Capítulo 14
LEVI
Cole tenía razón en que necesitaba algo más grande que una disculpa, pero tardé una semana entera en dar con la idea, y cuando por fin la tuve, me pareció tan ridícula que estuve a punto de descartarla antes incluso de contársela a nadie.
Mi padre, que rara vez se metía en mis asuntos sentimentales, se acercó una tarde mientras yo reparaba la valla, con dos cervezas en la mano y una expresión que anunciaba que venía a decir algo importante.
—Tu madre dice que estás hecho polvo.
—Estoy bien, papá.
—No lo estás, pero no pasa nada, ya lo estarás.
Solo quería decirte una cosa: yo perdí a tu madre una vez, antes de que os tuviera a Cole y a ti, por una tontería parecida a la tuya, orgullo y miedo mezclados de mala manera.
Tardé tres meses en reunir el valor para ir a buscarla.
Fueron los tres meses más largos de mi vida, y todavía me arrepiento de cada día que tardé de más.
—¿Y qué hiciste?
—Me planté en la puerta de su casa con un ramo de flores tan feo que ella se rio en vez de cerrarme la puerta en las narices. A veces no hace falta el gesto perfecto, hijo. Solo hace falta presentarse.
Me quedé pensando en esa historia el resto de la tarde, con la certeza reconfortante de que si mi padre había conseguido recomponer algo tan roto con un ramo de flores feo, yo tenía, con un micrófono y un discurso medio ensayado, bastantes más posibilidades de las que mi ansiedad me dejaba creer.
Pasé esos primeros días sin ella replanteándome cosas que llevaba años dando por sentadas.
Millbrook, tan pequeño y tan mío, de repente me parecía un poco más pequeño sin la idea de que algún sábado Ellie pudiera aparecer por la calle principal con esa mezcla de fuera de lugar y decidida que la caracterizaba.
Hasta Cole lo notó, comentando que llevaba días entrenando a los perros con menos paciencia de la habitual, cosa que en mi trabajo era prácticamente un pecado capital.
Rex llevaba días notando mi mal humor, siguiéndome por la casa con esa lealtad incondicional que solo los perros parecen capaces de sostener sin condiciones.
Una tarde, mientras le cepillaba distraído sin prestarle demasiada atención, pensé en lo mucho que se parecía a mí en su forma de esperar sin quejarse, y decidí que ya era hora de dejar de esperar y actuar de una vez.
—Quiero hacer algo en su gala —le dije a Cole, mientras reparábamos juntos una de las jaulas del terreno—. La próxima es en un mes. Quiero presentarme allí, con toda esa gente de traje que me miró como si fuera un chiste, y decirle delante de todos lo que siento.
—¿Ya no te preocupa quedar como un idiota delante de Richard y compañía?
—Me preocupa más pasarme el resto de la vida preguntándome qué habría pasado si no lo hubiera intentado.
Cole sonrió con la satisfacción de quien lleva semanas esperando ese cambio de actitud.
—Vas a necesitar un traje mejor que el de la última vez.
—Voy a necesitar mucho más que un traje.
Los primeros días después de decidirme, me costó horrores concentrarme en el trabajo.
Un cliente nuevo trajo un border collie con problemas serios de ansiedad por separación, un caso que en cualquier otra circunstancia me habría absorbido por completo durante semanas, y en cambio me sorprendí más de una vez repitiendo ejercicios básicos con la cabeza puesta en otra parte, pensando en frases para un discurso que todavía no tenía ni la mitad de armado.
—Estás en las nubes —me dijo la dueña del border collie, la tercera vez que tuve que pedirle que repitiera la pregunta.
—Perdone. Tengo la cabeza en otro sitio estos días.
—Espero que sea algo bueno.
—Espero que sí también, la verdad.
Esa noche, ya en casa, estuve a punto de llamar a todo el plan y dejarlo correr.
Me senté en el porche con Rex a mi lado y una cerveza que no me apetecía de verdad, pensando en todas las formas en las que aquello podía salir mal: que Ellie no quisiera saber nada más de mí, que la delante de toda esa gente resultara ser más humillante que romántico, que Carol Whitfield tuviera razón después de todo y yo simplemente no encajara en ese mundo por mucho discurso bonito que preparara.
Fue una llamada de mi madre, sin que se lo hubiera pedido, la que me sacó de esa espiral.
—¿Qué haces despierto tan tarde?
—Dudando, mamá.
—De eso ya me he dado cuenta yo sola, hijo. La pregunta es de qué dudas exactamente.
—De si merece la pena arriesgarme a quedar como un idiota delante de doscientas personas por una mujer que ni siquiera me ha contestado el teléfono en una semana.
Se quedó callada un momento, el mismo silencio que solía preceder a sus consejos más certeros.
—Levi, tú te pasaste seis semanas queriendo cambiarte la cara entera para no tener que enfrentarte a las miradas de un pueblo entero.
Y ahora dudas de plantarte delante de doscientas personas por algo en lo que sí crees.
Me parece que ya sabes la respuesta, solo te falta decírtela a ti mismo en voz alta.
Colgué esa llamada con la decisión ya tomada del todo, sin ninguna duda nueva capaz de hacerla tambalear.
Llamé a Ozzie, no a Ellie, porque necesitaba un cómplice dentro de la organización de la gala y porque, a pesar de la frialdad con la que me había atendido al teléfono la semana anterior, sabía que en el fondo estaba de mi parte más que de nadie.
—¿Quieres colarte en la gala de la clínica para montarle una escena romántica a mi jefa? —repitió, cuando se lo expliqué—. Levi, eso es lo más ridículo y lo más bonito que he oído en mi vida, en ese orden. Cuenta conmigo.
—¿Y Josie?
—Josie estará encantada de conspirar contra su propia hermana por una buena causa. Es prácticamente su deporte favorito.
Conocí a Josie en persona por primera vez esa misma semana, en un café a medio camino entre Millbrook y la ciudad que ella misma eligió "por seguridad, para que Ellie no nos pille por sorpresa".
Llegó diez minutos tarde, pidió un café que no se bebió, y se pasó los primeros cinco minutos observándome con el mismo escrutinio clínico que había visto en su hermana la primera vez que entré en su consulta.
—Así que tú eres el famoso adiestrador de perros.
—Y tú eres la hermana cotilla. Encantado, por fin le pongo cara a la leyenda.
Se rio, con una carcajada tan parecida a la de Ellie que por un momento me desconcertó del todo.
—Vale, me caes bien. Eso no significa que no vaya a hacerte pasar por un pequeño infierno de preguntas antes de ayudarte con esto, porque mi hermana es lo más importante que tengo, y si le rompes el corazón otra vez, te prometo que ningún abogado de este estado te va a poder ayudar cuando termine contigo.
—Me parece justo.
Me hizo preguntas durante cuarenta minutos, sobre mis intenciones, sobre Whitney, sobre si de verdad entendía en lo que me estaba metiendo al mezclarme con una familia que hablaba de dinero con la misma naturalidad con la que la mía hablaba del tiempo.
Contesté cada una con la mayor sinceridad que tenía, y al final, cuando ya se levantaba para irse, me sorprendió con un abrazo tan repentino como su carcajada inicial.
—Bienvenido a la familia, Levi. Ahora vamos a planear cómo colarte en esa gala sin que mi hermana sospeche nada.
Llamé también a Ferris esa semana, no porque necesitara su permiso para nada, sino porque sentía que le debía saber cómo había terminado la historia que él mismo había ayudado a destrabar meses atrás.
—Así que al final no hubo cirugía —dijo, con la satisfacción tranquila de quien ve confirmado un diagnóstico—. Me alegra saberlo. Y me alegra todavía más lo otro, aunque no debería decirle a un paciente que apruebo su vida sentimental.
—¿Va a venir a la gala?
—Todos los años dono lo suficiente como para tener mesa reservada. No me lo perdería por nada del mundo, sobre todo ahora que sé lo que se avecina.
Fui a comprar el traje con Cole el jueves antes de la gala, a la única tienda de la ciudad que él consideraba "digna de la ocasión".
El dependiente, acostumbrado sin duda a trajes de gala mucho más ostentosos, me miró con una mezcla de curiosidad y simpatía cuando le expliqué, sin poder evitarlo, para qué necesitaba exactamente aquel traje.
—Con esa historia, señor, le hago un descuento del veinte por ciento. Que la doctora diga que sí es lo mínimo que le debo a mi profesión.
Entre los dos me ayudaron a colarme en la lista de invitados sin que Ellie lo supiera, a conseguir un traje que esta vez me sentara de verdad en vez de prestado a última hora, y a planear el momento exacto en el que aparecería, después del discurso de apertura, cuando toda la sala estuviera pendiente del micrófono que Ellie usaba cada año para agradecer a los donantes.
—Una cosa más —le dije a Ozzie, la última vez que hablamos antes de la gala—. Necesito saber quién es exactamente esa tal Carol Whitfield, la que le ha estado llenando la cabeza a la madre de Ellie con comentarios sobre mí.
—Carol Whitfield es la reina no coronada de todas las galas benéficas de la ciudad, dona una fortuna cada año, y se cree con derecho a opinar sobre la vida de cualquiera que conozca desde hace más de diez minutos. Va a estar en primera fila, como siempre.
—Perfecto. Que esté en primera fila.
Ozzie se rio con ganas al oír eso, con la satisfacción de quien anticipa un espectáculo que va a disfrutar de principio a fin.
La semana antes de la gala fue la más larga de mi vida, más larga incluso que las seis semanas después de que Whitney me dejara plantado, porque esta vez sabía exactamente lo que tenía que perder si me equivocaba de nuevo.
Mi madre, cuando por fin le conté el plan completo, se quedó mirándome con una mezcla de orgullo y preocupación que no le había visto desde que anuncié la boda con Whitney.
—¿Estás seguro de esto, Levi? Delante de toda esa gente, si sale mal…
—Si sale mal, al menos sabré que lo intenté con todo lo que tenía, mamá. Eso es más de lo que puedo decir sobre las últimas seis semanas de mi vida.
Recibí una llamada inesperada dos días antes de la gala: el padre de Ellie, a quien apenas conocía de un par de cenas incómodas al principio de la relación, me pidió que quedáramos a solas, sin que ella lo supiera.
—No voy a hacerte ninguna de las preguntas que ya te habrá hecho Josie —me dijo, mientras tomábamos un café en un sitio que él mismo eligió, lejos de cualquier lugar donde pudieran vernos juntos por casualidad—.
Solo quiero decirte una cosa: mi hija es la persona más cabezota que conozco, y también la que más miedo tiene a que la abandonen, aunque ella jamás lo admitiría en voz alta.
Si vas a hacer esto, hazlo bien. No tendrás una segunda oportunidad después de esta.
—No pienso desperdiciarla.
—Lo sé. Por eso he venido a decirte esto y no a advertirte de nada.
Se despidió con un apretón de manos que se alargó un segundo más de lo normal, un gesto silencioso que entendí, sin necesidad de más palabras, como la bendición que ni él ni yo estábamos dispuestos a nombrar en voz alta.
Se despidió con un apretón de manos que se alargó un segundo más de lo normal, un gesto silencioso que entendí, sin necesidad de más palabras, como la bendición que ni él ni yo estábamos dispuestos a nombrar en voz alta.
Ella no dijo nada más, pero me abrazó más fuerte de lo habitual antes de que me fuera esa noche, un gesto que en mi familia valía más que cualquier discurso de ánimo que hubiera podido darme con palabras.
La noche antes de la gala apenas dormí. Me pasé horas repasando mentalmente lo que quería decirle, cambiando frases, descartando otras que sonaban demasiado ensayadas, hasta que Rex, cansado de verme dar vueltas por la habitación, se subió a la cama sin permiso y se tumbó encima de mis piernas con la contundencia de quien decide que ya basta de tanto nerviosismo.
—Tienes razón —le dije, rascándole detrás de las orejas—. Improvisar es lo único que se me ha dado bien de verdad en esta historia.
Cole pasó a buscarme a primera hora, con el traje ya planchado colgado en el asiento trasero de su coche y una expresión de quien lleva semanas esperando ese día tanto como yo mismo.
—¿Nervioso?
—Aterrorizado.
—Bien. Si no lo estuvieras, significaría que no te importa lo suficiente.
Condujimos hasta la ciudad casi en silencio, con la radio puesta muy baja. En algún punto del trayecto, Cole alargó la mano y me dio un apretón en el hombro, sin decir nada más, el mismo gesto que nuestro padre solía hacer cuando las palabras sobraban.
Recibí un mensaje de Ellie a mitad de camino, tan corto que a punto estuve de no darle importancia hasta que lo leí dos veces: "Nos vemos en la gala del sábado.
Ven, por favor." No supe si aquello confirmaba que sospechaba algo de mi plan, o si simplemente era su propia forma de tender un puente sin saber que yo ya iba de camino a cruzarlo.
Fuera como fuera, esa frase me quitó de golpe la mitad de los nervios que llevaba acumulados toda la semana.
—¿Todo bien? —preguntó Cole, notando el cambio en mi expresión.
—Mejor que bien. Creo que los dos estamos a punto de hacer la misma locura por separado.
—Eso suena prometedor.
—Eso espero.