Capítulo 13
ELLIE
Los tres mensajes de Levi seguían sin leer cuatro días después, no porque no quisiera leerlos, sino porque en cuanto los abriera dejaría de tener la excusa de la ignorancia para seguir enfadada.
Me refugié en el trabajo esos primeros días, aceptando más consultas de las que solía atender en una semana normal, como si llenar la agenda entera pudiera dejar menos espacio libre para pensar en Levi, en Whitney sentada en sus escalones, en todo lo que había roto sin darle a él ni una sola oportunidad de explicarse en persona.
No funcionó. El silencio se colaba de todos modos entre paciente y paciente, en cada hueco de cinco minutos que Ozzie no conseguía llenar con otra cita.
Kessler pasó esos primeros días pegada a mi cama, negándose a comer con las ganas de siempre, y hasta el veterinario, cuando la llevé a revisión rutinaria, me preguntó si en casa había habido algún cambio importante que pudiera explicar el bajón de ánimo de la perra.
—Una ruptura —le dije, sin entrar en detalles.
—Los perros lo notan todo, doctora. Absolutamente todo.
Volví a casa esa tarde con la sensación incómoda de que hasta mi propia mascota gestionaba mejor la situación que yo, que llevaba días fingiendo delante de todo el mundo que estaba bien mientras dejaba tres mensajes sin abrir en el teléfono como si eso pudiera detener el tiempo.
Ozzie me lo recordaba cada mañana, con distintas variantes de la misma pregunta.
—¿Ya los has leído?
—No.
—¿Y piensas leerlos alguna vez, o vas a dejar que se conviertan en arqueología digital?
—Estoy ocupada.
—Estás ocupada evitándolo, que es distinto. Y por cierto, le he dicho que no tenías huecos en la agenda "por tiempo indefinido", así que a estas alturas ya sabe que estás evitándolo también en el terreno profesional. Muy sutil, Ellie, de verdad.
Tuve una consulta esa misma semana con la mujer del "paquete completo" antes de su boda, la que quería estar "irreconocible" para el gran día.
Volvió para la revisión postoperatoria con las marcas ya casi desvanecidas, feliz con el resultado, y me preguntó, mientras yo le examinaba la cicatriz de la nariz, si yo también me estaba preparando para alguna boda próxima.
—No hay ninguna boda a la vista —le dije, más seca de lo que pretendía.
—Qué pena. Con esa cara que se le ha puesto esta última hora, cualquiera diría que sí la hay, solo que usted todavía no lo sabe.
No supe qué contestarle, y me limité a terminar la revisión en silencio, incómoda por la facilidad con la que una completa desconocida acababa de leerme mejor que yo misma llevaba semanas leyéndome.
Pasé esos días funcionando en piloto automático, atendiendo consultas con la sonrisa profesional de siempre y volviendo a casa cada noche a un apartamento que de repente parecía demasiado silencioso sin el ruido de fondo de las llamadas de Levi contándome cualquier tontería sobre algún perro nuevo.
Kessler notaba el cambio, o al menos eso quería creer yo, porque se pasaba las noches pegada a mis pies en vez de ocupar su rincón habitual del sofá, como si hubiera decidido que su trabajo, ahora, era vigilar que no me viniera abajo del todo.
Josie me llamaba cada dos días, con la excusa de preguntar por el trabajo y la intención real de comprobar si ya había leído los mensajes, y cada vez que le decía que no, suspiraba al otro lado de la línea con la paciencia de quien sabe que insistir demasiado pronto solo consigue el efecto contrario.
—Cuando estés lista, estarás lista —me dijo la última vez, antes de colgar—. Pero no dejes que "estar lista" se convierta en una excusa permanente, que ya te conozco.
Ozzie empezó a comportarse de un modo raro esa misma semana, encerrándose en su despacho a hacer llamadas que colgaba de golpe en cuanto yo pasaba cerca, y cuando le pregunté directamente qué estaba tramando, se limitó a decirme que estaba "coordinando los detalles de la gala", con una sonrisa que no me dio ninguna confianza.
—¿Qué detalles? Llevas organizando esa gala tres años sin necesitar ningún secretismo.
—Este año hay una sorpresa. Ya lo verás.
—Ozzie.
—No insistas, Ellie, que hasta yo sé guardar un secreto cuando de verdad importa.
Josie se pasó por la consulta esa misma tarde, sin cita, cargada con dos cafés que no había pedido nadie y una expresión demasiado inocente para ser sincera.
—¿Y a ti qué te pasa? —le pregunté, aceptando el café de todos modos.
—Nada. Solo quería verte.
—Josie, llevas la misma cara sospechosa que Ozzie esta semana. ¿Qué estáis tramando los dos?
—No sé de qué me hablas.
Se fue veinte minutos después, sin haber contestado a ninguna de mis preguntas de verdad, dejándome con la sensación clara de que toda la gente que me importaba se había puesto de acuerdo, sin decírmelo, para conspirar algo a mis espaldas por una buena causa.
La señora Kessler vino esa semana para su revisión de párpados, y en mitad de la consulta, sin venir a cuento, me preguntó si me pasaba algo, porque llevaba "cara de mujer que necesita más que bótox para arreglar lo que le pasa".
Fue la primera vez en tres años que una paciente me leía mejor de lo que yo misma quería que me leyeran, y la ironía de que fuera precisamente ella, la mujer que le había dado nombre a mi perra sin saberlo, no se me escapó.
—Es un tema personal, señora Kessler. Nada que un bisturí pueda arreglar.
—Qué pena. A veces desearía que la vida funcionara como mi cara: un par de retoques bien hechos y todo vuelve a su sitio.
—La vida no funciona así.
—Ya lo sé, querida. Por eso sigo pagándole a usted por la cara y arreglándome el resto yo sola, a las malas.
Se quedó un momento más de lo habitual en la puerta de salida, con la mano en el marco, como si algo más quisiera añadir antes de irse del todo.
—¿Puedo darle un consejo que no me ha pedido?
—Adelante.
—El hombre que de verdad merece la pena no es el que nunca comete errores. Es el que, cuando los comete, se queda a arreglarlos en vez de desaparecer. Yo enterré a dos maridos de la primera clase antes de aprender la diferencia. No cometa el mismo error que yo, doctora, y menos por orgullo.
Me quedé pensando en esa frase toda la tarde, entre paciente y paciente, y para cuando cerré la consulta esa noche ya había tomado, sin darme cuenta del todo, la decisión que llevaba días posponiendo.
Esa noche, después de cerrar la consulta, me senté por fin con el teléfono en la mano y abrí los tres mensajes que llevaba días sin atreverme a leer.
El primero decía: "Sé que tienes todo el derecho a estar enfadada. Lo de Whitney no fue nada, pero debería habértelo contado desde el principio, y no lo hice por miedo a que pensaras exactamente lo que estás pensando ahora."
El segundo, mandado unas horas después: "No voy a insistir más de lo razonable. Solo quiero que sepas que la eché de mi casa esa misma noche, después de que te fueras, y que no ha vuelto a aparecer desde entonces."
El tercero, el más corto, mandado tres días atrás: "Te quiero, Ellie. Lo supe la noche del sofá y lo he sabido cada día desde entonces. Espero que algún día me dejes demostrártelo mejor de lo que lo he hecho hasta ahora."
Leí el último mensaje seis veces seguidas, con Kessler dormida sobre mis pies, y por primera vez desde la discusión en la puerta de su casa, la rabia que llevaba días sosteniéndome empezó a resquebrajarse en algo mucho más parecido al miedo de haber tirado por la borda lo único bueno que me había pasado en años por orgullo.
Josie me encontró llorando otra vez, esta vez en el sofá en vez de en el almacén de la consulta, con el teléfono todavía en la mano.
—¿Ya los has leído?
—Los acabo de leer.
—¿Y?
—Y me ha dicho que me quiere, Josie. Y yo llevo cuatro días castigándole por algo que él mismo resolvió antes incluso de que yo se lo pidiera.
—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.
—No es tan fácil. No puedo presentarme sin más y esperar que todo se arregle solo porque yo por fin haya reunido el valor.
—¿Por qué no? Es exactamente lo que hiciste tú la primera vez que le compraste un perro para verlo los sábados. Y funcionó, si mal no recuerdo.
No pude discutirle eso, así que me pasé el resto de la noche pensando en cómo demostrarle a Levi que estaba dispuesta a hacer algo más grande que comprar un perro, algo que dejara claro, de una vez por todas, que no me importaba lo que dijera Carol Whitfield ni nadie de mi mundo sobre el hombre que había elegido.
Al día siguiente tuve una consulta con un paciente nuevo, un hombre joven que había sufrido quemaduras graves en un accidente laboral y que llevaba meses esperando turno para la reconstrucción que la clínica ofrecía gratuitamente a través del fondo benéfico de la gala.
Se llamaba Marcus, tenía la mitad de la cara marcada de una forma que ningún retoque estético iba a devolverle jamás a como era antes, y en vez de pedirme que le hiciera parecer otra persona, me pidió, con una serenidad que me dejó descolocada, que le ayudara a que su cara volviera a sentirse suya.
—Mi mujer dice que sigo siendo yo, exactamente el mismo de antes del accidente —me contó, mientras yo revisaba las radiografías—. Y le creo, doctora Marsh. El problema es que yo todavía no consigo verlo cuando me miro al espejo.
—Eso lleva tiempo. Más del que a uno le gustaría.
—¿Usted ha tenido que aprender eso alguna vez? A verse distinta de como se siente por dentro, digo.
La pregunta me pilló tan desprevenida que tardé unos segundos en contestar, pensando en Levi, en la cara que él tenía tanto miedo de seguir habitando, en la mía propia, que llevaba semanas escondiendo detrás de la doctora Marsh de las galas en vez de mostrar a la mujer que se reía a carcajadas en un bordillo de gasolinera.
—Últimamente sí. Más de lo que me gustaría admitir.
—No quiero parecer quien era antes del accidente —me dijo—. Solo quiero dejar de sentir que esta cara le pertenece al accidente y no a mí.
Pensé en Levi durante toda esa consulta, en la diferencia entre la gente que venía a mi clínica queriendo borrarse a sí misma y la gente, como Marcus, como el propio Levi en el fondo, que solo necesitaba que alguien le confirmara que la cara que tenían ya era suficiente.
Cuando Marcus se fue, con una cita programada para el mes siguiente y una expresión más ligera que la que traía al entrar, me quedé sentada en mi despacho un buen rato, con la certeza clara de que había llegado el momento de dejar de esconder lo que sentía por Levi detrás del miedo a lo que pensara la gente de mi mundo, exactamente igual que Marcus se negaba a dejar que el accidente decidiera quién era él.
Llamé a mi padre esa tarde, algo que no hacía casi nunca sin que mi madre estuviera también al teléfono de fondo, porque necesitaba una opinión que no viniera cargada de nombres como Carol Whitfield ni de preocupaciones sobre el qué dirán.
—Papá, ¿tú crees que estoy siendo una cobarde?
—¿Con el chico de los perros?
—Con el chico de los perros.
Se quedó callado un momento, el mismo silencio pensativo que sacaba a relucir cuando de verdad quería contestar algo con cuidado y no con la primera frase que se le ocurriera.
—Yo llevo treinta y ocho años casado con tu madre, Ellie, y te puedo asegurar que ni una sola vez me he arrepentido de haber elegido a la mujer que elegí en vez de a la que mis padres hubieran preferido para mí.
La gente de nuestro círculo también tenía opiniones entonces.
Ya no me acuerdo de ninguna de ellas. Lo que sí recuerdo es cada cena de los domingos desde entonces.
—¿Eso es un sí?
—Eso es un "deja de preguntarle a la gente equivocada si mereces ser feliz, y ve a averiguarlo tú misma".
Colgué con esa frase resonándome en la cabeza durante el resto de la semana, mientras seguía sin saber exactamente qué forma iba a tomar el gesto que le debía a Levi, hasta que dejé de intentar planificarlo del todo y decidí simplemente presentarme en su vida otra vez, sin manual de instrucciones, tal y como había hecho la primera vez que le compré un perro sin necesitarlo de verdad.
Conduje hasta Millbrook el sábado siguiente, esta vez decidida a bajar del coche por mucho que me temblaran las piernas.
Aparqué frente al terreno de entrenamiento, y esta vez no me quedé escondida detrás del volante: caminé directamente hasta la valla, donde Cole estaba dando de comer a los perros, exactamente como la primera vez que había estado allí sin atreverme a bajar.
—Tú eres la doctora —dijo, reconociéndome al instante, con una sonrisa que no supe si era de sorpresa o de alivio—. Llevas aquí más veces de las que crees que he notado.
—Lo siento. La primera vez me acobardé.
—Ya lo sé. Levi no lo sabe, pero yo sí. Vi el coche marcharse.
—¿Está aquí?
Cole negó con la cabeza, con una expresión extraña que no supe interpretar del todo.
—Ha ido a la ciudad. No me ha dicho para qué, pero llevaba un traje colgado en el asiento trasero, y Levi no se pone traje ni para las bodas de sus primos, así que algo se trae entre manos.
Volví a la ciudad esa misma tarde sin saber qué pensar, con la sospecha incómoda de que quizá los dos estábamos planeando, al mismo tiempo y sin saberlo, la misma clase de gesto desesperado, y con la determinación de que, esta vez, pasara lo que pasara, no iba a dejar que el orgullo decidiera por mí otra vez.
Le mandé un mensaje esa misma noche a Levi, el primero desde su última confesión sin contestar, corto y sin ningún adorno: "Nos vemos en la gala del sábado.
Ven, por favor." No mencioné que le había visto de lejos comprando un traje ni que Cole me había delatado sin querer.
Quería que lo que fuera a pasar esa noche naciera de los dos por separado, sin que ninguno supiera del todo lo que el otro estaba planeando, y así, cuando por fin coincidiéramos, la sorpresa fuera auténtica en ambas direcciones.
No contestó al mensaje, pero tampoco lo esperaba.
Me pasé el resto de la semana ensayando frases delante del espejo del baño, descartando la mayoría por sonar demasiado ensayadas, hasta quedarme con la certeza de que, llegado el momento, lo mejor sería simplemente decir la verdad sin adornos, tal y como había aprendido a hacer con él desde el primer día.