Protocolos para un corazón roto Capítulo 7
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Capítulo 7

ELLIE

No me llamó en toda la semana. No vino al sábado siguiente, y le pagué a otro entrenador de un pueblo vecino para que le diera a Kessler la clase, algo que la propia Kessler recibió con la indiferencia absoluta de quien no distingue entre un hombre y otro mientras haya patos cerca.

Ozzie no dijo nada durante tres días, cosa rara en él, hasta que el jueves me encontró llorando en el almacén de material quirúrgico, sentada en el suelo entre cajas de guantes, por motivos que ni yo misma sabía explicar del todo.

—Vale, esto ya es demasiado hasta para ti.

—No estoy llorando.

—Estás sentada en el suelo del almacén con la nariz roja y un guante de látex en la mano que llevas cinco minutos sin saber qué hacer con él. Estás llorando.

Dejé el guante en el suelo y me limpié la cara con el dorso de la mano, sin ninguna elegancia.

—Le dije la verdad y ahora no me contesta.

—¿Qué verdad?

—Que llevo dos meses reteniéndole la cirugía porque no quería que dejara de ser él mismo.

Ozzie se sentó en el suelo a mi lado, con la espalda apoyada contra las cajas, y por una vez no dijo nada gracioso.

—Ellie, eso no es una confesión que se hace en un parque a la carrera. Eso necesita una conversación de verdad, con tiempo, sin perros de por medio corriendo detrás de patos.

—Ya lo sé. Pero se lo dije mal y ahora cree que le he estado mintiendo durante dos meses para tenerlo cerca sin ningún plan.

—¿Y no es eso, más o menos, lo que ha pasado?

No pude contestarle, porque tenía razón, y porque decirlo en voz alta lo hacía sonar exactamente tan mal como sonaba en mi cabeza desde el sábado anterior.

—¿Sabes qué es lo más ridículo? —dije, después de un rato en silencio—.

Que si un paciente cualquiera me hubiera pedido lo que me pidió él el primer día, yo misma le habría mandado directo a Ferris sin pensármelo.

Con él no pude. Y ahora resulta que tenía razón en no operarle, pero por los motivos equivocados, y eso lo convierte en una mentira igual, aunque el resultado haya sido el correcto.

—No todo lo que se hace por amor sale limpio a la primera, Ellie. Yo llevo diez años enamorado del mismo hombre y todavía no le he dicho ni la mitad de lo que debería.

Eso me sacó una risa pequeña en mitad del llanto, la primera desde que había entrado en ese almacén.

—Nunca me habías hablado de eso.

—Porque tú tampoco me has dado mucho pie, ocupada como estás retrasando cirugías por amor no correspondido. Pero ese es otro tema para otro día.

Me ayudó a levantarme, me quitó el guante de látex de la mano con dos dedos como quien retira una prueba del delito, y me mandó a casa antes de que la siguiente paciente llegara y me encontrara con la cara todavía roja.

Josie se presentó en la consulta esa misma tarde, sin cita y sin avisar, decidida a "evaluar personalmente la situación", según sus propias palabras, y se topó de bruces con Ozzie en la sala de espera antes incluso de llegar a mi despacho.

—Tú debes de ser Ozzie —dijo, tendiéndole la mano con la seguridad de quien ya lo sabe todo sobre alguien antes de conocerlo—. Soy Josie, la hermana.

—La hermana cotilla, según me han contado.

—La misma. Y tú eres el asistente que le cuenta a mi hermana lo que yo le cuento a ella y viceversa, así que en realidad los dos somos la misma clase de problema para Ellie.

Ozzie se quedó mirándola con una sonrisa lenta, del tipo que solo le había visto poner cuando algo o alguien le divertía de verdad.

—Me caes bien.

—Ya lo sé. A todo el mundo le caigo bien al principio.

—Eso suena a advertencia.

—Es una advertencia. Pero ahora mismo lo urgente es tu jefa, que lleva tres días con la cara de alguien a quien le han devuelto una carta de amor sin abrir. Necesito que me digas exactamente qué ha pasado, sin la versión editada que ella me va a dar a mí.

Ozzie miró hacia el pasillo, comprobó que no hubiera pacientes cerca, y le contó a Josie, con más detalle del que la propia Ellie le había dado a su hermana, toda la escena del almacén y la confesión a medias en el parque, mientras yo escuchaba sin querer desde mi despacho, con la puerta entreabierta, sin decidirme a salir a interrumpirlos.

Le mandé un mensaje esa misma noche, el primero desde el sábado del parque. Lo borré tres veces antes de decidirme por una versión que no sonara ni a disculpa desesperada ni a indiferencia fingida.

"Sé que necesitas tiempo. No voy a insistir más de la cuenta. Solo quería que supieras que lo que te dije iba en serio, y que lo siento si te lo dije en el peor momento posible."

No contestó esa noche. Ni la siguiente. Al tercer día le mandé uno más corto, casi por inercia, más para mí misma que para él: "Espero que estés bien.

" Y al cuarto día, cuando ya había decidido que el silencio era su respuesta definitiva, le mandé el último, el que Josie leyó por encima de mi hombro sin que se lo pidiera: "Entiendo que necesites tiempo. Aquí sigo cuando quieras hablar."

—Eso está bien —dijo Josie, con una seriedad rara en ella—. No suena desesperado. Suena a alguien que sabe esperar sin dejar de estar ahí.

—¿Y si no vuelve a contestarme nunca?

—Entonces al menos sabrás que hiciste lo correcto, en vez de acosarle a mensajes hasta que te bloquee.

No fue mucho consuelo, pero fue el único que tenía disponible esa semana, así que me aferré a él como pude mientras esperaba una respuesta que empezaba a dar por perdida.

Volví al parque el sábado siguiente, sola, sin Kessler, solo para comprobar si él aparecía por costumbre aunque no tuviéramos clase programada.

No apareció. Me quedé sentada en el mismo bordillo donde solíamos tomar el café, con un vaso que sabía a gasolinera y a nada más, mirando el estanque donde Kessler se había tirado la primera vez, y pensando que quizá Josie tenía razón desde el principio: que algunas cosas se rompen de una forma que ni el mejor cirujano del mundo sabe recomponer.

Ozzie me llamó esa tarde, preocupado por no haber sabido nada de mí en todo el fin de semana.

—¿Sigues viva?

—Sigo viva. Solo un poco patética, sentada en un bordillo de un pueblo al que ya ni siquiera tengo motivo profesional para ir.

—¿Y por qué sigues yendo, entonces?

—Porque la alternativa es aceptar que se acabó, y no estoy lista para eso todavía.

—Eso es lo más sincero que te he oído decir en tres años, cariño. Aguanta ahí. Las cosas buenas rara vez llegan puntuales.

Josie apareció esa noche, otra vez sin avisar, y esta vez no trajo vino sino comida china, lo cual, viniendo de ella, era la señal más clara de que la situación era grave de verdad.

—Ve a buscarlo.

—No sé si quiere que lo busque.

—Ellie, el hombre ha pasado seis semanas siendo el hazmerreír de su pueblo por una boda cancelada, y ahora resulta que la mujer que se suponía que iba a operarle la cara lleva dos meses enamorada de él sin decírselo.

No me extraña que necesite unos días para procesar eso. Pero unos días no son para siempre.

—¿Y si voy y me cierra la puerta en las narices?

—Entonces al menos sabrás que lo intentaste, en vez de quedarte aquí comiendo arroz frito preguntándote qué habría pasado.

Fui hasta Millbrook el viernes por la tarde, sin avisar, con la excusa oficial de devolverle unos arneses que Kessler ya no usaba y la excusa real muriéndose de vergüenza en el asiento del copiloto durante toda la hora y media de trayecto.

Encontré el pueblo exactamente como me lo había imaginado por sus descripciones: una calle principal con tres tiendas y una ferretería, un letrero de madera que anunciaba el mercado de los sábados, y una gasolinera en la que reconocí el mismo cartel de café que él me había señalado el primer día.

Aparqué frente al terreno vallado que Google Maps identificaba como Adiestramiento Calloway, con una caseta de madera al fondo, y me quedé sentada en el coche casi veinte minutos sin reunir el valor para bajar.

Un hombre que no era Levi salió en algún momento a dar de comer a los perros de las jaulas exteriores. Debía de ser Cole, por el aire de familia, aunque más rubio y con una sonrisa más fácil. Me miró un segundo, extrañado por el coche desconocido aparcado frente al terreno.

Arranqué el motor antes de que se acercara a preguntar, y volví a la ciudad sin haber bajado del coche ni una sola vez, con los arneses todavía en el asiento trasero y la sensación clara de haber fracasado en algo que ni siquiera había llegado a intentar.

Me pasé el resto de la noche despierta, con Kessler dormida a los pies de la cama, decidiendo entre veinte versiones distintas de lo que le diría si conseguía reunir el valor para volver hasta Millbrook, y ninguna de esas veinte versiones me convencía del todo a las tres de la mañana.