CAPÍTULO 3
Al que madruga, Dios le ayuda
EL FINDE ha sido un truño. Sábado: la compra del Mercadona, la lavadora, una serie en el sofá con Nala, paseo al parque de la mañana, paseo al parque de la tarde, dormir.
Domingo: lo mismo pero peor, porque a las seis de la tarde de un domingo a mí me entra una tristeza que no se la explico ni al psicólogo, si tuviera psicólogo, que no tengo, que cuesta sesenta euros la sesión y yo prefiero pagarle el pienso bueno a Nala.
Toni me escribió el sábado por la noche para invitarme a un cumpleaños en Lavapiés.
Le dije que no, que estaba reventada. Mentira a medias.
Estaba reventada pero también me daba pereza el plan.
La Moni me mandó un audio de tres minutos quejándose del Rubén.
Le contesté con un te quiero, ánimo . Y se acabó el finde. Glorioso.
Y aquí estoy. Lunes. Cercanías. Hotel Berenice me espera con su olor a ambientador caro y sus alfombras gruesas y sus huéspedes que dejan toallas tiradas como si Dios fuera a recogerlas.
Bajo en Atocha. Camino los diez minutos de siempre. La calle todavía a medio despertar, los bares con las persianas a medio subir, el olor a café saliendo de cada esquina y dándome más sueño que cualquier otra cosa. Llego al hotel por la entrada de servicio.
Pepa, la de recepción del personal, está como siempre.
—Buenas, Jessi.
—Buenas, Pepa.
—Hoy te toca planta tres.
Pico la tarjeta. Subo al vestuario. Me cambio. Me coloco el delantal. Me hago la coleta. Pillo el llavero electrónico y bajo al office de planta baja, donde nos juntamos las limpiadoras antes de subir a nuestro tajo.
En el office me cruzo con Carmen. Cincuenta y dos años, dominicana, lleva en el hotel desde que se inauguró.
Es de esas mujeres que han limpiado la mierda de tanta gente que ya nada les sorprende.
La quiero mucho. Tiene esa forma de hablar suya, dulce, con la sonrisa siempre puesta aunque le esté doliendo todo.
Cuando me jode el lunes, miro a Carmen y me callo, porque ella lleva treinta años haciendo esto y yo siete.
—Buenos días, mi amor.
—Buenas, Carmen.
—¿Cómo está la perrita?
—Bien. Comiendo, como siempre.
—Esa perra come mejor que mi marido.
—Eso me dicen mucho, Carmen, eso me dicen mucho.
Ella se va a planta dos con su carrito. Yo subo a la tres con el mío. Las ruedas chirrían en el ascensor de servicio y yo aprieto la mandíbula porque ese chirrido los lunes me da más rabia que cualquier otro día.
Salgo a la planta tres. El pasillo en forma de L, enmoquetado en verde oscuro, las puertas de madera con los números en latón, las ventanas grandes al final dando a un patio interior con plantas de las que cuesta dinero, no de Ikea.
El Hotel Berenice no tiene cien habitaciones por planta como los hoteles de aeropuerto.
Tiene veinte. Máximo. Por eso cobran lo que cobran.
Por eso los huéspedes son como son. Discretísimos , dice el folleto.
Empujo el carrito. Empiezo por la 301.
301: libres temprano. Cama deshecha, dos toallas tiradas en el baño, un albornoz colgado del sillón.
Lo de siempre. Quito sábanas. Pongo limpias.
Doblo las puntas como me enseñaron en el cursillo del primer mes para que quede ese acabado de hotel por el que la gente paga doscientos cincuenta euros la noche.
Aspiro. Limpio el baño. Repongo amenities.
Doblo el final del rollo de papel higiénico en triangulito porque eso lo pide el manual y el manual es ley en el Berenice.
Salgo. Cuelgo la tarjeta verde que dice Habitación lista para huésped . Sigo.
302: cartel de no molestar. Salto.
303: pareja mayor inglesa, llevan una semana. Cama deshecha pero sin estropear. Un libro abierto en la mesilla, una taza con resto de té frío. Limpio rápido. Esos huéspedes son los que dejan billete de cinco en el almohadón los miércoles. Bendita gente.
304: vacía. Limpio entera.
305: no molestar.
306: vacía. Limpio entera.
307: ocupada en uso. La huésped, una mujer en bata blanca de hotel y los pelos mojados, me dice just five more minutes, please con acento alemán. Le sonrío. Take your time , contesto con el inglés de una nativa parleña. Ni Duolingo se atrevió a tanto. Vuelvo más tarde.
308: vacía. Limpio entera. A la 308 ya me empieza a doler la espalda.
309: vacía. Esa la han dejado como si hubiera habido una orgía.
Un calcetín de hombre debajo de la cama, un sujetador de mujer encima de la lámpara.
Joder con la gente. Recojo todo, lo dejo doblado en una bolsa sobre el sillón, lo apunto en el parte como manda el protocolo.
No me corresponde juzgar. Solo limpiar. Aunque por dentro sí juzgo.
Si yo recojo tu sujetador del techo, yo te juzgo, hermana, qué te crees.
310: vacía. Pasada rápida.
311: no molestar.
A las once y veinte bajo al office a hacer el descanso.
Quince minutos. Es lo que tenemos. Quince minutos por toda la jornada para sentarnos.
El sindicato peleó por veinte hace dos años y perdió.
La empresa dijo que con quince era suficiente.
Suficiente para qué, hijos de puta, ¿para mearme y volver?
Carmen ya está en el office, tomándose un café del termo y comiendo un trozo de bizcocho que ha traído. Me corta un cacho sin que se lo pida.
—¿Cómo va, mi amor?
—Tirando, Carmen, tirando.
—¿Te duele la espalda?
—Desde las nueve.
—Mi amor, tienes que ir al fisio.
—El fisio cuesta lo que no me sobra, Carmen.
—Tú lo que tienes que hacer es mudarte conmigo, te alquilo la habitación de mi hijo que ya se me fue.
—Carmen, no me tientes que igual te digo que sí.
Se ríe. Yo también. Como bizcocho. Caliento un café en el microondas. Miro el reloj. Doce y diez. Quedan cinco minutos. Termino el café. Vamos, Jessi. Otra vez al ruedo.
—Hasta luego, Carmen.
—Mucho ánimo, mi amor.
Subo otra vez a la tres. El carrito sigue donde lo dejé, junto a la 311 que sigue con no molestar.
312: vacía. Limpio.
313: vacía. Limpio.
314: en uso. Esquivo.
315: vacía. Limpio. La espalda ya no es dolor, es otra cosa. Es como si tuviera dentro un señor mayor que se llama Manolo y Manolo me está clavando un cuchillo a la altura del riñón. Hola, Manolo. Buenos días. Sigamos.
316: vacía. Limpio.
Me planto delante de la 317 con el carrito. Llamo con los nudillos. Toc toc toc.
—Servicio de habitaciones.
Nada. Silencio. A veces los huéspedes están en la ducha o duermen y no contestan, o están desayunando y no han pillado el cartel de no molestar al salir. Espero diez segundos como manda el protocolo. Vuelvo a llamar, más fuerte.
—¿Servicio de habitaciones? ¿Hay alguien?
Nada.
Saco la tarjeta del bolsillo del delantal. La paso por el lector. La lucecita se pone verde. Click.
Empujo la puerta.