Próxima Estación: Parla CAPÍTULO 1
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Próxima Estación: Parla

Próxima Estación: Parla

Por Noelia Castillejo

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CAPÍTULO 1

Más de barrio que los columpios

EL DESPERTADOR suena a las seis y media y yo ya llevo veinte minutos despierta mirando al techo.

Eso me pasa siempre. El cerebro se me enciende antes que la alarma como si tuviera miedo de quedarse dormido y que yo llegara tarde al curro.

Pues mira, cerebro, gracias, pero descansa un poco que no te paga nadie por madrugar.

Nala está hecha un ovillo encima de mi pecho.

Pesa cuatro kilos y medio y respira como si fuera un dragón.

Cruce de chihuahua y shih tzu, los ojos saltones, el pelo medio largo medio corto porque al Toni se le va la cabeza cada vez que la peina y le hace cosas raras.

La última vez le puso un lazo rosa y la perra lo miró con un odio que yo no he visto ni en mi exsuegra.

—Buenos días, gorda —le digo, y le acaricio la cabeza.

Ella abre un ojo. Solo uno. El otro lo mantiene cerrado como diciendo a ver tía, son las seis y media, no me jodas . Y vuelve a cerrar el ojo.

—Ya, ya lo sé. Pero hay que currar.

Me incorporo en la cama y Nala protesta con un gruñidito de esos suyos, mitad indignación mitad sueño.

La aparto con cuidado y pongo los pies en el suelo.

Frío. Joder, qué frío. El piso de mi madre tiene cuarenta años y los radiadores hacen un ruido como de tubería antigua pero calentar, lo que se dice calentar, calientan poco.

El piso. Bueno. El piso era de mi madre.

Ahora es mío técnicamente porque cuando se murió hace siete años no había nadie más a quien dejarlo.

Mi padre se piró cuando yo tenía cuatro y no he vuelto a saber nada de él.

Mi madre era hija única. Yo soy hija única.

Así que la rama familiar se acaba en mí como un árbol al que le han ido cortando trozos hasta que solo queda el tronco.

Y el tronco soy yo. Y Nala, que aunque no comparta ADN es mi hija y punto.

Mi Nala es para mí, como Andreíta para Belén, todo.

Voy al baño arrastrando los pies. Me miro en el espejo.

Treinta y cinco años. Ojeras. Pelo castaño con esas raíces que ya gritan que me toca peluquería desde hace un mes.

La cara que tengo es la cara que tengo, ni más ni menos, y hace tiempo que dejé de pelearme con ella.

Esto es lo que hay, Jessi. No te quejes que peor lo tiene la Conchi del segundo.

Me lavo los dientes con la pasta del Mercadona que está casi terminada y hago la nota mental, comprar pasta de dientes, que ya van tres mañanas pensándolo. Me echo agua en la cara, me hago una coleta y al lío.

La cocina huele a café antes de que yo lo prepare porque ayer me dejé los posos en el filtro como una guarra.

Lo limpio. Pongo cafetera nueva. Mientras se hace, le pongo a Nala su pienso en el cuenco azul que tiene su nombre escrito con letras rosas porque el Toni me regaló el cuenco y, claro, le puso el nombre con letras rosas.

Cari, la nena se merece luxury , me dijo.

La nena se merece dormir y comer y mearse en el árbol de delante del portal, pero vale, Toni, vale, letras rosas.

Me siento a la mesa de la cocina. La luz que entra por la ventana es esa luz gris de noviembre que parece que está enfadada con el mundo.

Desde aquí veo los bloques de enfrente. Los mismos bloques que llevo viendo desde que tengo memoria.

Las mismas ventanas. Las mismas persianas.

La del cuarto izquierda siempre tiene la persiana bajada y yo no he visto al vecino en mi vida.

Debe estar muerto, o ser vampiro, o haberse mudado en 2003, vete tú a saber.

Parla. Más de barrio que los columpios. Aquí nací, aquí me crié, aquí sigo. Hay gente que sale del barrio y vuelve hablando como pija, como si Madrid centro fuera París. Yo no. Yo soy de aquí y soy de aquí cuando hablo, cuando río y cuando me cabreo. Y me cabreo mucho.

El café me sabe a gloria. Tres sorbos y empiezo a ser persona. Nala viene a sentarse a mis pies como diciendo dame algo, perra mala, dame algo . Le doy un trocito de mi tostada. No debería. Lo sé. Pero es que me mira con esos ojos y yo qué hago, ¿se lo niego? Eres más blanda que un flan, Jessi.

A las siete y media salgo de casa. Bajo los cuatro pisos a pie porque el ascensor lleva roto desde octubre y la comunidad dice que ya, que la semana que viene, que esta semana seguro.

Lo dicen desde octubre. En la portería hay un cartel pegado con celo que pone DISCULPEN LAS MOLESTIAS y yo cada vez que paso pienso disculpen ustedes las suyas también, gilipollas .

Calle Real. Frío. Gente con cara de no haber dormido bien y prisa por llegar a ninguna parte. Saludo a la Mari del estanco que ya está subiendo la persiana metálica. La Mari es de las que llevan aquí desde los noventa y sabe la vida de medio Parla.

—¡Jessi, guapa! ¿Qué tal?

—Tirando, Mari, tirando.

—¿Y la perrita?

—Comiendo. Como siempre.

—Esa perra come mejor que mi marido.

Me río. Sigo andando. La Mari se queda riéndose sola en la puerta del estanco como si hubiera dicho el chiste del siglo. Bendita sea.

Bajo andando hasta la estación de Cercanías de Parla.

C-4. La línea de mi vida, la que llevo cogiendo desde que tengo uso de razón, primero con mi madre cuando me llevaba al centro de pequeña a ver las luces de Navidad, después yo sola cuando empecé a currar.

El andén está lleno de la misma gente de cada mañana.

El señor del bigote que lee el Marca doblado por la mitad.

La chica joven que se duerme de pie con los cascos puestos.

El tipo de la mochila enorme que nunca se sabe a qué se dedica.

Todos en silencio, todos con esa cara de a ver si llega ya el puto tren .

El tren llega con un par de minutos de retraso, como siempre. Subo. Me siento al fondo del vagón, junto a la ventana, porque ese es mi sitio y el día que me lo quiten, alguien va a tener un mal día. Hoy no me lo han quitado. Bien.

Apoyo la cabeza en el cristal. Media hora hasta Atocha. Media hora para pensar. Para no pensar. Para pensar en todo y en nada a la vez. ¿Por qué sigo en este curro? Porque hace falta. ¿Hasta cuándo? Hasta que no haga falta. ¿Y eso cuándo será? Calla, Jessi, y bebe café del termo, anda.

Me pongo los cascos. Camela. Me da la vida.

Mi curro es limpiar habitaciones en el Hotel Berenice.

Cinco estrellas, boutique, discretito, en una calle del centro de esas que parecen tranquilas pero que cobran lo que cobran porque están donde están.

Yo llevo siete años allí. Siete. Empecé a los veintiocho, justo después de que se muriera mi madre, porque necesitaba algo fijo y rápido y no estaba en condiciones de andar mirando mucho.

El sueldo no era gran cosa pero era seguro.

Y ahí sigo. Mil doscientos al mes ahora que han subido el mínimo, propinas si hay suerte, y la espalda hecha mierda de doblarme a hacer camas.

La espalda me duele desde las ocho de la mañana hasta que me acuesto a las once.

Catorce horas de dolor de espalda al día. Las cuentas son las cuentas.

Pero hoy es viernes. Y los viernes están el Toni y la Moni esperándome al salir, porque los viernes vamos al Pepe a tomarnos unas cañas y a hablar de gilipolleces y a desahogarnos de la semana.

El Toni con sus historias del trabajo, la Moni quejándose del Izan y de la nómina, y yo en medio escuchándolos y riéndome y diciéndome que aunque la vida sea esta mierda, por lo menos los tengo a ellos.

El tren llega a Atocha. Bajo. Camino diez minutos hasta el hotel.

Entro por la puerta de servicio, saludo a la Pepa de recepción del personal, ficho con la tarjeta y subo al vestuario.

Me pongo el uniforme. Negro y blanco, discreto, profesional, todo lo que pide el hotel.

Me ato el delantal. Me recojo bien la coleta. Y a currar.

Hoy me toca planta tres. Habitaciones trescientos uno a trescientos veinte. Un día normal. Una jornada normal. Una mierda de jornada normal como las demás.

Cojo el carrito. Las ruedas chirrían igual que ayer, igual que anteayer, igual que el lunes. Lo empujo por el pasillo enmoquetado. Huele a ambientador caro y a sábanas limpias, que es como huele este sitio siempre, como si el dinero tuviera olor propio y el mío no llegara ni para olerlo.

Empiezo por la 301.

Solo tengo que aguantar hasta las tres. A las tres me espera el Toni con sus historias y la Moni con sus quejas y una caña fría en el Pepe . Esa es toda mi filosofía de vida ahora mismo. Aguantar hasta las tres.