Protocolos para un corazón roto Capítulo 2
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Capítulo 2

LEVI

Rex no quería sentarse. Llevaba cuarenta minutos intentando que un labrador de siete meses entendiera el concepto de "quieto" y el labrador, en cambio, había decidido que el concepto más interesante de la tarde era comerse una piña que alguien había dejado tirada junto al aparcamiento del parque.

—Rex. Siéntate.

Se sentó. Durante dos segundos. Después vio una ardilla y el mundo entero dejó de existir para él.

—Es que no me hace ni caso —dijo su dueña, una mujer de mediana edad con más paciencia con el perro de la que yo hubiera tenido en su lugar.

—Le hace caso. Lo que pasa es que usted le hace más caso a la ardilla que a él en este momento, y eso él lo nota.

No era del todo verdad, pero funcionaba mejor como frase de cierre que la explicación real sobre refuerzo positivo y jerarquías de atención, así que la dejé ahí y programé la siguiente sesión para el jueves.

Cuando se fue con Rex tirando de la correa hacia el coche, me senté en el banco del parque y saqué el teléfono.

Diecisiete llamadas perdidas de mi madre en los últimos cuatro días.

Tres de mi hermano. Ninguna de Whitney, cosa que ya no me sorprendía, porque las personas que te dejan seis semanas antes de la boda por el dueño del concesionario de coches no suelen tener el detalle de preguntar cómo estás llevando la humillación pública que te han dejado como regalo de despedida.

La carpa seguía plegada en el granero de mis padres, sin que nadie hubiera tenido el valor de devolverla a la empresa de alquiler.

La habíamos montado un sábado por la mañana, Cole y yo, discutiendo sobre si las luces iban por dentro o por fuera de las vigas, mientras Whitney supervisaba desde una silla plegable con una lista de tareas que no dejaba de crecer.

Faltaban seis semanas para la boda. Faltaban seis semanas y cuatro días cuando ella me dijo, en el aparcamiento del supermercado, con dos bolsas de la compra colgando de las manos como si aquello fuera una conversación cualquiera, que se había dado cuenta de que no me quería de la forma en que se supone que hay que querer a alguien con quien vas a pasar el resto de tu vida.

No lloró. No se disculpó especialmente. Dijo que Grant, el del concesionario de coches en la carretera 9, la hacía sentir algo que conmigo nunca había sentido, y que prefería decírmelo antes que seguir adelante con una boda que sería mentira desde el altar.

Después metió las bolsas en el maletero de su coche y se fue, y yo me quedé de pie en el aparcamiento con el carro de la compra a medio llenar, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Todo el mundo en Millbrook sabía lo mío antes de que yo hubiera terminado de desmontar la carpa que habíamos alquilado para la recepción.

Me lo encontraba en el supermercado, en la gasolinera, en la ferretería donde compraba el pienso para los perros de entrenamiento.

Nadie decía nada directamente. Todos ponían la misma cara, esa mezcla de pena y curiosidad morbosa que te dan ganas de cruzar la calle antes de que te vean.

Por eso había ido a ver a la cirujana.

No es que tuviera un plan muy elaborado.

Fue mi hermano quien me habló de ella, porque su mujer se había hecho algo en la nariz el año anterior y no paraba de repetir que era la mejor de todo el estado, con consulta en la ciudad, a hora y media de Millbrook, lo bastante lejos como para que nadie me reconociera entrando ni saliendo.

No esperaba que fuera así.

Doctora Marsh. Pelo oscuro recogido tan tirante que parecía dolerle, bata blanca abierta sobre un vestido que costaría más que mi camioneta, y una forma de mirarte que no dejaba lugar a dudas sobre si le interesabas o no le interesabas en absoluto.

Al principio pensé que le daba igual. Después, cuando le dije lo de la cara entera, algo le cambió en la expresión, algo que no supe leer entonces y que todavía no sabía leer ahora, sentado en el banco de un parque con un labrador ladrándole a una ardilla a quince metros de distancia.

Me había dicho que no. O más bien me había dicho que sí, pero con tantas condiciones que sonaba a no.

Analíticas. Historial completo. Consulta con un psicólogo antes de tocarme un solo hueso de la cara.

Todo eso me lo explicó con la misma calma con la que le habría explicado el precio de un botox a la mujer que había salido justo antes que yo, y en algún punto de la explicación dejé de escuchar los detalles del protocolo y empecé a fijarme en que tenía una pequeña cicatriz encima de la ceja izquierda, del tamaño de una uña, y en que hablaba con las manos aunque intentaba disimularlo cruzándolas sobre la mesa cada pocos segundos.

Mi teléfono sonó. Mi madre, otra vez.

—Levi, cariño, ¿dónde estás? Te he hecho pastel.

—Trabajando, mamá.

—Tu hermano dice que has ido a la ciudad a ver a un médico. ¿Estás bien? ¿Es algo grave?

Por supuesto que mi hermano se lo había contado. En mi familia el concepto de discreción no existía; lo más parecido era "esperar veinte minutos antes de contarlo".

—No es nada grave. Es solo una consulta.

—¿Sobre qué?

—Sobre nada, mamá. Sobre la piel.

—¿Tienes algo en la piel? Deberías haberme dicho…

—Mamá. Tengo que colgar. Tengo un cliente.

No tenía ningún cliente. Tenía a Rex, que en ese momento había conseguido enredar la correa alrededor de mis piernas mientras perseguía a una paloma, y una tarde entera por delante para pensar en la forma en que la doctora Marsh había dicho "yo no dejaría que nadie me tocara la cara por un motivo que no fuera mío" con una convicción que no encajaba con el resto de su discurso, todo cifras y protocolos.

El depósito de la carpa seguía sin devolverse, seiscientos dólares que ya daba por perdidos, igual que los tres mil que había adelantado por el catering y que el restaurante se había negado a reembolsar alegando que el contrato no cubría cancelaciones por parte del novio con menos de dos meses de antelación, como si a mí me hubiera hecho especial ilusión cancelarlo.

El negocio de adiestramiento apenas cubría los gastos de la casa y la furgoneta, y ahora encima tenía que sumarle una evaluación médica que, si al final terminaba en cirugía, costaría más de lo que ganaba en un año entero.

Había pedido un préstamo. No se lo había contado a nadie de mi familia, y no pensaba hacerlo, porque ya tenían suficiente material de conversación conmigo sin necesidad de añadir cifras.

Esa tarde tuve una sesión con un pastor belga que llevaba semanas mordiendo a cualquiera que se acercara a la valla del jardín, un caso complicado que normalmente me habría tenido concentrado durante horas, y en cambio me sorprendí a mí mismo pensando en la peca bajo el ojo izquierdo de una mujer que cobraba cuatrocientos dólares por veinte minutos de consulta, mientras el perro me miraba fijamente esperando instrucciones que tardé más de la cuenta en dar.

La vi en el supermercado esa misma semana.

Whitney, con el pelo más corto de como yo lo recordaba, empujando un carro con dos bolsas de patatas fritas y una botella de vino que reconocí porque era la marca que solíamos comprar los viernes.

Se paró en seco al verme en el pasillo de los cereales, y durante un segundo los dos nos quedamos ahí, sin decir nada, con el carro de ella a medio camino entre los dos como una frontera improvisada.

—Levi.

—Whitney.

—¿Qué tal estás?

—Bien. —No lo estaba, y los dos lo sabíamos, pero la alternativa era montar una escena delante de la sección de cereales infantiles—. ¿Y tú?

—Bien también.

Se hizo un silencio que ninguno de los dos supo llenar. Ella miró el carro, después a mí, y soltó lo único que parecía querer decir de verdad.

—Espero que estés bien. De verdad, no de la forma en que se dice para quedar bien delante de los cereales.

—Lo estaré.

Fue lo único cierto que dije en toda la conversación, y lo dije más para mí que para ella. Se fue empujando el carro hacia la caja, y yo me quedé plantado frente a la estantería sin acordarme ya de qué había ido a comprar.

Fui a casa de mis padres esa noche porque no ir habría significado más llamadas, y porque el pastel de mi madre era, técnicamente, el único consuelo real que había tenido en seis semanas.

Mi padre no dijo nada durante la cena, cosa habitual en él, pero mi hermano Cole no tuvo el mismo pudor.

—¿Y qué tal la doctora esa? ¿Da miedo?

—No da miedo.

—¿Guapa?

—Cole.

—Es una pregunta legítima. Si me voy a gastar quince mil dólares en que alguien me reordene la cara, quiero saber si al menos la persona que me lo va a hacer es agradable de mirar mientras me explica los riesgos de la anestesia.

—No te va a hacer nada a ti. Es a mí a quien le va a hacer algo.

—Ya, pero yo lo pregunto en general.

Mi madre dejó el tenedor sobre el plato con un golpe que no era casual.

—No entiendo por qué tienes que hacerte esto, Levi. Tú eres guapo. Siempre lo has sido. Lo que te pasó con Whitney no tiene nada que ver con tu cara.

—No es por Whitney, mamá.

—Claro que es por Whitney.

Era por Whitney. Y por la cajera del supermercado.

Y por el tipo del bar que me había ofrecido una cerveza "por lo que había pasado" como si fuera un pésame.

Y por la sensación de entrar en cualquier sitio de Millbrook y sentir que todo el mundo hacía una pausa de medio segundo antes de saludarme, ese medio segundo en el que decidían si mencionarlo o no.

—Solo quiero empezar de cero en algún sitio donde nadie sepa mi historia.

—Podrías mudarte —dijo Cole, con la boca llena—. Es mucho más barato que una cirugía facial.

Tenía razón, obviamente, pero mudarme no resolvía el problema de fondo, que era que en cualquier sitio nuevo seguiría siendo el mismo hombre al que habían dejado plantado, solo que sin nadie alrededor que lo supiera todavía.

La cara nueva era, de alguna forma retorcida que no me molesté en explicarle a mi familia, la única parte del plan que tenía sentido para mí: si iba a dejar de ser ese tipo, quería dejar de serlo del todo, no solo de dirección postal.

Volví a casa pasada la medianoche. Rex me esperaba tumbado en la entrada, con arena del parque todavía pegada en el pelaje. Le rasqué detrás de las orejas y saqué el móvil para mirar otra vez el mensaje que Ozzie me había mandado esa tarde con la fecha de la primera evaluación.

Tres semanas. Tres semanas antes de que empezara siquiera el proceso de perder mi propia cara.

Debería haber sentido alivio. Lo que sentí fue algo parecido a la rabia de haber perdido una partida cuyas reglas todavía no conocía. Guardé el móvil, dejé que Rex subiera a la cama aunque tenía prohibido subir a la cama, y me quedé mirando el techo hasta que el reloj marcó las dos.

El adiestramiento canino no era el negocio con el que había soñado de crío, pero era el único que se me daba de forma natural, sin tener que fingir ningún interés que no sintiera.

Había estudiado dos años de veterinaria antes de dejarlo, no porque no me gustaran los animales, sino porque no soportaba la parte de decirle a la gente que su perro se iba a morir.

Con el adiestramiento nadie se moría. Como mucho, alguien se llevaba un mordisco por confiar demasiado pronto, y eso tenía arreglo con paciencia y con las manos quietas.

Cole trabajaba conmigo los fines de semana, cuando el taller de coches de mi padre no le necesitaba, y era él quien llevaba la parte de las redes sociales, la que colgaba vídeos de mí enseñando a algún perro a caminar sin tirar de la correa y los subtitulaba con frases que yo jamás habría escrito, del estilo "cuando tu perro te entiende mejor que tu ex".

Después de lo de Whitney, había empezado a poner comentarios todavía más directos, y yo había dejado de mirarle el teléfono por pura salud mental.

—Tienes una nueva —me dijo el miércoles, enseñándome la pantalla mientras yo intentaba sujetar a un pastor alemán que se negaba a soltar un palo—. Una cirujana. Le has puesto cara de querer comerte el mundo en la respuesta que le mandaste.

—No le he puesto ninguna cara. Es un cliente más.

—Ya. Un cliente más al que le has contestado en menos de cinco minutos, cuando a mí me tardas tres días en devolverme un mensaje sobre la factura de la luz.

No le contesté, porque no tenía una defensa que sonara convincente, y porque llevaba toda la semana pensando en la cita del sábado con una expectación que no me atrevía a nombrar delante de mi hermano.