Protocolos para un corazón roto Capítulo 6
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Capítulo 6

LEVI

La cita con el psicólogo llegó por fin, dos meses después de la primera consulta con Ellie, y me pasé la sala de espera entera repasando en la cabeza todas las formas en que aquello podía salir mal.

El doctor Ferris resultó ser un hombre de voz tranquila y preguntas incómodas, del tipo que te hace hablar durante cuarenta minutos sin darte cuenta de que has contado más de lo que pensabas contar.

—¿Por qué ahora? —me preguntó, después de que yo hubiera resumido lo de Whitney en tres frases secas—. Han pasado casi dos meses desde la ruptura. ¿Por qué sigue queriendo la cirugía si ya ha tenido tiempo de asimilarlo?

—Porque en Millbrook el tiempo no borra nada. La gente sigue mirándome igual.

—¿Y una cara nueva va a cambiar eso?

—No lo sé. Pero al menos dejaré de reconocerme yo mismo en el espejo cada mañana como el tipo al que dejaron plantado.

Ferris anotó algo en su cuaderno, y cuando levantó la vista tenía una expresión que no supe interpretar del todo.

—Voy a serle sincero, señor Calloway. Su reacción es comprensible, pero no veo en usted ningún trastorno que justifique una cirugía de esta magnitud.

Lo que veo es a un hombre que ha sido humillado en público y que busca desaparecer en vez de enfrentarse a ello.

Eso tiene solución, pero no está en un quirófano.

—Eso es justo lo que lleva diciéndome la doctora Marsh desde el principio.

—Entonces la doctora Marsh tiene razón, y le sugiero que la escuche, porque no es habitual que un cirujano se resista tanto a facturar una intervención de este tamaño.

—¿Y qué se supone que hago en vez de eso? Porque llevo dos meses esperando esta cirugía como si fuera la única salida, y ahora usted me dice que ni siquiera hay un diagnóstico que la justifique.

Ferris cerró el cuaderno y me miró con una calma que en ese momento me pareció casi insultante.

—Puedo darle un nombre de un compañero especializado en duelo y autoestima, si quiere trabajarlo de verdad.

O puede volver a Millbrook, dejar que pase el tiempo, y descubrir que la gente deja de mirarle raro mucho antes de lo que usted cree.

La memoria colectiva de un pueblo pequeño es más corta de lo que parece desde dentro.

—Eso es fácil de decir desde fuera.

—Es fácil de decir porque es verdad, señor Calloway. Dentro de seis meses habrá otro escándalo del que hablar en la ferretería, y usted será, como mucho, una anécdota vieja.

Salí de esa consulta con un papel en blanco donde debería haber ido la autorización para la cirugía, y con una sensación extraña en el pecho que tardé varios días en identificar como alivio disfrazado de fracaso.

Rex me recibió en casa con el entusiasmo de siempre, ajeno por completo a que su dueño acababa de recibir la mejor noticia posible envuelta como la peor, y me pasé la tarde entera dándole vueltas a la conversación con Ferris sin llegar a ninguna conclusión que me convenciera del todo.

Fui a cenar a casa de mis padres esa noche, como cada miércoles, y mi madre no tardó ni dos minutos en preguntar por el resultado de la evaluación, porque en mi familia el concepto de esperar a que alguien sacara un tema por su cuenta seguía sin existir.

—¿Y bien? ¿Cuándo es la operación?

—No va a haber operación, mamá. El psicólogo dice que no hay motivo clínico.

Mi madre dejó los cubiertos sobre el plato con la misma satisfacción con la que otros celebran una lotería.

—Gracias a Dios. Se lo dije a tu padre la semana pasada, le dije, ese chico no necesita una cara nueva, necesita que alguien le recuerde que la que tiene ya le funcionaba bastante bien.

—No es tan sencillo, mamá.

—¿Por qué no?

Podría haberle contado lo de Ellie, lo de los dos meses de retrasos, lo que había pasado esa misma tarde en el parque, pero mi familia ya tenía suficiente material sobre mi vida sentimental como para añadir un capítulo nuevo antes de que yo mismo hubiera decidido qué sentía al respecto.

—Es complicado —dije, y dejé que la conversación se desviara hacia el pastel de manzana que mi madre había hecho esa tarde, con la esperanza de que nadie insistiera más por esa noche.

Cole, que me conocía mejor que nadie en esa mesa, no insistió delante de nuestros padres, pero en cuanto salimos al porche a fumar el único cigarrillo que se permitía a la semana, me miró de reojo con una sonrisa que no auguraba nada bueno.

—¿La doctora tiene algo que ver con lo complicado?

—Cállate, Cole.

—Eso ya me lo has dicho hoy. Cambia de repertorio.

Se lo dije a Ellie el sábado siguiente, mientras Kessler perseguía una ardilla que llevaba semanas burlándose de ella desde la misma rama.

—Ferris dice que no hay justificación clínica.

—Lo sé. Me llamó ayer.

—¿Lo sabías y no me dijiste nada?

—No es asunto mío contarte lo que dice tu psicólogo antes que él mismo.

—Es tu consulta la que iba a operarme.

—Y sigue siendo mi decisión si opero o no, con o sin su informe.

Algo se me revolvió por dentro, algo parecido a la rabia, aunque no del todo, porque debajo de la rabia había otra cosa que no quería mirar de frente.

—Llevas dos meses retrasándome esto. El laboratorio, el psicólogo, ahora esto. Empiezo a pensar que nunca pensaste operarme.

—Levi…

—Contesta. ¿Alguna vez pensaste operarme de verdad, o llevas dos meses inventando excusas para seguir viéndome los sábados?

Se quedó callada más tiempo del que cualquier respuesta inocente hubiera necesitado, y esa pausa me dijo más que cualquier palabra que hubiera podido salir de su boca.

—No sé qué contestarte a eso sin quedar fatal.

—Contesta la verdad. Ya me da igual cómo quede.

Cerró los ojos un segundo, como si necesitara ese segundo para reunir el valor, y cuando volvió a abrirlos ya no me miraba a mí sino a un punto fijo detrás de mi hombro, algo que hacía siempre que estaba a punto de decir algo que le costaba de verdad.

—No pensé que debieras operarte desde la primera consulta. Y cuanto más te conocía, menos quería que lo hicieras. No es que no crea en tu decisión, Levi. Es que no soporto la idea de que dejes de ser exactamente como eres solo para que un pueblo entero deje de cotillear sobre ti.

—Eso no es tu decisión.

—Ya lo sé. Y aun así, cada vez que Ferris me llamaba para reprogramarte la cita, yo le decía que sí, y cada vez que le decía que sí sentía un alivio que no tenía ningún derecho a sentir.

—¿Me estás diciendo que llevas dos meses reteniéndome la cirugía porque te gusto?

Lo dijo tan a bocajarro que hasta ella pareció sorprendida de haberlo formulado así, en voz alta, en mitad de un parque con un perro empapado a nuestros pies.

—Te estoy diciendo eso, sí.

Debería haber sentido algo parecido al alivio, o quizá a la ternura, por fin tener una explicación que no fuera solo burocracia de hospital.

En cambio, lo que sentí fue la misma sensación de haber sido manejado que llevaba seis semanas intentando dejar atrás desde lo de Whitney, solo que esta vez con guantes de médico en vez de con un anillo de compromiso.

—Necesito pensar —dije, y me alejé unos pasos, lo suficiente para que ella no viera que me temblaban las manos.

Kessler eligió ese momento para volver corriendo hacia nosotros, ajena por completo a que acababa de reventar algo entre los dos que ninguno sabía todavía cómo recomponer.