Protegiendo lo que es mío (Jugando con el Peligro 3) 17 Laney
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LANEY

Al día siguiente, Brie me convence de quedarme en casa otra vez, ya que tenemos un día muy tranquilo. Me encuentro perfectamente bien e intento discutir con ella, pero me dice que me lo tome con calma y que tiene todo bajo control. Además, añade que no quiere que lleve gérmenes a la oficina.

Cedo y empiezo a trabajar en algunas cosas con el portátil. Más o menos una hora después, justo cuando estiro la mano para coger la taza de café, me da un mareo. Me levanto de un salto, corro al baño y vomito el café que había estado bebiendo.

¿Qué me pasa? Me pregunto mientras me enjuago la boca. Estoy bien un minuto y al siguiente vomitando. También he desarrollado una extraña afición por mojar patatas fritas en mantequilla de cacahuete y una fuerte aversión al atún. Solo de pensarlo me empieza a sudar la frente.

Mientras me cepillo los dientes, un mal presentimiento me invade el estómago y caigo en la cuenta de que tengo unos días de retraso. Lo aterrador es que mi ciclo es como un reloj y nunca me había retrasado desde...

Bueno, nunca.

¿Embarazada? El pensamiento me golpea con fuerza. Pero no, no es posible. Hemos sido muy cuidadosos y simplemente no hay manera.

Excepto aquella noche, me recuerda una vocecita.

—Ay, Dios —susurro y cierro los ojos con fuerza.

Todo vuelve a mí como un sueño que recuerdas de repente al día siguiente.

Fue la noche en que Zane ganó su combate y estábamos un poco achispados después de celebrarlo con Kai y Sasha en el bar.

Cuando llegamos a casa, nos lanzamos el uno contra el otro, rápidos y furiosos como un par de animales salvajes.

Recuerdo estar contra la pared, con las piernas alrededor de su cintura, y cómo me arrancó la tanga. Yo me hundí, él empujó.

Pero entonces se retiró y fue a buscar protección. Todo ocurrió tan rápido. ¿Verdad?

Mierda. Suelto un aliento tembloroso y decido hacerme un test de embarazo o me volveré loca preguntándome y preocupándome. Quizá estoy siendo paranoica y sacando conclusiones precipitadas. Sea como sea, cojo el bolso y salgo corriendo hacia la farmacia.

Quince minutos después, estoy frente a una estantería llena de opciones interminables y no tengo ni idea de cuál elegir. Nunca me he hecho un test de embarazo antes. Joder, mi ex apenas me tocaba hacia el final de nuestra relación.

Pero Zane sin duda ha compensado eso, ¿no? pregunta una vocecita traviesa.

Quizá demasiado, pienso, cojo la caja más cercana, la pago y vuelvo a casa.

De vuelta en el baño, leo las instrucciones y las sigo al pie de la letra.

Mientras espero el resultado, mi mente en pánico imagina un centenar de escenarios distintos: estoy embarazada y Zane no quiere saber nada de mí o del bebé.

Crío a un niño sola. Zane me pide matrimonio y formamos una familia feliz.

Me asusto, Zane se asusta y mi familia me repudia.

Lo único que sé es que si veo dos líneas rosas, me quedo con el bebé. Sin duda alguna. Tendré que resolver todo lo demás sobre la marcha, adaptarme y sacarlo adelante. Sin importar lo que Zane sienta al convertirse en padre, jamás me desharía de su bebé. Nuestro bebé.

Cuando ha pasado el tiempo suficiente, respiro hondo y miro el palito.

Ay, Dios mío. Voy a tener un bebé.

Al principio me cuesta asimilarlo. Toda mi vida va a cambiar. ¿Cómo voy a criar a un niño y seguir dirigiendo mi negocio? ¿Puedo permitírmelo? Necesito pedir cita con el médico. Decírselo a mi madre y a Marcus me va a estresar. Y Zane...

¿Cómo se lo voy a decir a Zane?

No tengo ni idea de cuál será su reacción y eso me provoca una ansiedad tremenda.

Como si supiera que estoy pensando en él, mi móvil pita con un mensaje suyo. Lo abro y leo: ¿Cómo te encuentras?

¿Un poco embarazada?

¿Te imaginas que le contestara eso? Me apoyo en la encimera y me debato sobre cómo responder.

Supongo que cuanto antes se lo diga, mejor.

Pero ¿y si no le interesa ser padre ahora mismo?

Está a punto de irse de gira con la UFC durante tres meses.

¿Cómo demonios voy a encajar en su ajetreado horario?

Ay, Dios. Me recojo el moño despeinado en lo alto de la cabeza y estoy a punto de escribir una respuesta cuando llaman a la puerta. Agradecida por la distracción, salgo del baño y abro la puerta para encontrar a mi madre.

—Hola, mamá —digo, sorprendida de verla.

—Hola, cariño. Espero que no te importe que haya pasado por aquí.

—Por supuesto que no. Pasa.

Pienso que podría decirle que va a ser abuela, pero entonces decido que primero quiero decírselo a Zane. Nos dirigimos al sofá y nos sentamos.

—¿Quieres algo de beber? —le pregunto.

—No, gracias. Oí que Marcus te llamó y hablasteis.

Asiento, sin muchas ganas de hablar de Marcus, pero sé que cómo me fui de la cena la preocupó, así que quiero asegurarme de que esté bien. Mi madre siempre ha sido extremadamente sensible y un poco frágil. No creo que haya sido siempre así, pero perder a mi padre, el amor de su vida, la cambió.

—Sí. Creo que llegamos a una tregua, al menos.

—Eso me alegra. Gracias por intentarlo. Sé que es un hombre difícil pero... —Su voz se corta y el tono tenso que percibo capta mi atención. Me duele el corazón y no me gusta.

—Pero, ¿qué? —pregunto.

—Es que cuando se enfada, la vida se vuelve más difícil de lo necesario —responde mientras se retuerce las manos.

—¿Qué me estás diciendo?

Ella suspira. —No quiero preocuparte, pero suele descargar su frustración con los demás cuando está triste.

Entrecierro los ojos. —¿Contigo?

Ella estudia sus dedos entrelazados, negándose a mirarme. —A veces —admite con voz quedita.

—Mamá, si no eres feliz, ¿por qué no lo dejas?

—¿Dejarlo? ¿Adónde iría?

Sus palabras patéticas me parten el corazón. Me gustaría decirle que podría vivir conmigo, pero ahora que sé que estoy embarazada, y si Dios quiere que Zane me apoye, puede que me vaya a vivir con él. —Podrías buscarte tu propio sitio.

—Nunca he vivido sola. No sabría qué hacer conmigo misma.

—Te ayudaré.

Pero ella niega con la cabeza, desolada. —Quizá algún día, pero no ahora.

Aprieto los dientes y comprendo que no puedo obligarla a dejar a su marido. Es algo que debe hacer por sí misma, una decisión que debe tomar con seguridad y que solo ocurrirá cuando esté completamente preparada.

—Aunque necesito un favor —dice.

—Lo que sea.

—Hay un evento benéfico esta noche y no me siento con fuerzas. ¿Podrías ocupar mi lugar y acompañar a Marcus? Será una buena oportunidad para hablar en persona.

No tengo corazón para apagar la esperanza en sus ojos, así que suspiro y acepto a regañadientes. —No me apetece, pero lo haré por ti.

—Oh, gracias, cariño. A Marcus no le gusta ir solo a estos eventos y esta noche no tengo energía para lidiar con gente.

—No te preocupes —le digo. Se la ve demasiado delgada e infeliz, y en este momento haría cualquier cosa que me pidiera para aliviar el peso que carga sobre sus hombros.

Hablamos durante media hora más o menos antes de que se marche. Aunque quería ver a Zane esta noche para contarle lo del bebé, supongo que ahora iré a un acto benéfico con Marcus. Uf. Qué desperdicio de noche.

Cojo el móvil e intento llamar a Zane, pero va directamente al buzón de voz. Supongo que está entrenando, así que le mando un mensaje: me encuentro mejor... te echo de menos...

Unos minutos después, me responde que él también me echa de menos.

Escribo: Tengo que ir a un evento benéfico esta noche por mi madre. Te llamo cuando vuelva... xo

Si no está demasiado cansado después del entrenamiento, pienso pasarme por su casa y soltarle la bomba.

Las seis llegan demasiado rápido y me encuentro en el asiento trasero de un lujoso Mercedes Maybach al lado de Marcus. La conversación es tiesa y formal. Está claro que aún no estamos en los mejores términos, pero estoy dispuesta a intentarlo por el bien de mi madre.

El evento benéfico se celebra en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, cariñosamente conocido como LACMA, y siempre me ha encantado la increíble instalación de luces de la entrada.

"Urban Light" está en la entrada de Wilshire Boulevard y consta de farolas restauradas de los años veinte y treinta.

Por la noche, es impresionante: un laberinto de luz que atrae tanto a turistas como a locales.

Entramos en la galería donde se celebra el evento y me paso las palmas por delante del vestido. He elegido un vestido de noche negro y ceñido porque sé que mis días para llevarlo están contados y pronto estaré atrapada en ropa premamá holgada.

Mientras recorremos la sala, todos se acercan a saludar a Marcus. Tiene una presencia imponente que invita al peloteo. Casi como si fuera un mafioso italiano. Estoy esperando a que alguien le bese la mano como en El Padrino.

No pasa mucho tiempo antes de que aparezca un hombre de la edad de Marcus y me presente a Spence Leeland. Mientras le doy la mano, aparece Dexter y de repente siento que me han engañado. Otra vez me han saboteado por completo.

Dios, qué estúpida soy.

Marcus y Spence se excusan rápidamente y nos dejan solos a Dexter y a mí. Contengo un suspiro y no puedo creer que sigan intentando hacer de casamenteros. Supongo que podría decirle a Dexter que espero el hijo de otro hombre y eso probablemente acabaría con todo muy rápido.

Pero no quiero ser grosera y me he prometido comportarme lo mejor posible por el bien de mi madre. Con Zane en mis pensamientos, mantengo una conversación educada con Dex, como insiste en que le llame, y cojo un canapé de una bandeja que pasa.

Dex lanza indirectas sobre salir y yo esquivo cuidadosamente la pregunta, evitando el tema con coquetería. Tras quince minutos, necesito escapar y le digo que voy al baño. Me alejo, dejo escapar un suspiro de alivio y me quedo helada.

Warren Banks se planta justo en mi camino.

—Hola, Laney —dice e inclina su copa de champán hacia mí—. Me alegro de verte.

¿En serio? pienso. Porque la última vez que hablamos me dijiste que me largara. Es irónico verle aquí, ya que nuestro primer encuentro fue en un evento benéfico. Entonces no me atraía ni me impresionaba especialmente, y me doy cuenta de que ahora tampoco.

De repente, me doy cuenta. La influencia que Warren Banks tenía sobre mí ha desaparecido por completo.

Joder, y es una sensación jodidamente maravillosa.

Él sigue igual: pelo castaño anodino, ojos marrones, demasiado delgado y facciones afiladas.

Pero la diferencia es que no me siento molesta, triste o ansiosa.

No añoro una relación que nunca fue buena desde el principio y una sensación de paz me inunda.

Y a eso se le llama cerrar ciclos.

Mi corazón se eleva y de pronto me apetece celebrarlo con una copa de champán, pero me contengo y rechazo la que me ofrecen porque no puedo olvidarme del pequeñín. Una imagen de Zane llena mi cabeza y estoy deseando verle.

—Igualmente, me alegro de verte —le digo a Warren con una sonrisa. Es radiante y sincera, y él parece un poco sorprendido.

—Estás de buen humor —dice, dándome una mirada suspicaz.

—Eso es porque soy la chica más afortunada del mundo.

—¿Cómo es eso?

—Tengo al mejor hombre esperándome. Y adivina qué, Warren: le encanta complacerme.

La cara de Warren se torna de un rojo abigarrado y balbucea algo ininteligible, pero no le presto atención al girarme y alejarme.