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CAPÍTULO 4

Poderoso caballero don Dinero

EMPUJO LA PUERTA y entro hasta la mitad.

—Servicio de habitaciones, perdone.

La habitación está a media luz. Las cortinas corridas, una rendija de luz pegando en el suelo, y la lámpara de la mesilla encendida con esa luz amarillenta que tienen las habitaciones de hotel cuando alguien ha querido ambiente.

Huele a perfume. Y a otra cosa que no sé identificar y que tampoco me apetece.

Hay alguien en la cama.

—Ay, perdón, perdón —digo, retrocediendo un paso—. Pensaba que no había nadie. Disculpe.

No me contesta nadie.

Espero un segundo. Vale, está dormida. Mejor me voy, ya volveré. Doy otro paso atrás. Pongo la mano en la puerta para cerrarla despacio.

Y entonces la veo bien.

La chica está encima de las sábanas, no debajo.

Bata blanca de hotel. Pelo rubio largo abierto en abanico sobre la almohada.

Una pierna cruzada de cualquier manera. El brazo derecho colgando hacia el suelo, los dedos caídos, abiertos.

La otra mano sobre el estómago como si se hubiera sujetado algo. Algo que ya no está.

Y la cara.

La cara no está dormida.

Los ojos están abiertos. Sin parpadear. Sin moverse.

Y el cuello.

El cuello tiene marcas. Marcas oscuras. Marcas de dedos.

Suelto el pomo. La puerta se queda entreabierta. Yo me quedo en el sitio. No respiro. No me muevo. No. No no no no. Esto no me está pasando a mí. Esto no me está pasando a mí.

Doy un paso adelante. Otro. No sé por qué. El cerebro me dice vete , pero los pies no obedecen. Los pies siguen avanzando hasta que estoy al lado de la cama y la veo de cerca y entonces ya no hay duda.

Está muerta.

La chica está muerta y yo estoy en la habitación.

La cabeza me empieza a ir muy rápido. Lo que tengo que hacer. Llamar a recepción. Llamar a la policía. No tocar nada. Salir de la habitación. No, espera. No cerrar la puerta. Las pruebas. La policía. Llama a Pepa primero, eso, llama a Pepa y que Pepa llame a la policía.

Me llevo la mano al bolsillo del delantal a por el móvil.

—Yo no haría eso si fuera tú.

La voz viene de detrás.

Tranquila. Educada. Como si me estuviera ofreciendo un café.

Se me hiela la sangre. Literal. Siento el frío bajándome por la espalda como si me hubieran metido un cubito de hielo por el cuello.

Me doy la vuelta despacio.

Hay un hombre sentado en el sillón de la esquina.

Sentado. Con las piernas cruzadas. Una mano apoyada en el reposabrazos.

Traje azul marino, cuello de la camisa sin corbata.

Pelo castaño con canas en las sienes. Cincuenta y tantos.

Cara afilada, ojos claros, ni guapo ni feo, de esos hombres que cuando los miras dos veces te das cuenta de que tienen cara de saber cosas. Cosas que no quieres saber tú.

Está mirándome. Sonriendo un poquito. Un poquito.

—Hola.

—Por favor —digo, y la voz me sale rota—. Por favor, yo no…

—Tranquila.

Levanta una mano. La levanta como se le levanta la mano a un perro asustado para que vea que tienes la chuche. Como si esto fuera una conversación normal.

—Vamos a hablar tú y yo un momento. No te va a pasar nada.

—Yo no he visto nada.

—Has visto todo —dice, y sonríe más—. Y eso no es malo. Eso es justo de lo que vamos a hablar.

El corazón me está dando golpes en el pecho como si quisiera salir corriendo sin mí. Las manos sudando. El móvil sigue en el bolsillo del delantal y yo no sé si meter la mano otra vez o no. Decido que no.

—¿Quién… quién es usted?

—Eso no importa. Y eso te lo digo por tu bien. Cuantas menos cosas sepas, mejor para ti.

—La chica.

Miro hacia la cama sin querer. Vuelvo a mirarlo a él. Él no mira a la cama. La cara no le cambia.

—Es una pena —dice—. Es una pena lo que ha pasado aquí. Pero ya no se puede deshacer. Lo que sí podemos hacer es resolver lo que viene después.

—Después… ¿de qué?

—Después de que tú entres por esa puerta hace dos minutos.

Me quedo callada. La cabeza me intenta procesar lo que está diciendo y no termina.

—Mira —sigue él—. Seamos razonables. Tú no quieres tener problemas. Yo no quiero tener problemas. Y resulta que los problemas, ahora mismo, son los mismos para los dos. Distintos pero los mismos.

—Yo no he hecho nada.

—Lo sé. Pero estás aquí. Y estás en esta habitación. Y has visto a una persona muerta. Y me has visto la cara. Y eso, te guste o no, te convierte en parte de esto. ¿Me sigues?

Asiento. Asiento porque no puedo hacer otra cosa. Asiento como una idiota.

—Bien. Entonces vamos a hacerlo fácil.

Se mueve un poco en el sillón. Cruza la otra pierna. Como si estuviéramos en una entrevista de trabajo.

—Tres millones de euros.

Lo dice así. Sin entonación. Como si dijera son las tres y cuarto .

—¿Qué?

—Tres millones de euros. En tu cuenta. En máximo tres meses. Limpios. Sin que tengas que dar explicaciones a nadie.

Yo lo miro. No me sale ningún sonido. La boca se me ha quedado abierta y se me ha secado entera, como si me hubieran metido arena.

—Funciona así —continúa él—. Tú tienes un familiar lejano en Sudamérica.

Un tío segundo, un primo de tu madre, alguien.

Da igual quién, te lo prepararemos todo.

Ese familiar muere y te deja una herencia.

Tres millones. Llega a tu cuenta a través de un despacho de abogados que se encarga del trámite.

Todo legal. Todo documentado. Nadie te va a hacer preguntas porque no hay preguntas que hacer.

Tú heredas y punto. La gente hereda cosas todos los días.

—Yo no tengo familia en Sudamérica.

—Ahora sí.

Sonríe otra vez. Esa sonrisa. Yo me apoyo contra la pared porque las piernas no me sostienen.

—¿Por… por qué?

—Porque tú te vas a quedar aquí en esta habitación y vas a llamar a recepción dentro de exactamente media hora desde que terminemos esta conversación.

Vas a decir que has entrado a la habitación a hacer la limpieza, que has encontrado a esta chica así, y que no has visto a nadie más.

Eso es todo lo que vas a decir. Lo dirás una vez y lo dirás siempre igual.

Y a partir de ahí, tu vida va a cambiar. Para bien.

—¿Y si…?

—¿Y si qué?

—¿Y si no acepto?

Él me mira. La sonrisa desaparece. No del todo, pero casi. Se le pone una cosa en los ojos, un brillo, que no me gusta nada.

—No sería inteligente por tu parte —dice, muy bajito.

—Yo…

—Tienes mucho que perder. Y yo no soy una persona que pierda. Vamos a evitar los dos llegar a ese sitio. ¿De acuerdo?

Trago saliva. La saliva no baja. Pero asiento.

—Mírame —dice.

Lo miro.

—Confía en mí. Esto va a salir bien para los dos.

Tú vas a tener una vida muy distinta a partir de mañana.

Y nadie va a saber nada. Nadie. Ni tus amigos, ni tu familia, ni nadie.

Si alguien se entera, si te vas de la lengua con alguien, lo voy a saber.

Y entonces sí que va a ser un problema. ¿Me has entendido?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, le he entendido.

—Bien.

Se levanta del sillón. Se estira un poco la chaqueta. Camina hacia la puerta. Pasa por delante de mí sin tocarme. Huele a perfume caro. Coge el pomo. Se gira hacia mí.

—Treinta minutos —dice—. Reloj.

Mira el suyo. Subrayando.

—Y, Jessica.

Me mira. Me quedo congelada.

Sabe mi nombre.

—Por tu bien y por el mío. Hazlo bien.

Sale. Cierra la puerta despacio. Click.

Me quedo sola con la chica muerta.

Sola. Con la chica. Muerta.

Las piernas me fallan y me deslizo por la pared hasta el suelo. Apoyo la cabeza en las rodillas. Respira, Jessi. Respira. Una. Dos. Tres. Cuatro.

Sabía mi nombre. Cómo sabía mi nombre. Tengo el nombre bordado en el delantal, eso es. Jessica G. Eso lo ha visto. Solo eso.

¿Solo eso?

¿Solo eso?

Joder. Joder. Joder. Joder. JODER.

Levanto la cabeza. Miro a la chica. Desde el suelo se ve igual de muerta. Tiene la cabeza ladeada hacia donde yo estoy y los ojos abiertos parecen mirarme directamente. No me mires. No me mires, niña. Yo no te he hecho nada.

Tres millones de euros.

Tres millones.

Tres. Putos. Millones.

¿Por qué tres? ¿Por qué no cien mil euros? También me habría valido.

Yo soy Jessi de Parla. Yo gano mil doscientos al mes. Yo cobro la nómina el día cinco y para el veinte ya estoy haciendo cuentas. Tres millones para mí es un número de fantasía, un número de telediario, un número de gente que no existe.

Y un señor con traje me lo acaba de ofrecer para que cierre la boca.

¿Y si llamo a la policía ahora?

Esa es la pregunta. Esa es la única pregunta.

Si llamo a la policía ahora, lo cuento todo, doy una descripción del señor, hago lo correcto, y… ¿Y qué? ¿Quién es ese hombre? No lo sé. ¿Lo van a coger? Vete tú a saber. ¿Va a creerme la policía? Probablemente sí. ¿Va a saber él que he hablado? Ha dicho que sí. Ha dicho lo voy a saber .

Y no parecía mentir.

Tienes mucho que perder.

¿Qué tengo yo que perder? El piso. A Nala. Al Toni. A la Moni. La vida que ya es una mierda pero que es mi vida. Y la vida. La vida. Porque eso es lo que ha dicho aunque no lo haya dicho. Si no acepto, me mata. Como ha matado a la chica esta.

Si acepto… tres millones.

Tres millones para mí. Para sacar a mi gente. Para que el Izan tenga zapatos. Para que el Toni no tenga que aguantar a señoras de La Moraleja. Para que la Moni respire. Para Nala. Para mí.

Para mí.

Yo sé lo que es lo correcto. Lo sé. No soy idiota. Lo correcto es llamar a la policía y contarlo todo y que se ocupe quien tenga que ocuparse y a mí que me protejan.

¿Que me protejan ellos? ¿Los que me dan un teléfono de emergencia y me dicen que llame si pasa algo? ¿Los que no sé ni cuánto tardarían en llegar si ese hombre se presenta en mi portal?

Pero la chica.

Miro a la chica.

La chica está muerta. La chica va a seguir muerta haga yo lo que haga. La justicia para la chica no la voy a hacer yo. La justicia la hace la policía. Y la policía la va a hacer aunque yo no diga toda la verdad. Voy a llamar a recepción. Voy a llamar a la policía. Voy a contar lo que ha pasado.

Voy a contar parte de lo que ha pasado.

Treinta minutos infinitos después, apoyo la mano en el suelo enmoquetado para impulsarme. Me cuesta. Me tiembla todo el cuerpo. Saco el móvil del bolsillo. Marco la centralita interna.

—Recepción, dígame.

—Pepa.

—¿Jessi? ¿Qué pasa?

Abro la boca.

Tengo que decir algo. Tengo que decir algo ahora mismo.

—Pepa, llama a la policía.