Capítulo 8
LEVI
Cole me encontró reparando la valla del patio de entrenamiento por tercera vez esa semana, aunque la valla no tenía nada roto que justificara tanto martillo.
—¿Vas a arreglar la valla o vas a desahogarte con ella?
—Cállate, Cole.
—Llevas seis días sin sonreír ni una vez, y eso que Rex se comió ayer un zapato entero delante de ti y ni te inmutaste. Algo va mal.
—Ellie me mintió.
—¿Te mintió, o te retrasó una cirugía que en el fondo tú tampoco querías hacerte?
Dejé el martillo sobre el poste y me giré para mirarlo, porque llevaba días sin que nadie le pusiera nombre a lo que de verdad me molestaba, y Cole, que rara vez acertaba con nada importante, acababa de hacerlo a la primera.
—No sé qué quiero.
—Yo creo que sí lo sabes. Creo que llevas dos meses yendo a un parque a hora y media de aquí cada sábado, con lluvia o sin lluvia, por una mujer que te mira como si fueras la única persona interesante en cien kilómetros a la redonda, y ahora que por fin te ha dicho lo que sentía, te has enfadado porque no te lo dijo antes en vez de alegrarte de que te lo haya dicho.
—Es más complicado que eso.
—No, no lo es. Tú lo complicas porque te da miedo que salga bien después de que la última vez saliera tan mal.
Pero Ellie no es Whitney, Levi. Whitney te dejó sin avisar seis semanas antes de la boda.
Ellie lleva dos meses intentando avisarte de algo, solo que no encontró la forma correcta hasta que se le escapó en mitad de un parque.
Volví a coger el martillo, más por tener las manos ocupadas que porque la valla necesitara de verdad otro clavo.
Cole tenía razón, y esa certeza me molestaba casi tanto como la propia confesión de Ellie en el parque, porque significaba que llevaba semanas escondiéndome detrás de la rabia para no tener que admitir lo que sentía de verdad.
Esa noche, tumbado en la cama con Rex roncando a los pies, revisé el móvil por primera vez en días.
Tenía tres mensajes de Ellie sin contestar, cada uno más corto que el anterior, como si hubiera ido perdiendo las esperanzas de que le respondiera a medida que pasaban las horas.
El último, mandado dos días atrás, decía solo: "Entiendo que necesites tiempo. Aquí sigo cuando quieras hablar."
No le contesté esa noche tampoco. Pero lo leí seis veces antes de quedarme dormido, y las seis veces até con más claridad lo que Cole llevaba todo el día intentando decirme sin rodeos.
Rex me avisó el viernes con esos ladridos raros que solo suelta cuando hay un coche desconocido parado frente a la valla.
Salí a mirar y alcancé a ver un coche que no reconocía, aparcado en la entrada del terreno, arrancando el motor y marchándose justo cuando Cole salía de la caseta a echar de comer a los perros.
—¿Quién era? —le pregunté.
—Ni idea. Se ha ido en cuanto me ha visto.
No até cabos hasta días después, cuando Ellie me confesó, ya con las cosas más calmadas entre los dos, que había hecho el viaje hasta Millbrook sin avisar y que se había marchado sin bajar del coche.
Esa tarde, sin embargo, solo me quedó la sensación rara de haber estado a punto de algo sin saber el qué.
El sábado, en vez de ir al parque de siempre, conduje hasta la ciudad.
Todo el trayecto me lo pasé discutiendo conmigo mismo sobre si aquello era buena idea o la peor de todas las que había tenido desde lo de Whitney.
Una parte de mí, la que llevaba seis semanas desconfiando de cualquier persona que dijera sentir algo por mí, insistía en dar media vuelta antes de llegar.
La otra parte, la que había leído seis veces el último mensaje de Ellie sin poder dormir, era la que seguía apretando el acelerador.
Aparqué frente a su edificio de apartamentos, que había sacado de la dirección que Ozzie me había pasado semanas atrás por si algún día necesitaba mandarle algo del perro, y me quedé un buen rato sentado en la camioneta antes de reunir el valor para bajar.
Subí las escaleras dos veces. La primera vez llegué hasta su puerta, levanté la mano para llamar, y volví a bajar sin hacerlo, convencido de que todavía no sabía qué decirle exactamente.
La segunda vez no me di ni la opción de dudar: llamé antes de que la parte razonable de mi cabeza pudiera convencer a la otra de que aquello era mala idea.
Abrió la puerta descalza, con el pelo suelto por primera vez desde que la conocía, y se quedó mirándome sin decir nada, como si no terminara de creerse que estuviera ahí de verdad.
—Pensé que no querías volver a verme —dijo por fin.
—Yo también lo pensé. Durante unos seis días, más o menos.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero que me expliques, sin perros de por medio y sin prisa, todo lo que llevas dos meses sin decirme.
Se apartó de la puerta para dejarme pasar, y Kessler salió disparada a recibirme con un entusiasmo que ninguno de los dos humanos en esa habitación se atrevió a mostrar todavía, aunque los dos lo sentían exactamente igual de fuerte.
Nos sentamos en su sofá, cada uno en un extremo, con Kessler entre los dos como una frontera peluda que ninguno se molestó en apartar.
—Explícame por qué —dije—. Y esta vez sin prisa, como has pedido tú misma.
Se lo pensó un momento, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y cuando empezó a hablar ya no sonaba a la mujer segura que cobraba cuatrocientos dólares por veinte minutos de consulta, sino a alguien que llevaba mucho tiempo callándose algo importante.
—El primer día, cuando me dijiste que querías cambiarte toda la cara, pensé que eras el paciente más triste que había visto en tres años de consulta.
Y después, cuando me preguntaste si yo lo haría, en tu lugar, algo se me quedó atascado, porque nunca nadie me había hecho esa pregunta antes de firmar el presupuesto.
Los demás solo quieren saber el precio y el tiempo de recuperación. Tú querías saber si merecía la pena.
—¿Y merecía la pena?
—No la merecía porque no había nada roto que arreglar.
Eso lo supe desde el principio, pero en vez de decírtelo así de claro, empecé a inventar excusas para tener más tiempo de comprobarlo.
Y cuanto más tiempo pasaba, menos me importaba el diagnóstico y más me importaba que siguieras teniendo exactamente esta cara cuando llegara a verte los sábados.
—Eso es una locura, Ellie.
—Lo sé.
—Es poco ético, además.
—También lo sé.
—Podrían quitarte la licencia si alguien lo denuncia.
—Ozzie ya me lo ha recordado quince veces esta semana, gracias por la nueva confirmación.
A pesar de todo, algo en su tono, esa mezcla de vergüenza y desafío que no intentaba disimular, hizo que la rabia que llevaba días alimentando se me deshiciera entre los dedos sin que pudiera evitarlo.
—¿Y si te hubiera dicho que sí desde el principio? —pregunté—. ¿Que sí quería la cirugía, de verdad, sin que Ferris ni nadie me lo desaconsejara?
—Entonces te habría operado, aunque me hubiera dolido cada minuto de ese quirófano. No te habría mentido nunca sobre eso, Levi. Solo me di todo el tiempo que pude antes de tener que hacerlo.
Nos quedamos en silencio, con Kessler roncando ya entre los dos, y en algún momento su mano se movió sobre el sofá hasta quedar a un par de centímetros de la mía, sin llegar a tocarla del todo, como si esperara permiso.
—No sé qué hacer con esto —dije, mirando esa distancia mínima entre nuestras manos.
—Yo tampoco. Pero prefiero no saberlo contigo cerca que tenerlo clarísimo sin ti.
Fue ella quien terminó de cerrar los centímetros que faltaban, entrelazando los dedos con los míos sobre el lomo dormido de Kessler, y ninguno de los dos dijo nada más esa noche, porque por una vez no hacía falta ninguna palabra para que quedara claro lo que habíamos decidido, aunque ninguno de los dos supiera todavía qué hacer con ello a partir del lunes.
Me quedé hasta tarde, más de lo que había planeado cuando salí de Millbrook esa mañana, y cuando por fin me levanté del sofá para irme, ella me acompañó hasta la puerta con Kessler pisándonos los talones a los dos.
—¿Esto qué es? —pregunté, con la mano ya en el pomo—. Porque no tengo ni idea de cómo se le llama a esto.
—No lo sé. Pero prefiero no ponerle nombre todavía a tener que explicarle a alguien por qué se acabó antes de que empezara de verdad.
—Me parece razonable.
—A mí también.
Bajé las escaleras con la sensación de llevar algo distinto por dentro, algo que no tenía nada que ver con la rabia de la semana anterior ni con la humillación de las seis semanas antes de eso.
Cuando arranqué la camioneta para volver a Millbrook, marqué el número de Cole antes incluso de salir del aparcamiento.
—¿Qué tal ha ido? —contestó, sin siquiera saludar, como si llevara toda la noche esperando esa llamada.
—Bien. Creo. No sé cómo se llama todavía a lo que sea que tenemos, pero es bueno.
—Ya era hora, hermano. Llevo semanas aguantando tus caras de funeral.
Colgué sonriendo por primera vez en días, con la carretera a oscuras por delante y la certeza de que, por una vez, llevaba encima algo que ningún cirujano del mundo habría sabido regalarme con un bisturí.