CAPÍTULO 10
JULIAN
Aria estaba agotada.
Después del ataque, la llevé a mi apartamento. No discutió. No hizo preguntas. Solo dejó que la guiara hasta el coche, con la mano aferrada a la mía como si fuera lo único sólido que le quedaba en el mundo.
Se quedó dormida acurrucada contra mí en el sofá, con la cabeza sobre mi pecho, la respiración por fin acompasada tras horas de temblores. La sostuve hasta que la tensión abandonó su cuerpo, hasta que sus dedos dejaron de aferrarse a mi camisa como si temiera que yo fuera a desaparecer.
No me moví. No dormí. Solo escuché su respiración e intenté no pensar en lo cerca que había estado de perderla.
Hacia las tres de la madrugada, la llevé a mi cama. Se removió lo justo para atraerme hacia ella, murmurando algo que no llegué a entender. Me quedé hasta que volvió a dormirse profundamente, y entonces me escabullí y cerré la puerta.
No duermo. Ni un segundo.
Sale el sol y sigo en la mesa de dibujo: el café frío desde hace horas, la adrenalina agotada hace rato, los dedos manchados de grafito de tanto dibujar y borrar la misma cuadrícula estructural una y otra vez. Como si la repetición por sí sola pudiera llevarme hasta el cabrón que fue a por ella.
No lo hace.
Por supuesto que no.
Me aparto del escritorio y me paso las manos por la cara. Me arden los ojos. Me duelen las costillas donde recibí un rodillazo en el estómago durante la pelea. Cada músculo del cuerpo me pide descanso a gritos, pero mi mente no para de dar vueltas.
El atacante de Aria podría ser cualquiera.
Santorelli tiene más enemigos que la mayoría de las naciones: traficantes de armas, desertores de cárteles, rivales políticos, contratistas militares, antiguos socios a los que estafó, mercenarios a los que nunca pagó.
Ha creado tantos enemigos a lo largo de los años que me pregunto si siquiera podría recordar todas sus caras.
La mía solía ser una de ellas.
Y ahora me acuesto con su hija.
Un giro enfermizo del destino.
Repaso el ataque en su oficina por centésima vez. El ángulo de aproximación. Su velocidad. Su precisión. Cómo sorteó los puntos ciegos del edificio como si los tuviera memorizados. Cómo fue directo a su puerta sin vacilar.
No fue algo al azar. No fue un robo que salió mal.
Fue un mensaje.
¿Lo peor? Su padre no ha reforzado su seguridad. Ni siquiera después de eso. Porque ahora ella hace preguntas. Porque está tirando de hilos que nunca debió tocar. Y porque Damian Santorelli jamás verá a su propia hija como una amenaza, no hasta que esté desangrándose en un suelo de mármol.
Si me reconoció anoche —y podría haberlo hecho— no dio señales.
Mi físico ha cambiado desde la última vez que nuestros caminos se cruzaron.
El pelo más corto. Nuevas cicatrices. Me muevo de forma distinta a como lo hacía hace años, cuando aún era lo bastante novato como para creer que la agencia tenía todas las respuestas.
Pero hombres como Santorelli no olvidan los ojos. Los catalogan como armas.
Miro el reloj. Casi las ocho.
Si salgo ahora, llegaré temprano al briefing de operaciones. Elaine podría desmayarse de la impresión.
Jugueteo con la idea de convencerla de poner a Aria bajo protección de testigos mientras trabajo en cerrar el caso.
Pero la descarto casi de inmediato. Es un tiro muy largo.
Aria no sabe que estoy intentando meter a su padre entre rejas.
Ni siquiera sabe mi verdadero nombre. La protección de testigos significaría contarle la verdad: que le he estado mintiendo igual que todos los demás en su vida.
No hace falta ser un genio para adivinar cómo se lo tomaría.
Se me escapa una risa amarga mientras me pongo la chaqueta del traje y me ajusto los botones con un tirón seco.
Actualizo la cámara de seguridad de su apartamento por enésima vez.
A estas alturas, se ha convertido en un tic nervioso: comprobar que está bien como si fuera un latido que necesito monitorizar para seguir respirando.
Sigue dormida, acurrucada bajo las mantas, el pelo derramado como una mancha oscura sobre la almohada. No debería mirarla dormir. Es una intromisión. Una línea que me prometí no volver a cruzar.
La miro de todos modos.
Porque es lo único que me calma el pulso.
No tengo nada con lo que negociar con Elaine.
Quedan menos de veinticuatro horas para el plazo, y lo único que tengo es la mención de una memoria USB bien encriptada escondida en algún lugar de la mansión Santorelli.
Una memoria que Aria encontró y se llevó.
Una memoria que podría contener todo lo que necesitamos, o nada en absoluto.
Elaine tiene razón. Aria me ha comprometido por completo.
Menos mal que mi cara de póker es impecable. Hoy la voy a necesitar.
Entro en la agencia y saludo con la cabeza a algunas caras conocidas. Avanzo por el pasillo hacia la sala de operaciones con los dientes apretados. Las luces fluorescentes golpean como una migraña. El aire reciclado sabe a burocracia rancia.
Por muchas veces que haga esto, no se vuelve más fácil.
El terapeuta que me asignaron en las semanas posteriores a la muerte de Walter recomendó de todo, desde la baja hasta el electroshock, todo excepto demoler la maldita sala donde me interrogaron después de ver a mi mentor saltar por los aires.
Los psicólogos son una estafa piramidal.
Les pagan por decirte cosas que ya sabes y cobran extra por el privilegio de ignorar sus consejos.
Empujo la puerta.
Elaine levanta la vista de los archivos que está ordenando y un destello de auténtica sorpresa le cruza el rostro. Me recorre con la mirada de arriba abajo: traje planchado, corbata recta, zapatos relucientes.
—Agente North. Llega temprano —lo dice como si me hubiera presentado desnudo—. Y bien vestido, además.
—Buenos días, subdirectora —respondo mientras me dejo caer en la silla frente a ella.
Cojo una galleta de la bandeja de aperitivos del centro de la mesa, esas que nadie come nunca.
La agencia está obsesionada con mantener las apariencias de normalidad, incluso en salas donde se discuten asesinatos y extracciones de activos.
Elaine mira el reloj y un gesto de irritación le cruza el rostro.
—Lang, Marshal y dos invitados más se unirán a nosotros para esta sesión. Tendrá que esperar. Disculpe.
Levanto una ceja.
—Esto se sale del protocolo estándar.
—Es un caso de alta prioridad, agente.
—Lo que usted diga, subdirectora.
No me gustan las sorpresas. Y menos las que implican que la central envíe refuerzos a una sesión rutinaria. Eso suele significar una de dos cosas: o se preparan para ascenderme, o se preparan para enterrarme.
Dado mi rendimiento reciente, apuesto por lo segundo.
Lang, Marshal y otros tres agentes que reconozco vagamente de la central entran cinco minutos tarde. A diferencia de Elaine, no se disculpan. Se instalan en sus asientos como si fueran los dueños de la sala, que, burocráticamente hablando, lo son.
—¿Qué tiene para nosotros, agente North? —La voz de Elaine suena cortante, profesional—. Han pasado más de veinticuatro horas.
Me salto las cortesías. No engaño a nadie.
—Aria Santorelli localizó una memoria USB con cifrado de alto nivel en el despacho de su padre.
Marshal arquea una ceja, con una sonrisa burlona asomando en sus labios.
—¿A qué Santorelli se refiere, agente? Ella también se apellida Santorelli. Algunos de nosotros no nos hemos acostado con ella, así que necesitaremos algo más de claridad.
Cruza una mirada con Lang y comparten una sonrisita cómplice.
Me tenso ante la insinuación: que estoy comprometido, que me tiene comiendo de su mano, demasiado cegado para ser objetivo. Pero mantengo la voz serena.
—La memoria USB se encuentra en la residencia de Damian Santorelli.
Todos me miran con la misma expresión plana e impasible. Algo no encaja. Lo percibo: una inquietud en el aire, como la caída de presión antes de una tormenta. Pero ignoro ese cosquilleo de alarma y sigo hablando.
—Anoche, la señorita Santorelli fue atacada en su oficina por un agresor enmascarado. Burló las cámaras de seguridad y escapó por el ascensor de servicio.
Consigo que no se me note la amargura en la voz, pero las costillas me punzan como respuesta: justo donde recibí el rodillazo en el estómago mientras intentaba protegerla. El recuerdo de su rostro me cruza la mente: pálida, aterrorizada, temblando entre mis brazos.
—¿Y la señorita Santorelli? —pregunta Elaine—. ¿Está ilesa?
—Físicamente, sí.
La palabra físicamente queda flotando en el aire. Porque emocionalmente estaba temblando. Pálida. Intentando no desmoronarse delante de mí. Pero en el vocabulario de la CIA, «ilesa» significa «no muerta». Así que, técnicamente, no miento.
Lang se recuesta en su silla con expresión aburrida.
—¿Y está seguro de que no fue simplemente un robo que salió mal?
—No —respondo, más cortante de lo que pretendía—.
No soy ningún novato, señor. Fue un ataque coordinado por alguien que sabía exactamente lo que hacía.
El agresor atravesó un edificio con seguridad sin activar una sola cámara y llegó directo a la puerta de su oficina.
Eso significa que conocía los puntos ciegos del edificio.
Había estudiado la distribución. Esto no fue oportunista: fue un ataque selectivo.
Elaine golpetea dos veces con el bolígrafo contra la mesa.
Espero más preguntas. Preocupación por cómo esto afecta a la operación. Cualquier cosa que sugiera que les importa la seguridad de Aria.
Nada.
—¿Algo más, agente North? —pregunta Lang.
Me recuesto en el asiento, conteniendo una oleada de rabia que me abrasa la garganta.
—Nada en absoluto.
La voz de Elaine se vuelve gélida, capaz de congelar un lago.
—Agente North. Sabemos que accedió a archivos clasificados de los Santorelli anoche sin autorización. Es la segunda vez que incumple el protocolo sin nada sustancial que mostrar.