Capítulo 10
LEVI
La invitación llegó un martes, en un sobre grueso con el nombre de la clínica de Ellie grabado en relieve dorado, algo tan distinto a las facturas de pienso que recibía yo normalmente que tardé un segundo en entender de qué se trataba.
—Es la gala anual de la clínica —me explicó ella por teléfono, con un tono que intentaba sonar casual y no lo conseguía del todo—.
Recaudación de fondos para reconstrucción facial en casos de quemaduras.
Todos los años vienen los mismos donantes, los mismos periodistas locales, la misma gente con la que tengo que quedar bien si quiero seguir teniendo clientela de la buena.
—¿Y quieres que vaya?
—Quiero que vayas.
—No tengo ni idea de qué ponerme a algo así.
—Eso tiene arreglo. Lo que no tiene arreglo es que aparezcas con la camisa de franela, así que confía en mí y deja que te ayude a elegir un traje.
El traje resultó ser lo de menos. Lo que de verdad me costó fue la sala entera, llena de gente que hablaba de cifras que yo tardaría diez años en ganar, con copas de champán que sujetaban con una soltura que a mí me faltaba por completo, y con la costumbre de preguntar "¿y tú a qué te dedicas?
" con una sonrisa que ya sabía, antes de que yo contestara, que mi respuesta no iba a impresionar a nadie.
—Adiestro perros —le dije a un hombre de traje que me lo preguntó por tercera vez esa noche, como si no terminara de creerse la respuesta la primera vez que se la di.
—Qué… encantador.
Lo dijo con la misma condescendencia con la que se habla de un hobby de fin de semana, y me costó un esfuerzo considerable no contestarle lo que de verdad se me pasó por la cabeza.
Una mujer con un vestido que probablemente costaba más que mi camioneta se unió a la conversación poco después, preguntándome si "entrenaba también gatos", con una risa que dejaba claro que la pregunta era una broma a mi costa más que una duda genuina.
Sonreí, contesté que los gatos entrenaban a la gente y no al revés, y me alejé antes de que la conversación siguiera por ese camino, buscando con la mirada a Ellie entre la multitud de trajes oscuros y vestidos de gala.
Ellie estaba en su elemento, moviéndose entre los invitados con una soltura que no había visto en ella ni en el parque ni en su apartamento, estrechando manos, riendo comentarios que probablemente no le hacían ninguna gracia, hablando de su trabajo con una pasión calculada que reconocí de la primera consulta, aquella en la que me explicó que cambiar demasiado una cara la convertía en la de cualquiera.
Era buena en esto. Mejor de lo que yo sería nunca en mi propio mundo, y eso, en vez de darme tranquilidad, empezó a incomodarme de una forma que tardé toda la noche en identificar.
—¿Te estás divirtiendo? —me preguntó, apareciendo a mi lado con dos copas de algo que no reconocí por el nombre.
—Me estoy sintiendo como un perro en una exposición felina.
Se rio, pero algo en su risa sonó más a compromiso social que a la risa de verdad que le arrancaba yo en el parque, y no supe si era mi propia inseguridad la que me hacía notarlo o si de verdad había una diferencia entre la Ellie de ese salón y la que se tiraba al barro detrás de Kessler.
Un hombre trajeado se acercó a saludarla con la familiaridad de quien ha coincidido con ella en más de una cena benéfica, la llamó "doctora Marsh" con un tono que me pareció demasiado íntimo para tratarse de un simple donante, y le preguntó, sin dirigirme a mí ni una sola mirada, si seguía "soltera para las galas importantes".
—Vengo acompañada, Richard —dijo ella, señalándome con un gesto rápido de la mano.
Richard me miró de arriba abajo, con la misma expresión de sorpresa cortés que había visto ya tres veces esa noche, y se despidió con un "encantado" que sonó a todo menos a lo que decía.
—No tienes que aguantar a gente así por mí —le dije, cuando Richard ya se había alejado.
—Los aguanto por la clínica, no por ti. Tú eres la única parte de esta noche que estoy disfrutando de verdad.
Lo dijo mirándome a los ojos, sin ningún rastro de la sonrisa calculada de antes, y esa frase bastó para que la incomodidad de toda la noche se aflojara un poco, aunque no del todo, porque en algún rincón de mi cabeza había empezado a preguntarme, por primera vez desde lo del sofá y la habitación cerrada con Kessler protestando fuera, si de verdad había sitio para mí en un mundo que olía a champán y a dinero antiguo en vez de a barro y a pienso para perros.
Camino de vuelta a casa esa noche, ya sin el traje ni la corbata que había pasado toda la velada queriendo quitarme, Ellie condujo en silencio durante buena parte del trayecto, hasta que por fin habló, con la vista fija en la carretera.
—¿Ha sido tan horrible como parecía en tu cara?
—Ha sido revelador. No sabía que existía tanta gente que puede permitirse pagar sesenta mil dólares por parecer otra persona.
—Es mi trabajo, Levi. No tienes que aprobarlo.
—No he dicho que no lo apruebe. Solo digo que es un mundo muy distinto al mío, y esta noche me ha costado encontrar el sitio donde encajo en él.
Ellie no contestó enseguida, y ese silencio, en vez de tranquilizarme, me dejó con la sensación incómoda de que ella tampoco tenía muy claro dónde encajaba yo, aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta esa noche.
—Richard es de esos hombres que llevan viniendo a las galas desde antes de que yo abriera la consulta —dijo por fin, sin que yo le hubiera preguntado nada sobre él—.
Dona mucho dinero, hace muchas preguntas incómodas y se cree con derecho a opinar sobre mi vida privada porque una vez le regaló una nariz nueva a su hija. No le hagas caso.
—No es solo Richard. Es la sala entera. Es la forma en que todos preguntan a qué me dedico esperando una respuesta que suene a algo que se pueda facturar en cifras de seis dígitos, y cuando contesto la verdad, la conversación se muere en el acto.
—A mí no se me murió la conversación.
—Tú eres distinta.
—Todos empezamos siendo distintos hasta que la costumbre nos hace iguales al resto. No dejes que esa gente decida lo que eres, Levi. Yo llevo tres años aguantándolos por dinero y ni siquiera a mí me han convencido del todo de que su opinión valga lo que ellos creen que vale.
Fue el comentario más sincero que le había oído hacer sobre su propio mundo desde que la conocía, y me quedé pensando en él el resto del trayecto, preguntándome cuánto de esa distancia crítica con su clase social era verdad y cuánto era, simplemente, lo que necesitaba decirme para que yo dejara de sentirme fuera de lugar.