Capítulo 12
LEVI
No le conté a Ellie toda la verdad sobre la visita de Whitney, y esa omisión, pequeña al principio, se convirtió en la grieta por la que se coló todo lo demás.
Whitney había vuelto dos veces más esa semana, cada vez con una excusa distinta, cada vez quedándose un poco más de tiempo del que la excusa justificaba.
No sentía nada por ella que se pareciera remotamente a lo que sentía por Ellie, pero había algo perversamente familiar en volver a ser el centro de su atención, en que alguien de mi propio mundo, de mi propio pueblo, me mirara sin la sombra de duda que últimamente veía en los ojos de Ellie cada vez que volvíamos de algún sitio donde su gente nos miraba raro.
Cole me lo advirtió el jueves, mientras revisábamos juntos el material de una sesión.
—Todo el pueblo sabe que Whitney anda rondando el terreno otra vez. Como se entere Ellie por boca de otro, la vas a perder de verdad.
—No estoy haciendo nada malo, Cole.
—No hace falta que hagas nada malo. Basta con que no cuentes lo que pasa para que parezca que sí lo haces. Ya lo hiciste con la operación, ella con la operación, y ahora tú con esto. Los dos tenéis la misma manía de creer que callarse es más fácil que hablar.
No le hice caso, cosa que en retrospectiva fue el primer error de esa semana.
Ellie vino a Millbrook el sábado, sin avisar, y me encontró a Whitney sentada en los escalones de mi casa, esperándome con dos cafés que ella misma se había traído, como si aquello fuera todavía su costumbre y no un recuerdo viejo que debería haber dejado de repetirse hacía meses.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Ellie desde el coche, sin bajarse todavía.
—No interrumpes nada —contesté, acercándome a su ventanilla mientras Whitney seguía sentada en los escalones, sin moverse, observándonos con una curiosidad que no me gustó nada—. Whitney solo estaba a punto de irse.
—No parece que esté a punto de nada —dijo Ellie, bajando por fin del coche—. Lleva ahí sentada quince minutos con dos cafés que huelo desde aquí, Levi. Eso no es "a punto de irse".
—Ellie…
—Y lo peor no es que esté aquí. Lo peor es que no me lo habías contado, y me entero por casualidad, un sábado, presentándome sin avisar. ¿Cuántas veces más ha venido sin que yo lo supiera?
No contesté enseguida, y ese silencio, otra vez, dijo más de lo que cualquier mentira piadosa hubiera podido arreglar.
—Dos veces más —admití—. No sentía nada por ella, Ellie. Pero no supe cómo contártelo sin que sonara peor de lo que era.
—Sonaba exactamente igual de mal contado a tiempo que descubierto así, solo que contado a tiempo yo habría confiado en ti. Ahora no sé en qué confiar.
—No es justo que compares esto con lo que yo sentí cuando descubrí lo tuyo con el retraso de la cirugía.
—No estoy comparando nada. Estoy diciendo que los dos tenemos la misma costumbre de ocultar lo incómodo con la esperanza de que se resuelva solo, y ya he vivido antes cómo termina eso.
Whitney seguía en los escalones, fingiendo no escuchar, y Kessler, ajena por completo a la magnitud de lo que se estaba rompiendo entre nosotros, salió corriendo del coche a olisquearle los cafés sin el menor pudor.
—Necesito que decidas qué quieres, Levi. Y necesito que lo decidas sin necesitar dos semanas de silencio como la última vez.
—Ellie, espera.
No esperó. Se subió al coche, llamó a Kessler con un silbido seco, y se marchó por la misma carretera por la que había llegado hacía apenas quince minutos, dejándome en la entrada de mi propia casa con una taza de café frío en la mano que ni siquiera recordaba haber aceptado de Whitney, y con la sensación clara de haber estropeado, por segunda vez en la misma historia, lo único bueno que me había pasado en meses.
Whitney seguía en los escalones cuando volví a subir a la casa, y por primera vez desde que había reaparecido, la miré sin ninguna de las cosas confusas que había sentido las semanas anteriores.
—Vete a casa, Whitney.
—Levi…
—Vete a casa. Lo que teníamos se acabó hace meses, en un aparcamiento, con dos bolsas de la compra. No voy a fingir que puede volver solo porque a ti te haya convenido intentarlo ahora que Grant no ha salido como esperabas.
Se fue sin decir nada más, y me quedé solo en el porche, con Rex apoyando la cabeza contra mi pierna como si entendiera, a su manera limitada, que algo grave acababa de pasar.
Llamé a Ellie esa misma noche, tres veces, y las tres veces me saltó el buzón de voz sin ni siquiera un tono de espera, señal de que había rechazado la llamada directamente.
Le mandé un mensaje que no contestó. Y al día siguiente, cuando llamé a la consulta con la excusa de pedir cita para Kessler, Ozzie me dijo, con una frialdad que no le había oído nunca, que la doctora Marsh no tenía huecos disponibles en su agenda por tiempo indefinido.
Cole me encontró esa noche sentado en los mismos escalones donde antes había estado Whitney, con una cerveza sin abrir en la mano y Rex tumbado a mi lado.
—¿Tan mal ha ido?
—Tan mal.
—¿Vas a dejar que se quede así?
—No sé cómo arreglarlo, Cole. Le prometí que no iba a ser como Whitney, que no iba a desaparecer sin explicaciones, y en la primera oportunidad que tuve de demostrarlo hice exactamente lo contrario.
Cole se sentó a mi lado, me quitó la cerveza sin abrir de la mano y la abrió él mismo antes de devolvérmela.
—Entonces vas a tener que encontrar una forma de demostrárselo que sea más grande que el error, hermano. Porque conociéndote, sé que vas a tardar en decidirte, pero cuando lo hagas, mejor que sea algo que no deje ninguna duda.
No supe todavía qué forma podía tomar eso, pero la frase se me quedó grabada durante los días siguientes, mientras Ellie seguía sin contestar ni una sola de mis llamadas y el silencio entre los dos se iba asentando como algo que empezaba a parecer, otra vez, definitivo.
Ellie condujo de vuelta a la ciudad sin derramar una sola lágrima hasta que aparcó frente a su edificio, momento en el que se permitió, por fin, soltar todo lo que llevaba conteniendo desde los escalones de la casa de Levi.
Josie llegó veinte minutos después de la llamada más incoherente que Ellie le había hecho nunca, con pijama debajo del abrigo y una determinación que no admitía discusión.
—Cuéntamelo todo, despacio.
Ellie se lo contó, entre lágrimas y con Kessler subida al regazo como si supiera exactamente cuándo hacía falta un perro encima de las piernas de alguien.
—Le has colgado el teléfono tres veces sin escuchar su versión —dijo Josie, cuando terminó el relato—. ¿No crees que se merece al menos que le dejes explicarse?
—Se merecía habérmelo contado él solo, sin que tuviera que descubrirlo presentándome sin avisar.
—Eso es verdad. Pero tú tampoco le contaste lo de la cirugía hasta que se te escapó en un parque, y aun así le pediste que te perdonara y que confiara en ti después. A lo mejor los dos merecéis la misma oportunidad que os pedisteis el uno al otro la primera vez.
Ellie no contestó, porque no tenía ninguna respuesta que no sonara a excusa, y se quedó el resto de la noche mirando el móvil silenciado sobre la mesa, con los tres mensajes de Levi sin leer todavía en la pantalla, sin decidirse ni a abrirlos ni a borrarlos del todo.