CAPÍTULO 6
El que espera, desespera
DIEZ SEMANAS.
Diez putas semanas.
Diez semanas de esperar. Diez semanas de mirar el móvil cada hora a ver si tengo notificación del banco.
Diez semanas de volver al hotel cada lunes, limpiar habitaciones, doblar papel higiénico en triangulito, mentirle a Carmen cuando me pregunta cómo estoy, sonreírle a Pepa cuando me dice buenos días.
Por el medio, las peores Navidades de mi vida.
La Nochebuena la pasé sola en Parla con Nala y un pollo asado del Mercadona porque el Toni se había ido a Tenerife con un rollo nuevo y la Moni se había llevado al Izan a casa de sus abuelos en Toledo.
La Nochevieja, en el sofá con un capítulo de Los Soprano .
Reyes, ni Reyes. Las luces de Parla puestas, las del barrio, las baratas de toda la vida, y yo mirándolas desde la ventana sintiendo que se me venía algo encima que no se podía evitar.
Las peores Navidades. Y por dentro no me daban pena, me daban miedo, porque cada día más cerca del dinero era cada día más cerca de no poder echarme atrás.
Tres reuniones más con don Esteban. Firmas.
Documentos. Fotocopias. Una cuenta nueva en una entidad llamada Banca Privada Mirabaud que yo no había oído en mi vida y que tiene oficinas en una calle de esas en las que el portero te abre la puerta.
Una tarjeta nueva, negra y mate, con mi nombre grabado.
Mi nombre completo: Jessica Gómez Ferrero.
Jessica Gómez Ferrero, que nunca había visto su nombre entero en una tarjeta de banco más allá de la del Santander con letras blancas baratas. Esto pesa. Esto pesa raro en la mano.
La policía me ha vuelto a citar dos veces más.
Dos. La última hace tres semanas. Mismo señor con barba.
Mismas preguntas con la lupa puesta. He vuelto a aguantar la mirada.
He vuelto a no cambiar la versión ni una palabra.
Me han dicho que el caso sigue abierto. Que no han pillado al asesino.
Que han llegado a algún sitio pero no me lo pueden contar.
He preguntado si yo tenía que preocuparme por algo.
Me han dicho que no. Que descanse. Que lo intente. He dicho que sí.
Nadie sabe nada. Ni el Toni. Ni la Moni. Ni Carmen. Ni Nala, que por lo menos ella es la única que sabe que su madre llora algunas noches en el sofá con la luz apagada.
Hoy es jueves.
Han pasado exactamente diez semanas y un día desde el café de la cafetería de Velázquez.
Me despierto a las seis y media. Pongo el café. Saco a Nala. Bajo los cuatro pisos. La Mari ya está abriendo el estanco.
—¡Jessi, guapa! ¿Qué tal?
—Tirando, Mari, tirando.
—¿Y la perrita?
—Aquí anda, más bonita que un sol.
Subo a casa. Le pongo el pienso a Nala. Me ducho. Me visto. Bajo otra vez al Cercanías. Atocha. Diez minutos andando. Hotel Berenice. Puerta de servicio. Pepa.
—Buenas, Jessi.
—Buenas, Pepa.
—Hoy te toca planta cinco.
—Vale.
Subo. Empujo el carrito. Hago la 501. Hago la 502. Hago la 503. Manolo el del riñón me da los buenos días a la 505. Hola, Manolo. Te oigo. Sigue.
A las once y veinte bajo al office. Café. Quince minutos. Saco el móvil del bolsillo del delantal. Lo miro.
Esto lo hago cada quince minutos desde hace setenta días. Cada quince minutos. Abrir la app del nuevo banco. Mirar el saldo. Saldo: 0,00 €. Cerrar. Guardar el móvil.
Setenta días con la misma cifra. Cero coma cero cero euros.
Abro la app.
Saldo: 3.000.000,00 €.
Lo miro.
Lo miro.
Lo miro.
Cierro la app. Vuelvo a abrirla. El saldo sigue ahí.
3.000.000,00 €.
Tres millones de euros.
Tres.
Putos.
Millones.
Carmen está delante de mí poniéndole azúcar a su café y diciéndome algo sobre su hijo el de Barcelona.
Yo no la escucho. Yo no escucho nada. Veo la boca de Carmen moviéndose pero el oído lo tengo dentro, oyendo a un señor que se llama mi propio corazón y que está dando golpes contra una pared muy fuerte como queriendo salir corriendo a no sé dónde.
—¿Mi amor, estás bien?
—Sí.
—Estás pálida, Jessi.
—Estoy bien. Es que no he desayunado bien.
—Mi amor, te traigo un trozo de bizcocho. Espera.
Carmen me da bizcocho. Yo me lo como sin masticar. Se va a por más café. Yo guardo el móvil. Lo guardo en el bolsillo del delantal. Lo guardo como si estuviera quemando.
Vale, Jessi. Vale. Tranquila. Termina el turno. Termina el turno y te vas a casa. Termina. El. Puto. Turno.
Termino el turno.
A las tres pico salida. Bajo al vestuario.
Me cambio. Salgo a la calle. No quiero coger el Cercanías.
No quiero estar en ningún sitio que sea normal.
Camino sin saber dónde voy. Paseo dieciocho minutos por una callecita que no conozco hasta que me doy cuenta de que estoy llorando otra vez sin hacer ruido.
Me siento en un banco. Saco el móvil. Lo abro.
Tres millones. Sigue ahí. Tres millones de euros a mi nombre en una cuenta de un banco que no conocía hace tres meses.
Y entonces empiezo a temblar.
No es frío. Es otra cosa. Es como si el cuerpo estuviera procesando algo que la cabeza todavía no termina de entender. Las manos. Las piernas. Una vibración por dentro.
La línea ya está cruzada. El dinero ya está en mi cuenta. La chica muerta sigue muerta. El señor del traje sigue libre. Y yo soy parte de esto para siempre.
Para siempre.
Me quedo veinte minutos en el banco. Hace frío pero no lo siento.
Una señora pasa con un carrito de la compra y me pregunta si estoy bien.
Le digo que sí. Que estoy esperando a una amiga.
La señora asiente con esa cara que ponen las señoras cuando saben perfectamente que les estás mintiendo pero respetan que les mientas. Bendita señora.
Me levanto. Cojo el Cercanías. Vuelvo a Parla. Saludo a la Mari, que ya está cerrando porque se me ha hecho tarde. Subo los cuatro pisos. Abro la puerta. Nala viene corriendo. Le doy un beso. La saco. Vuelve. Le pongo la cena. Se la come en cuarenta segundos.
Me siento a la mesa de la cocina con el móvil en la mano.
Lo abro otra vez.
3.000.000,00 €.
No me lo creo todavía. No me lo voy a creer hasta que no haga algo. Hasta que no toque algo. Hasta que no compre algo. Hasta que no…
Abro otra pestaña en el móvil. Busco idealista alquiler Madrid centro .
No sé por qué. Es lo primero que se me ocurre.
Salen pisos. Salamanca. Chamberí. Malasaña.
Pisos preciosos. Pisos como los que limpio, pero para vivir.
Pisos a mil ochocientos. A dos mil. A dos mil quinientos. A tres mil al mes.
Tres mil al mes. Yo gano mil doscientos al mes. Yo me podría pagar uno de esos pisos durante… ochenta y tres años. Más o menos. Si no comiera.
Me río.
Por primera vez desde hace diez semanas, me río de algo. Me río sola en mi cocina con la luz de la lámpara amarilla y Nala mirándome desde el suelo como diciendo mamá, estás fatal .
—Nala. Mira.
Le enseño el móvil. Ella mira con esos ojos.
—Nos vamos a Madrid, gorda.
Nala mueve el rabo.
—Pero a Madrid Madrid. No al Madrid de venir a limpiar. Al Madrid de vivir. Tú y yo. ¿Qué te parece?
Nala mueve el rabo más fuerte. Ella firma.
Cierro el móvil. Lo apoyo bocabajo en la mesa. Apoyo la cara en las manos.
Tres millones.
Tres putos millones de euros.
Y una chica muerta, que no se me olvide.
Pero ahora mismo, esta noche, voy a empezar por algo que sí puedo hacer. Voy a abrir una botella de algo que llevo guardando en el armario desde hace dos años porque me la regaló la prima de la Moni y nunca encontré momento.
Saco la botella. Es un cava. Codorníu Brut. Está caducado por seis meses pero qué más da.
Lo abro. Salta el corcho. Sirvo en una taza porque no tengo copas.
—Por nosotras, gorda. Por nosotras.
Le acerco la taza a Nala, en plan brindis. Ella se acerca. Lo huele. Estornuda. Se aleja con cara de mamá, ni borracha . Buena chica.
Le doy un trago a la taza. Está malísimo. Mañana compro algo mejor. Mañana. Mañana voy a empezar a hacer cosas.
Mañana, en mi descanso, voy a llamar a un agente inmobiliario.
Y la semana que viene voy a hacer otra cosa que llevo planeando desde el día en que volví de Velázquez en el Cercanías y miré por la ventana las casas de Carabanchel y pensé yo de aquí me voy .
Voy a dejar el hotel.
Pero todavía no.
Todavía no.