Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

JULIAN

Odio dejarla así.

Aria sigue durmiendo plácidamente, con parte del cabello recogido bajo la barbilla mientras el resto se esparce sobre la almohada como seda oscura.

Sus labios se entreabren ligeramente con cada respiración suave.

Dormida parece más joven, más dulce, vulnerable.

La mujer que dirige una empresa y planta cara a su monstruo de padre, reducida a algo frágil y confiado.

Confió en mí lo suficiente como para desmoronarse en mis brazos anoche. Confió en mí lo suficiente como para quedarse.

Estoy de pie en el umbral observándola mientras los acontecimientos de ayer regresan a mi mente.

La forma en que lloró —esos sollozos desgarradores que le sacudían el cuerpo— me hizo algo.

Me deshizo. Tocó lugares que no sabía que aún existían.

He visto a agentes curtidos quebrarse bajo interrogatorio.

He visto morir a hombres. Pero ver a Aria destrozarse por una cámara oculta, al comprender que su padre la ha estado vigilando como a un objetivo...

eso me destrozó de formas para las que no estaba preparado.

No debería tener que sufrir por los crímenes de su padre. No tuvo nada que ver con todo eso. Pero no hay manera de convencer a los jefes de la central. La ven como daño colateral en el mejor de los casos, como moneda de cambio en el peor.

Sería estúpido intentar protegerla por los canales oficiales.

Así que lo haré a mi manera.

Apoyo una mano en el marco de la puerta y mantengo la otra cerrada en un puño a mi costado. Todo mi ser quiere volver y tumbarme a su lado, solo para sentir ese silencio unos minutos más. Para recordar lo que era pertenecer a alguien.

Aria respira hondo y se gira de costado, acurrucándose más contra la almohada.

Lo tomo como la señal para marcharme.

El viento me golpea con fuerza y frío en cuanto salgo, áspero contra mi piel como una advertencia. Me detengo en la acera, absorbiendo la luz gris de la mañana. Algo no está bien. El aire tiene un sabor extraño: metálico, cargado con la promesa de lluvia.

No soy de los que creen en señales ni de los que afirman saber cuándo algo malo se avecina. Pero hoy algo me inquieta de un modo que no sabría explicar.

Ignoro la sensación. Probablemente solo sea mi mente intentando arrastrarme de vuelta a la cama de Aria, y no tengo tiempo para dejar que cale.

Me meto en el coche y salgo del camino de entrada. Anoche, sobre la medianoche, llegó un soplo sobre una venta de armas en un almacén de Brooklyn. Han convocado a todos: es nuestra pista más importante en meses. Debería estar concentrado en la misión.

En cambio, estoy pensando en la mujer que dejé durmiendo.

Me detengo en un semáforo en rojo, y entonces vibra el móvil.

Sin remitente. Formato inusual. El mensaje está encriptado, enterrado bajo tres capas de protocolo que solo un agente reconocería.

La luz se pone verde. Doblo la esquina y aparco detrás de una furgoneta de reparto, luego copio el cifrado en mi software de decodificación personal —no el de la agencia— para mantener esto en privado.

La cuenta atrás termina.

Se me encoge el estómago. El mensaje dice: «Sitio Echo. 0900 horas. Presencia obligatoria. Sin excusas».

Sitio Echo.

Se me oprime el pecho. Se me enfrían las manos sobre el volante.

Me envían de vuelta allí. Al almacén donde Walter se desangró en mis brazos. El sitio que juraron que nunca volverían a usar, clausurado tras su muerte, una tumba para el peor día de mi vida.

Pero todavía tienen las llaves. Y las usarán para recordarme quién manda.

—Maldita sea —murmuro.

Me quedo inmóvil un buen rato, con el móvil en la mano, el mensaje taladrándome el cerebro. De todos los lugares que podrían haber elegido, escogieron el diseñado para quebrarme.

No tiene sentido huir. Conociendo a la CIA, ya están rastreando mi ubicación. Me encontrarán pase lo que pase.

Me incorporo al tráfico y conduzco.

El almacén se alza ante mí como una cicatriz que nunca sanó bien.

Es exactamente igual a como lo recuerdo: revestimiento abollado, valla caída, maleza abriéndose paso entre el hormigón agrietado.

Incluso la luz parece estar mal aquí. Gris y plana, filtrada por una neblina permanente.

Lo primero que noté aquel día fue cómo se movía el aire, denso con el olor a cobre y pólvora.

La sangre de Walter en mis manos. Sus ojos que se volvían vidriosos. Sus últimas palabras: «Termínalo».

Aparco cerca de la entrada y examino el aparcamiento. Un coche, estratégicamente situado cerca de la salida. Un vehículo de huida. Están preparados para cualquier imprevisto.

Meto la mano en la guantera y saco mi arma de respaldo: una pistola compacta que encaja sobre el cinturón, oculta bajo la chaqueta. Me cachearán, pero no la encontrarán. Sé cómo esconder cosas.

Salgo al aire frío de la mañana y me ajusto la ropa con cuidado. Sin revisar la pistola. Sin caminar como si estuviera armado. Están observando cada paso que doy.

El tirador de la puerta está helado. Empujo y entro.

Dentro hace más frío de lo que recuerdo. El suelo de hormigón resuena con cada paso. Sigo el sonido del movimiento hacia el fondo, donde seis figuras emergen de detrás de unas cajas apiladas.

Los mandamases de la agencia. Todos.

Y el Controlador Cero.

Reconozco esos ojos muertos de inmediato: los de alguien que parece haber vendido su alma por un nivel de acceso hace años. Me observa con esa mirada plana y reptiliana, catalogando cada microexpresión.

Hay una mesa de metal en el centro, rodeada de sillas plegables. Toman asiento como un tribunal que se reúne para dictar sentencia.

Me siento sin que me lo pidan. El pulso me late estable, pero hay un zumbido en los oídos que no consigo quitarme.

Uno de ellos se acerca y me tiende una tableta. La cojo.

Imágenes granuladas llenan la pantalla. Una azotea. De noche. La reconozco al instante.

Aria.

Me veo a mí mismo acariciándole la mejilla, despacio, con cuidado. Tiene los ojos cerrados como si estuviera saboreando la caricia. El vídeo se repite. Vuelve a reproducirse. Se repite otra vez. Sin sonido. Solo ese momento, repetido como prueba en un juicio por asesinato.

Se me revuelve el estómago.

Nadie habla. El silencio es tan denso que asfixia.

Finalmente, el pez gordo lo rompe.

—Has comprometido la misión.

No me muevo. —¿Me han hecho venir por un clip de cinco segundos y una caricia en la mejilla?

Un segundo traje se inclina hacia adelante. —No fue solo el clip. El Controlador Cero presentó un informe interno. Cree que tienes una relación sentimental con la hija del objetivo.

Miro directamente a Cero. —¿Y esa es su prueba? ¿Un vídeo de una azotea y una corazonada?

—El Controlador Cero es uno de nuestros activos de mayor confianza. Vio lo mismo que todos nosotros.

Dejo que las palabras calen antes de responder. —¿Cuándo lo asignaron a mi operación?

Silencio. Saben que no deberían haberlo hecho: va contra el protocolo estándar montar vigilancia paralela sobre un agente de campo sin informarle. Aquí los dos tenemos las manos sucias.

—Prometieron esperar —digo en voz baja—. Les dije que no era el momento para un activo secundario.

—Sí esperamos —dice el primero—. Pero tu juicio se ha visto afectado. Has perdido la objetividad.

—No —corrijo—. Gané perspectiva. Aria Santorelli es la clave para derribar a su padre sin dejar cadáveres en las calles. Confía en mí. Eso no es una debilidad, es precisamente el objetivo de la operación.

—Cruzaste una línea. Estás implicado emocionalmente.

Suelto una risa breve y amarga. —Ustedes lo enviaron a seguirme a mis espaldas. Eso no es protocolo. Eso es traición.

—Estabas perdiendo el control...

—No. —Lo interrumpo—. Dudaron de mi trabajo. Y en lugar de hacerme venir para hablar, enviaron a un fantasma a espiarme.

Miro al Controlador Cero. Nuestras miradas se cruzan el tiempo justo para que él aparte la vista.

—Le dejaron hacer de sombra mientras yo seguía en el campo —continúo—. Eso es lo que nos ha traído aquí. No yo. Él.

La expresión del traje de más rango no cambia. —Estás fuera de la misión, Julian. Con efecto inmediato.

Me pongo de pie. La silla raspa contra el hormigón, un sonido áspero que encaja con el momento.

—Bien. ¿Me quieren fuera? Estoy fuera.

Una pausa. —La misión ha sido reasignada.

—Déjame adivinar. —No me molesto en ocultar el desprecio—. El Controlador Cero.

Nadie responde. No hace falta.

—Por supuesto —digo—. Se le da bien aparecer cuando el trabajo sucio ya está hecho.

Salgo sin mirar atrás.

El aire frío me golpea como una bofetada cuando empujo las puertas del almacén.

Me meto en el coche y cierro de un portazo tan fuerte que el marco se estremece. Me tiemblan las manos, no de frío, sino de rabia. Golpeo el volante una, dos, tres veces hasta que me duelen los nudillos.

Me han sacado de la misión. Se la han dado a un hombre que dispara primero y no pregunta después. Un hombre que ve a Aria como simple daño colateral.

Si el Controlador Cero llega a ella primero...

No puedo terminar el pensamiento.

El móvil vibra. Un mensaje del Agente Marley, una de las pocas personas en las que todavía confío. No sabe que me han apartado; sigue pasándome información como si siguiera activo.

El mensaje contiene detalles de una entrega de armas entre dos de los principales lugartenientes de Santorelli y una banda local. Ubicación: almacén en Brooklyn. Hora: 15:00.

Miro el reloj. Una hora.

La agencia cree que puede apartarme. Se equivocan.

Si consigo desbaratar esta entrega antes de que Cero siquiera se calce las botas, tendré ventaja. Pruebas. Algo que demuestre que todavía soy útil, o al menos lo bastante peligroso como para que no puedan ignorarme.

Levanto el asiento y reviso el arsenal oculto debajo: dos escopetas de corredera y cargadores extra para mi Glock.

Cargo las armas y salgo del aparcamiento sin dejar nada atrás salvo polvo.

El trayecto a Brooklyn es lo bastante largo para pensar, lo bastante corto para no dudar.

La lluvia empieza a caer sobre el parabrisas, sin llegar a cuajar del todo, apenas una neblina.

El cielo se oscurece hasta el color del hormigón mojado.

Cuando llego al tramo industrial cerca de los muelles, las calles están desiertas.

Solo se oye el quejido de las vías de carga y el zumbido lejano de la maquinaria portuaria.

Aparco a cuatro edificios de distancia y apago el motor.

El almacén se ve desde aquí: revestimiento oxidado, muelle de carga en la parte trasera. Un camión espera cerca de la entrada trasera con el motor en marcha. Miro el reloj: dos minutos para las tres.

Justo a tiempo.

Avanzo a pie, pegado a las sombras, arrimado a las paredes de edificios abandonados. Las botas no hacen ruido sobre el pavimento mojado. La lluvia arrecia un poco y las gotas frías me resbalan por el cuello.

Dos hombres salen del camión y caminan hacia el almacén. Los sigo a distancia y observo sus movimientos a través de los huecos de la valla.

Cuando están dentro, rodeo hasta una ventana lateral de cristal roto, lo bastante ancha para colarme. Aterrizo detrás de una fila de bidones de acero oxidados, me agacho y escucho.

Voces dentro. Tres, tal vez cuatro. El chirrido de una caja de armas al abrirse. El intercambio está en marcha.

Me muevo rápido.

El primer hombre está de espaldas a mí, con la mano en la caja. Lo derribo con un disparo limpio al pecho antes de que reaccione. El segundo gira hacia mí y echa mano al arma; lo tumbo con dos disparos, pierna y luego cabeza. El tercero dispara a ciegas en mi dirección.

La bala me roza el hombro. Un dolor abrasador me atraviesa.

Devuelvo el fuego. Cae.

El cuarto intenta huir. Corro tras él mientras la agonía me desgarra el costado con cada paso. Lo alcanzo en la salida, lo estampo contra el marco metálico de la puerta y disparo dos veces.

Se desploma sin hacer ruido.

El silencio cae de golpe sobre el almacén. Me zumban los oídos. La sangre me gotea del hombro, me baja por el brazo y salpica el suelo de hormigón.

Me tambaleo hacia la salida y arrastro las botas entre charcos de sangre y casquillos. Los pasos son irregulares. La visión se me nubla en los bordes.

Me aprieto el costado con una mano, pero la sangre no para.

Consigo salir.

Por fin cae la lluvia —lluvia de verdad, fría y fuerte— y me empapa la chaqueta en segundos.

Me apoyo en la pared de ladrillo y me dejo caer hasta quedar sentado en un charco. Me tiemblan las manos. El teléfono se me escurre dos veces antes de conseguir desbloquearlo.

Marco el número de Aria.

Contesta al segundo tono.

—¿Jack?

Su voz atraviesa la niebla del dolor como un salvavidas.

Intento hablar, pero las palabras me salen arrastradas.

—Hola.

—¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?

—Yo...

La cabeza me golpea contra el ladrillo. La lluvia me entra en los ojos.

—Me han dado un poco de caña.

—¿Cómo? ¿Dónde estás? Estás herido —puedo oírlo—. Háblame.

Exhalo despacio. Todo me duele.

—No sabía a quién más llamar.

—Voy para allá. No cuelgues. Solo... quédate conmigo, ¿vale? Sigue hablando.

Pero no puedo. El pecho se me agita. Se me aflojan los brazos y las piernas. El mundo se reduce a su voz y al siseo de la lluvia contra el cemento.

—Lo siento —susurro.

—Jack, no... no me hagas esto...

Su voz empieza a entrecortarse, o quizá sea mi oído el que falla.

—¿Dónde estás? —grita—. Nina, rastrea esta llamada... ¡Llama a mi tío!

—Tengo sueño —murmuro. La palabra apenas me sale.

—No cierres los ojos... ¡Mierda! ¡Jack! ¡JACK!

Pero ya lo he hecho.

La oscuridad lo engulle todo.

Y lo último que oigo es su voz, desesperada y lejana, llamando a un nombre que ni siquiera es el mío.