Capítulo 3
ELLIE
—No tienes perro —dijo Josie, con el tenedor a medio camino de la boca.
—Voy a tener perro.
—Ellie. Tú odias los perros. Dijiste que los perros huelen a perro.
—Y siguen oliendo a perro. Voy a tener uno de todas formas.
Estábamos en casa de mis padres, domingo, la mesa puesta con el mantel bueno que mi madre solo sacaba cuando había algo que celebrar o algo que vigilar de cerca, y en este caso era claramente lo segundo, porque llevaba toda la cena mirándome como si esperara que confesara algo.
—¿Y se puede saber a qué viene esto? —preguntó mi madre.
—Necesito clases de adiestramiento y el mejor entrenador de la zona está a hora y media de aquí. Es más práctico tener el perro que desplazarme para nada.
Josie dejó el tenedor sobre el plato con un ruido que no fue casual.
—Espera. ¿Esto es por un tío?
—Esto es por un perro, Josie.
—Llevas quince años sin querer ni un pez de colores porque, cito, "cualquier cosa que dependa de mí para no morirse es una responsabilidad que no necesito", y ahora, de repente, quieres un perro que además necesita clases con un entrenador concreto. Dame el nombre.
No se lo di. En cambio comí una cucharada del puré de mi madre y dejé que el silencio hiciera el trabajo, cosa que con Josie nunca funcionaba porque ella no soportaba los silencios y siempre acababa llenándolos con sus propias teorías, casi siempre acertadas, lo cual era la parte más irritante.
—Es el paciente de la cara —dijo, con la satisfacción de quien acaba de resolver un crucigrán a la primera—. El que quiere que le cambies toda la cara. Ozzie me lo contó.
—Ozzie no debería contarte nada.
—Ozzie me cuenta todo, Ellie, es mi mejor fuente de información sobre tu vida desde que dejaste de contarme cosas tú misma. Y dice que llevas tres días mirando un impreso con el nombre de un tío en vez de tirarlo a la papelera como haces con el resto.
Mi madre, que hasta ese momento fingía no estar escuchando mientras servía más puré que nadie había pedido, levantó la cabeza con un interés que no intentó disimular.
—¿Qué paciente de la cara?
—Nada, mamá.
—Un hombre que quiere que Ellie le opere la cara entera porque le dejó la novia —resumió Josie, encantada de tener audiencia—. Y ahora Ellie va a comprarse un perro para verlo en clases de adiestramiento en vez de decirle que lo encuentra atractivo como una persona normal.
—No es atractivo. Es un paciente.
—Es un paciente al que llevas tres semanas retrasando la evaluación con excusas que ni tú te crees.
Eso último sí que me dolió, porque era verdad y porque venía de mi hermana pequeña, que se enteraba de mi vida por un asistente cotilla y aun así llevaba razón.
Había retrasado la analítica dos veces con la excusa de que el laboratorio tenía overbooking.
Había movido la cita con el psicólogo tres semanas porque "su agenda estaba completa", cosa que era mentira, porque yo misma había llamado para pedirle el favor.
Cada semana que pasaba sin que Levi Calloway entrara en quirófano era una semana en la que seguía teniendo su propia cara, y cada vez que pensaba en eso sentía algo parecido al alivio, lo cual era información que no pensaba compartir con nadie en esa mesa.
—Voy a hacerle la evaluación como está protocolizado —dije, con la voz más firme de la que sentía—. Y si al final del proceso sigue queriendo la cirugía, se la haré.
—¿Y si al final del proceso ya no quiere?
—Entonces no se la haré, y santas pascuas.
—¿Y si al final del proceso el que no quiere eres tú?
No contesté eso, porque no tenía una respuesta que no me delatara, y porque en ese momento mi padre, que llevaba toda la cena en silencio absorto en el fútbol de fondo, decidió intervenir con la única frase que dijo en toda la noche.
—A mí me parece bien lo del perro. Hace tiempo que esta casa necesita un perro.
Josie y yo lo miramos las dos a la vez, y por primera vez en la cena estuvimos de acuerdo en algo: ninguna de las dos sabía de qué estaba hablando, y ninguna de las dos se molestó en preguntar.
De camino al coche, ya en la calle, Josie me agarró del brazo antes de que pudiera abrir la puerta.
—Habla en serio conmigo un segundo. ¿Te gusta ese hombre?
—No lo conozco.
—Eso no es una respuesta.
Me apoyé contra el coche y miré la ventana iluminada del salón de mis padres, donde mi madre ya estaba recogiendo la mesa con la radio puesta demasiado alta.
—Me gustó cómo me miró cuando le dije que no le tocaría la cara por un motivo que no fuera suyo. Como si nadie le hubiera dicho nunca que valía la pena conservarse tal como es.
—Eso es peligroso, Ellie. Tú no eres de las que rescatan a nadie.
—No estoy intentando rescatarlo.
—Estás retrasando su cirugía y comprándote un perro para verlo los sábados. Perdona que insista, pero eso tiene toda la pinta de un rescate con matrícula propia.
No le contesté, porque otra vez tenía razón, y me subí al coche antes de que pudiera añadir nada más a la lista de cosas ciertas que yo prefería no escuchar en voz alta.
Fui a la protectora el martes, con la intención de "valorar opciones" y salir sin comprometerme a nada, una estrategia que me duró exactamente los cuatro minutos que tardé en llegar a la última jaula del pasillo.
—Esta no se la recomiendo —me dijo la chica que llevaba el registro, sin levantar la vista de la carpeta—. Tira muchísimo de la correa, ladra a los carteros y una vez se comió un cojín entero, relleno incluido.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Cuatro meses. Nadie la quiere porque no es fácil.
La perra, mezcla de pastor y de algo que nadie había conseguido identificar, se levantó en cuanto me acerqué y pegó el hocico contra la reja, sin ladrar, solo mirándome con una intensidad que no dejaba mucho margen para la indecisión.
—Me la llevo.
—¿Está segura? Le he dicho que…
—Que tira de la correa y se come cosas que no debe. Lo he oído. Me la llevo igual.
Firmé el papeleo en quince minutos, más rápido de lo que tardaba en aprobar el presupuesto de un paciente nuevo.
Esa misma tarde la subí al asiento trasero del coche y la perra se pasó todo el trayecto con el hocico pegado a la ventanilla, como si llevara cuatro meses esperando exactamente ese momento.
La llamé Kessler, en un homenaje silencioso a la señora de los labios que nunca sabría que existía, y en cuanto entramos en mi apartamento se subió al sofá de un salto, se acomodó en el único cojín que me quedaba entero, y se quedó dormida como si aquello llevara siendo suyo toda la vida.
Antes de eso, todavía tuve que resolver el problema del psicólogo. Llamé al doctor Ferris, que me debía un favor desde que le operé a su mujer la nariz por la mitad de mi tarifa habitual, y le pedí que retrasara la cita de Levi Calloway otras dos semanas con cualquier excusa razonable.
—¿Y qué le digo exactamente? —preguntó, con esa voz cansada de quien ya sabe que va a acabar haciendo el favor de todas formas.
—Que tu agenda está completa. Que ha habido una urgencia. Lo que te parezca creíble.
—Ellie, esto no es ético.
—No le estoy negando la evaluación. Solo la estoy retrasando.
—¿Por qué?
No tenía una respuesta que sonara bien en voz alta, así que usé la única que sí sonaba profesional, aunque solo fuera a medias verdad.
—Porque no creo que esté psicológicamente preparado para tomar una decisión de esa magnitud ahora mismo, y prefiero que pase más tiempo antes de confirmarlo con un diagnóstico oficial que después no se pueda deshacer.
Ferris se quedó callado un momento.
—Te lo debo por lo de mi mujer. Pero esta es la última vez, Ellie. Después de esta, o le das cita de verdad o le dices tú misma por qué se la estás quitando.
Colgué con la sensación de haberme ganado dos semanas más y de haber gastado, de paso, el único favor que me quedaba pendiente en todo el hospital.
Llamé al número de la tarjeta que Levi Calloway había dejado en recepción tres semanas antes, cuando aún pensaba que iba a necesitarla para reprogramar su evaluación y no para esto.
—Adiestramiento Calloway —contestó una voz que reconocí al segundo, más grave de lo que recordaba por teléfono, o quizá era que la última vez estaba demasiado ocupada mirándole el rasguño del nudillo para fijarme en la voz.
—Hola. Soy Ellie Marsh. La doctora Marsh.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—Doctora Marsh. ¿Ha pasado algo con la evaluación?
—No, no. Esto es otra cosa. Tengo un perro nuevo y necesita clases.
—¿Usted tiene un perro?
—¿Por qué a todo el mundo le sorprende tanto?
—Porque en la consulta olía usted a desinfectante quirúrgico, no a perro, y esas dos cosas rara vez van juntas. —Hizo una pausa—. ¿Qué tipo de perro?
—Mestiza. Año y medio. Tira de la correa y no obedece nada.
—Eso describe a la mitad de los perros que entreno. ¿Cuándo puede traerla?
Quedamos para el sábado por la mañana, en un parque a las afueras de la ciudad, lo bastante lejos de mi consulta como para que nadie de mi entorno profesional me viera allí y lo bastante cerca de Millbrook como para que él no tuviera que conducir más de veinte minutos.
Colgué y me quedé mirando a Kessler, que se había dormido encima de mis zapatos nuevos sin el menor remordimiento.
—Esto es una mala idea —le dije.
Kessler abrió un ojo, decidió que no era asunto suyo, y volvió a dormirse.
El sábado por la mañana tardé cuarenta minutos en decidir qué ropa ponerme para ir a un parque a que un adiestrador de perros me enseñara a sujetar una correa, lo cual, dicho en voz alta mientras me miraba al espejo con la tercera camiseta puesta, sonaba tan ridículo como en realidad era.
Acabé con unos vaqueros viejos y unas botas de agua nuevas que había comprado esa misma semana por si el parque tenía barro, porque en Millbrook, según había leído en internet, siempre había barro.
Ozzie me llamó justo cuando salía por la puerta.
—¿Vas al parque de los perros?
—Voy a una clase de adiestramiento, sí.
—Mándame una foto.
—No.
—Mándame una foto o le digo a tu madre que llevas tres semanas retrasando una evaluación quirúrgica para poder verle la cara a un paciente los fines de semana.
Le colgué sin despedirme, cosa que él interpretó, con razón, como una victoria.