Protocolos para un corazón roto Capítulo 4
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Capítulo 4

LEVI

Llegó con una perra que no sabía sentarse, ponerse a su lado ni caminar sin ahorcarse a sí misma con el arnés, y con unas botas de agua que claramente había comprado esa misma semana porque todavía tenían la etiqueta de precio colgando de la cremallera.

—Se le ha quedado la etiqueta —dije, a modo de saludo.

Bajó la vista, maldijo por lo bajo, y arrancó la etiqueta de un tirón sin dejar de sujetar la correa con la otra mano, cosa que Kessler aprovechó para intentar comerse un palo del tamaño de su propia pata.

—Kessler, no.

—¿Le ha puesto el nombre de una paciente?

—Es un homenaje.

—¿A qué exactamente?

—A que hay clientas que quieren cosas que no necesitan, y ahora tengo una perra que hace exactamente lo mismo cada vez que ve algo en el suelo.

Me reí antes de poder evitarlo, y ella pareció sorprendida de haberlo conseguido, como si no esperara arrancarme una risa a la primera frase del día.

Kessler decidió, a los cinco minutos de clase, que el objeto más interesante del parque era un pato que nadaba tranquilamente en el estanque, y salió disparada hacia el agua arrastrando la correa suelta de la mano de Ellie, que había cometido el error de agacharse a atarse el cordón en el momento equivocado.

—¡Kessler!

Corrí detrás de la perra más por reflejo que por plan, y llegué a la orilla justo quince segundos después de que Kessler decidiera que el pato no merecía tanto esfuerzo y se metiera de todas formas en el agua solo para mojarse.

Cuando conseguí agarrarla del arnés, ya estábamos los dos empapados hasta las rodillas, y Ellie llegó corriendo con las botas nuevas llenas de barro hasta el tobillo.

—Lo siento, lo siento muchísimo, no sé cómo se me ha soltado…

—Se le ha soltado porque se ha agachado a atarse el cordón con la correa enrollada en la muñeca en vez de en la mano. Se lo he explicado hace cinco minutos.

—Ya lo sé, no hacía falta que me lo recordara mojado y con cara de reproche.

—No tengo cara de reproche.

—Tiene exactamente cara de reproche.

Kessler eligió ese momento para sacudirse entera, salpicándonos a los dos por igual, y algo en la ridiculez del momento —yo con los pantalones calados hasta la rodilla, ella con el pelo pegado a la cara por las gotas de un perro que ninguno de los dos controlaba del todo— hizo que se le escapara una risa que no parecía calculada, la primera que le oía que no llevaba ningún cálculo detrás.

—No es gracioso —dije, sin dejar de sonreír yo también.

—Es un poco gracioso.

—Un poco.

Empezamos por lo básico, otra vez, ya los dos con los pies mojados y sin que a ninguno pareciera importarle demasiado.

Cuando terminamos, cerca del mediodía, Kessler se había ganado un colapso absoluto y se dejó caer bajo un árbol sin la menor intención de moverse de ahí en las próximas horas.

Ellie se sentó en el banco de al lado, se quitó una de las botas para vaciarle el agua, y no pareció tener ninguna prisa por irse.

—¿Hay algún sitio por aquí donde sirvan café decente? —preguntó, mirando la bota como si esperara que se secara por voluntad propia—. Uno que no sepa a gasolinera.

—El de la gasolinera de la carretera principal es mejor que el de la mayoría de sitios que llaman a esto cafetería.

—Eso es muy triste.

—Es Millbrook. Aquí la tristeza viene con descuento por volumen.

Fuimos caminando hasta la gasolinera con Kessler arrastrando las patas detrás de nosotros, y compramos dos cafés que efectivamente sabían mejor de lo que su procedencia hacía sospechar.

Nos sentamos en el bordillo del aparcamiento, ella con la bota mojada todavía en la mano, yo con Kessler tumbada sobre mis pies como si me hubiera adoptado a mí en vez de al revés.

—¿Por qué le pusiste el nombre de una paciente? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta, solo por seguir teniendo un motivo para no levantarme del bordillo.

—Porque necesitaba recordar todos los días que hay gente que pide cosas que no necesita, y que mi trabajo no es decirles que no, sino cobrarles bien por dárselo de todas formas.

—Eso suena cínico.

—Es realista.

—¿Y yo qué soy? ¿Alguien que pide algo que no necesita?

Se quedó callada más tiempo del que la pregunta merecía, mirando el café como si la respuesta estuviera flotando ahí dentro.

—Tú eres alguien que pide lo contrario. Quieres deshacerte de algo que sí es tuyo.

—¿Y eso te importa por qué exactamente? Profesionalmente hablando.

—No te lo puedo explicar de forma profesional.

Nos quedamos mirándonos un segundo de más, ese segundo en el que una conversación deja de ser inocente y ninguno de los dos hace nada por evitarlo, hasta que Kessler decidió que había llegado la hora de perseguir una bolsa de patatas vacía que rodaba con el viento por el aparcamiento, y el momento se rompió con la misma facilidad con la que se había formado.

—Tengo que volver —dijo Ellie, levantándose y calzándose la bota mojada con una mueca—. El sábado que viene, ¿misma hora?

—Misma hora.

Se fue con Kessler tirando otra vez de la correa, esta vez hacia el coche, y yo me quedé sentado en el bordillo un rato más, con el vaso de café vacío entre las manos, pensando que llevaba seis semanas queriendo que nadie en el mundo me reconociera y que acababa de pasar la mejor mañana de esas seis semanas siendo exactamente el mismo de siempre.

Ellie llegó a su apartamento pasadas las dos, con Kessler dormida sobre el asiento del copiloto y las botas todavía manchadas de barro seco. Josie la llamó antes de que hubiera terminado de sacar las llaves del bolso.

—¿Qué tal el perro?

—El perro, genial. Se ha tirado a un estanque a por un pato.

—No te pregunto por el perro y lo sabes. ¿Qué tal él?

Ellie se dejó caer en el sofá, con Kessler subiéndose encima antes de que pudiera impedírselo, y se quedó mirando el techo un segundo antes de contestar.

—Me ha invitado a un café de gasolinera y me ha parecido lo mejor que he bebido en meses.

—Ay, Dios. Estás jodida.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—Voy a seguir retrasándole la cirugía todo lo que pueda, y a fingir delante de todo el mundo que esto es sobre un perro que necesita clases.

—¿Y cuando ya no puedas seguir retrasándola?

Ellie no contestó enseguida. Miró a Kessler, que roncaba ya despatarrada sobre sus piernas, y pensó en la forma en que Levi Calloway había dicho su nombre en el parque, sin el "doctora" delante, como si llevara toda la vida llamándola así.

—Ya se me ocurrirá algo —dijo, y colgó antes de que su hermana pudiera señalarle lo poco que aquello sonaba a un plan.

Enseñarle a caminar a su lado sin que Kessler decidiera que el mundo entero merecía ser olido en detalle a cada dos pasos.

Ellie —porque para entonces ya había dejado de ser la doctora Marsh en mi cabeza, aunque no se lo dijera en voz alta— resultó ser mala estudiante de paciencia y buena estudiante de técnica, algo que no esperaba de alguien que se ganaba la vida rajando caras por dinero.

—Tire menos de la correa —le dije, colocándome detrás de ella para corregirle la postura de la mano—. No es un tira y afloja. Es una conversación.

—Estoy conversando.

—Está gritando. Ella no le va a hacer caso si le grita con la correa.

—Perdona la pregunta directa —dijo entonces, sin soltar la correa—, pero, ¿tú cobras por esto o lo haces gratis los sábados como quien dice?

—Cobro. Setenta dólares la sesión.

—Eso es barato.

—Para lo que vale el trabajo, quizá. Pero la gente de aquí no puede pagar lo que cobrarías tú por una consulta de veinte minutos, así que ajusto el precio a lo que el pueblo puede permitirse, no a lo que me gustaría ganar.

—Eso es mala gestión empresarial.

—Eso es vivir en un sitio donde conoces a todos tus clientes por su nombre de pila y el de sus perros, y prefieres seguir así antes que forrarte a costa de gente que ya tiene bastante con pagar el veterinario.

Se giró para mirarme, tan cerca que pude ver que tenía una peca diminuta justo debajo del ojo izquierdo que no se veía desde la distancia normal de una consulta.

—¿Y cómo se conversa con una correa, según usted?

—Con constancia. Con calma. Diciendo lo mismo de la misma forma cada vez, hasta que confía en que usted no va a cambiar las reglas a mitad de partido.

—Eso suena más a terapia de pareja que a adiestramiento canino.

—Funciona parecido.

Se quedó callada un momento, mirando a Kessler, que en ese instante había decidido sentarse sola, sin que nadie se lo pidiera, solo porque había visto a otro perro hacerlo tres metros más allá.

—¿Cómo va la evaluación? —le pregunté, porque llevaba tres semanas queriendo preguntárselo y el parque, con su perra nueva de por medio, era terreno más neutral que su despacho.

—Hay retrasos. El laboratorio, el psicólogo. Cosas que no dependen de mí.

—Ozzie me dijo que dependen bastante de usted.

Se le cortó la respiración medio segundo, lo justo para que yo lo notara.

—Ozzie habla demasiado.

—Ozzie es la única persona en su consulta que me cae bien, así que no se meta con él.

—¿Por qué le está retrasando la cita, doctora Marsh?

—Ellie.

—¿Por qué le está retrasando la cita, Ellie?

Se agachó para ajustarle el arnés a Kessler, una excusa tan mala que ambos supimos que lo era, y tardó en contestar más de lo que cualquier respuesta sincera hubiera necesitado.

—Porque no creo que deba operarse la cara por las razones que me dio.

—Esa no es su decisión.

—Es exactamente mi decisión. Soy yo quien firma el consentimiento, quien opera, quien asume el riesgo si algo sale mal. Y no voy a arriesgar mi reputación profesional porque un hombre despechado quiera esconderse de una ciudad entera detrás de una nariz nueva.

Debería haberme enfadado. En cambio, algo en la forma en que lo dijo, sin suavizarlo, sin disculparse por decirlo, me hizo sentir más visto de lo que me había sentido en seis semanas enteras de gente diciéndome que lo sentía mucho.

—Entonces qué propone.

—Que venga a las sesiones. Que hablemos. Que si al final sigue queriendo cambiarse la cara, se la cambio, pero no antes de estar segura de que no está tomando la peor decisión de su vida por despecho.

—Eso no suena a protocolo médico.

—No lo es.

—¿Entonces qué es?

Se quedó mirándome con Kessler tirando otra vez de la correa hacia un charco, y por un segundo pensé que iba a contestarme la verdad, fuera la que fuera. En cambio tiró de la correa, obligó a la perra a sentarse con más suavidad de la que había usado en todo el día, y cambió de tema.

—Se le da bien esto. Lo de que le hagan caso sin gritar.

—Llevo diez años entrenando perros. Algo se aprende.

—¿Y con las personas funciona igual?

—Con las personas nunca he tenido que probarlo. Las personas suelen decirme que sí a la cara y hacer lo que les da la gana en cuanto me doy la vuelta.

—Yo no soy así.

—Usted lleva tres semanas diciéndome una cosa en su consulta y haciendo otra en su agenda, doctora Marsh.

—Ellie.

—Ellie —repetí, y algo en su nombre en mi boca sonó distinto a como sonaba en mi cabeza, más real, menos un dato en un formulario de admisión.

No dijo nada más. Se despidió con un gesto seco, se llevó a Kessler tirando de la correa hacia el aparcamiento, y me dejó ahí, en mitad del parque, con la sensación clara de que acababa de perder una partida sin haber entendido del todo las reglas del juego.

La siguiente sesión ya estaba programada para el jueves.

No tuve que consultar la agenda para saberlo. Llevaba tres semanas sin necesitar consultar nada para saber cuándo era el jueves.