Protocolos para un corazón roto Capítulo 11
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Capítulo 11

ELLIE

Mi madre me llamó el lunes siguiente a la gala, con esa voz suya que usaba solo cuando había estado hablando con alguien de la ciudad que le había contado algo que consideraba de mi incumbencia.

—Me ha llamado Carol Whitfield. Dice que te vio en la gala con un hombre que no era de los tuyos.

—¿De los míos?

—Ya sabes a qué me refiero, Ellie. Alguien de tu nivel. Dice que llevaba un traje que no le sentaba bien y que cuando le preguntó a qué se dedicaba, contestó que adiestraba perros, así, sin ninguna vergüenza.

—Porque no hay ninguna vergüenza en adiestrar perros, mamá.

—No he dicho que la haya. Solo digo que en tu posición, con la reputación que te has ganado a pulso, tienes que pensar en cómo te ven los demás. Carol dice que ya se está comentando.

Colgué el teléfono con más brusquedad de la que mi madre merecía, aunque no del todo injustamente, porque llevaba toda la semana con la misma inquietud rondándome desde la gala, solo que hasta ese momento no había tenido el valor de ponerle nombre en voz alta.

Ozzie lo notó esa misma tarde, cuando me pilló revisando la agenda de la semana con más atención de la necesaria.

—¿Qué te pasa ahora?

—Mi madre. Cotilleos de gala.

—¿Sobre Levi?

—Sobre que "no es de los míos", cito textualmente a una mujer a la que no soporto desde el instituto.

Ozzie dejó la carpeta que llevaba en las manos sobre el mostrador, con una seriedad que rara vez sacaba a relucir.

—Ellie, dime que no le vas a hacer caso a esa gente.

—No le hago caso. Pero tampoco puedo evitar preguntarme si tienen razón en algo. Si esto puede funcionar de verdad, o si en algún momento la diferencia entre su mundo y el mío se va a volver imposible de ignorar.

—¿Y prefieres romperle el corazón tú ahora, antes de averiguarlo, que arriesgarte a que la diferencia sea real más adelante?

No supe qué contestarle, porque puesto en esos términos sonaba exactamente tan cobarde como en el fondo sabía que estaba siendo.

Decidí ir a Millbrook ese mismo fin de semana, sin avisar, con la excusa de devolverle un jersey que se había dejado en mi apartamento y la intención real de comprobar con mis propios ojos si la diferencia entre nuestros mundos era tan insalvable como Carol Whitfield insinuaba.

Aparqué en la calle principal, delante de la ferretería, y paseé un rato sola antes de ir a buscarle, fijándome en los detalles que él me había descrito tantas veces por teléfono: el letrero de madera del mercado de los sábados, la gasolinera con el cartel de café que tanto habíamos comentado, el bar donde según él le habían ofrecido una cerveza de pésame el día después de la boda cancelada.

Era un pueblo pequeño, sin pretensiones de ser otra cosa, y sin embargo, mientras caminaba, sentí más miradas curiosas de las que esperaba, la mirada de quien reconoce a una forastera con ropa que no encaja del todo con el paisaje.

Una mujer mayor, sentada en un banco frente a la ferretería, me preguntó directamente si era "la doctora de la ciudad", con un tono que no supe si era curiosidad genuina o el mismo juicio silencioso que había temido encontrar.

Le dije que sí, y ella asintió, sin más comentario, volviendo a su periódico como si mi respuesta hubiera confirmado algo que ya sospechaba.

No saqué ninguna conclusión clara de ese encuentro, salvo que el pueblo entero sabía de mí antes de que yo hubiera puesto un pie en la puerta de Levi, igual que todo el pueblo había sabido lo suyo con Whitney antes de que él hubiera terminado de desmontar la carpa de la boda.

Le encontré en el terreno de entrenamiento, enseñando a un cachorro a caminar sin tirar de la correa con la misma paciencia infinita que había usado conmigo el primer día, y me quedé un rato apoyada en la valla, observándole sin que se diera cuenta de que estaba ahí.

Había algo en la forma en que trataba a los animales, sin prisa, sin necesitar resultados inmediatos, que no encajaba con la imagen de hombre desesperado y despechado que yo misma me había hecho de él la primera vez que entró en mi consulta.

—Llevas ahí un buen rato —dijo, sin darse la vuelta, cuando terminó con el cachorro.

—¿Cómo lo sabías?

—Kessler te delató. Lleva cinco minutos con la nariz pegada a la valla en tu dirección.

Me acerqué, y le conté lo de Carol Whitfield, lo de mi madre, lo de la mujer del banco frente a la ferretería, todo salvo el nombre exacto de la inquietud que me había llevado hasta allí sin avisar. Él escuchó sin interrumpir, y cuando terminé, se limpió las manos en el pantalón antes de contestar.

—La gente siempre va a tener algo que decir, Ellie. En mi pueblo o en el tuyo. La pregunta no es si van a hablar, porque van a hablar de todas formas. La pregunta es si a ti te importa más lo que dicen que lo que tenemos.

No supe contestarle con la misma seguridad, y esa falta de respuesta, aunque no dije nada explícito en ese momento, fue la primera grieta real que se abrió entre los dos desde la noche del sofá.

Whitney apareció esa misma semana, sin que nadie la hubiera invitado a aparecer en mi vida de ninguna forma. Fue Levi quien me lo contó, por teléfono, con una voz que intentaba sonar tranquila y no lo conseguía del todo.

—Se ha presentado en el terreno de entrenamiento. Dice que lo de Grant no funcionó, que se ha dado cuenta de que se equivocó, que quiere hablar.

Sentí algo parecido a un puñetazo en el estómago, aunque me esforcé por que no se me notara en la voz.

—¿Y qué le has dicho?

—Que ya no hay nada de qué hablar. Pero Ellie, tengo que ser sincero: verla ahí, después de todo lo que pasó, me ha revuelto cosas que pensaba que ya tenía resueltas.

—¿Qué cosas?

—No lo sé todavía. Por eso te lo cuento, en vez de guardármelo.

Le agradecí la sinceridad en el momento, pero colgué el teléfono con una sensación de inestabilidad que no tenía nada que ver con Whitney directamente y todo que ver con la posibilidad, cada vez más concreta en mi cabeza, de que aquello pudiera venirse abajo tan rápido como había empezado.

Josie vino a verme esa noche, alertada por Ozzie de que llevaba dos días sin sonreír en la consulta, y se sentó frente a mí en la cocina con la seriedad que reservaba solo para las conversaciones de verdad.

—¿Y si simplemente le preguntas qué siente por ella, en vez de dar vueltas a lo que crees que puede sentir?

—¿Y si me dice que todavía siente algo?

—Entonces sabrás la verdad, que es mejor que pasarte las noches imaginando peores versiones de ella tú sola. Ellie, llevas media vida evitando las conversaciones incómodas con la excusa de que ya sabes cómo van a terminar. Nunca lo sabes hasta que las tienes de verdad.

No le contesté, pero guardé la frase para usarla contra mí misma la próxima vez que me encontrara evitando algo importante, cosa que, a juzgar por cómo iba esa semana, no tardaría mucho en pasar.

Mi madre volvió a llamar el viernes, esta vez con un tono distinto, más suave, casi arrepentido.

—No quería que sonara como sonó el otro día. Solo me preocupo por ti.

—Lo sé, mamá. Pero tu preocupación suena siempre exactamente igual que el juicio de Carol Whitfield, y ya tengo bastante con el suyo.

—¿Le quieres?

La pregunta me pilló tan desprevenida que tardé varios segundos en poder contestarla.

—Creo que sí. Más de lo que he querido a nadie en mucho tiempo.

—Entonces a lo mejor deberías preocuparte menos por lo que piense Carol Whitfield y más por no estropearlo tú sola con tanto miedo.

Fue el consejo más útil que mi madre me había dado en años, y también el más incómodo, porque significaba que hasta ella se había dado cuenta de algo que yo llevaba semanas intentando no mirar de frente.