Capítulo 9
ELLIE
Llevábamos tres semanas siendo algo que ninguno de los dos se había atrevido a poner en palabras delante de nadie, y esa ambigüedad me convenía más de lo que estaba dispuesta a admitir, porque mientras no tuviera nombre, tampoco tenía que dar explicaciones en la consulta ni en la cena de los domingos.
Los sábados habían dejado de ser solo sesiones de adiestramiento.
Kessler ya caminaba a mi lado sin tirar de la correa más de lo razonable, así que la excusa profesional se había ido gastando semana tras semana hasta quedar en nada, y aun así seguíamos yendo al parque, y luego a la gasolinera, y luego, cada vez más a menudo, a casa de él.
—Cole se ha ido a ver a nuestros padres este fin de semana —me dijo un viernes por teléfono, con una intención tan poco disimulada que me hizo sonreír sola en mi cocina—. La casa está vacía.
—¿Es una invitación o un parte meteorológico?
—Es una invitación. Mal disimulada, pero invitación.
Llegué a Millbrook el sábado por la tarde, con Kessler en el asiento trasero y una botella de vino que él no tenía ni idea de cómo maridar con nada de lo que pensaba cocinar, según me confesó nada más abrirme la puerta.
Su casa era pequeña, de madera, con una cocina que olía a café y a perro en igual medida, y fotos en la pared de familia que no intentaban parecer más de lo que eran.
Todo en ella era lo contrario a mi apartamento, tan ordenado que a veces parecía un catálogo, y sin embargo me sentí más cómoda ahí en diez minutos de lo que me había sentido en mi propio salón en meses.
Cenamos pasta con una salsa que él insistió en llamar "receta de mi abuela" aunque sospeché, por la caja de tomate triturado que vi en la basura, que la abuela en cuestión era una marca comercial cualquiera.
Nos reímos más de lo que la broma merecía, y en algún momento entre el segundo plato y la copa de vino que finalmente sí encontró forma de servir bien, dejamos de hablar de nada en concreto y nos quedamos mirándonos con esa clase de silencio que ya no necesitaba ninguna excusa de perro para justificarse.
—Llevo queriendo hacer esto desde el primer día que entraste en mi despacho oliendo a barro y hablando de cambiarte la cara —dije, acortando la distancia entre los dos en el sofá.
—Yo llevo queriéndolo desde que me dijiste que no me tocarías la cara por un motivo que no fuera mío. Nadie me había hablado así en toda mi vida.
Le besé antes de que pudiera decir nada más romántico que estropeara el momento con su costumbre de restarle importancia a todo lo bueno que le pasaba, y él me devolvió el beso con una intensidad que dejaba claro que llevaba tanto tiempo esperando como yo.
No hablamos mucho más esa noche. Sus manos, ásperas de trabajo, recorrieron mi espalda por debajo de la camisa con una lentitud que contradecía la urgencia de sus labios, y cuando por fin nos levantamos del sofá para ir hacia su habitación, Kessler, con un instinto que en ese momento no le agradecí en absoluto, decidió que era el momento perfecto para reclamar atención a base de ladridos.
—Ignórala —dijo él contra mi cuello, sin ninguna intención real de detenerse.
—Se va a quedar ahí toda la noche.
—Que se quede.
Cerró la puerta del dormitorio con el pie, dejando a Kessler protestando al otro lado, y me empujó con suavidad contra el colchón, quitándome la camisa con una torpeza que no encajaba con la seguridad con la que sujetaba una correa, y que me pareció, de alguna forma, todavía más excitante que si hubiera sido perfecto.
Le desabroché el cinturón con las manos temblando por primera vez en años, y cuando por fin quedamos los dos sin ropa, piel contra piel bajo una luz que entraba tenue desde la ventana, me di cuenta de que llevaba meses deseando exactamente ese momento sin permitirme reconocerlo del todo.
Me besó el cuello, después el pecho, bajando despacio mientras sus manos recorrían cada centímetro de mi cuerpo como si quisiera memorizarlo, y cuando por fin sus dedos encontraron el punto exacto que me hizo arquear la espalda contra las sábanas, dejé escapar un gemido que no me molesté en contener.
—Levi…
—Dime.
—No pares.
No paró. Me llevó al límite con la boca antes de subir de nuevo hasta mi boca, y cuando por fin se colocó entre mis piernas, entrando en mí despacio, los dos soltamos el aire al mismo tiempo, como si lleváramos meses conteniéndolo sin saberlo.
Nos movimos juntos con un ritmo que fue subiendo de intensidad a medida que pasaban los minutos, sus caderas encontrando las mías con una precisión que no tenía nada de torpe, mis uñas clavándose en su espalda cada vez que profundizaba una embestida, y cuando el placer se volvió demasiado para contenerlo en silencio, dejé de intentarlo.
Terminamos casi a la vez, con su nombre atravesado entre mis dientes y su frente apoyada contra la mía, respirando entrecortado, y nos quedamos así un buen rato, enredados entre las sábanas revueltas, sin necesidad de decir nada que un idiota cualquiera no hubiera adivinado ya con solo mirarnos.
—Esto cambia las cosas —dijo por fin, con la voz ronca, trazando círculos perezosos sobre mi hombro.
—Ya lo sé.
—¿Y qué hacemos con eso?
No tenía una respuesta preparada, así que hice lo único que se me ocurrió: me acurruqué contra su pecho y dejé que su brazo me rodeara. Fuera, Kessler seguía protestando contra la puerta cerrada, y ninguno de los dos hizo el más mínimo esfuerzo por levantarse a consolarla.
Nos quedamos a desayunar juntos a la mañana siguiente, algo que no había hecho con nadie en años sin que me entrara la prisa por marcharme antes de que la situación se volviera "íntima" en el sentido que a mí siempre me había asustado.
Levi hacía un café malísimo, tan cargado que sabía a quemado, y aun así me lo bebí entero mientras le veía intentar, sin éxito, hacer tortitas que no se rompieran al darles la vuelta.
—Se te da mejor entrenar perros que cocinar.
—Se me da mejor casi todo que cocinar. Es mi única debilidad reconocida.
—Tienes más de una.
—Nombra otra.
—Confías demasiado rápido en la gente que te dice lo que quieres oír.
Se quedó callado un momento, con la espátula todavía en la mano, y aunque no dijo nada, algo en su expresión me hizo pensar que la frase le había tocado más hondo de lo que yo pretendía.
No insistí. Terminamos el desayuno hablando de Kessler, de si algún día conseguiría dejar de perseguir patos, y de nada más importante que eso, que era, quizá, la mejor forma que teníamos los dos de decirnos que estábamos bien sin tener que decirlo en voz alta.
Ozzie me interrogó el lunes con la sutileza de siempre, es decir, ninguna.
—Llegaste el sábado con perro y volviste el domingo con perro y con cara de haber dormido en otro sitio. Cuenta.
—No voy a contarte nada.
—No hace falta que cuentes nada, Ellie, tienes la misma cara que la señora Kessler cuando le sale bien el resultado de un retoque: satisfecha y un poco culpable a la vez.
—No me pareces en nada a la señora Kessler.
—Me alegra saberlo. Ahora dime si el chico de los perros por fin te ha hecho olvidar a los de reloj inteligente.
No le contesté, pero la sonrisa que se me escapó fue respuesta suficiente para que Ozzie se pasara el resto del día tarareando canciones de amor entre paciente y paciente, para exasperación mía y diversión de todos los demás en la consulta.
Empezamos a vernos entre semana también, no solo los sábados.
Levi conducía hasta la ciudad los martes, cuando su agenda de clases se lo permitía, y nos encontrábamos a cenar en sitios que no eran ni su cocina de madera ni ningún restaurante de los que solía frecuentar con mis colegas de profesión, sitios neutrales, a medio camino entre sus botas de trabajo y mis tacones, donde ninguno de los dos tenía que fingir ser de un mundo que no era el suyo.
—Deberíamos hacer esto más a menudo —dijo una de esas noches, mientras compartíamos un postre que él insistió en pedir "para probar", aunque se lo comió casi entero él solo.
—¿Cenar?
—Existir, sin más. Sin perros de por medio, sin galas, sin nada que demostrarle a nadie.
Le di la razón, aunque en el fondo ya sabía que esa clase de existencia sencilla, la de dos personas cenando un postre sin ninguna agenda oculta detrás, era exactamente la que más me costaba sostener cuando el resto de mi vida seguía llena de gente esperando que yo fuera, en todo momento, la doctora Marsh de las galas y no la mujer que se reía a carcajadas con un adiestrador de perros por una broma sobre un postre.