Protocolos para un corazón roto Capítulo 16
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Capítulo 16

LEVI

Elegí el anillo con Josie, no con Cole, porque según ella "ningún hombre de esta familia tiene el más mínimo gusto para joyas", y me pasé una tarde entera en una joyería de la ciudad descartando opciones que a mí me parecían perfectas y que ella rechazaba una tras otra con el ceño fruncido.

—Ellie no es de diamantes enormes. Es de cosas sencillas que signifiquen algo de verdad.

—¿Y esto? —le pregunté, señalando un anillo fino, con una piedra pequeña que no llamaba especialmente la atención.

Josie lo miró un buen rato, lo giró bajo la luz, y por fin asintió con la misma seriedad con la que había interrogado mis intenciones meses atrás.

—Este. Este es exactamente el que ella elegiría si tuviera que elegir el suyo propio.

Kessler se mudó a mi casa oficialmente ese mismo mes, después de meses repartiendo su tiempo entre el apartamento de Ellie y el terreno de entrenamiento, y Rex tardó exactamente dos días en aceptar que ya no era hijo único.

Se pasaban las tardes enteras persiguiéndose por el patio, y Ellie decía en broma que aquello había sido, de largo, la fusión familiar más sencilla de todas las que tuvimos que hacer, muchísimo más simple que juntar a mi madre con la suya en la misma mesa de Acción de Gracias.

Le pedí matrimonio tres meses después de la gala, no con ningún despliegue teatral como el del micrófono, sino un sábado cualquiera, en el mismo parque donde Kessler se había tirado la primera vez a por un pato, arrodillado en el mismo barro que nos había empapado a los dos aquella mañana de lluvia.

—Esto es mucho menos espectacular que lo de la gala —le dije, con el anillo temblándome en la mano tanto como me había temblado la voz aquella noche.

—Me gusta más así. Lo de la gala fue para el resto del mundo. Esto es solo nuestro.

Dijo que sí antes incluso de que terminara la pregunta completa, y Kessler, que llevaba semanas entrenada por Cole a la perfección, eligió justo ese momento para llevarnos, en la boca, la cajita vacía que yo había escondido torpemente en su arnés, arruinando cualquier intento de solemnidad que hubiera quedado en el ambiente.

Nos casamos ocho meses después, en un jardín a las afueras de Millbrook que Cole insistió en decorar con demasiadas luces, discutiendo con Ellie sobre si iban por dentro o por fuera de las vigas exactamente igual que había discutido conmigo años atrás para otra boda que nunca llegó a celebrarse.

—¿Te resulta raro? —me preguntó Ellie la noche antes, mientras repasábamos juntos la distribución de las mesas—. Casarte en el mismo sitio, con la misma carpa, casi.

—Al principio me lo pareció. Pero cuanto más lo pienso, más me gusta la idea de que este jardín por fin sirva para la boda correcta, en vez de quedarse como el escenario de la que no fue.

La mañana de la boda, Josie se presentó en casa de Ellie a las siete, con rulos, dos botellas de champán y una lista de tareas tan larga que ni siquiera dio tiempo a desayunar como es debido antes de que empezara el desfile de peluquera, maquilladora y costurera de última hora.

—Estás temblando —le dijo Josie, mientras le abrochaba los últimos botones del vestido.

—Estoy nerviosa.

—¿De las buenas o de las malas?

—De las que nunca había sentido antes de hoy.

Josie se quedó mirándola por el espejo, con los ojos ya empañados a pesar de que faltaban horas todavía para la ceremonia.

—Me acuerdo de cuando le pusiste el nombre de una paciente a tu perro solo para tener excusa de verle los sábados. Si alguien me hubiera dicho entonces que íbamos a acabar aquí, no me lo habría creído.

—Yo tampoco.

—Pues aquí estamos. Ahora deja de temblar y ve a casarte con tu adiestrador de perros, que Millbrook entero lleva semanas esperando este día tanto como tú.

Whitney me escribió una semana antes de la boda, un mensaje corto, casi tímido, felicitándome y deseándome que fuera feliz de verdad esta vez.

Le contesté con la misma brevedad, agradeciéndoselo, sin rencor ya en ninguna de las dos direcciones, cerrando por fin un capítulo que llevaba más de un año pesando más de lo que debería.

Ellie llevaba un vestido sencillo, nada que ver con los que había visto en las revistas que Josie le enseñaba entusiasmada cada semana durante los preparativos, y cuando le pregunté por qué había elegido ese en vez de alguno más "propio de su nivel", como habría dicho Carol Whitfield, se limitó a contestarme que ya había aprendido, a base de errores caros, que lo que de verdad importaba nunca llevaba etiqueta de precio.

Josie organizó la despedida de soltera dos semanas antes, con la excusa de "solo una cena tranquila" que resultó ser cualquier cosa menos tranquila, con Ozzie incluido en la lista de invitadas por decreto de Josie, que se negó en redondo a celebrar nada sin su nuevo cómplice de vida.

—Por Ellie —brindó Josie esa noche, ya con la tercera copa de más—, que ha tardado treinta y cuatro años en aprender que el amor de verdad no se factura ni se retrasa con excusas de laboratorio.

—Por Ellie —repitió Ozzie—, la única cirujana que conozco capaz de arruinar su propia reputación profesional por amor y salir ganando de todas formas.

Ellie se rio hasta que le dolió el estómago esa noche, rodeada de la única familia que de verdad le importaba, y me contó al día siguiente que había sido, sin comparación posible, la mejor despedida de soltera que podría haber imaginado.

Kessler y Rex corrieron sueltos durante toda la ceremonia, ajenos por completo a la solemnidad del momento, y en algún punto de los votos Kessler decidió que el ramo de flores de la madrina merecía una investigación olfativa detallada, cosa que hizo reír a toda la sala en el momento exacto en que Ellie estaba a punto de llorar de verdad.

Nuestros votos fueron cortos, sin ninguna de las frases grandilocuentes que había visto en tantas bodas ajenas a lo largo de los años.

—Prometo no volver a retrasarte nunca ninguna cita importante —dijo Ellie, con la voz quebrada—, y prometo, sobre todo, no dejar que ninguna Carol Whitfield del mundo vuelva a decidir por mí lo que merezco.

—Prometo seguir enseñándote a caminar sin tirar de la correa —contesté yo, arrancando una carcajada general que rompió la tensión del momento—, y prometo, cada día, recordarte que elegiste esta cara, tal y como es, y que pienso conservártela intacta el resto de nuestra vida juntos.

Ozzie y Josie, que llevaban juntos desde la noche de la gala sin que ninguno de los dos se hubiera molestado en anunciarlo formalmente hasta que ya era imposible disimularlo, hicieron de padrinos, y Ozzie aprovechó su turno del brindis para contar, con lujo de detalles que Ellie jamás le había autorizado a compartir, toda la historia de los retrasos fingidos en la agenda de la consulta.

—Así que ya lo sabéis —terminó, levantando la copa—. Si alguna vez la doctora Marsh os retrasa una cita sin motivo aparente, comprobad primero si no se ha enamorado de vosotros. Sale más barato que cualquier tratamiento de la consulta, y dura mucho más.

Josie se levantó después, con una copa en una mano y un pañuelo ya preparado en la otra, sabiendo de sobra que no iba a aguantar el brindis entero sin llorar.

—Llevo toda la vida viendo a mi hermana arreglar caras ajenas y descuidar la suya propia —dijo, con la voz ya temblando—.

Me alegra muchísimo que por fin alguien le haya enseñado que también se puede confiar en algo sin necesidad de retrasarlo dos meses primero.

Te quiero, Ellie. Y a ti, Levi, gracias por hacerla tan insoportablemente feliz que ya no tengo ningún cotilleo jugoso que sonsacarle.

Mi madre lloró durante toda la ceremonia, mi padre no dijo una palabra hasta el brindis final, cuando levantó su copa y soltó la frase más larga que le había oído decir en años.

—Este chico lleva toda la vida arreglando lo que otros dan por roto, perros incluidos. Me alegra que por fin alguien se haya dado cuenta de que a él tampoco le hacía falta ningún arreglo, solo la persona correcta mirándolo bien.

Marcus, el paciente de las quemaduras, se acercó a felicitarnos durante el cóctel, con su mujer del brazo y una copa que apenas había tocado.

—Doctora Marsh, no sé si se acuerda, pero usted me dijo una vez que la cara que de verdad importa es la que uno decide seguir habitando, no la que otros esperan ver.

Viéndola hoy aquí, casándose con este hombre en vez de con alguno de traje carísimo, me parece que se aplicó su propio consejo mejor de lo que yo pensaba entonces.

—Me alegra que se acordara de esa frase, Marcus.

—Cómo no acordarme. Fue la primera vez que un médico me habló de mi cara como si todavía me perteneciera a mí y no al accidente.

Su mujer, que había permanecido callada durante toda la conversación, añadió, con una sonrisa tímida, que la boda de Ellie y Levi le había recordado a la suya propia, mucho más modesta que las que solían aparecer en las revistas que Ellie atendía cada gala.

—A veces las bodas más sencillas son las que de verdad se recuerdan —dijo—. Todo lo demás es decorado.

Ellie asintió, guardándose esa frase para repetírsela a sí misma cada vez que alguna paciente futura le insistiera en que necesitaba más de lo que ya tenía para sentirse suficiente.

Cortamos la tarta poco después, una tarta sencilla que Ellie había elegido expresamente sin el menor rastro de dorado ni de las decoraciones exageradas que solían llevar las tartas de las bodas de su círculo social, y Cole se encargó, entre risas generales, de manchar a propósito la nariz de Ellie con un trozo entero, vengándose así, según él, de todas las bromas que ella le había hecho durante los meses de preparativos.

El primer baile lo abrimos con una canción que Cole había elegido sin consultarnos, algo lento y anticuado que ni Ellie ni yo reconocimos hasta el segundo estribillo, y que resultó ser, según nos confesó él mismo entre risas, la misma canción que sonaba en la radio de su coche el día que me llevó a comprar el traje.

—No tenías por qué ponerle tanto significado a una canción de la radio —le dije, mientras bailábamos.