Protocolos para un corazón roto Capítulo 5
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Capítulo 5

ELLIE

Llevábamos seis sábados seguidos y Kessler todavía se tiraba a por cualquier pato que tuviera la mala suerte de nadar cerca de la orilla, lo cual, según Levi, no era un fracaso del adiestramiento sino una prueba de que algunos perros nacen con vocación y no hay clase que les cure eso.

—Deberías dejar de pagarme si no ves progreso —me dijo, mientras Kessler se sacudía el agua encima de los dos, otra vez.

—Veo progreso. Antes se tiraba al agua sin avisar. Ahora, al menos, me mira un segundo antes de tirarse, como si me pidiera permiso.

—Eso no es progreso. Eso es que ya sabe que vas a gritar y prefiere hacerlo de todas formas.

—Suena a la mayoría de mis pacientes.

Se rio, y esa risa suya, corta y un poco ronca, se había convertido en la parte del sábado que más esperaba durante toda la semana, cosa que no pensaba admitir en voz alta ni bajo amenaza de tortura.

Nos habíamos instalado en una rutina que ninguno de los dos se molestaba en cuestionar: la clase, el café de la gasolinera, media hora sentados en el mismo bordillo hablando de cualquier cosa que no fuera su cara ni mi bisturí.

Un sábado me contó que de pequeño quería ser veterinario y que lo dejó porque no soportaba dar malas noticias.

Yo le conté que de pequeña quería ser pediatra y que lo dejé porque no soportaba que los niños lloraran, y los dos nos reímos de lo parecidas que sonaban nuestras dos huidas aunque hubiéramos acabado en profesiones tan distintas.

—¿Nunca te arrepientes? —me preguntó ese sábado, mientras Kessler mordisqueaba un palo demasiado grande para su boca—. De haber elegido esto, digo. Las caras, el dinero, toda esa gente que viene a pedirte cosas que no necesita.

—A veces. Pero se me da bien, y lo que se me da bien me hace ganar dinero, y el dinero me hace sentir segura de una forma que no sé explicar sin sonar calculadora.

—No suenas calculadora. Suenas sincera, que es distinto.

—¿Y a ti? ¿Te arrepientes de los perros?

—Nunca. Es lo único que he hecho en mi vida que no necesita que le explique por qué lo hago.

No supe qué contestar a eso, así que me quedé mirando a Kessler pelearse con el palo, pensando que llevaba semanas sin sentirme tan poco calculadora como me sentía sentada en ese bordillo con él.

El sábado siguiente llovió desde primera hora, uno de esos aguaceros que en la ciudad habrían cancelado cualquier plan al aire libre, pero cuando llegué al parque con el paraguas medio roto de mi coche, Levi ya estaba allí, con un chubasquero que había visto mejores días y Kessler dando saltos a su alrededor como si la lluvia fuera el mejor invento del mundo.

—¿No se cancela por lluvia?

—Los perros no entienden de cancelaciones. Si cancelamos hoy, mañana Kessler se cree que la lluvia es excusa para no obedecer, y eso no se le puede enseñar dos veces.

Nos pasamos la hora entera empapados, resbalando en el barro, y en algún momento, mientras yo intentaba sujetar la correa con las manos tan mojadas que se me escurría, él se colocó detrás de mí para corregirme la postura, como la primera vez, solo que esta vez no hizo falta que se apartara enseguida.

Se quedó ahí, con las manos sobre las mías en la correa, la lluvia cayéndonos encima a los dos, y durante unos segundos ninguno dijo nada sobre técnica de adiestramiento ni sobre nada en absoluto.

—Deberíamos entrar en algún sitio —dijo por fin, con la voz más baja de lo habitual.

—Deberíamos.

Ninguno de los dos se movió durante otros cinco segundos más de los estrictamente necesarios.

Al final fue Kessler quien rompió el momento, sacudiéndose el agua encima de los dos con el entusiasmo de siempre, y los dos nos apartamos riendo, empapados hasta los huesos, sin que ninguno mencionara lo que acababa de pasar ni lo que casi había pasado justo después.

El lunes siguiente tuve una consulta que me devolvió de golpe a la realidad de mi propia vida.

Una mujer de unos cuarenta años, prometida de un empresario local, quería un "paquete completo" antes de la boda: nariz, pecho, liposucción y un tratamiento de blanqueamiento dental que en realidad no tenía nada que ver con mi especialidad pero que insistió en incluir en el mismo presupuesto para "no tener que ir a otro sitio a que le cobraran menos".

—¿Para cuándo es la boda? —le pregunté, más por rutina que por curiosidad real.

—En cuatro meses. Quiero estar irreconocible.

Algo en esa frase, irreconocible, dicha con la misma alegría con la que otras personas piden un vestido nuevo, me hizo pensar en Levi de una forma que no tenía nada que ver con la paciente que tenía delante.

Le hice el presupuesto completo, calculé los tiempos de recuperación entre cada procedimiento para que llegara a la boda sin hematomas visibles, y cuando salió de la consulta con una cita de sesenta mil dólares repartida en cuatro meses, sentí la satisfacción de siempre, esa que llevaba años sin cuestionarme, mezclada por primera vez con una punzada incómoda que no supe nombrar del todo.

Ozzie me encontró esa tarde mirando la agenda sin verla de verdad.

—¿Todo bien?

—La de las cuatro quiere estar irreconocible para su boda.

—Eso paga bien el alquiler.

—Ya lo sé. Es solo que… —No terminé la frase, porque no tenía forma de explicar que por primera vez en tres años una petición como esa me había parecido triste en vez de rentable, sin sonar como si estuviera perdiendo la cabeza por un adiestrador de perros de un pueblo de cuatrocientos habitantes.

—Es solo que ya no sabes si el dinero te compensa lo que a veces tienes que vender para ganarlo —terminó Ozzie por mí, con una seriedad que rara vez le veía—. Bienvenida al club, Ellie. Yo llevo ahí desde que empecé.

Fui a cenar a casa de mis padres esa noche, con Kessler dejada al cuidado de la vecina, y Josie no tardó ni cinco minutos en notar que algo me rondaba la cabeza.

—Tienes cara de haber recetado algo que no debías.

—Tengo cara de estar pensando en cosas que no son asunto tuyo.

—Todo lo tuyo es asunto mío, es la regla desde que tenemos memoria. ¿Es por el adiestrador?

Mi padre, que llevaba toda la cena en silencio absorto en su plato, levantó la vista con un interés que no era habitual en él.

—¿Qué adiestrador?

—El paciente de la cara, papá. El que Ellie no quiere operar porque le gusta.

—Josie.

—¿Qué? Es la verdad, y en esta familia la verdad se dice en la mesa, es otra de las reglas.

Mi madre dejó el tenedor con más cuidado del habitual, como si temiera romper algo frágil con el gesto.

—¿Y ese hombre lo sabe? Lo que sientes, digo.

—Se lo dije. Mal, y en el peor momento posible, pero se lo dije.

—¿Y qué contestó?

—Nada. Lleva más de una semana sin contestarme.

Mi padre volvió a mirar el plato, y por primera vez en años me sorprendió con un consejo que no le había pedido.

—Dale tiempo. La gente buena necesita tiempo para creerse que le está pasando algo bueno de verdad, después de que le haya pasado algo tan malo. No es que no le importes. Es que probablemente no se fía todavía ni de sus propias ganas de que le importes.

Nadie en la mesa dijo nada durante un buen rato después de eso, ni siquiera Josie, que por una vez decidió que el silencio de mi padre valía más que cualquier comentario suyo.

Ferris me llamó el lunes siguiente, antes de mi primera consulta.

—Ellie, no puedo retrasarle más la cita. Ya le he dado largas dos veces y el hombre empieza a hacer preguntas.

—Dale una cita real, entonces.

—¿En serio? Pensaba que ibas a pedirme una tercera excusa.

—No. Dale hora esta semana.

Colgué antes de que pudiera preguntarme por qué había cambiado de opinión tan de repente, porque la respuesta era vergonzosa incluso para mí misma: quería ver qué pasaba en esa evaluación.

Quería que un profesional le dijera, con toda la autoridad de un título colgado en la pared, lo que yo llevaba semanas sin atreverme a decirle sin que sonara a interés personal disfrazado de consejo médico.

Ozzie me pilló mirando el calendario con la cita de Ferris marcada en rojo.

—¿Al final se la vas a dejar cambiar?

—Voy a dejar que un experto le diga si debe hacerlo. Que no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, Ellie, solo que ahora te escondes detrás del título de otro para no tener que decírselo tú.

—¿Desde cuándo eres tan perspicaz?

—Desde que llevo tres años viéndote fingir que no te importa nada más que la agenda de facturación, y ahora resulta que tienes una carpeta entera dedicada a un paciente al que ni siquiera has operado.

No tenía una carpeta. Tenía tres notas sueltas y un impreso que debería haber archivado hacía semanas, pero Ozzie no necesitaba saber ese nivel de detalle para tener razón en lo esencial.

Josie se presentó sin avisar el miércoles por la noche, con una botella de vino y la expresión de quien viene decidida a sacarle la verdad a alguien aunque tenga que quedarse hasta el amanecer.

—Cuéntamelo todo.

—No hay nada que contar.

—Ellie. Le has puesto nombre de gasolinera a tu perro por él, le has robado dos semanas de agenda a un psicólogo por él, y cada sábado vuelves a casa con una sonrisa que no te había visto desde que aprobaste la residencia. Cuéntamelo.

Serví dos copas y me senté frente a ella en la encimera, porque discutir con Josie sin alcohol de por medio era una batalla que llevaba las de perder desde el principio.

—Me gusta. Me gusta de una forma que no había sentido con nadie en mucho tiempo, y no tengo ni idea de qué hacer con eso, porque técnicamente sigue siendo mi paciente y porque en cuanto deje de serlo, quizá deje también de tener un motivo para verlo cada semana.

—¿Y si se lo dices?

—¿Que llevo dos meses reteniéndole una cirugía porque me gusta su cara tal y como está? Eso no suena a declaración de amor, Josie. Suena a que le he estado mintiendo.

—Le has estado mintiendo.

No pude discutirle eso.

—Tienes que decidir qué quieres antes de que él lo decida por ti —dijo, sirviéndose otra copa sin preguntar—. Porque en algún momento va a hacerse esa cirugía, con o sin ti, y entonces vas a tener que explicarle por qué tardaste tanto en dejarle claro lo que sentías.

—¿Y si me equivoco? ¿Y si esto es solo la novedad de alguien distinto a los hombres con los que suelo salir?

—¿Los hombres con reloj inteligente que hablan de criptomonedas?

—Esos mismos.

—Ellie, llevas seis sábados yendo a un pueblo a hora y media de aquí a que un tío que huele a perro te enseñe a sujetar una correa, y vuelves cada vez con la cara de alguien que ha ganado algo.

Eso no es novedad. Eso es que por fin te gusta alguien que no encaja en tu currículum de pareja perfecta, y te da miedo lo que eso dice de ti.

Me quedé callada, porque tenía razón, otra vez, y porque Josie tenía la irritante habilidad de decir en una frase lo que a mí me costaba admitirme durante semanas.

—Si al final la operación fuera necesaria de verdad —dije—, se la haría. No estoy jugando con su salud.

—Lo sé. Pero también sé que llevas dos meses convenciéndote de que retrasarla es cuidado profesional, cuando en realidad es que no soportas la idea de que deje de ser exactamente como es.

Terminamos la botella entre las dos mientras Kessler roncaba en el sofá, y cuando Josie se fue, cerca de la medianoche, me dejó una última frase en la puerta que se me quedó pegada durante días.

—Díselo antes de que alguien más se lo diga por ti.