Capítulo 16 #2
—No le puse yo el significado, hermano. Se lo pusiste tú solito, cantándola mal durante todo el trayecto hasta la tienda.
Ellie se rio contra mi hombro, y seguimos bailando el resto de la canción sin decir nada más, rodeados de la gente que más nos importaba: mis padres, ya mayores pero felices de tener por fin una boda de verdad que celebrar; Josie y Ozzie, enredados en su propia coreografía torpe unos metros más allá; y hasta Carol Whitfield, que se había quedado más tiempo del esperado y que, contra todo pronóstico, terminó la noche pidiéndole a Ellie los datos de contacto de "ese encantador entrenador" para su propio labrador, cosa que ninguno de los dos se cansó de recordarle en las siguientes navidades familiares.
Esa noche, ya lejos de la fiesta, sentados los dos en los escalones de la casa donde meses atrás Whitney me había esperado con dos cafés que ya no significaban nada, Ellie apoyó la cabeza en mi hombro y me preguntó si alguna vez había echado de menos la idea de cambiarme la cara.
—Ni un solo día —contesté—. Habría sido un desperdicio enorme, teniendo en cuenta que era justo esta cara la que tú decidiste que merecía la pena conservar.
—La mejor decisión profesional que he tomado en mi carrera.
—La única gratuita, además.
—No del todo gratuita. Me costó dos meses de agenda retrasada, un psicólogo al que le debo un favor de por vida, y una hermana que no ha dejado de recordarme desde entonces que tenía razón sobre todo.
—Y a mí me costó una boda cancelada, una cara que estuve a punto de perder para siempre, y una lista de invitados a la gala que Ozzie sigue negándose a enseñarme por completo.
Nos reímos juntos, con Kessler roncando a nuestros pies, y me di cuenta, mientras la miraba reír con la cabeza echada hacia atrás, de que ni en mis mejores sueños después de lo de Whitney habría imaginado terminar exactamente aquí, en los mismos escalones donde meses atrás todo había estado a punto de romperse del todo.
Nos quedamos ahí un buen rato, sin necesidad de decir nada más, con Kessler y Rex dormidos a nuestros pies y el resto de la fiesta apagándose poco a poco detrás de nosotros, sabiendo los dos, por fin y sin ninguna duda, que habíamos encontrado exactamente el sitio al que pertenecíamos.
Un año después de la boda, Ellie redujo su jornada en la clínica a cuatro días a la semana, algo que ningún cirujano de su prestigio hacía normalmente, para poder pasar los viernes ayudando a Levi con las clases de adiestramiento, aunque su idea de "ayudar" seguía consistiendo, la mayoría de las veces, en sentarse en el mismo bordillo de siempre mientras él hacía todo el trabajo de verdad.
Ozzie y Josie se comprometieron esa misma primavera, en una pedida tan discreta como ruidosa había sido la relación que la precedió, y Ellie, que llevaba meses insistiéndole a Ozzie en que le devolviera de una vez todos los cotilleos que él le había sonsacado a ella durante años, se pasó la fiesta de compromiso vengándose con lujo de detalle delante de toda la familia reunida.
Marcus, el paciente de las quemaduras, volvió a la consulta un año después de terminar su tratamiento, no por ninguna urgencia médica, sino solo para enseñarle a Ellie una foto de su boda, la primera desde el accidente en la que se había sentido, según sus propias palabras, "completamente él mismo otra vez".
Ellie guardó esa foto en el cajón de su escritorio, junto al primer impreso a medio rellenar que Levi había dejado en su consulta años atrás, el único recuerdo profesional que se permitía conservar de un caso que nunca llegó a operar.
Tres años después de la boda, con Kessler ya gris en el hocico y un segundo perro, un cachorro torpe que Levi insistió en llamar Richard "en honor a su redención social", nos sentamos una tarde de domingo en el mismo bordillo de la gasolinera de siempre, con dos cafés que seguían sabiendo igual de mal y que a esas alturas ya formaban parte del ritual de cualquier visita a Millbrook.
—¿Te arrepientes de algo? —le pregunté a Ellie, mientras veíamos a los dos perros perseguirse entre ellos sin ningún propósito claro.
—De haberte hecho esperar dos meses de agenda falsa. Del resto, ni un segundo.
—Yo tampoco.
Se recostó contra mi hombro, con la misma naturalidad de siempre, y nos quedamos ahí un buen rato más, sin necesidad de decir nada, sabiendo los dos que aquel bordillo de gasolinera, más que ningún jardín decorado ni ninguna gala benéfica, seguía siendo el sitio exacto donde todo había empezado de verdad.
Cole se casó al año siguiente con una veterinaria que había conocido gracias, indirectamente, a un perro de Levi con una infección de oído complicada, cerrando así, entre risas familiares, el círculo de bodas que había empezado con la cancelada de Whitney años atrás.
Mis padres bailaron en las tres bodas seguidas con la misma energía inagotable, y Ozzie y Josie terminaron celebrando la suya en el mismo jardín de Millbrook, insistiendo en que "si a Ellie le había funcionado, por qué cambiar de sitio".
La consulta de Ellie sigue llena, cada semana, de gente dispuesta a pagar fortunas por parecer alguien distinto.
Y cada sábado, sin falta, sigue vacía de las nueve a la una, porque esas horas, desde hace ya varios años, pertenecen únicamente a un parque, dos perros, y un hombre al que ella decidió, contra todo protocolo médico razonable, no cambiarle jamás la cara.
Meses después, cuando alguna paciente nueva le preguntaba a Ellie, en mitad de una consulta rutinaria, si alguna vez se había arrepentido de rechazar un contrato tan lucrativo como el de Levi Calloway, ella se limitaba a sonreír y contestar que había sido, con diferencia, la única operación de su carrera que decidió no hacer, y la que mejor resultado le había dado de todas.
Yo, por mi parte, sigo enseñando perros a caminar sin tirar de la correa, sigo sin saber cocinar nada que no lleve tomate triturado de bote, y sigo, cada sábado a las nueve en punto, esperando en el mismo parque a la misma mujer que un día decidió no cambiarme la cara.
No hizo falta ningún bisturí para arreglar lo que estaba roto en mí.
Solo hizo falta que alguien se quedara el tiempo suficiente para demostrarme que nunca lo había estado del todo.
Y cada vez que alguien, en Millbrook o en la ciudad, me pregunta cómo terminó aquella historia que empezó con un impreso a medio rellenar y una petición absurda de cambiarme la cara entera, contesto siempre lo mismo, sin necesidad de añadir ni una palabra más: que la mejor decisión que tomé en mi vida fue dejar que otra persona decidiera, por una vez, que yo ya estaba bien tal y como era.