Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

ARIA

Las puertas del ascensor se cierran, atrapándome dentro con un pulso que no logro controlar. Mi reflejo tiembla levemente en el acero. Parezco serena: el cabello recogido, el perfume ligero, el atuendo impecable.

Pero me siento como una línea de falla.

Después de anoche —el disparo, el cuerpo de Jack sobre el mío, la forma en que me sostuvo después— todo en mi vida parece tambalearse.

Aprieto el teléfono.

La reunión en la azotea sigue repitiéndose en mi cabeza.

La voz de Jack.

Su reticencia.

Su advertencia.

—Creo en los patrones. Y tu padre deja muchos.

No quería escucharlo entonces.

No quiero escucharlo ahora.

Pero la verdad es una astilla —una vez que está bajo tu piel, no puedes dejar de sentirla.

El ascensor se abre con un pitido.

Nina levanta la vista del escritorio, con las cejas arqueadas.

—Llegas temprano. Y —entrecierra los ojos— no pareces muerta. Eso es nuevo.

—No dormí mucho —digo.

No le digo por qué.

Ni quién.

—Tu padre llamó —dice con cuidado—. Dos veces.

Se me hace un nudo en el estómago.

—¿Qué quería?

—Saber si llegaste a casa sana y salva.

Dejo de respirar por un momento.

¿De verdad se preocupó por mí?

Entonces, ¿por qué no contestó mis llamadas anoche?

—Y —continúa—, la oficina de Langston ha pedido actualizaciones de ambos proyectos: el Hotel Vanderbilt y Midtown. Necesitan las especificaciones revisadas para hoy.

Cierto.

Eso.

El miedo y la confusión se disuelven por un segundo, reemplazados por algo brillante y nítido: adrenalina mezclada con orgullo.

Entre la Torre Midtown y el contrato del Hotel Vanderbilt, Zefiro por fin está en el mapa.

Luché con uñas y dientes por ambas oportunidades.

Midtown es nuestro proyecto estrella, nuestra oportunidad de demostrar que merecemos estar aquí.

¿Y Vanderbilt? Es el que nos abre las puertas internacionales.

Juntos, van a catapultarnos a la élite del diseño.

Antes de que mi mundo se incendiara anoche.

Inhalo lentamente.

Puedo hacer esto.

Conozco este mundo.

Esta es la parte de mi vida que tiene sentido.

—De acuerdo —digo—. Reunamos al equipo.

Nina me mira.

—Jefa... ¿estás segura de que estás bien?

No.

Ni de lejos.

Pero rendirme ahora solo empeoraría las cosas.

—Estoy bien —miento en voz baja—. Pongámonos a trabajar.

Dos horas después, estoy en la sala de conferencias, dirigiendo la revisión del diseño como si nada estuviera roto dentro de mí.

Mi equipo está sentado alrededor de la mesa alargada, portátiles abiertos, bocetos listos, notas desplegadas. Jack está en el extremo opuesto, con los brazos cruzados, observándome con esa expresión indescifrable que me pone la piel de gallina.

Me aclaro la garganta.

—Antes de meternos de lleno en Midtown, tengo noticias.

Hago una pausa, dejando que cale.

—Conseguimos el contrato del Hotel Vanderbilt.

La sala estalla. Nina aplaude como si llevara horas conteniéndose. Marco suelta un silbido. A Serena se le abren los ojos de par en par.

—Esto es enorme para nosotros —continúo, esforzándome por mantener la voz firme—. Expansión internacional. Dubái. Singapur. Londres. Todo aquello por lo que hemos trabajado.

Les doy un momento para asimilarlo y luego continúo.

—Pero no podemos descuidar Midtown. Ahora llevamos ambos proyectos, lo que significa que tenemos que ser más precisos que nunca.

Recorro la mesa con la mirada.

—Nina, coordinarás las actualizaciones estructurales de Midtown. Marco, perfecciona el plano de iluminación. Serena, necesito que ajustes los renders 3D.

Miro hacia el extremo de la mesa.

—Jack, marca todo lo que no vaya a aguantar la construcción.

Asiente una vez. Profesional. Distante.

Como si anoche nunca hubiera sucedido.

—Yo me encargaré de redactar los contratos de ambos proyectos y empezaré a elaborar el cronograma de Vanderbilt. ¿Preguntas?

Silencio. Están motivados. Concentrados. Ajenos al hecho de que alguien intentó matarme anoche.

Trago saliva.

Porque tengo que seguir adelante.

Zefiro es el único lugar donde soy poderosa. Donde me respetan. Donde la sombra de mi padre no me traga por completo.

Pero aunque repaso los detalles y asigno tareas, no dejo de pensar...

Jack tenía razón.

Alguien quería verme muerta.

Y mi padre actuó como si no fuera nada.

Mala suerte, estar en el lugar y momento equivocados.

—Mierda —susurro.

—¿Aria? —pregunta Marco.

—Nada —digo.

Los despido y me dirijo a mi oficina.

El trabajo mantiene mis manos ocupadas.

Pero no mi mente.

No dejo de revivir lo que pasó cuando me enfrenté a mi padre ayer.

Su actitud desdeñosa.

Su calma.

Su control absoluto.

Como si supiera más de lo que decía.

Como si estuviera protegiendo la mentira, no a mí.

Y luego el estudio: la memoria USB que encontré escondida como algo sin importancia, pero obviamente colocada con intención.

Encriptada.

Pesada.

Fría.

Mis dedos tamborilean sobre el escritorio.

Necesito respuestas.

No suposiciones.

No medias verdades en una azotea.

Respuestas reales.

Mi mirada se desvía hacia el teléfono.

Jack.

No debería confiar en él.

Apenas lo conozco.

Trabaja para mí.

No debería importarme tanto.

Pero cuando me abrazó anoche, cuando me protegió como si le fuera la vida en ello…

Me sentí segura.

Y esa es la parte que más me asusta.

¿Y si me equivoco?

¿Y si no es quien creo?

¿Y si estoy cometiendo el mismo error dos veces?

El teléfono vibra.

Un mensaje.

Papá: Cena esta noche. 8pm. Obligatorio.

Estilo Santorelli.

El pulso se me entrecorta.

¿Obligatorio?

Respondo:

De acuerdo.

Luego me levanto, cojo el abrigo y salgo de mi oficina antes de perder

el valor.

El sol se está poniendo cuando llego de nuevo a la finca Santorelli.

El aire sabe diferente: metálico, tenso.

Dos guardias desconocidos flanquean la entrada. Se yerguen al verme.

No por respeto.

Por precaución.

Algo va muy, muy mal.

La puerta principal se abre antes de que llegue.

Mi padre aparece en el umbral.

Impecablemente vestido.

Sereno.

Bebiendo una copa como si no hubiera ignorado mis llamadas durante un intento de asesinato.

—Aria —dice con voz suave como el cristal—. Llegas temprano.

—Dijiste obligatorio —respondo—. Quería saber por qué.

Hace un gesto hacia el comedor.

—Hablemos durante la cena.

La mesa ya está puesta.

Dos platos.

Igual que ayer.

Él se sienta.

Yo me siento frente a él.

Parece una negociación.

No una comida.

Comemos en silencio durante varios minutos. El tintineo de los cubiertos. El vino que se sirve en silencio. El peso de algo no dicho que nos oprime a ambos.

A mitad de la sopa, deja la cuchara.

—Cogiste algo de mi estudio.

Se me hiela la sangre.

Lo sabe.

—Una memoria USB —continúa con voz peligrosamente calmada—. Escondida en un lugar donde no tenías por qué buscar.

No lo niego. No tiene sentido.

—¿Qué hay en ella? —pregunto.

Su mirada se endurece.

—Eso no es asunto tuyo.

—Alguien intentó matarme —me tiembla la voz por mucho que intente controlarla—. En mi propia oficina. Y actuaste como si no fuera nada. Como si estuviera exagerando. Así que sí, es asunto mío.

Se limpia los labios con la servilleta, da un sorbo lento al vino. La calma es aterradora.

—Has construido algo impresionante, Aria. Zefiro. El contrato Vanderbilt. La Torre Midtown —hace una pausa—. Sería una lástima ver que todo desapareciera.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué estás diciendo?

—Langston está a una llamada de distancia. Una conversación, y esos contratos desaparecen. Tu reputación con ellos —ladea la cabeza y me observa como si fuera un problema por resolver—. Te hice yo, Aria. Puedo deshacerte con la misma facilidad.

Las palabras golpean como una bofetada.

Lo miro fijamente: este hombre que me enseñó a nadar, que me abrazó cuando mi madre se fue, que me dijo que era más fuerte de lo que nadie sabía. Y no lo reconozco.

—Y ese arquitecto —continúa, bajando la voz—. Jack Reed. Con el que pasas las noches.

Se me corta la respiración.

—¿Crees que no tengo ojos en todas partes? —se recuesta, casi aburrido—. Hombres como él son prescindibles. Una palabra mía y desaparece. Para siempre.

—No lo harías.

—Ponme a prueba.

El silencio cae como una guillotina.

Me tiemblan las manos bajo la mesa. Las aprieto contra los muslos, obligada a mantener la compostura.

—Devuelve la memoria —dice—. Mantente fuera de mis asuntos. Y todo esto desaparece. Tu empresa prospera. Tu arquitecto sigue respirando. Todos ganan.

Trago con dificultad. El corazón me late tan fuerte que seguro que lo oye.

—¿Y si no lo hago?

Su sonrisa no le alcanza la mirada. —Entonces haré lo que siempre he hecho, principessa. Proteger a esta familia. Cueste lo que cueste.

Me pongo de pie con el corazón martilleándome en el pecho.

—¿Qué me estás ocultando? —se me quiebra la voz—. ¿Qué puede ser tan importante como para amenazar a tu propia hija?

Se levanta despacio, abotonándose la chaqueta con precisión deliberada.

—Algunas puertas están cerradas por algo, Aria. Harías bien en dejar de intentar abrirlas.

—Ya no confío en ti.

Las palabras caen entre nosotros como una granada.

Su expresión titubea: pérdida, quizás. O decepción. Pero se endurece igual de rápido.

—La confianza es un lujo —dice en voz baja—. Uno que no puedes permitirte ahora mismo.

Me aparto de la mesa.

—Se acabó.

Me doy la vuelta y salgo del comedor antes de desmoronarme.

Oigo a mi padre llamarme.

Pero no me detengo.

No miro atrás.

Fuera, el aire quema de frío.

Me tiemblan las manos mientras saco el móvil.

El vaho de mi aliento se forma delante de mí.

No sé adónde ir.

No sé a quién recurrir.

Ya no sé en quién puedo confiar…

Salvo en la única persona que no debería merecer mi confianza.

Escribo un mensaje con dedos temblorosos.

¿Puedes quedar conmigo?

La respuesta llega al instante:

¿Dónde?

Mi oficina. Necesito trabajar. Necesito pensar. Solo… necesito estar en un lugar que tenga sentido.

Una pausa. Luego:

Voy para allá.

Cierro los ojos.

Para bien o para mal…

No voy a hacer esto sola.

* * *

La oficina está a oscuras cuando llego.

El guardia de seguridad apenas levanta la vista cuando paso la tarjeta por el lector. El ascensor zumba mientras me lleva hacia arriba. Cuando las puertas se abren, la planta está vacía: solo el tenue resplandor de las luces de emergencia y el zumbido lejano del sistema de climatización.

Abro la puerta de mi despacho y dejo las luces apagadas. La oscuridad me resulta más segura.

Me instalo en mi silla y abro los archivos de Midtown. Planos. Análisis estructurales. Contratos con proveedores. El lenguaje familiar de la arquitectura: preciso, lógico, controlable.

Todo lo que mi vida no es.

Los dedos se me mueven sobre el teclado, pero la mente no deja de volver a la cena. A la sonrisa fría de mi padre. A las amenazas que soltó con tanta naturalidad, como si estuviera pidiendo vino en lugar de destrozar mi mundo entero.

Langston está a una sola llamada.

Los hombres como él son prescindibles.

Cueste lo que cueste.

Me presiono los ojos con las palmas hasta que veo estrellas.

¿Quién es él? ¿Quién ha sido siempre?

¿Y cómo he pasado veintiocho años fingiendo no verlo?

Un sonido me saca de mis pensamientos.

Débil. Un roce suave, como si alguien raspara el cristal.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Hola? —llamo.

No hay respuesta.

Cruzo el despacho y miro a través del cristal hacia el pasillo. Nada.

Me doy la vuelta…

Una sombra.

Detrás de mí.

Una mano me golpea el hombro y me lanza contra la pared. La visión me estalla en blanco. Jadeo, me retuerzo, pero él es fuerte: hombros anchos, máscara negra, manos enguantadas.

Me agarra.

El pánico estalla dentro de mí.

No pienso, reacciono.

Le estampo la frente en la cara.

Gruñe. Su agarre se afloja, lo justo.

Le clavo el codo en las costillas. Fuerte.

Apenas se inmuta.

Me lleva la mano a la boca y le muerdo el guante. Maldice, se echa hacia atrás. Le piso el empeine con el tacón, pero se recupera rápido y me estampa con más fuerza contra la pared, inmovilizándome.

Intento darle un rodillazo, pero está demasiado cerca. Demasiado fuerte.

El pulso me chilla en los oídos.

Entonces…

Desaparece.

Arrancado hacia atrás.

Jack lo embiste como un mazo y lo aparta de mí. Los puños chocan: hueso contra hueso. Jack lo estampa contra la pared y el impacto resuena por todo el despacho en silencio.

El intruso se retuerce, se libera y sale corriendo por el pasillo.

Jack se lanza tras él, casi lo alcanza, pero el hombre es rápido.

Se mete en la escalera y desaparece.

El silencio vuelve a caer sobre nosotros.

Estoy temblando cuando Jack se vuelve hacia mí, con el pecho agitado y la mirada desquiciada.

—¿Estás bien? —pregunta con la voz tensa.

Asiento. Creo que asiento. Los pulmones todavía no me funcionan.

Jack se acerca y me recorre los brazos con las manos, buscando heridas.

—Aria. Mírame. ¿Estás herida?

—No —susurro.

Se le tensa la mandíbula. La rabia destella en sus ojos: fría, letal.

Entonces su mano se desliza hasta mi nuca y me atrae suavemente hacia su pecho.

Me hundo en él antes de poder evitarlo.

Su voz suena grave junto a mi pelo.

—Ahora estás a salvo.

Pero no lo estoy.

Porque sé quién envió a ese hombre.

Y sé exactamente qué mensaje me mandaba mi padre.

Devuelve la memoria. O la próxima vez, no lo frenaré.

Aprieto el rostro con más fuerza contra el pecho de Jack, respirando su olor, dejando que su latido calme el mío.

No le digo lo que pienso.

No le digo que mi propio padre acaba de intentar hacerme daño.

No le digo que todo lo que creía saber de mi vida se está desmoronando.

Solo me aferro.

Y rezo para que él no sea otra mentira más a punto de destruirme.