camino entre el plato y la boca. El Toni con la copa de vermú en el aire.

—¿Qué pasa? —dice la Moni, dejando el calamar.

—Cari, dilo ya coño —dice el Toni.

Respiro. Una. Dos. Tres.

—Pues resulta que tenía un tío en Sudamérica.

Silencio.

El Toni levanta una ceja. La Moni frunce el entrecejo.

—¿Cómo?

—Que tenía un tío en Sudamérica. Bueno. Un tío segundo. Por parte de madre. Un tal Aurelio Bustamante.

—No me suena —dice la Moni—. ¿Tú lo conocías?

—No. No lo había visto en mi vida. Pero estaba allí. Y se ha muerto.

—Vale.

—Y me ha dejado una herencia.

El Toni y la Moni se quedan mirándome. Quietos. La Moni con el calamar otra vez parado en mitad de la nada. El Toni con la boca medio abierta.

—¿Cuánto? —dice el Toni.

—Toni —dice la Moni.

—¿Qué? ¿Qué he hecho?

—No le preguntes el cuánto así. Espera. Jessi. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

—¿Te están haciendo cargo de algo de un familiar que no conocías y te ha tocado a ti por descarte?

—Sí.

—¿Has hablado con un abogado, hay un abogado de por medio?

—Sí. Un señor. don Esteban. Lleva el tema.

—¿Y es legal? ¿Te están haciendo papeles bien?

—Todo bien. Todo legal. Ya está hecho.

—Vale. Vale. ¿Y… cuánto es?

El Toni se inclina hacia delante por encima de la mesa. La Moni también, sin querer. Los dos esperando la cifra.

Yo respiro otra vez. Una. Dos.

—Tres millones de euros.

Silencio.

Silencio tan denso que oigo a Pepe servir un café en la barra. Oigo a la Encarna pelar una patata en la cocina. Oigo el reloj de pared marcar los segundos.

El Toni abre la boca. La cierra. La abre. La cierra. La abre.

—Cari.

—Sí.

—Cari.

—Sí, Toni.

—¿Tres mi… tres mi… tres millo…?

—Tres millones.

—De euros.

—De euros.

—¿En tu cuenta?

—En mi cuenta.

—¿Ya?

—Ya.

El Toni cierra los ojos. Levanta una mano. Pide tiempo. Como un futbolista. Pide tiempo para procesar.

La Moni me mira. La Moni no dice nada. La Moni tiene la cara que pone cuando algo no le cuadra.

—Jessi —dice la Moni.

—¿Qué?

—¿Tres millones?

—Tres millones.

—¿De un tío que no conocías?

—De un tío que no conocía.

—¿Que vivía en Sudamérica?

—Que vivía en Sudamérica.

—¿Y nadie más que tú heredaba?

—Nadie más que yo.

—¿Y tu madre nunca te habló de él?

—Nunca. Es por parte de… mi abuela. De mi abuela materna. Que tuvo un hermano que se fue a Argentina en los sesenta. Y nadie supo nunca más nada. Y ese hermano tuvo hijos, y ese hijo… el sobrino nieto. O algo así. don Esteban me lo explicó pero yo me perdí en el árbol genealógico.

La Moni asiente. Asiente lento.

—Y ¿Hacienda?

—Pues creo que es libre de impuestos, pero tengo que mirarlo.

—Vale, Jessi. Yo te ayudo en lo que necesites.

El Toni abre los ojos de golpe.

—¡¡¡CARI!!!

—Toni, baja la voz —digo, porque Pepe ya nos está mirando desde la barra.

—¡Cari, somos ricas!

—Toni, joder.

—Cari, perdón, perdón. Somos ricas.

Lo dice más bajo pero con todos los dientes fuera.

La sonrisa más grande que le he visto en mi vida.

El Toni se levanta. Se levanta como impulsado por un muelle.

Da una vuelta entera a la silla. Vuelve a sentarse.

Coge mi copa, le da un trago a mi caña. Coge la suya, le da un trago al vermú. Y entonces empieza:

—Vale. Vale. Tenemos que pensar. Tenemos que pensar como las personas que somos a partir de ahora.

Cari, primero, lo más importante, ¿se sabe?

, ¿lo sabe alguien más?, ¿lo sabe tu jefa del hotel?

Porque, escúchame, ahora mismo te tienes que ir del hotel.

Pero ya. Te despides hoy. Mañana lunes llamas y dices señora, me piro, gracias y adiós .

—Toni, calma.

—Calma dice. Cari, no hay calma. Y dos. Necesitas un asesor financiero.

No lo digo yo, lo dicen todos los libros, ¿sabes que yo leo libros?

, leo libros de finanzas en YouTube, y todos dicen que cuando te toca dinero gordo necesitas un asesor para que no te lo gastes en pollas como una tonta.

Y tres. Cari. Que nos vamos. Que nos. Vamos.

—¿Adónde nos vamos, Toni?

—Adónde sea, cari. A Marrakech. A Mauricio. Al Caribe. A esa cosa redondita que está cerca de África con el agua transparente. Cari, da igual. Nos vamos.

La Moni me mira a través del Toni. La Moni no se está montando la película.

—Jessi.

—¿Qué, Moni?

—¿Qué vas a hacer?

Y esa es la pregunta. La pregunta de verdad. La pregunta del Izan, de los zapatos, de la pensión que el Rubén no le pasa. La pregunta práctica. La pregunta de una madre soltera que cobra mil doscientos al mes y no se le cae la baba por la cantidad sino por las consecuencias.

—Voy a alquilar un piso en Madrid.

—Vale.

—En el centro.

—Vale.

—Y voy a dejar el hotel.

—Vale.

—Y voy a montar algo. No sé qué exactamente. Algo. Algo que tenga que ver con perros porque a mí los perros me gustan. Una peluquería. Un hotel para perros. No sé. Pero algo.

—Vale.

El Toni para. El Toni para de pronto. Me mira.

—¿Una peluquería para perros, has dicho?

—Algo así.

—Cari.

—Sí.

—Cari, ¿estás pensando en montar una peluquería para perros?

—Eso he dicho.

—¿Y yo?

—¿Tú qué?

—¿Yo qué soy en esa peluquería?

—Tú, Toni. Tú eres el peluquero. La estrella. La estrella absoluta.

El Toni se lleva las manos a la cara. Se quita las gafas de sol que sigue llevando puestas dentro d el Pepe en la mesa al fondo a la derecha de noche. Se las quita y se le humedecen los ojos.

—Toni.

—¿Qué?

—Y me voy a operar las tetas.

—Y yo me voy a hacer un full face .

—Toni.

—Cari, la Toni va a llorar en el Pepe .

—Toni, joder.

Llora. Se ríe llorando. La Moni le pasa una servilleta. Pepe nos mira desde la barra y mueve la cabeza como diciendo estas tres ya se han pasado con la bebida . La Encarna asoma desde la cocina, mira, vuelve a la cocina sin decir nada.

—¿Y yo, Jessi? —dice la Moni, bajito, casi sin querer.

—Tú, Moni. Tú trabajas en recepción.

—Yo no he trabajado en una recepción en mi vida.

—Yo no he montado una empresa en la mía. Aprendemos.

La Moni baja la mirada. La Moni se aprieta los ojos con los dedos pulgar e índice como cuando está cansada o intentando no llorar. Lo hace los dos. Aprieta.

—¿Cuánto cobraría?

—Más que en el centro de salud, Moni.

—Vale.

—El Izan necesita zapatos.

—El Izan necesita zapatos, Jessi.

—Pues a la mierda los zapatos del Carrefour, Moni. El Izan va a llevar zapatos buenos.

La Moni sonríe. Muy poco. Pero sonríe.

Bebemos. Pedimos otra ronda. El Toni recuperado, ya está haciendo planes.

La empresa se va a llamar Le Petit Chien , dice.

Yo le digo que no, que no se va a llamar Le Petit Chien , que parezco una pija de las que limpiábamos en el hotel, que se va a llamar otra cosa, pero esa pelea es para otro día.

La Moni va apuntando cosas en una servilleta.

Cosas prácticas. Permisos, local, alta autónomos, seguro, web.

La Moni con su mente de auxiliar de enfermería convertida en gestora de cosas que no son su mundo pero que es capaz, la Moni es capaz de todo.

A las once nos vamos d el Pepe . Pago yo todo. De aquí en adelante pago yo, chicas. El Toni dice cari, no podemos abusar , y la Moni dice te lo devuelvo cuando pueda , y yo les digo a los dos que se callen, que esto no es así. Que esto va a ser otra cosa.

Salimos a la calle. Frío. Las farolas amarillas. Las mismas de siempre.

Pero algo es distinto.

El Toni me abraza por un lado, la Moni por el otro. Caminamos los tres juntos por el centro de Parla como si fuéramos las dueñas de algo. De algo que todavía no existe pero que va a existir. Pronto.

—Cari —me dice Toni al oído—. Cari, ¿de verdad es verdad?

—Es verdad, Toni.

—Júramelo.

—Te lo juro.

—Vale. Me muero.

Y entonces, en mi cabeza, otra voz me lo dice también. Una voz que no es la mía. Una voz educada, tranquila, de hombre con traje azul marino.

Confía en mí.

—¿Qué pasa, Jessi?

—Nada, Toni. Que tengo sueño.

—Pues a sobarla, chacha.

Me sueltan en mi portal. Subo los cuatro pisos. Nala. Beso. Sofá. Techo.

Tres millones. Tres putos millones. Y dos personas que me quieren a las que les acabo de mentir a la cara.

Y, sin embargo, no he mentido en lo importante. No les he mentido en que las quiero. No les he mentido en que voy a sacarlos de esta. No les he mentido en que somos las tres ahora.

Lo demás es decorado.

Lo demás es lo que ha tenido que pasar para que pase lo que va a pasar.

Mañana, en realidad mañana ya no, hoy es domingo, paso por casa y empiezo a hacer las maletas.

Mañana llamo a despedirme de la empresa.

Mañana.