Próxima Estación: Parla CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Por el culo te la hinco

LA POLICÍA tarda doce minutos en llegar.

A mí me han llevado a un despacho del hotel.

Pequeño, una mesa, dos sillas, una ventana al patio.

Me han traído un vaso de agua. Me han preguntado todo.

Todo. Hora exacta de entrada a la habitación.

Qué he visto. Cómo estaba la chica. Si he tocado algo.

Si había alguien más. Si he visto entrar o salir a alguien.

Y yo he mentido.

He mentido despacio, con cuidado, mirando el vaso de agua. He dicho que he entrado, que la he visto, que he llamado a Pepa. No había nadie más. No he visto entrar ni salir a nadie. No conozco a la chica. No he tocado nada.

—¿Está usted segura?

—Estoy segura.

—¿Le importa si volvemos a preguntarle más adelante?

—No.

El inspector que me ha tocado, un tal Calderón, con barba de tres días, ha asentido y ha apuntado en su libreta.

Me ha mirado dos veces más de lo que me ha mirado al principio.

Yo he aguantado la mirada porque sabía que si la apartaba lo iba a notar.

Aguanta, Jessi. Aguanta el tipo. Tú no sabes nada.

Tú has entrado, has visto a la chica, te has muerto del susto. Y punto.

Tres horas. Tres horas allí dentro. Cuando salgo, el hotel está cerrado para huéspedes nuevos. Hay un coche fúnebre de la judicial en la puerta de servicio. Periodistas todavía no, pero llegarán. Me dicen que me vaya a casa, que mañana posiblemente me vuelvan a citar.

Salgo a la calle. Está oscureciendo ya. No me ha dado tiempo a comer ni a cagar, y, sin embargo, no tengo ni hambre ni nada. Tengo solo una cosa: ganas de meterme en mi piso y cerrar la puerta y desaparecer.

Cojo el Cercanías. Me siento al fondo a la izquierda. Mi sitio. Hoy no me lo ha quitado nadie. Apoyo la cabeza en el cristal.

Y entonces empiezo a llorar.

Sin ruido. Sin teatro. Solo lágrimas que me caen por la cara y me mojan el cuello. Lloro media hora seguida. Hasta Parla. Nadie me mira. En Madrid si una mujer llora en el Cercanías nadie la mira porque cada uno tiene su mierda. Bendita ciudad.

Llego a Parla. Bajo del tren. Subo por la calle Real hacia mi portal. Las farolas amarillas, el frío, la Mari ya tiene el estanco cerrado, todo igual que cualquier otro lunes y todo distinto.

Abro el portal con mi llave. Reviso el buzón como de costumbre.

Hoy hay un sobre.

Blanco. Sin remitente. Sin sello. Sin mi nombre escrito. Solo un sobre cerrado, plano, sin nada.

Me quedo mirándolo. Sin tocarlo todavía.

Y entonces lo entiendo.

Lo entiendo de golpe, ahí de pie delante del buzón, con el abrigo puesto y la cara todavía rara de haber llorado en el Cercanías.

No es un sobre. Es un aviso de lo que este señor puede saber y hacer antes de que yo termine de desayunar.

Vale. Vale. Vale. Esto es lo que es.

Lo cojo. Lo meto en el bolso. Subo los cuatro pisos despacio. Cada escalón es un mundo. La espalda me duele como si Manolo el del riñón se hubiera traído refuerzos.

Abro la puerta del piso. Nala viene corriendo, brincando, ladrando.

Me agacho y la cojo en brazos. La aprieto.

La aprieto más de lo que la suelo apretar.

Hundo la cara en su pelo y huelo a perra y a champú barato y a mi vida y empiezo a llorar otra vez.

Nala se queda quieta. No protesta. Por una vez la perra entiende que algo va mal y se queda quieta encima de mí como una pequeña esfinge peluda.

Pasamos así dos minutos. Tres. No sé.

Luego la dejo en el suelo. Cierro la puerta con doble vuelta. Pongo la cadenita. Compruebo dos veces la ventana de la cocina que da al patio de luces. La cierro. Pongo el cierre.

Me siento a la mesa de la cocina. Saco el sobre del bolso. Lo dejo encima de la mesa. Lo miro.

Nala se sienta a mis pies. Sabe que algo pasa. Sabe.

Cojo aire. Lo abro.

Dentro hay una hoja blanca, escrita a ordenador, sin firma, sin nada. Cinco líneas.

Despacho Lema y Asociados. Calle Velázquez 87, 5º. Madrid. Miércoles, 11:00. Pregunte por don Esteban. No avise a nadie de esta cita. Destruya esta nota.

Eso es todo.

La leo dos veces. Tres. Como si fueran a aparecer letras nuevas.

No aparecen.

Soy gilipollas pero soy gilipollas rica.

Eso me digo. En voz alta. A la cocina vacía. A Nala, que me mira con esos ojos saltones. Mira, gorda, somos gilipollas las dos pero a partir de ahora vamos a ser gilipollas con dinero.

Nala mueve el rabo. Ella suscribe.

Quemo la nota en el fregadero, como me han pedido. Las cenizas las tiro por el desagüe y abro el grifo para que se vayan. El sobre encima. También arde. También se va.

Me siento otra vez. Miro el techo.

Esto es real, Jessi. Esto está pasando.

Voy a poner un empapador porque hoy no bajo a la perra ni de coña.

Cojo el móvil. Llamo al Toni.

—Cari, ¿qué horas son estas?

—Toni. Toni, ha pasado una cosa.

—Cari, ¿qué? ¿Estás llorando?

—Toni, en el hotel. He encontrado a una chica muerta en una habitación.

Silencio. Tres segundos enteros.

—Voy para allá.

—No, Toni, no…

—Cari, voy.

Cuelga. Llamo a la Moni. Le cuento lo mismo. He encontrado a una chica muerta. Una huésped. La he encontrado yo al entrar a limpiar. La policía me ha tenido tres horas. Estoy reventada. No le cuento nada más. Ni del señor del traje. Ni del sobre. Ni de don Esteban. Solo eso. Solo la chica.

—Jessi, ¿quieres que vaya?

—El Toni viene de camino. Mañana, ¿vale? Mañana hablamos.

—Mañana.

Cuelgo.

Veinte minutos después el Toni está en mi portal con una bolsa del Carrefour y dos botellas de vino.

Le abro. Sube. Se sienta en el sofá. Nala se le sube al regazo.

Yo me siento a su lado. No hablamos. No hace falta.

El Toni callado por una vez en su vida, con su abrigo rosa palo todavía puesto y Nala en el regazo, es lo único que necesito esta noche.

Nos quedamos así una hora. Después se va. Me da un beso. Me dice mañana hablamos, cari . Asiento.

No duermo en toda la noche.

A las dos de la madrugada me levanto y le pongo más cerrojo a la ventana del baño.

A las tres me levanto y miro por la mirilla de la puerta para ver si hay alguien en el rellano.

No hay nadie. A las cuatro me levanto y reviso el móvil para ver si tengo wifi y datos por si tengo que llamar a alguien.

A las cinco me pongo a hacer pan con la panificadora de mi madre porque no sé qué hacer con las manos.

A las seis y media suena el despertador y yo ya llevo siete horas siendo otra persona.

Voy al hotel. La policía vuelve a citarme. Repito mi versión. Le repito sin que me cambie ni una palabra. El inspector Calderón me observa otra vez. Otra vez aguanto la mirada. Salgo del despacho a las once.

Me dan el resto de la semana libre. Apoyo psicológico , dicen. Acepto.

Bajo al Cercanías. Vuelvo a Parla. Saco a Nala. Como una lata de garbanzos de pie en la cocina porque cocinar es para gente que no tiene tres millones de euros pendientes de cobro.

Llega el miércoles.

A las nueve y media estoy en el Cercanías otra vez, pero en otro sentido.

Hacia Atocha. Después metro hasta Velázquez.

Salgo a la calle y la calle es otra cosa.

Aceras anchas. Tiendas con escaparates de esos que no tienen precio puesto.

Señoras con abrigos largos y bolsos que pesan más que mi alquiler.

Yo voy con vaqueros, deportivas, jersey gris, abrigo negro, y por primera vez en mi vida me siento mal vestida en una acera. Joder, Jessi, pareces lo que eres.

Llego al portal del 87. Cristal y oro. Un portero con uniforme.

—Buenos días.

—Vengo al despacho Lema y Asociados.

—¿Tiene cita?

—Sí.

—¿A nombre de quién?

—De don Esteban.

Me mira. Mira algo en su mostrador. Asiente.

—Quinto piso. El ascensor a la derecha.

Subo. El ascensor es uno de esos antiguos con puerta de hierro forjado y madera por dentro. Llega al quinto. Salgo. Hay una puerta grande con una placa dorada que pone LEMA Y ASOCIADOS — ABOGADOS . Toco al timbre.

Me abre una mujer rubia, joven, vestida de oficina cara.

—¿Sí?

—Vengo a ver a don Esteban.

—¿Su nombre?

—Jessica Gómez.

—Pase.

Me hace pasar a una sala de espera con sofás de cuero, revistas en una mesita, agua y café en una bandeja. Me siento. Me ofrece agua. Acepto el agua. No la bebo. La tengo en la mano.

A los tres minutos sale un señor. Sesenta y largos. Pelo blanco, gafas, traje impecable, sonrisa de funeral.

—Señora Gómez. don Esteban. Encantado. Pase, por favor.

Me lleva a un despacho enorme. Cuadros en las paredes. Libros de derecho en estanterías de pared a pared. Una mesa de caoba como las que aparecen en las películas de abogados. Me siento delante. Él se sienta detrás.

—Permítame primero darle el pésame.

—¿Cómo?

—Por su tío.

—Mi…

—Su tío segundo, sí. Don Aurelio Bustamante. Le ha dejado a usted como única heredera de una pequeña parte de su patrimonio. Le acompaño en el sentimiento.

Don Esteban no me mira a los ojos del todo. Mira un punto justo a la izquierda de mis ojos, como si así fuera más fácil para los dos.

—Gracias —digo, porque no sé qué otra cosa decir.

—La herencia asciende a tres millones de euros, libres de gastos, que se depositarán en una cuenta a su nombre que abriremos esta misma semana en la entidad que usted elija.

El proceso, por las particularidades de la herencia internacional, ya está en marcha.

En aproximadamente diez semanas dispondrá usted del importe total.

Antes recibirá documentación que tendrá que firmar y le iré citando a medida que sea necesario.

Habla como si me estuviera explicando una hipoteca. Sin emoción. Sin guiños. Sin asomo de saber lo que sabe. Quizá no sabe nada. Quizá es solo el último eslabón de una cadena. Confía en mí , me dijo aquel señor. Esto es.

—Vale —digo.

—Necesitaré algunos datos suyos. Documentos. Le iré pidiendo cosas. ¿Le puedo hacer una pregunta?

—Sí.

—¿Tiene usted cuenta bancaria preferida o le sugerimos nosotros entidad?

Mil doscientos al mes y me pregunta por entidad. Casi me río. Casi.

—Tengo la del Santander de Parla.

—Le recomendaría una entidad con departamento de banca privada, dado el importe. Pero, por supuesto, es decisión suya.

—Vale. Recomiéndeme.

—Perfecto. Yo me ocupo.

Saco el DNI. Le doy una copia. Lo demás se lo mandaré por correo electrónico, dice. Me pasa una tarjeta con un email impreso. Habla. Me explica. Yo asiento. Asiento. Asiento.

A los veinte minutos hemos terminado. Me acompaña a la puerta.

—La citaré pronto, señora Gómez.

—Vale.

—Que tenga usted un buen día.

—Igualmente.

Bajo en el ascensor. Salgo a la calle Velázquez. Camino hasta una cafetería que veo abierta. Entro. Pido un café. Me siento al fondo. Saco el móvil. Miro la pantalla.

No llamo a nadie.

¿A quién voy a llamar?

Me termino el café. Lo pago. Tres euros con cincuenta. Tres euros con cincuenta por un café que en Parla cuesta uno cuarenta. Apunta, Jessi. Apunta lo que te está pasando. Tres euros con cincuenta hoy. Tres millones en diez semanas.

Camino hasta el metro. Cojo el metro. Cojo el Cercanías. Vuelvo a Parla. Subo los cuatro pisos.

Cuando abro la puerta del piso, Nala viene corriendo.

—Hola, gorda.

Me agacho. Le hago caricias. Le doy un beso en la cabeza.

—Ven aquí. Te voy a contar una cosa.

Me siento en el suelo de la entrada con ella en el regazo.

—¿Sabes qué, Nala? Tu madre va a ser rica.

Nala me mira.

—Sí. Tu madre. Va a ser rica.

Nala mueve el rabo. No tiene ni puta idea de qué le estoy hablando. Pero mueve el rabo.

—Y tu madre acaba de hacer algo muy malo, Nala. Algo muy malo. Pero ¿sabes qué? Que peor es la vida que llevamos. Peor es. Yo no soy una santa. No me hace falta serlo. Yo soy la Jessi.

Le doy otro beso. La aprieto contra el pecho.

—Soy gilipollas, Nala. Soy gilipollas. Pero a partir de ahora soy gilipollas rica.

Nala suelta un ladridito. Como diciendo vale, mamá, lo que tú digas, ¿bajas a darme un paseo?

Sí.

Bajo a darle un paseo.

Diez semanas, ha dicho el abogado.

Diez semanas.