Protocolos para un corazón roto Capítulo 15
88%

Capítulo 15

ELLIE

La gala llegó antes de que hubiera decidido qué hacer con la idea a medio formar de "algo más grande que un perro" que llevaba semanas rondándome, y me presenté esa noche con el peso añadido de saber que, si no encontraba el valor pronto, otro año más pasaría sin que hubiera hecho nada de verdad significativo con mi vida fuera del quirófano.

Pasé la tarde anterior repasando mentalmente todos los discursos de apertura que había dado en tres años de galas, buscando en ellos alguna pista de la mujer que se escondía detrás de tanto agradecimiento protocolario a los donantes, y no encontré ni rastro de ella.

Cada discurso sonaba igual de pulido, igual de profesional, igual de vacío de cualquier cosa que de verdad me importara.

Esa noche, decidí antes incluso de salir de casa, sería distinta.

Ozzie me acompañó hasta el salón antes de que llegaran los primeros invitados, revisando conmigo, por rutina, los últimos detalles del montaje: las mesas numeradas, el atril con el micrófono, la pantalla donde proyectábamos cada año el vídeo con los testimonios de los pacientes del fondo benéfico.

Todo parecía exactamente igual que en las galas anteriores, salvo por la insistencia extraña de Ozzie en comprobar dos veces que el micrófono inalámbrico tuviera batería de sobra.

—¿Por qué tanto interés en la batería del micrófono este año?

—Prevención, Ellie. Uno nunca sabe cuándo va a hacer falta.

No le di más importancia, aunque en retrospectiva debería haber sospechado algo de esa insistencia tan poco propia de él.

Me vestí esa noche con más cuidado del habitual, no por vanidad, sino porque necesitaba sentirme lo bastante segura como para hacer, en algún momento de la velada, algo que llevaba días posponiendo por miedo.

Josie me ayudó con el vestido, y aunque no le había contado el plan a medio formar que rondaba en mi cabeza, algo en su forma de mirarme por el espejo me hizo sospechar que sabía más de lo que aparentaba.

—Tienes cara de estar a punto de hacer algo importante.

—Puede.

—¿Puedo ayudar?

—Ya me has ayudado bastante, solo con estar aquí.

Se le empañaron un poco los ojos, cosa rara en ella delante de un espejo, y me apretó la mano antes de que ambas bajáramos a coger el coche que nos llevaría a la gala.

El salón estaba, como cada año, lleno de trajes oscuros y vestidos de gala que costaban más de lo que muchas familias de Millbrook ganaban en un mes, y por primera vez desde que empecé a organizar esas veladas sentí que todo aquel despliegue, en vez de reconfortarme, me pesaba de una forma que nunca antes había notado.

Saludé a los donantes de siempre, sonreí a las cámaras de siempre, y busqué entre la multitud, sin poder evitarlo, una cara que sabía que no debería esperar ver esa noche.

Ozzie estaba más nervioso de lo habitual mientras me ayudaba con los últimos detalles del discurso de apertura, mirando el reloj cada dos minutos con una insistencia que en su momento atribuí al estrés normal de organizar el evento del año.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté, mientras me ajustaba el micrófono.

—Perfectamente. Mejor que nunca, de hecho. Ve a dar tu discurso, que la gente ya está impaciente.

Subí al pequeño escenario, agradecí a los donantes de siempre con las palabras de siempre, y estaba a punto de ceder el turno a la banda cuando un movimiento entre la multitud me hizo perder el hilo de la frase que tenía preparada para cerrar.

Levi avanzaba entre las mesas, con un traje que le sentaba de una forma que no había visto nunca, y con una expresión decidida que contrastaba tanto con el hombre incómodo de la gala anterior que durante unos segundos dudé de si era él de verdad o si mi cabeza me estaba jugando una mala pasada.

—Perdón por la interrupción —dijo, cogiendo el micrófono de mi mano antes de que ninguno de los dos pudiera pensarlo dos veces—.

Sé que no soy de los que suelen hablar en estas galas.

De hecho, la última vez que estuve aquí, un señor llamado Richard me preguntó tres veces a qué me dedicaba, como si mi respuesta fuera a mejorar en algún momento.

Un murmullo de risas incómodas recorrió la sala. Busqué a Richard entre las mesas y le encontré con la copa a medio camino de la boca, sin saber muy bien qué hacer con la cara.

Un poco más allá, en la primera fila que Ozzie me había prometido, localicé a una mujer de collar de perlas y expresión escandalizada que solo podía ser Carol Whitfield, susurrándole algo a la mujer de al lado sin apartar los ojos de Levi ni un segundo, con la misma cara de quien está presenciando el cotilleo del siglo y ya está redactando mentalmente cómo va a contarlo mañana.

Dos de mis enfermeras, que llevaban años aguantando mis horarios imposibles sin quejarse jamás, me miraban desde su mesa con los ojos como platos, susurrándose entre ellas cosas que solo pude imaginar por la forma en que se llevaban las manos a la boca cada pocos segundos, mitad escándalo y mitad emoción genuina por verme, por primera vez en tres años de trabajo juntas, comportándome como algo más que la doctora Marsh de la agenda apretada.

—Adiestro perros —continuó Levi, sin perder la compostura—.

Es un trabajo honesto, no cambia caras ni salva vidas, pero enseña algo que a mí me ha costado mucho más aprender que a cualquier perro: que la confianza se construye con constancia, no con discursos bonitos.

Por eso vengo a decir esto en persona, delante de la gente que más le importa a Ellie profesionalmente, aunque me tiemblen las piernas más que a cualquier golden retriever el día de su primer baño.

Se giró hacia mí, ignorando por completo a las doscientas personas que nos miraban con una mezcla de curiosidad y escándalo contenido.

—Ellie, la primera vez que entré en tu consulta quería que me borraras la cara para dejar de ser el hombre al que habían dejado plantado.

Tú me dijiste que no lo harías por un motivo que no fuera mío, y aunque en ese momento no lo entendí del todo, ahora sé que esa fue la primera vez en meses que alguien me trató como si mereciera la pena seguir siendo exactamente quien soy.

Metí la pata con lo de Whitney, no te lo conté a tiempo, y lo siento de verdad.

Pero no pienso dejar que ese error defina lo que siento por ti, igual que no dejé que Whitney definiera quién soy.

La sala entera estaba en silencio, un silencio distinto al que había esperado en esa clase de eventos, más parecido a la expectación de un público que no sabe si está viendo un desastre social o algo que va a recordar durante años.

—Te quiero. Y no me importa lo que piense Richard, ni Carol Whitfield, ni nadie en esta sala sobre que huela a perro en vez de a colonia cara. Solo me importa lo que pienses tú.

Me quedé de pie, con el micrófono todavía en la mano de Levi y doscientas personas esperando mi reacción, y por primera vez en mi vida no me importó lo más mínimo dar un espectáculo delante de mis donantes.

—¿Puedo? —le pregunté, tendiendo la mano hacia el micrófono.

Me lo dio sin dudar. Respiré hondo antes de girarme hacia la sala, buscando entre las caras expectantes a mi madre, que se llevaba una mano al pecho, y a Ozzie, que grababa todo con el móvil sin ningún disimulo.

—Perdonad la interrupción al programa habitual de la gala —dije, con la voz más firme de lo que esperaba, dado que por dentro me temblaba absolutamente todo—.

Llevo tres años subiéndome a este escenario para hablar de cifras, de donaciones, de reconstrucciones que cambian vidas.

Nunca había hablado de mí misma, porque siempre pensé que mi vida privada no era asunto de nadie más que mío.

Pero este hombre acaba de demostrar más valor delante de todos vosotros del que yo he tenido en meses, y creo que le debo lo mismo.

Busqué su mirada antes de continuar, y encontré en ella la misma expectación nerviosa que debía de reflejar la mía.

—Le conocí porque quería que le cambiara la cara entera para dejar de ser el hombre al que habían abandonado en su propio pueblo.

Le dije que no, y en vez de aceptarlo sin más, me pasé dos meses inventando excusas médicas para verle los sábados, porque me había enamorado de él antes incluso de admitírmelo a mí misma.

Eso es poco ético, es probablemente motivo de sanción si alguien de la junta médica está escuchando, y es, sin ninguna duda, lo mejor que he hecho en toda mi carrera.

Un murmullo de risas, esta vez cómplices, recorrió la sala.

—Así que si esta noche alguno de vosotros se pregunta por qué la doctora Marsh, la que siempre habla de cifras y de proporciones faciales, está a punto de besar en público a un adiestrador de perros de Millbrook, la respuesta es sencilla: porque a veces la mejor decisión profesional de tu vida es la que decides no facturar.

Bajé del escenario sin importarme el micrófono ni las doscientas caras vueltas hacia nosotros, y le besé delante de toda la sala, con una intensidad que dejaba claro, mejor que cualquier discurso, todo lo que llevaba días sin decirle.

Alguien empezó a aplaudir, después otra persona, y en cuestión de segundos la sala entera estalló en aplausos que no sabía si eran por la escena romántica o por el alivio colectivo de no tener que seguir presenciando tanta sinceridad incómoda en mitad de una cena benéfica.

—Esto ha sido la cosa más ridícula y más bonita que me han hecho nunca —le dije, contra su boca, sin soltarle todavía.

—Ozzie me ayudó a colarme en la lista de invitados. Y Josie amenazó a un camarero para que me dejaran acceso al micrófono cuando terminaras el discurso.

Ferris se acercó a felicitarnos antes de que la noche terminara del todo, con una copa en la mano y la sonrisa de quien se atribuye, con toda la razón, parte del mérito.

—Debo decir que no esperaba que mi informe clínico terminara en semejante declaración pública, pero me alegra saber que la ausencia de patología resultó ser, al final, la mejor noticia posible para los dos.

—Le debemos una cena, doctor Ferris.

—Me deben más que eso, doctora Marsh, pero acepto la cena como primer pago.

Mi madre se acercó también, ya sin ningún rastro de la preocupación con la que me había llamado semanas atrás, y me abrazó con una fuerza que no recordaba de ella desde que era niña.

—Perdóname por lo de Carol Whitfield —me susurró al oído—. Debería haberte defendido desde el principio en vez de repetir sus tonterías.

—Ya está olvidado, mamá. Solo alégrate conmigo.

Y se alegró, durante el resto de la noche, presentando a Levi a todo el que se le cruzaba por delante con un orgullo tan exagerado que hasta a él le costó disimular la vergüenza.

Busqué a mi hermana entre la multitud y la encontré junto a Ozzie, los dos aplaudiendo con una satisfacción tan evidente en la cara que quedaba claro que llevaban semanas conspirando juntos sin que yo me hubiera enterado de nada.

Carol Whitfield se acercó a felicitarme antes de que la noche terminara, con la sonrisa tirante de quien ha decidido cambiar de bando en cuanto ha visto de qué lado sopla el viento social.

—Qué gesto tan romántico, querida. Nunca hubiera imaginado que tenía esa vena en él.

—Tiene muchas más cosas de las que usted podría imaginar, Carol. La próxima vez que llame a mi madre para comentar mi vida privada, dígale que estoy mejor que nunca, y que el hombre que huele a perro es, con diferencia, la mejor decisión que he tomado en años.

Carol no supo qué contestar a eso, y se alejó con la misma prisa con la que solía repartir sus opiniones no solicitadas, dejándome con la sensación satisfactoria de haber cerrado, por fin, un capítulo que llevaba semanas pesándome más de la cuenta.

Ozzie se acercó unos minutos después, todavía con el móvil en la mano, del que no había dejado de grabar ni un segundo del espectáculo.

—Tengo esto guardado en tres nubes distintas, por si algún día necesitas recordarle a alguien lo que hizo por ti.

—No creo que lo necesite nunca, Ozzie.

—Ya, bueno, guárdalo igual. Para cuando cumpláis diez años de casados y él se le olvide sacar la basura, entonces le enseñas el vídeo y le recuerdas de qué pasta está hecho.

Me reí, con una risa que llevaba semanas sin conseguir sacar de mí misma, y por primera vez desde la ruptura sentí que todo, de verdad, iba a salir bien.

Richard, el hombre del traje que había preguntado tres veces a qué se dedicaba Levi la primera gala, se acercó también, con una copa nueva en la mano y una expresión bastante más humilde que la de aquella noche.

—Debo disculparme —le dijo a Levi, tendiéndole la mano—. La primera vez que hablamos fui bastante condescendiente con su profesión. Después de lo de esta noche, me parece que se le da mejor entender el corazón humano que a la mitad de los terapeutas que conozco.

—Solo entiendo perros, la verdad. Pero por lo visto las personas no somos tan distintas.

Richard se rio, con una carcajada genuina que contrastaba con la sonrisa forzada de la gala anterior, y se despidió deseándoles lo mejor con una sinceridad que ninguno de los dos esperaba de él.