Protocolos para un corazón roto
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Capítulo 1
ELLIE
El bótox de la señora Kessler llevaba dos minutos de más fuera de la nevera y ya me estaba jugando en contra. A cuarenta dólares la unidad, cada minuto a temperatura ambiente era dinero que se evaporaba, así que lo devolví al frigorífico con más brusquedad de la que el frasco merecía.
—La de las tres ha llegado. —Ozzie asomó la cabeza por la puerta sin llamar, como hacía siempre, con medio peinado hecho y el otro medio a medio hacer, algo que en él pasaba por decisión artística y no por falta de tiempo.
—¿La que quiere parecer diez años más joven sin que se le note que se ha hecho algo?
—Esa misma.
—Eso no existe.
—Ya lo sé. Pero si se lo dices tú, con esa cara de que le crees, se lo compra.
Me lavé las manos en el fregadero del pasillo y no contesté, porque tenía razón y contestarle solo le daba cuerda.
Ozzie llevaba conmigo desde que abrí la consulta, tres años atrás, y en ese tiempo había aprendido a hacer dos cosas mejor que nadie: programar las citas para que nunca hubiera un hueco muerto y decir la verdad de una forma que sonaba a insulto aunque no lo fuera.
La señora Kessler ya estaba sentada en el sillón reclinable cuando entré, con las manos cruzadas sobre el regazo y una revista sin abrir al lado.
Cincuenta y ocho años, dos divorcios, una casa en la costa que mencionaba cada vez que podía.
Vino la primera vez hace ocho meses por unas líneas de expresión y ya llevaba encima cuatro mil dólares en retoques que nadie notaría, que era exactamente el punto.
—Doctora Marsh. —Sonrió con la boca, no con los ojos, porque los ojos ya no le respondían del todo—. Estaba pensando en los labios.
—¿Qué pasa con los labios?
—Que quizá un poco más.
Le expliqué, otra vez, que un poco más significaba que la próxima vez tendría que ser todavía más, y que en algún punto la cara deja de ser la suya para convertirse en la de cualquiera que se haya sentado en ese mismo sillón antes.
No se lo dije así, claro. Le dije que su proporción actual era la que mejor le sentaba a la estructura ósea, que añadir volumen rompería el equilibrio, y que si insistía se lo haría, porque para eso me pagaba, pero que mi recomendación profesional era esperar tres meses más.
Se lo pensó. Al final me dio la razón, como siempre hacía, y salió de la consulta con una cita para retoque de párpados el mes siguiente. Otros dos mil ochocientos dólares en la agenda.
El siguiente paciente era nuevo, un hombre de traje que se había pasado los diez primeros minutos de la consulta explicándome, sin que se lo hubiera preguntado, cuánto dinero movía su fondo de inversión, como si eso fuera relevante para decidir el tamaño de su mentón.
—Quiero algo que se note, pero que parezca natural —dijo, la frase más contradictoria que se puede pronunciar en una consulta de cirugía estética y la que más había oído en tres años de profesión.
—Puedo hacer que se note sin que parezca artificial. Las dos cosas a la vez, en el mismo grado, no existen.
—Usted es la mejor de la ciudad. Búsqueme la manera.
Le expliqué las opciones, los riesgos, el tiempo de recuperación, y cuando llegamos al presupuesto no pestañeó ni una sola vez, cosa que en mi trabajo era la señal más clara de que ese hombre había llegado a mi consulta convencido de que el dinero resolvía cualquier inseguridad que llevara puesta desde el instituto.
Firmó el presupuesto sin negociar ni un dólar, y en cuanto salió por la puerta anoté la cifra en mi agenda con la satisfacción tranquila de quien ve cumplirse los números de un trimestre que llevaba semanas persiguiendo.
Era una parte de mí que no me molestaba en disimular delante de nadie: me gustaba el dinero, me gustaba verlo entrar, y no sentía la más mínima culpa por cobrar caro un trabajo que hacía bien.
Josie decía que eso me convertía en una persona fría.
Yo prefería pensar que me convertía en alguien honesto, porque al menos yo no fingía que estaba en esto por vocación humanitaria.
Mi teléfono vibró tres veces seguidas mientras me lavaba las manos otra vez. Mi hermana.
—Dime que no es una emergencia —contesté sin saludar.
—Mamá quiere que vengas a cenar el domingo y ha dicho, cito textualmente, que si vuelves a decir que tienes turno vas a hacer que se le suba la tensión.
—Tengo turno.
—No tienes turno, Ellie, tienes una cita con Instagram y una copa de vino en tu terraza. Lo sé porque me lo has contado tú.
Josie tenía la irritante costumbre de recordarme mis propias mentiras con pelos y señales, algo que había perfeccionado desde niñas y que solo empeoró cuando se casó y empezó a creer que el matrimonio la había convertido en una autoridad moral sobre mi vida.
—Iré si prometes no traer a Dave a hablar de criptomonedas.
—Dave y yo lo hemos dejado.
Eso sí que era una novedad. Antes de que pudiera preguntar nada, Ozzie volvió a asomar la cabeza, esta vez con una expresión distinta, algo entre la curiosidad y la advertencia.
—Ellie. Tienes que ver esto.
—Estoy al teléfono.
—Ellie.
Colgué a mi hermana a mitad de una frase sobre Dave y las razones por las que ya no confiaba en los hombres que llevaban reloj inteligente, y seguí a Ozzie hasta la sala de espera.
El hombre sentado en la tercera silla desde la puerta no encajaba con el resto de la sala.
Llevaba una camisa de franela con las mangas subidas hasta el codo, botas con barro seco en la suela y una carpeta llena de papeles arrugados en las manos, como si la hubiera sacado de la guantera del coche.
Todo en él —los antebrazos, la forma en que ocupaba la silla sin encogerse, el pelo que necesitaba un corte hacía tres semanas— pertenecía a otra clase de consulta. Una veterinaria, tal vez. No la mía.
Levantó la vista cuando entré y algo me pasó por dentro que no supe nombrar en ese momento, así que decidí no intentarlo. Tenía la mandíbula tensa, un rasguño reciente en el nudillo derecho y ojeras que no eran de una mala noche, sino de varias seguidas.
—¿Señor…?
—Calloway. Levi Calloway. —Se puso de pie y me tendió la mano. Tenía la palma áspera, de trabajo de verdad, no de gimnasio—. Tenía cita a las tres y media.
—Son las tres y diez.
—Ya. He llegado pronto porque si llegaba tarde no venía.
No sonreía cuando lo dijo, y eso, extrañamente, me gustó más que si lo hubiera hecho.
Lo hice pasar a mi despacho, no al de las consultas estéticas normales, porque algo en su forma de sentarse frente a mi mesa —con las manos entrelazadas, la espalda recta, mirando un punto fijo en la pared detrás de mi cabeza— me dijo que aquello no iba a ser una consulta sobre bótox.
—¿En qué puedo ayudarle, señor Calloway?
—Quiero cambiarme la cara.
Lo dijo así, sin rodeos, con la misma naturalidad con la que alguien pide un café solo.
—Necesito que sea más específico. Cambiarse la cara puede significar desde una rinoplastia hasta…
—Toda. Quiero que nadie me reconozca. Nariz, mandíbula, pómulos, lo que haga falta.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—Eso no es una consulta estética, señor Calloway.
Eso es una reconstrucción facial completa, y antes de hablar de bisturís me va a tener que explicar por qué un hombre de…
—consulté el formulario que Ozzie le había hecho rellenar en recepción— treinta y cuatro años que hace seis meses ni siquiera aparece en ningún registro médico relevante, viene un martes por la tarde pidiendo que le borre la cara.
Se quedó callado un segundo de más. Después soltó el aire por la nariz, algo parecido a una risa sin humor dentro.
—Porque en Millbrook, si te rompen el corazón, no hay manera de que no se entere todo el condado antes de que tú mismo hayas terminado de llorar.
—¿Y la solución es la cirugía?
—La solución es no tener que ver la cara de lástima de la cajera del supermercado cada vez que compro leche para uno solo, doctora Marsh.
Debería haberle dicho que no. Debería haberle explicado que ninguna cirugía cura una humillación pública, que lo que necesitaba era un terapeuta y no un bisturí, y haberle dado la documentación de baja para que se fuera.
Eso es lo que habría hecho con cualquier otro paciente que llegara pidiendo lo mismo por las razones equivocadas.
En cambio, me quedé mirando el rasguño de su nudillo y pensando que sería un crimen que ese hombre saliera de mi consulta con otra cara.
—Voy a necesitar una evaluación completa antes de programar nada —dije—. Análisis, historial, y una consulta psicológica previa. Es el protocolo para cualquier intervención de esta envergadura.
—¿Cuánto tarda eso?
—Semanas.
—No tengo semanas. La boda era en seis y ahora tengo seis semanas de vergüenza libre por delante y quiero que se me pase antes de que alguien me vea la cara otra vez en el pueblo.
Así que había boda. O la había habido.
—El protocolo es el protocolo, señor Calloway. Si quiere que le opere, va a tener que pasar por él. —Le acerqué un impreso por encima de la mesa—. La primera cita de evaluación se la puede dar Ozzie en recepción.
Se levantó, se guardó el impreso doblado en el bolsillo trasero del pantalón sin mirarlo, y antes de salir se detuvo en la puerta.
—¿Usted lo haría? Si fuera usted.
—Yo no dejaría que nadie me tocara la cara por un motivo que no fuera mío.
Levantó una ceja, como si no esperara esa respuesta de la mujer que acababa de cobrarle cuatrocientos dólares por una consulta de veinte minutos, y se fue sin decir nada más.
Ozzie entró en mi despacho en cuanto oyó cerrarse la puerta de la calle.
—¿Y bien?
—Y bien qué.
—Que te ha faltado sentarte encima de la mesa para mirarlo mejor.
—No seas ridículo.
—Ellie, llevo tres años viéndote atender pacientes y jamás te había visto tardar cuarenta segundos en contestar una pregunta sencilla. ¿Qué quería?
—Quiere que le cambie la cara entera.
Ozzie se apoyó en el marco de la puerta y silbó bajito.
—¿Y se la vas a cambiar?
Miré el impreso que había dejado sobre mi mesa, con su nombre escrito en mayúsculas y su número de teléfono al final, y hasta ese momento no me había dado cuenta de que llevaba dos minutos sin dejar de mirarlo.
—No —dije, y por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en el dinero.
Esa noche cené sola, de pie junto a la encimera, revisando el historial clínico que Levi Calloway había dejado a medio rellenar.
Alergias: ninguna. Cirugías previas: ninguna.
Motivo de consulta, en la casilla que se suponía que había que rellenar con letra de médico, había escrito él mismo, con una letra angulosa que se apretaba contra el margen: "Necesito una cara nueva antes de que empiece la temporada de bodas de mis primos. "
Me reí sola en la cocina, algo que no me pasaba a menudo con el papeleo administrativo.
Ozzie me había dejado, además, una nota pegada al dorso del impreso con su letra inconfundible: "Este no es como los demás. No le cobres cuatrocientos dólares por hacerle sentir peor. Firmado: la voz de tu conciencia, que por lo visto tú no tienes."
Arranqué la nota, la tiré a la basura, y la recuperé cinco minutos después para volver a leerla mientras me terminaba una copa de vino que no me había ganado con ningún mérito especial ese día.
Al día siguiente, en la consulta, Ozzie no dijo nada sobre el tema hasta la hora de comer, cuando me pilló a solas en la sala de descanso comiéndome una ensalada que sabía a nada.
—¿Has pensado en lo que te dije?
—No he pensado en nada de lo que dices nunca, Ozzie, es una política que me funciona bien.
—Pues deberías, porque ese tío no necesita un bisturí. Necesita que alguien le diga que no está roto.
—Eso no es asunto nuestro.
—Es asunto tuyo en cuanto le pongas la mano encima con un escalpelo, cariño. —Se sentó frente a mí, con su bandeja de comida para llevar de siempre, y me miró con esa mezcla de cariño y exasperación que solo él conseguía sin que resultara insoportable—. He visto cómo lo mirabas.
—Lo miraba como miro a cualquier paciente.
—Le mirabas el nudillo del rasguño como si fueras a besárselo, Ellie. Llevo tres años viéndote atender a hombres que se gastan fortunas en parecer diez años más jóvenes para intentar ligar, y jamás, jamás, te había visto mirar a nadie así.
No contesté, porque no tenía ninguna réplica que no fuera una confesión, y Ozzie, que sabía perfectamente cuándo había ganado una discusión, se levantó con la bandeja y me dejó sola con la ensalada y con la certeza incómoda de que mi asistente me conocía mejor que yo misma.