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CAPÍTULO 2

Las penas con pan son menos

LAS TRES Y MEDIA y ya estoy en el Pepe .

Bueno, las tres y cuarenta. He picado salida a las tres, me he cambiado en el vestuario a toda pastilla, he salido al frío, he cogido el Cercanías corriendo y aquí estoy, en mi mesa de siempre, la del fondo a la derecha, debajo de la tele que está puesta en el Teledeporte aunque no haya nadie viéndola.

El Pepe es el Pepe . Lleva siendo el Pepe desde antes de que yo naciera.

Suelo de baldosa marrón con manchas que ya forman parte del diseño, mesas de fórmica blanca con el borde de metal, sillas que crujen cuando te sientas.

La barra es de madera oscura y detrás hay un espejo enorme con la marca de un vermut escrita en letras doradas que se están cayendo.

Y por supuesto un póster gigante del atleti, porque Pepe puede ser muchas cosas, pero sobre todo, del Atleti.

Pepe el dueño tiene sesenta y siete años y un mandil que yo creo que es el mismo que cuando abrió en mil novecientos ochenta y cuatro.

Su mujer la Encarna está en la cocina y de ahí no sale ni con dinamita.

Hace unas patatas bravas que te cambian el día.

—Una caña, Pepe.

—Marchando.

No hay más conversación. Llevamos siete años así. Lo bueno de los bares de barrio es que no tienes que explicar nada.

Toni entra cinco minutos después. Lo oigo antes de verlo. Siempre.

—¡Cari! ¡Que llego, que llego!

Llega con su abrigo de pelo sintético rosa palo que se compró en Primark, sus gafas de sol puestas a las cuatro menos diez de la tarde de un noviembre nublado, y los labios pintados de un rojo que le he dicho mil veces que es demasiado pero a él se la sopla.

Detrás viene la Moni, con su anorak negro y la cara de haber dormido cuatro horas.

—Hola, guapas —digo.

—Cari, qué día llevo. Qué. Día.

Toni se desploma en la silla de enfrente como si lo hubieran fusilado.

Tira el bolso encima de la mesa. Es un bolso falso de Louis Vuitton que le compró a una señora en el rastro por veinte euros y él lo defiende como si fuera el original.

Cari, no se nota nada que es falso. Se nota, Toni, se nota muchísimo, pero allá tú.

La Moni se sienta a mi lado y suspira. Solo suspira. Ese suspiro de la Moni es como un boletín informativo. Si suspira corto, el Izan ha hecho algo en el cole. Si suspira largo, su ex no le ha pasado la pensión. Si suspira y se quita el anorak en plan resignado, ha sido todo a la vez.

Hoy se quita el anorak en plan resignado.

—¿Qué pasa, Moni?

—Nada, Jessi. Lo de siempre.

—Cuenta.

—Que el Izan necesita zapatos nuevos y yo aquí.

—Joder.

—Y que el Rubén lleva dos meses sin pasarme nada.

—El Rubén es gilipollas —dice Toni sin levantar la vista del menú que se sabe de memoria.

—El Rubén es gilipollas pero el Rubén es el padre del Izan y yo necesito que el Izan tenga zapatos —contesta la Moni.

—Cari, dos cosas pueden ser verdad a la vez.

Pepe llega con mi caña y nos mira a los tres con esa cara que pone siempre, mitad cariño mitad qué pasa con vosotras. Toni le sonríe con sus labios rojísimos.

—Pepe, mi amor, ponme un vermú con mucha aceituna. Mucha. Como si fuera una boda.

—Marchando.

—Y a la Moni una clara con limón que está bajita de moral.

Pepe se ríe. Vuelve a la barra. La Moni me mira y sonríe a pesar de todo. Es lo que tiene el Toni. Por más mierda que tengas encima, en cinco minutos te ha hecho reír.

—Toni —le digo.

—¿Qué?

—Me mandaste un audio el martes cantando Camela. Solo, en casa. A las once de la noche.

Toni no levanta la vista del vermú.

—La Toni no escucha Camela.

—Con el eco del baño y todo.

—La Toni no escucha Camela, cari.

—Era Háblale de mí .

—No era Háblale de mí .

—Era Háblale de mí , Toni.

Toni se bebe el vermú sin contestar.

—Bueno, cariños —empieza Toni en cuanto Pepe se aleja—. Tengo cosas que contar. Tengo. Mucho. Que. Contar.

—A ver.

—Hoy en la peluquería, ¿sabéis lo que ha pasado?

Ha entrado una señora. De La Moraleja. La.

Mo. Ra. Le. Ja. Con un caniche así de grande, blanco, con esos ojos que ponen los caniches de princesas del Sacre Coeur.

Y la señora me dice, Antonio, este perro tiene que estar perfecto para una boda el sábado.

Y yo le digo, Señora, perfecto va a estar, descuide. Y empiezo a trabajar.

Toma aire. Bebe un trago largo del vermú que ya le ha llegado. Recoloca las aceitunas en el platito.

—Pues no os digo nada, el perro me muerde. Me. Muerde. Aquí, mirad.

Levanta la manga del jersey y nos enseña una marca rojiza en el antebrazo. Pequeña. Pequeñísima. Pero él la enseña como si fuera una herida de guerra.

—Toni, eso es un arañazo.

—¡Cari, es un mordisco, no me faltes al respeto al sufrimiento!

—Sufrimiento dice —murmura la Moni.

—Y la señora, ¿sabéis lo que me dice? Me dice, Antonio, no se asuste, mi Bruno solo muerde cuando se siente inseguro . Y yo le digo a la señora, mentalmente, ¿eh, que no se lo dije, pero mentalmente, le dije, Pues su Bruno y usted están haciendo terapia o me pago yo el bótox del susto .

Nos partimos. La Moni se ríe con esa risa suya que parece que se queja, pero se ríe. Yo me río con la boca llena de patatas bravas y casi me ahogo. Toni nos mira encantado, satisfecho como una drag queen después del número final.

—Yo es que estoy agotada, cariños. Agotada. Con según qué clientes no puedo, me pone mala. Me pone mala, me pone enferma, me pone en estado de necesitar tres semanas en Tailandia que no me puedo pagar porque la peluquería paga lo que paga.

—Toni, para, que me estás agotando.

—Cari, lo siento, pero la Toni tiene que desahogar.

Pepe vuelve con más bravas, calamares y una ración de oreja porque sabe que a la Moni le gusta la oreja aunque no la pida.

Yo me como una y pienso, si yo tuviera dinero, dinero de verdad, traería a estos dos aquí cada viernes a comer lo que les saliera del coño .

Pero yo no tengo dinero. Tengo mil doscientos al mes y un piso heredado y una perra. Y a estos dos.

—Jessi, estás muy callada —dice la Moni.

—Estoy escuchando.

—Tú escuchas mucho y hablas poco. No es sano, cari —dice Toni señalándome con una aceituna pinchada en un palillo.

—Es que vosotros habláis lo bastante por los tres.

—Cierto.

—Cierto.

Bebo de la caña. Miro a mis dos amigos a la luz amarillenta d el Pepe .

Toni gesticulando con el palillo como si fuera una batuta.

La Moni mirando el móvil, seguro comprobando si su madre le ha escrito algo del Izan.

Yo en medio. Treinta y cinco años, soltera, sin familia, limpiando habitaciones de gente que en una noche se gasta lo que yo gano en un mes.

Por lo menos los tengo a ellos.

Es lo que me digo siempre. Y es verdad. Pero hay noches en las que no me basta. Hay noches en las que vuelvo al piso vacío y Nala me mira y yo le digo hola, gorda y Nala respira encima de mi pecho como si el mundo fuera sencillo.

—Eh, Jessi.

—¿Qué?

—Te estás yendo. Vuelve.

Toni me mira. Esa mirada suya que pone cuando me lee. Porque me lee, el cabrón. Le sale lo mariloca por arriba pero por debajo está atento a todo.

—Estoy aquí.

—Cari, vuelve del todo.

—Que estoy aquí, coño.

—Vale, vale. Otra ronda, Pepe, mi amor.

Pasamos otra hora más. Toni cuenta tres dramas más, ninguno verdad, todos divertidísimos. La Moni se queja del jefe del centro médico. Yo me río y como bravas y bebo cañas y por un rato no pienso. Que es lo que quiero los viernes. No pensar.

A las siete la Moni mira el reloj.

—Tengo que irme, mi madre tiene al Izan desde las dos y ya me está mandando audios.

—Vete, vete —digo.

—Mañana hablamos, ¿vale?

—Vale, Moni.

Le da dos besos al Toni, uno a mí. Coge el anorak, paga su parte (siempre paga su parte, aunque le pese, porque la Moni es así) y se va. La veo salir por la puerta. Pequeña, cansada, mi amiga.

Toni y yo nos quedamos un rato más. Pedimos un café. Hablamos de tonterías. De una serie nueva que él ha empezado, de una vecina suya que tiene un perro feísimo que él jura que va a peinar bien algún día.

A las nueve salimos d el Pepe . Frío en la cara. Las farolas de Parla amarillas, como siempre. Toni me da un abrazo de los suyos, fuerte, que aprieta.

—Cari, descansa este finde. Te veo agotada.

—Estoy bien, Toni.

—La Toni sabe cuándo la Jessi no está bien. Y ahora la Jessi no está bien.

—Estoy cansada. Solo es eso.

—Vale, cari. Pero descansa, ¿eh? Y dale un beso a la nena.

Se va calle abajo con su abrigo rosa palo brillando bajo las farolas como un flamenco perdido en el polo norte. Yo me quedo un segundo viéndolo irse. Luego me doy media vuelta y subo hacia mi portal.

Cuatro pisos. Sin ascensor. La espalda me mata.

Llego a casa. Nala me recibe brincando como si llevara un mes fuera, que casi.

La cojo en brazos un segundo, le doy un beso, la suelto, le pongo el arnés.

Abajo otra vez los cuatro pisos. Hace un frío que pela.

Nala mea contra el árbol de siempre como si llevara aguantándolo desde las ocho de la mañana, que es exactamente lo que ha hecho.

Perdona, gorda, perdona. Hace sus cositas, recojo con la bolsita, y subimos los cuatro pisos otra vez.

Le pongo el pienso de la cena. Se lo come en cuarenta segundos. Me siento en el sofá con ella en el regazo. Miro el techo.

¿Esto es todo? ¿Esto es ya todo?

Esta noche tampoco me contesta nadie.

El lunes me toca volver al hotel. Otra vez. Veinte habitaciones. Catorce horas de dolor de espalda al día.

Apago la luz. Nala se acomoda en el hueco de siempre, encima de mi pecho.

Mañana es sábado. Por lo menos eso.