Protegiendo lo que es mío (Jugando con el Peligro 3) 24 Zane
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24 Zane

ZANE

La furia y el miedo corren por mis venas mientras el grandullón llamado Armando me lleva a reunirme con Spence Leeland. No tengo ni idea de qué quiere, pero estoy dispuesto a todo con tal de recuperar a Laney.

Y a nuestro bebé.

Joder. Todavía estoy intentando asimilarlo. Odio haber tenido que enterarme por un gilipollas y no por ella, pero estoy agradecido de saberlo ahora. Lo juro por Dios, haré todo lo que esté en mi mano para proteger a mi familia.

Salimos de la carretera principal y subimos por un largo camino de grava rodeado de cactus y matorrales del desierto, en algún lugar de las montañas de Santa Clarita. Es una zona bastante aislada y desde luego no es el lugar más fácil para escapar a pie.

Cuando el coche se detiene, abro la puerta y salgo, mis nervios se disparan un escalón más a pesar de mi compostura serena. Miro hacia la enorme mansión y mi instinto me dice que Laney está ahí dentro, en algún lugar.

Armando me guía hacia el interior y jamás había visto una casa como esta.

Es tan enorme que haría falta una fortuna inmensa para comprar un lugar así y mantenerlo.

Una escalinata monumental se alza frente a mí, con una mitad que gira a la izquierda y la otra a la derecha, indicando alas separadas.

Un deslumbrante candelabro cuelga muy por encima de mí, e intento no quedarme boquiabierto ante el Monet que cuelga en la pared.

Sigo a Armando por un largo pasillo y entonces abre una puerta, indicándome que pase al interior de la habitación. Con los sentidos en alerta máxima, entro y diviso una mesa larga donde dos hombres están sentados, esperándome.

Es Spence Leeland... y Marcus King.

¿Por qué no me sorprende?

—Siéntate —dice Leeland.

Precavido, rodeo la mesa y me siento, no demasiado cerca de ninguno de ellos.

—No mordemos —dice Leeland con una risita. Le lanza una mirada de reojo a King—. He oído que hay que felicitarte, Maddox. Que vas a ser padre.

Está claro que a Leeland le hace gracia que haya dejado embarazada a Laney. King, por otro lado, parece furioso. —Eso se rumorea —digo con cuidado—. Me gustaría hablar con Laney. ¿Dónde está?

—Todavía no —responde Leeland.

—Creo que ya has hecho más que suficiente —gruñe Marcus—. ¿Por qué no te apartas de mi hija de una puta vez?

—Hijastra —le recuerdo.

Sus ojos se estrechan.

—Esta es la situación, Zane. ¿Puedo llamarte Zane?

Me encojo de hombros, inmediatamente en guardia. Leeland me recuerda a una serpiente, y no quiero tener nada que ver con él ni con la propuesta que viene. Pero, para sacar a Laney de aquí, me obligo a escuchar.

Continúa: —Este hombre siempre ha sido mi competencia y mi hijo prefiere follarse a hombres antes que a mujeres.

Pero he encontrado una solución a estos problemas.

Si Marcus y yo cedemos y unimos nuestros intereses, podríamos alcanzar cierta paz.

¿Y qué mejor forma de mantener esa paz que casando a nuestros hijos?

—Ella no lo quiere —digo.

—Tampoco te quiere a ti —espetó Marcus.

Sus palabras me duelen, pero no puedo negarlas.

Es cierto, Laney nunca me dijo que me amara.

Sé que yo estoy enamorado de ella, pero no tengo ni idea de lo que siente ella.

Si es que todavía me quiere después de las cosas horribles que le dije.

—¿Y tu hijo está de acuerdo con esto? —pregunto a Leeland.

—Dex hará lo que yo diga.

—¿Por qué estoy aquí? —pregunto, con la voz cargada de sospecha.

—Porque soy un hombre justo —dice Leeland con una sonrisa—. Y qué puedo decir... me encanta una buena pelea y hacer una fortuna fácil sin mover un dedo.

—¿Pelea? —repito.

—Muy poca gente sabe que estoy detrás de una organización que prefiere un tipo de entretenimiento diferente. Peleas clandestinas con un poco más de emoción y adrenalina, por así decirlo.

Todavía no me queda del todo claro de qué está hablando, pero no suena bien. Los hombres con demasiado dinero y demasiado tiempo libre que ansían poder nunca son una buena combinación. —Así que quieres que pelee en una de tus peleas clandestinas, ¿es eso?

—Eso es —dice Leeland con naturalidad—. Si ganas, te llevas a la chica y te vas.

Miro a Marcus, que tiene los labios apretados en una línea tensa.

—Entonces voy a ganar —digo con seguridad.

—Quizá sí, quizá no. Lo peor que puedes hacer es subestimar a tu oponente.

—¿Y quién sería ese? —pregunto.

—Uno de mis luchadores.

No me gusta lo vago que está siendo, y mi detector de mentiras no deja de pitar.

Está tramando algo, pero no logro descifrar qué.

¿Por qué querría que participara en una pelea ilegal contra alguien con mucha menos experiencia cuando soy un campeón de la UFC con nueve victorias?

Esto es lo que hago, para lo que entreno, así que las posibilidades de que pierda son mínimas.

A menos que las posibilidades de que pierda sean altas.

—¿Cuál es la trampa? —pregunto.

—Teniendo en cuenta las veces que te han golpeado en la cabeza, es un milagro que sigas siendo tan agudo, Maddox.

Entrecierro los ojos ante el insulto, pero mantengo la boca cerrada, esperando a que se explique.

—Tienes razón —dice Leeland—. No hay diversión ni deporte si te meto en el ring con un luchador menos experimentado. Hazme el favor. Mis peleas son más interesantes que eso.

—¿Cómo? —pregunto, sintiendo cómo se me eriza el vello de la nuca.

—Algo así como mi vida, nunca fui muy bueno siguiendo reglas.

—No me digas —respondo en tono seco.

—No me atraían. Siempre fue mucho más divertido y gratificante esquivarlas y hacer las cosas a mi manera. Y así es como organizo mis peleas.

—Vale.

—Repasemos las apuestas: si ganas, tú y Laney sois libres de iros. Tened a vuestro bebé y vivid vuestras vidas. Si pierdes... bueno, juego terminado. Espero que hayas tenido una buena vida y que Laney se case con Dex.

¿Que haya tenido una buena vida? Pienso. Mierda. Eso no suena bien. De hecho, suena jodidamente definitivo. Pero mi mente va directa al bebé y a cómo ha evitado mencionarlo.

—¿Qué pasa con el bebé?

—No puede criarse a tu bastardo con mi hijo. Si pierdes, el bebé dejará de ser un problema. Tengo un médico en plantilla que se encargará de ello.

Todos los insultos que puedo imaginar pasan por mi mente. Spence Leeland es el ser humano más bajo y vil que he conocido. —¿Jugamos con las reglas de la MMA? —pregunto entre dientes.

Leeland intercambia una mirada con Marcus y se ríe. —Ya te lo he dicho, Maddox. No me gustan las reglas.

—¿Qué quieres decir? ¿Que quieres una pelea sucia?

—Exacto. Sin reglas, todo vale, el último en pie se va caminando.

Por alguna razón, la parte principal del plan de este maldito no ha terminado de encajar en mi cerebro. No ha terminado de registrarse. Aún pienso que si pierdo, podré intentar joder sus planes y raptar a Laney de vuelta.

Pero eso no va a ser posible.

—Una pelea a muerte, Maddox —acaba por aclarar—. Te enfrentas a Reaper y solo un hombre sobrevive para contarlo. ¿Merecen Laney y un bebé que nunca planeaste que arriesgues tu vida contra el mejor y más letal luchador clandestino que existe?

Oh, jodido infierno. He oído hablar de esas misteriosas peleas a las que asisten los millonarios, y el nombre de Reaper evoca la imagen definitiva de la muerte y la destrucción.

Con suerte, no la mía.

He pasado toda mi carrera luchando con reglas y siguiendo pautas.

Respeto a mis oponentes y nunca les daría un golpe bajo o los menospreciaría.

¿Son todos ciudadanos ejemplares y mantienen los mismos altos estándares que yo?

Por supuesto que no. Pero siempre hemos jugado limpio y nos hemos tratado con el respeto que merecemos.

Y ahora, tengo que tirar por la ventana todo en lo que he creído. Ignorar mi entrenamiento y mis convicciones y...

¿Matar a un hombre? ¿Con mis propias manos?

La bilis me sube por la garganta.

Pero ¿qué otra opción tengo? Tengo que proteger a Laney y a nuestro bebé. Pase lo que pase. Sea cual sea el riesgo.

—Bueno, Maddox, ¿quieres pelear contra Reaper y descubrir quién es el mejor? ¿O escabullirte y volver a tu pulcro y ordenado circuito de la UFC para seguir haciendo de buen chico, como hasta ahora?

—Eres un maldito gilipollas —digo—. Y no veo el momento de ver a mi padre llevarse a los dos a la cárcel.

Intercambian una mirada y Leeland me sonríe con condescendencia. —¿Es eso lo que crees que va a pasar? Todavía no ha encontrado ninguna prueba concluyente, así que, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Cubrimos demasiado bien nuestras huellas.

Me dan ganas de lanzarme sobre la mesa y acabar con estos dos, especialmente con Leeland. Arrancarle esa sonrisa de suficiencia de la cara. En lugar de eso, aprieto los puños, tenso la mandíbula y asiento con un gesto brusco. —Me apunto —digo—. Pero quiero ver a Laney.

—No —dice Marcus, hablando por fin—. No la volverás a ver.

—Entonces me retiro —digo y me levanto. Estoy jugándomela y esperando que no me pillen el farol—. Necesito asegurarme de que esté bien antes de meterme en un ring para quizá morir. Por lo que sé, ya podríais haberla obligado a casarse con Dex.

—Supongo que es justo —dice Leeland.

Pero Marcus niega con la cabeza. —No tiene sentido...

—¿A quién le importa? —lo interrumpe Leeland—. ¿Qué mal puede hacer que hablen un rato, bajo vigilancia? Además, probablemente sea un adiós —añade en voz baja.

Juro por Dios que, si salgo de esta, haré que Leeland pague. Marcus King puede ser un criminal y controlador, pero Spence Leeland es el tipo de hombre que me pone la piel de gallina. Sin ética, sin moral, sin remordimientos. Cree que es Dios y juré hacer todo lo posible por verlo caer.

—Bien —gruñe al fin Marcus.

—Armando, lleva a Maddox a ver a Laney —ordena Leeland—. Pero usa la sala de observación.

—Sí, señor —contesta Armando.

Me levanto, les lanzo una última mirada asesina a ambos y sigo a Armando.

Resulta que la "sala de observación" es un pequeño cuarto de cristal lleno de plantas.

Casi como un mini invernadero. La luz entra por los paneles transparentes del techo y las paredes son enormes ventanales de suelo a techo.

También hay una ventana de cristal en medio de la pared del fondo, lo cual es extraño. Además, está cerrada con llave.

—¿Para qué es eso? —pregunto.

—Para el gato —responde Armando con voz monótona—. Allí hablarás con Laney.

Cuando se va, corro hacia la ventana, con el corazón en la garganta y el estómago revuelto por la expectación. No puedo esperar a verla y hablar con ella. Unos minutos después, aparece, y me golpea la intensidad con la que la he echado de menos y lo mucho que significa para mí. Absolutamente todo.

—Laney —digo y toco el cristal. Mis ojos la recorren, asegurándome de que no le hayan hecho daño y, gracias a Dios, parece intacta y en buen estado. Está incluso más hermosa de lo que recordaba. Y eso es mucho decir, porque creo que es la mujer más deslumbrante que he visto jamás.

—Zane, lo siento mucho —dice y levanta las manos, apoyando sus palmas contra las mías al otro lado de la barrera transparente.

Se oye un poco mal a través del cristal, pero no es imposible. —No, yo lo siento —le digo—. Nunca debería haber dicho lo que dije. No lo decía en serio. Confío en ti, Laney.

—Yo también confío en ti. No debería haber sacado conclusiones apresuradas sobre ti y tu ex. No sé nada de tu relación pasada y no fue justo.

Nuestras miradas se encuentran y ella exhala.

—Zane, tengo que decirte algo.

—Lo sé —respondo.

Su boca se abre en una pequeña "O" de sorpresa. —¿Sabes lo del...?

—El bebé. Sí. Está esperando mi reacción, desesperada por saber cómo me siento, y yo sonrío. —Sé que no estaba planeado, pero estoy feliz. ¿Tú lo estás?

—Sí.

—El bebé está bien, ¿verdad?

Asiente. —Creo que sí. Me durmieron con algo, pero no creo que le hiciera daño.

¿Le? Mi corazón da un extraño vuelco. La idea de que una parte de mí y una parte de ella esté creciendo dentro de ella me llena de un amor feroz y la necesidad de protegerlos a cualquier precio. —¿Le? —pregunto.

Ella se sonroja. —Solo una corazonada.

—¿Sabes cuánto me encantaría criar a ese bebé contigo? —Muevo las manos, deseando como un loco poder tocarla, sentir su piel suave contra la mía.

—¿No estás asustado?

Niego con la cabeza. —No por pasar el resto de mi vida contigo y con nuestro hijo. Pero estoy un poco nervioso por enfrentarme a Reaper.

Sus cejas se fruncen. Mierda. No lo sabe, me doy cuenta.

—¿De qué estás hablando?

Suelto un suspiro. —Para que nos dejaran ir, acepté pelear contra uno de los luchadores clandestinos de Leeland, sin reglas.

—Zane...

—Voy a ganar.

—¿Qué acuerdo hiciste con él exactamente?

Aparto la mirada, sin querer decirle nada que pueda estresarla. Pero necesita saber la verdad, porque el resultado de esta pelea determinará el destino de ambos. —Es una pelea a muerte, Laney.

El horror llena sus preciosos ojos azul grisáceos y niega con la cabeza. —No. No puedes hacerlo.

—No tengo opción.

—Aléjate, Zane. Por favor.

—¿Y dejarte a ti? Van a obligarte a casarte con Dex y... —mi voz se quiebra.

Sus manos bajan y cubren su vientre.

—No permitiré que eso ocurra. Te lo prometo, Laney. Te lo prometo a ti y a nuestro hijo por nacer.

Vuelve a apoyar las manos contra las mías y una lágrima resbala por su mejilla. Quiero alargar la mano y secar la siguiente con mi pulgar, pero no puedo. Resbala por su rostro y trago todo el torbellino emocional que surge dentro de mí.

—Tienes que ganar. No quiero vivir sin ti, Zane. Te quiero —dice.

—Yo también te quiero —le digo.

Apoyamos las frentes contra el cristal, los ojos cerrados, fingiendo que nuestros mundos no están al borde del abismo.