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CAPÍTULO 7

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda

EL SÁBADO por la mañana cojo el Cercanías. Pero esta vez no voy a limpiar. Esta vez voy a comprar.

Y este es el plan. El plan que llevo dándole vueltas dos días enteros, sentada en mi sofá con Nala encima, mirando vídeos de YouTube de chicas explicando how to dress rich on a budget y pensando que mi presupuesto es el contrario, que tengo dinero y no tengo ni puta idea de cómo gastármelo sin parecer la del Mercadona estrenando.

Plan: Uno. Ir a Serrano. Dos. Mirar. Tres. Tirar fotos a las chicas. Cuatro. Comprar. Porque no es lo mismo la ropa en una supermodelo que en una persona real.

Es un plan. No es un buen plan. Pero es un plan.

Bajo en Goya. Subo por Velázquez hacia Serrano y por dentro de mí Manolo el del riñón se ríe porque no sabe dónde lo estoy llevando. Tranquilo, Manolo, hoy no curramos, hoy paseamos. Manolo no se fía. Yo tampoco, la verdad.

Serrano. Es como ir a otro país. Aceras anchísimas, edificios señoriales, tiendas con escaparates de mármol, porteros uniformados en cada portal.

Las señoras pasan con bolsos como esculturas.

Los señores van con abrigos largos y mocasines limpísimos.

Los niños van con uniformes de colegios privados que llevan escudos con frases en latín.

Yo, vaqueros, deportivas, jersey gris y abrigo negro de toda la vida.

Soy invisible y al mismo tiempo soy lo más visible de la calle.

Soy la única que no encaja y eso, en Serrano, te lo notan a tres metros.

Entro a la primera tienda. Una marca italiana de las que no se pronuncia como se escribe.

Empujo la puerta de cristal. Hace un fsssss de aire acondicionado caro.

Dentro huele a vainilla y a cuero. Hay tres dependientas y dos clientas.

Las dependientas me miran. Yo las miro. Una sigue a lo suyo.

Otra hace que no me ve. La tercera, una mujer rubia muy alta con un moño de los que parecen pegados a la cabeza con pegamento, se acerca.

—¿Puedo ayudarla?

Lo dice con cara de que la respuesta correcta es no .

—Estoy mirando.

—Por supuesto.

Se aparta. No se va. Se queda a dos metros. Vigilando. Como si yo fuera a meterme algo en el bolso. Tía, si quisiera robar no entraba aquí, que esto está lleno de cámaras y yo no soy idiota. Soy gilipollas pero no idiota.

Cojo un jersey. De cachemir. Lo miro. La etiqueta cuelga por dentro. Le doy la vuelta. Mil cuatrocientos veinte euros.

Mil cuatrocientos veinte euros un jersey.

Vuelvo a poner el jersey donde estaba. Lo dejo muy bien doblado, porque me han enseñado a doblar en el hotel.

—¿Es de su talla? —pregunta la rubia desde su puesto de vigilancia.

—No sé.

—¿No sabe su talla?

Me lo dice con un tonito que no me gusta nada.

—Sé mi talla, sé mi talla. Es que no sé si esto es mi talla.

—Es una S.

—Vale.

—¿Quiere usted probarse algo?

—No, gracias, ya volveré.

Salgo. Salgo rápido. Salgo con la cara ardiendo. Salgo con cuatrocientas cosas que me hubiera gustado decirle a la rubia y que no he dicho porque no me ha salido. Joder, Jessi. Joder. Te has dejado tratar como una mierda y tienes tres millones de euros en el banco. Eres imbécil.

Me siento en un banco de la Plaza del Marqués de Salamanca. Saco el móvil. Respiro.

Cambio de plan. Plan nuevo: mirar, fotografiar sin que se enteren, estudiar, volver con el conocimiento.

Empiezo. Tres fotos robadas desde el selfie.

Una rubia con abrigo camel. Una señora con gabardina y pañuelo de seda.

Una madre con vaqueros anchos y jersey beige enorme.

A la cuarta foto, una señora de unos cincuenta me ve.

A la cuarta foto, una señora me ve. Una señora de unos cincuenta. Lleva un abrigo blanco. Me ve hacer el gesto raro con el móvil y se para. Me mira. Se acerca y me sonríe.

—Querida, si me vas a fotografiar, dímelo y poso.

Me quedo helada.

—Yo… yo no…

—Tranquila. Llevas un rato. Te he visto.

Me muero. Quiero morirme. Me quiero meter dentro del bolso y desaparecer.

—Perdone. Es que… estoy estudiando estilo.

—¿Estudiando estilo?

—Sí. Yo… mire, le voy a ser sincera. He cobrado una herencia. Y no sé vestirme. Y estoy haciendo fotos a las chicas que me parecen elegantes para luego buscarme cosas parecidas. Lo siento. Lo siento mucho. Borro las fotos ahora mismo.

La señora me mira. Y entonces se ríe. Se ríe fuerte. Tan fuerte que el portero del edificio de detrás levanta la cabeza.

—Cielo.

Se sienta en el banco a mi lado. Huele a un perfume que vale más que mi nómina.

—¿Cómo te llamas?

—Jessica.

—Yo soy Loreto. Mira, Jessica, vas a hacer una cosa.

Vas a guardar el móvil. Vas a venir conmigo a una tienda que conozco yo aquí cerca.

No esas estafas de marca italiana, no me jodas, esas marcas son para señoras que necesitan que les digan que existen.

Te voy a llevar a una tienda multimarca pequeñita.

Te van a tratar bien porque las conozco.

Y vas a salir con algo decente puesto. ¿Vale?

—Pero…

—¿Tienes prisa?

—No.

—Pues entonces vamos.

Me levanta del banco como una madre. Loreto. Pelo rubio platino. Pendientes de perlas. Pintalabios rojo. Cincuenta y muchos, sesenta tal vez. Camina rápido. Yo voy detrás de ella como una pollita.

Entramos a una tienda pequeñita en una calle paralela. Un escaparate sin marca, solo una palabra en letras finas: Olivia . Dentro hay dos chicas jóvenes con cara amable, no cara de moño con pegamento. Loreto las saluda con dos besos. Les habla. Yo escucho.

—Chicas, esta es Jessica. Es amiga mía. Necesita un guardarropa de cero. Atendedla bien.

Las chicas me miran. Me sonríen.

—Pasa, Jessica.

—Por aquí.

Loreto se vuelve hacia mí. Me coge la cara con las dos manos. Me mira a los ojos.

—Cielo. Mírame. La gente que tiene clase no tiene ropa cara, tiene la ropa que le sienta bien. Y para eso necesitas a alguien que te quiera y que te diga la verdad. Estas dos chicas son ese alguien. Yo me voy a mi reunión que llego tarde. Pero un consejo, ¿me oyes?

—Sí.

—La que te mire mal en alguna tienda de firma es una pobre desgraciada que cobra mil trescientos al mes creyéndose que es la dueña. Hay mucha de esa por aquí. No le hagas caso a ninguna. ¿Vale?

—Vale.

—Y a las que te traten bien, sí.

—Vale.

Me da dos besos. Huele a flores. Se va. Sus tacones repiqueteando por la calle como si las baldosas estuvieran felices de tocarla.

Y yo me quedo en Olivia con las dos chicas amables que me miran como si supieran exactamente lo que tengo que hacer.

—Yo soy Inés. Ella es Carlota. Tú no te preocupes por nada, ¿vale?

—Vale.

Inés me trae un jersey. Es de cuello redondo, holgado, color crudo, sin nada estampado.

—Pruébate esto.

—Perdona, ¿esto qué estilo es?

Inés se ríe. No de mí. Conmigo.

—Esto, Jessica, es lo que se llama un básico de calidad. No tiene estilo. Es como el agua. Va con todo. Empezamos por aquí.

Dos horas allí. Dos. Me prueban cosas, me las quitan, me prueban otras.

Me explican. Me hablan de cortes, de tejidos, de colorimetría.

Me dicen que no tengo que comprarme cosas con logos, que los logos son para los que quieren demostrar, y yo no tengo que demostrar nada.

Me dicen que la calidad se nota en el cuello, en los hombros, en el bajo.

Me enseñan a tocar una tela. Me enseñan a mirar la costura interna.

Me explican que un abrigo camel bien hecho es como una cara nueva, y que vale lo que vale precisamente por eso.

Salgo de Olivia con dos bolsas. Dentro: un abrigo camel largo.

Dos jerséis de cachemir, uno crudo y uno gris.

Tres pantalones, dos de tela y unos vaqueros.

Una camisa blanca. Tres pares de zapatos: unos mocasines marrones, unas deportivas blancas de marca italiana pero discretas, y unas botas bajas negras.

Mil ochocientos sesenta euros.

Mil ochocientos sesenta euros.

Es lo que ganaba en un mes y medio.

Lo he pagado con la tarjeta negra mate. La chica de la caja, Inés, me ha sonreído cuando ha pasado la tarjeta. No con esa sonrisa de las dependientas que es para que te vayas. Una sonrisa de verdad. Como diciendo bien, Jessica, lo has hecho bien .

—Cualquier cosa, vuelves, ¿eh? —me ha dicho Carlota al salir.

—Volveré.

Voy hacia el Cercanías cargada con las dos bolsas. Por la calle, ahora, me miran de otra manera. O eso me parece a mí. O quizás es que yo me miro a mí de otra manera. No sé.

En el Cercanías de vuelta a Parla, en mi sitio del fondo a la izquierda, miro las bolsas en el regazo. Pienso en Loreto. En su perfume. En la manera en que me ha cogido la cara con las dos manos. Cielo, la gente que tiene clase no tiene ropa cara, tiene la ropa que le sienta bien.

Me suena el móvil. Es Toni.

—Cariii, ¿qué haces? Llevo todo el sábado escribiéndote y me ignoras como una rata.

—Estaba en el Carrefour.

—¿Toda la mañana? Tía, ¿qué te has comprado, un yate?

—Jajaja. Toallas. Sí. Toallas.

—Cari, qué triste tu vida. Yo si me paso una mañana de sábado en el Carrefour me suicido.

—Mira, Toni, no me agotes.

—¿Vienes esta noche al Pepe o qué?

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

—Cari, qué milagro. La Jessi dice que sí a la primera. Voy a marcar este día en el calendario.

—Calla y a las nueve nos vemos.

—A las nueve.

Cuelgo. Apoyo la cabeza en el cristal.

Esta noche al Pepe . Con el Toni y la Moni. Y yo con dos bolsas en casa que no puedo enseñarles. Y un secreto en la cabeza que no puedo contarles. Y una vida nueva que está empezando dentro de mí, calladita, mientras la de fuera todavía finge ser la de siempre.

Manolo el del riñón se ríe.

Mira, Jessi, mira en qué follón te has metido tú solita.

Lo sé, Manolo. Lo sé.