Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—Las veinte toneladas completas —Velásquez da una calada a su puro—. Los ochocientos millones ya están en tu cuenta de las Caimán. Es una lástima que te retires; encontrar a otro que controle Nueva York va a ser un infierno.

Santorelli se larga. Frunzo el ceño. No es el tipo de hombre que huye de sus problemas. ¿Qué ha cambiado?

—¿Seguro que no podemos hacerte cambiar de opinión? —insiste Velásquez—. Esperamos duplicar la cantidad en el próximo envío.

—No.

Velásquez se ríe, una risa untuosa que me pone la piel de gallina.

—Paciencia, amigo. ¿Quién es la belleza que tienes detrás?

Cambio de posición, y es entonces cuando la veo.

Aria.

Todavía con la ropa que llevaba ayer. La chaqueta de cuero está cubierta de arañazos. Dos guardias la flanquean y prácticamente la sostienen en pie; tiene la cabeza ladeada. Las manos, atadas con bridas delante del cuerpo.

Un enorme moratón le cubre parte de la frente.

Pierdo toda capacidad de razonar.

Lleva el pelo recogido hacia atrás, los ojos hinchados y enrojecidos. Cuando levanta la cabeza, aturdida, veo el terror reflejado en su mirada.

Me ciega la ira.

Santorelli se tensa ante la pregunta de Velásquez.

—Es mi hija.

—¿Por qué está aquí?

—Viene conmigo.

Velásquez agita una mano con desdén.

—Dios mío, los hijos son una molestia. Te dije que no la trajeras.

Damian estalla.

—Es mi hija. El hecho de que me vaya no significa que no sea dueño de esta ciudad. Puedo hacer lo que me dé la maldita gana.

—Ella te traicionó —la voz de Velásquez se vuelve afilada, burlona—. ¿Crees que no volverá a hacerlo? No se quedará solo en llevarse a alguien a la cama. La próxima vez, traerá a su amante para cortarte la cabeza.

Santorelli saca un arma de la funda.

En un abrir y cerrar de ojos, todos los hombres del recinto apuntan sus armas a alguien. El patio se convierte en un polvorín a punto de estallar.

—Ni una palabra más —gruñe Damian.

Velásquez se ríe.

—Todo el submundo lo sabe, Santorelli. Mis contactos me dijeron que ella te plantó cara. Estás huyendo con el rabo entre las piernas, y aun así te llevas contigo la fuente de todos tus problemas.

Veo de reojo una sombra alta escalando la valla.

Cero.

Los refuerzos han llegado. Esta es mi oportunidad.

Levanto la Glock y disparo al guardia más cercano a Santorelli.

Se desata el infierno.

Caen hombres en ambos bandos. Los disparos rebotan en el acero y el hormigón. Alguien grita: Aria.

Caen varios cuerpos antes de que se den cuenta de que los disparos vienen de otro lugar. —¡Intrusos!

Empiezan a avanzar hacia mí.

Me agacho detrás de una carretilla elevadora, ruedo y disparo dos veces más. Han llegado suficientes agentes: esto ya es un tiroteo en toda regla.

Lucho por acercarme a Aria. Me ve a través del caos y su rostro se inunda de alivio. Me llevo un dedo a los labios y disparo a los dos guardias que la flanquean en rápida sucesión.

La agarro y la pongo a cubierto mientras le corto las bridas con la navaja.

—¿Puedes correr?

Asiente débilmente, pero le miro las rodillas magulladas y los ojos entrecerrados. La han drogado y golpeado. Tendré que abrir camino para los dos.

—Quédate —digo en voz baja, y salgo de mi escondite.

Damian está agachado detrás de un coche negro, pistola en mano. Recorro el patio con la mirada: Velásquez no aparece por ninguna parte. Se escabulló en el caos.

En cuanto Damian me ve, el odio puro le nubla el rostro. Levanta la pistola y avanza hacia mí; agarra a Aria y la arrastra fuera del escondite tirándole del brazo.

—Suéltala —gruño mientras avanzo con la pistola apuntándole.

—No la mereces —escupe—. Era mi deber protegerla. Tú la pusiste en mi contra.

—La ataste y la drogaste. Eso no es protección. No mereces ser su padre.

—¿Qué sabes tú de ser padre? —Ahora grita, con las venas del cuello hinchadas—. ¡Lo arruinaste todo!

—Lo que construiste se fundó en mentiras. Ella merecía saber la verdad.

Amartilla la pistola y usa a Aria como escudo. Me doy cuenta de que estoy entre él y el jet: su única vía de escape.

—Apártate —ordena.

—No puedo dejar que te la lleves.

Miro a Aria. Sus ojos se clavan en los míos: aterrorizados, agotados, pero aún combativos. Sigue siendo ella.

Muerde con fuerza el brazo que la sujeta y echa a correr.

Disparo en ese mismo instante.

La bala le alcanza en la cuenca del ojo.

Damian se sacude hacia atrás y cae al suelo. Su sangre salpica la espalda de la chaqueta de Aria. Ella grita —un sonido que me perseguirá el resto de mi vida— y se queda pálida como una sábana.

La agarro. —Tenemos que irnos. Ya.

Ojalá pudiera consolarla. Abrazarla. Decirle que todo va a salir bien. Pero no hay tiempo.

Tenemos que correr.

El olor a gasolina llena el aire y, detrás de nosotros, el jet explota. Una enorme bola de fuego estalla hacia el cielo. Protejo a Aria con mi cuerpo cuando una ola de calor nos golpea y los escombros caen como confeti en llamas.

No sé si ha sido el equipo de Cero o un sabotaje de Velásquez, pero todo el hangar está envuelto en llamas. El cielo se tiñe de naranja.

—¡Subid ya! —grita una voz familiar.

Nos lanzamos dentro de una furgoneta abierta que arranca a toda velocidad, cubiertos de hollín y ceniza.

Acabo de completar la mayor operación de mi carrera.

He acabado con Damian Santorelli, el hombre que mató a Walter, el hombre que ha poblado mis pesadillas durante años. Las pruebas de esa memoria USB harán caer a la mitad del mundo criminal.

Pero Aria tiembla en mis brazos, con la sangre de su padre aún fresca en la chaqueta, y nunca me he sentido tan lejos de ser un héroe.

Nunca me he sentido tan monstruo.